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AGENDA DE LIBROS- 1 de octubre de 2008
ACTUALIZADO
LOS MIÉRCOLES
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por
Antonio Cabañas
49 años
| "Los
libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como
fueron escritos"
Henry
David Thoreau |
Quiere
esta página ser testigo de lo que nos presentan los suplementos
literarios de los periódicos de mayor relevancia en el ámbito
nacional,
El País, ABC, El
Mundo y La Vanguardia, y que el
lector tenga una cita con lo más fresco del mercado y con las
perlas que contengan los aludidos suplementos. En el apartado
Mesilla de Noche se incluye el libro que
en su día se escondió a mi juicio o atención, o no gozó del
interés de los suplementos literarios.
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ABCD
(ABC)
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Robertson Davies. Ángeles rebeldes.
Libros del Asteroide. 20,95 €
Con
la publicación por Libros del Asteroide de la 'Trilogía Deptford',
el canadiense Robertson Davies (1913-1995) dejó de ser para
nosotros un desconocido. Nos llega ahora la primera novela
de su siguiente trilogía, la 'Trilogía de Cornish' (tercera
que escribió), 'Ángeles rebeldes'. Una lectura que
no deben perderse.
Ya la cubierta abre el apetito: La Universidad de San Juan
y el Espíritu Santo, adormecida en su absorbente vida académica,
se revoluciona con el regreso del brillante y malvado profesor
Parlabane a sus góticos muros y con el complicado legado que
la universidad acaba de recibir de Arthur Cornish, uno de
los más importantes coleccionistas de arte canadienses del
siglo XX. Las suspicacias entre los albaceas del testamento
de Cornish -los profesores Hollier, McVarish y Darcourt- se
acrecientan al descubrir entre los objetos del legado un manuscrito
inédito de Rabelais. La codicia que va a desatar el preciado
manuscrito revelará el verdadero carácter de cada uno de los
personajes de la novela.
Comienza el nuevo curso en la universidad de San Juan y el
Espíritu Santo, y comienza con un revuelo:
-Parlabane
ha vuelto.
-¿Cómo?
-¿No te has enterado? Parlabane ha vuelto.
-¡Ay, Dios!
Seguí a paso vivo por el largo corredor sorteando estudiantes
que charlaban y personal de la facultad que cotilleaba;
volví a oírlo en boca de un profesor cuando saludaba a otro.
-Se habrá enterado de lo de Parlabane, ¿no?
-No. ¿De qué se trata?
-Ha vuelto.
-¿Aquí?
-Sí, a la universidad.
-No pensará quedarse, ¿verdad?
-¡Quién sabe! De Parlabane se puede esperar cualquier cosa.
Justo lo que necesitaba: algo para decirle a Hollier cuando
volviéramos a vernos ahora, después de casi cuatro meses
de separación. Éramos amantes desde la última vez que nos
vimos, o eso creía yo, ilusa de mí…
Ya
tenemos a una de las voces que nos conducirá, bajo el epígrafe
'El segundo paraíso', el relato de María Magdalena Theotoky.
Las voces son dos, y se alternan, la otra, bajo el rótulo
'El nuevo Aubrey', es la de Simon Darcourt, uno de los tres
albaceas del legado Cornish. Ambos epígrafes reflejan a los
dos sujetos que escriben la novela. En la página 22 leemos
la propuesta que uno de los profesores, poco antes de morir,
hace a Darcourt:
…Yo
me refiero a una historia peregrina, que recoja todos los
cabos sueltos, las trivialidades que nadie se acuerda nunca
de recoger, pero que son la verdadera esencia de la vida:
lo que uno dijo informalmente, lo que hicieron otros de
espaldas a la galería, todos los chismorreos y rumores que
corren por ahí, pero sin necesidad de demostrar nada.
-Algo parecido a las Brief Lives de Aubrey -dije yo, sin
pensarlo mucho pero con intención de ser amable con Ellerman,
que tan mala cara tenía, el pobre.
Reaccionó con un vigor que no me esperaba. Casi dio un brinco
en el sitio.
-¡Eso es! ¡Eso exactamente! Alguien como John Aubrey, que
todo lo escuche, que se deje sorprender por todo, que tome
notas sobre la marcha sin preocuparse del estilo: una urraca
académica, un afanador de irreverencias menudas. Esta universidad
necesita un Aubrey…
John
Aubrey (1626-97), el maestro de las frases llenas de vida,
reunió un montón de desordenadas notas sobre la apariencia
de sus amigos, sus debilidades y cuantos chismes les involucraban,
apuntaba cuanto oía, por insignificante que pudiera parecer.
¿Cuál es el segundo paraíso? La bellísima y cultísima Mª Magdalena
Theotoky lo desvela en la página 50:
Eso
fue lo que me ató a Hollier; me parecía ver la Sabiduría
en él y, como dijo Paracelso, con quien tendría que familiarizarme
porque formaba parte del estudio de Rabelais: "Esforzarse
por alcanzar la sabiduría es el segundo paraíso del mundo".
De verdad esperaba alcanzar el segundo paraíso con Hollier…
y el primero también.
El
poeta Miguel Sánchez-Ostiz, el único que hasta la fecha ha
reseñado esta obra de imprescindible lectura, Herencias
muy deseadas, les procurará una buena luz: "A la luz
de estas páginas habrá que concluir que una buena novela se
escribe con personajes construidos con mimo, con información
más que con convencionalismos, esto es, con verdadero interés
por los caracteres y los rasgos psicológicos puestos en escena;
con ambientes y usos sociales descritos con suficiente detalle
como para meter en ellos al lector; con ideas poco convencionales
o expresadas de manera novedosa, con pasión y sin cinismo.
(…) En Ángeles rebeldes, el ambiente que describe Davies es
el de una Universidad privada canadiense, con todas sus raterías,
engaños, fastos, petulancias, ambiciones de medro que pasan
por intelectuales, personificados por una gente que parece
vivir al margen del mundo y no pasa de ser una zafia representación
de este. En ese medio es donde Davies, además de urdir un
buen crimen (así, como suena), nos lleva de viaje al universo
hermético de los luthiers, los gitanos centroeuropeos, la
alta bibliofilia, la obra de Rabelais, las manías de los eruditos,
las curiosidades de historia de las religiones, el tarot,
los caprichos sexuales; pero al hilo de esos asuntos se debaten
cuestiones de dignidad humana, de teología y de humanismo
no tan renacentista como parece, y se reflexiona sobre las
relaciones de pareja, el amor, la amistad, y hasta sobre el
arte de la biografía. Se ve que Davies disfrutó mucho escribiendo
esta novela".
Un monumento de erudición, "rica, apretada de reflexiones",
pero sin embargo de lectura muy ágil. Obra llena de pistas
que se comprenden páginas después. Un ejemplo, en la página
130, Darcourt le espeta a María Theotoky: "Si busca un mago,
búsquelo en Clement Hollier", asunto que retomamos cuarenta
páginas más tarde, durante el encuentro entre Hollier y la
madre de María, gitana, luthier ("fabricante, reparadora,
amante, madre, esclava de violines y de toda la familia de
las violas") y echadora de cartas:
…hay
otra forma de arreglar los lobos, que consiste en poner
el instrumento en el bomarí después de haberlo reparado.
No me refiero a violines baratos, entiéndame, sino a los
que fabricaron los grandes maestros. Por ejemplo, un Goffriller,
un Bergonzi o cualquier otro de Marknenkirchen o Mirecourt,
o un buen Banks: a ésos hay que acercarse de rodillas, si
se quiere devolverles su verdadera vida a fuerza de paciencia.
[…]
-¿Y el bomarí es como un tratamiento de calor, una forma
de cocinar? ¿Es eso?
-¿Cómo es posible que lo sepas, en el nombre de Satanás?
-Mi profesión consiste en adivinar esas cosas.
-¡Debes ser un gran mago!
-Señora Laoutaro, en el mundo en el que usted y yo trabajamos,
sería una estupidez por mi parte negar lo que acaba de decir.
La magia consiste en producir efectos sin causa aparente,
pero usted y yo sabemos que siempre existe una causa. Así
pues, voy a explicarle en qué consiste mi magia: sospecho
y, por su reacción, creo estar en lo cierto, que "bomarí"
es una corrupción o una forma romaní de lo que normalmente
se denomina bain marie. Es cosa que no falta en ninguna
cocina bien equipada; consiste, sencillamente, en un recipiente
con agua para conservar calientes los alimentos que, si
se enfrían, se cortan o se echan a perder, pero, ¿por qué
se llama bain marie? Porque, según la tradición, fue ideado
por la segunda María más imprtante de todas: Míriam, la
hermana de Moisés, una gran hechicera. Se dice que murió
por un beso de Dios (…). Parece mucho más posible que debamos
el bain marie a María La Profetisa, a quien se han atribuido
algunos libros y en cuya existencia histórica creía Cornelio
Agrippa (…) Era judía, descubrió el ácido hidroclorhídrico
e ideó el balneus o bain marie, uno de los pocos instrumentos
de alquimia que han sobrevivido hasta hoy; aunque ha sido
rebajado y desterrado a la cocina, todavía conserva cierto
prestigio. Es decir, de bain marie o bomarí, ¿tengo razón?
-No del todo, mago -dijo mamusia-. Será mejor que vengas
a echarle un vistazo.
Bajamos al sótano de la casa…
Disfrutarán
con esta lectura.
Michael
Ondaatje. Divisadero. Alfaguara.
19,50 €
""Es un poema disfrazado de novela. Te arrastra a sus misterios
y obsesiones, te hace señas con sus hechizos y elipsis, su extraña
arquitectura, su formalidad y su astuto humor. Y entonces te
rompe el corazón. La estructura de esta novela nos recuerda
que la historia -tanto la pública como la privada- es un mosaico,
y que los artistas se encargan de unir sus fragmentos para sugerir
patrones y significados, para ayudarnos a encontrar el sentido
de nosotros mismos", escribió el recientemente desaparecido
director de cine Anthony Minghella en el prólogo a una edición
conmemorativa de El paciente inglés (1992), título que consagró
internacionalmente al poeta y narrador Michael Ondaatje". Así
comienza la reseña de Rodrigo Fresán.
Y así comienza 'El paciente inglés':
Se
puso de pie en el jardín en el que había estado trabajando
y miró a lo lejos. Había notado un cambio en el tiempo.
Se había vuelto a levantar viento, voluta sonora en el aire,
y los altos cipreses oscilaban. Se volvió y subió la cuesta
hacia la casa, trepó una pared baja y sintió las primeras
gotas de lluvia en sus desnudos brazos. Cruzó el pórtico
y entró rápida en la casa.
No se detuvo en la cocina, sino que la cruzó y subió la
escalera, a obscuras, y después continuó por el largo pasillo,
a cuyo final se proyectaba la luz que pasaba por una puerta
abierta.
Giró y entró en la habitación, otro jardín, de árboles y
parras esta vez, pintado en sus paredes y techo. El hombre
yacía en la cama con el cuerpo expuesto a la brisa y, al
oírla entrar, volvió ligeramente la cabeza hacia ella.
Cada cuatro días le lavaba su negro cuerpo, comenzando por
los destrozados pies…
Coinciden
ahora en las librerías su primera novela, de 1970, 'Las
obras completas de Billy el Niño' (Punto de Lectura),
inédita hasta ahora en nuestro país, y la que por el momento
es la última, Divisadero.
"Sus novelas -continúa Fresán- parecen sueños despiertos que
nos conducen a una visión única e inconfundible del mundo.
Un mundo que es el nuestro pero que se nos presenta con nuevos
sentidos y modales para que lo redescubramos y lo hagamos
nuestro. En las novelas de Ondaatje la trama es importante,
sin ser lo que más importa. Lo que importa es la manera única
y la prosa privilegiada con las que Ondaatje nos la cuenta".
Leamos cómo arranca 'Las obras completas de Billy el Niño':
Te
envío una fotografía de Billy hecha con el obturador Perry
a su máxima velocidad y revelada con pyro y sosa. Experimento
ahora todos los días y creo que podré captar caballos en
movimiento, a galope corto, justo cuando cruzan la línea
de fuego; y copos de nieve en el aire, rayos de ruedas bien
definidos, un poco desenfocados en la parte de arriba, pero
nítidos en su conjunto. Los hombres caminando no tienen
ningún misterio; ya te enviaré algunas pruebas. Verás lo
que se puede hacer desde una montura sin necesidad de trípode
o de cristal esmerilado, pero recuerda, por favor, cuando
recibas las muestras, que se han tomado con la lente completamente
abierta y muchas de las mejores han sido expuestas desde
el caballo en marcha.
"Divisadero
-prosigue Fresán- es otra novela del romántico Ondaatje (con
el significativo nombre de una calle de San Francisco que
apenas se menciona un par de veces) donde los cuerpos se juntan
y se separan, las historias se funden para confundirse, los
paisajes pasan para permanecer (…), el tiempo transcurre para
detenerse, la literatura está en el aire y todo parece iluminado
(con el resplandor fosforescente de las mesas de juego de
Nevada, donde transcurre parte de la acción y donde los jugadores
profesionales conversan sobre Tolstoi y hay dance-clubs para
performers llamados El Stendhal), como si se tratara de la
escenografía de una ópera íntima y al mismo tiempo universal
(…).Uno de esos libros que uno quisiera que nunca se terminaran;
pero en su final, en el llegar allí, también hay un placer
único y un privilegio irrepetible". Comienza…
Junto
a la cabaña de nuestro abuelo, sobre una elevada cresta,
frente a la pendiente donde crecen castaños de Indias, a
lomos de su caballo, se halla Claire, envuelta en una gruesa
manta. Ha acampado por la noche y ha encendido un fuego
en el hogar de la pequeña estructura que nuestro antepasado
construyó hace más de una generación, y en donde, al llegar
a este país, vivió como un ermitaño o una criatura del monte.
Era un soltero autosuficiente que con el tiempo se convirtió
en propietario de toda la tierra que se veía desde allí.
No se decidió a casarse hasta los cuarenta, y al hijo que
tuvo le dejó esta granja junto a la carretera de Petaluma.
Claire se mueve despacio por encima de dos valles llenos
de bruma matutina. La costa queda a su izquierda. A la derecha
el camino hacia Sacramento y los pueblos del delta, como
Río Vista, y también hacia las poblaciones que son una reliquia
de la Carrera del Oro...
Concluye
Fresan: "Divisadero es uno de esos libros en cuyo nombre uno
no duda en jurar. Uno de esos libros que uno quisiera que
nunca se terminaran; pero en su final, en el llegar allí,
también hay un placer único y un privilegio irrepetible. Y,
afortunadamente, los libros para armar de Ondaatje (…) aguantan
sucesivas relecturas, porque ahí están todas esas frases,
esperando, esperándonos a que volvamos a ellas. Uno de esos
libros que, para ir cerrando -y ésta suele ser una de las
críticas negativas que más frecuentemente se le hacen a Ondaatje-,
nunca cierran del todo; aunque yo prefiero decir que no es
que no cierren, sino que nunca se cierran. Uno de esos libros
artísticos y verdaderos. Un libro indestructible".
Elie
Wiesel. Trilogía de la noche.
El Aleph. 20 €
En
el estante de nuestra biblioteca que le estamos dedicando a
Auschwitz ya estén muchos de los textos fundamentales. Lo inauguramos
con Primo Levi, Si esto es un hombre, publicado por Quinteto
(si tuviésemos que elegir uno sólo sería sin duda éste), que
vivió atormentado por la idea de que en Auschwitz no sobrevivieron
los mejores, los más humanos y solidarios, sino precisamente
los más egoístas, desalmados e inhumanos. En nuestro estante
tenemos también las minuciosas reflexiones de Jean Améry, en
títulos como Más allá de la culpa y la expiación (sus
libros han sido editados por la editorial Pre-textos), los dolorosamente
bellos relatos de Liana Millu, El humo de Birkenau en
la editorial Acantilado (¿quién de ustedes no ha llorado leyendo
alguno de ellos?), tenemos el El séptimo pozo de Fred
Wander (Galaxia Gutenberg), y la novela Sin destino (Acantilado)
del Premio Nobel Imre Kertész. En esta agenda añadimos otro
de esos libros imprescindibles: Trilogía de la noche
de Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz 1986.
Abre la trilogía La noche, texto terrible, que comienza
en medio de la normalidad de Sighet, pequeña ciudad de Transilvania
donde el narrador, Eliécer, de doce años, de día "estudiaba
el Talmud, y de noche, corría a la sinagoga para llorar la destrucción
del Templo". En las tres primeras páginas nos presenta a Moshé-Shames,
el pobre desarrapado de Sighet, "un maestro en el arte de hacerse
insignificante, de volverse invisible" que se convierte en maestro
de los misterios de la Cábala para el joven narrador. Ya se
nos dan algunas de las claves de la escritura de Wiesel, como
por ejemplo su obsesión por las preguntas:
El
hombre se eleva hacia Dios por las preguntas que le formula
-gustaba repetir-. Ése es el verdadero diálogo. El hombre
interroga y Dios responde. Pero no se comprenden sus respuestas.
No es posible comprenderlas. Porque ellas vienen del fondo
del alma y permanecen allí hasta la muerte. Las verdaderas
respuestas, Eliécer, sólo las encontrarás en ti mismo.
¿Y por qué rezas tú, Moshé? -le pregunté.
Le pido al Dios que está en mí que me dé fuerzas para poder
hacerle verdaderas preguntas.
Pero
nada más pasar la tercera página del relato ya estamos metidos
en lo terrible:
"Después, un día se expulsó a los judíos extranjeros de Sighet.
Y Moshé-Shames era extranjero". Pasaron los días, las semanas,
los meses…
Un
día, cuando iba a entrar en la sinagoga, divisé, sentado
en un banco, próximo a la puerta, a Moshé-Shames.
Relató su historia y la de sus compañeros. El tren de los
deportados había atravesado la frontera húngara y, en territorio
polaco, la Gestapo se había hecho cargo de él. Detenido
allí, los judíos tuvieron que descender y subir a unos camiones.
Los camiones se dirigieron a un bosque. Se les hizo bajar.Se
les hizo cavar amplias fosas. Cuando terminaron su tarea,
los hombres de la GESTAPO comenzaron la suya. Sin pasión,
sin apresurarse, abatieron a sus prisioneros. Cada uno de
ellos debía acercarse al foso y presentar la nuca. Los bebés
eran lanzados al aire y las ametralladoras los tomaban como
blanco… ¿Cómo había logrado salvarse él, Moshé-Shames? Por
milagro. Herido en una pierna, lo creyeron muerto…
… Moshé había cambiado. Sus ojos ya no reflejaban alegría.
Ya no cantaba. Tampoco hablaba ya de Dios o de la Cábala
sino sólo de lo que había visto. La gente no sólo se negaba
a dar crédito a sus historias sino aun a escucharlo.
Y
esta última frase es otra de las claves que domina el relato:
la vida era normal durante todo el año 1943, y en la primavera
de 1944 los árboles estaban en flor y no había ninguna duda
de la derrota de Hitler ("Sí, hasta dudábamos de su deseo
de exterminarnos"). Han sido trasladados al otro ghetto, al
de las afueras, en él tan sólo hacía tres días vivía gente:
"Gente a la cual pertenecían los objetos que nosotros utilizábamos.
Habían sido expulsados. Y nosotros ya los habíamos olvidado
por completo". Su antigua criada "Nos imploró con ardientes
lágrimas que fuéramos a su aldea donde había preparado un
escondite seguro para nosotros. Pero mi padre no quiso oír
hablar de ello…". Incluso cuando están esperando el transporte
para su expulsión, la gente decía:
Quién
sabe, tal vez nos deporten por nuestro bien. El frente no
está muy lejos, pronto se oirán los cañones. Así pues, evacúan
a la población civil…
Me parece que todo este asunto de la deportación es sólo
una gran farsa. Sí, no se rían, por favor. Los nazis quieren
simplemente apoderarse de nuestras joyas. Pero saben que
todo está enterrado y que habrá que realizar registros;
es más fácil cuando los propietarios están de vacaciones…
¡De vacaciones!
Pero
en el momento en que esos últimos deportados suben a un convoy
de vagones para ganado, a razón de ochenta por vagón, comienza
un relato apresurado en el que asistimos al infernal periplo
del muchacho y su padre por diferentes campos de exterminio,
el resto de la familia quedó atrás, a la puerta de Birkenau,
cuando un SS, cachiporra en mano, ordena: "Los hombres a la
izquierda. Las mujeres a la derecha". Wiesel describe la lucha
del muchacho por escapar a la inevitable deshumanización cuyos
rasgos ve por doquier, y el relato acaba realmente varios
meses antes de la liberación, cuando el padre muere, y lo
último que ha pronunciado ha sido el nombre del muchacho:
Desperté el 29 de enero a la madrugada. En lugar de mi padre
yacía otro enfermo. Debían de habérselo llevado antes del
amanecer para trasladarlo al crematorio. Tal vez respiraba
aún…
…Y en el fondo de mí mismo, si hubiera hurgado en las profundidades
de mi conciencia débil, tal vez habría encontrado algo parecido
a esto: "¡Al fin libre!...".
Continúa la trilogía de Wiesel con El alba, tensa meditación
situada en la Palestina bajo mandato inglés, la víctima se
ha vuelto verdugo y debe matar a un hombre. Dice Mercedes
Monmany: "tendrá que revivir la peor de sus pesadillas: convertirse
en verdugo de condenados indefensos a causa de una "guerra
necesaria" en curso".
Dejé
a Ilana en la ventana, perdida en sus reflexiones, en sus
peas tal vez, y empecé a andar por el cuarto deteniéndome
aquí y allá ante una cara conocida, ante una tristeza familiar.
Sabía que me estaban juzgando, que esas caras, esas t ristezas
me juzgaban. Están muertos y tienen hambre. Cuando los muertos
tienen hambre, juzgan a los vivos. Y son implacables; no
esperan que el acto sea cometido, que el crimen se haya
consumado. Lo juzgan de antemano.
Únicamente
Mercedes Monmany se ha hecho eco de la reedición de esta obra,
lean su magnífica reseña, titulada El
deber de la memoria. La trilogía se cierra con El
día, así nos lo cuenta Monmany: "Por último, y siguiendo
el curso de la formación del mismo personaje o, si se prefiere,
ese implacable sendero de destrucción de un ser humano que
un día se sintió abandonado por Dios en los campos de concentración,
nos lo encontramos trabajando como periodista en Nueva York,
negándose obsesivamente la posibilidad de amar. Aislado, alienado
por su propio dolor, que no puede controlar, el protagonista
ha conocido a una mujer, Kathleen, que lo ama, pero a la que
se siente incapaz de corresponder, ya que el sufrimiento,
la herida que arrastra consigo, es imposible de cauterizar.
Todo le empuja hacia una nueva huida, mientras se dice a sí
mismo que "el sufrimiento aleja al ser humano de sus semejantes"".
Aún faltan algunos autores para completar nuestro estante,
yo tengo apuntados varios, de los que espero su traducción
al castellano, Tadeusz Borowsk que escribió 'El mundo de
piedra' (1948) y se suicidó en 1951; el poeta Miklós Radnóti,
fusilado por los nazis en 1944, se encontró entre sus ropas
los desgarradores Razglednica (tarjetas postales),
y tengo apuntada otra pieza de Elie Wiesel, 'El canto de
los muertos'.
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CULTURAS (LA VANGUARDIA)
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Yasutaka Tsutsui. Hombres salmonela
en el planeta porno y otros cuentos. Atalanta.
18 €
Isabel
Gómez Melenchón nos presentaba esta colección de seis relatos
de Yasutaka Tsutsui (Osaka, 1934), escritos durante las dos
últimas décadas, fantásticos, lúcidamente disparatados y fascinantes.
Es lo primero de Yasutaka Tsutsui que se traduce al castellano,
pero se trata de un autor de culto, muy popular en Japón y
muy conocido en otros países, como demuestra el que en 1997
el Gobierno francés le nombrara 'Chevalier des Arts et des
Lettres'. De su currículum vamos a destacar que en el verano
de 1993 anunció que dejaba de escribir como reacción al linchamiento
que había sufrido en la prensa por una protesta hecha por
la Asociación de Epilépticos de Japón debido a ciertas expresiones
sobre la epilepsia que aparecían en uno de sus cuentos,
'El robot policía'. En protesta por la falta de libertad
de expresión se negó a publicar en su país, convirtiéndose
en el primer ciberescritor de Japón al haber sido internet
durante una larga temporada el único medio de poder leer sus
historias. En febrero de 1997 cesó en tal actitud: "Mis protestas
no ivan dirigidas contra la Asociación de Epilépticos, sino
contra la autocensura por parte de los medios de comunicación.
Y es que éstos no recogieron mi opinión… Eso es discriminación".
Escribe Isabel Gómez Melenchón que Yasutaka Tsutsui "con su
sentido del humor entre grotesco, marciano y marxista, retrata
paródicamente el mundo moderno con una acidez extrema y un
sentido anticipatorio que hace difícil creer que algunas de
estas historias llevan décadas escritas. Bola de cristal o
instinto, después de leer su relato sobre la persecución de
los fumadores, por poner un ejemplo, qué miedo imaginar lo
que escriba ahora, no vaya a ser que también la acierte (...).
Todos los relatos parten de la realidad para estirarla y reconstruirla
hasta que a su lado Kafka parezca un inofensivo ursulino,
una realidad deformada hasta el enloquecimiento, pero insólitamente
reconocible".
En la entrevista que la edición incluye, fechada en noviembre
de 2007, Tsutsui declara: "Pocas formas literarias permiten
hacer una crítica tan rotunda a la civilización como la ciencia
ficción. Ningún género puede criticar mejor lo peligrosa que
ha resultado ser finalmente la tecnología…"
Abre el libro El bonsái Dabadaba, una planta que provoca
sueños eróticos a quienes la colocan en su mesilla, Tsutsui
juega de manera muy inteligente con el sueño y la realidad.
Rumores sobre mí es el relato en el que está descaradamente
'inspirado' el argumento de la película 'El show de Truman',
pero es mucho mejor en todos los sentidos el relato de Tsutsui
que la película.
En El límite de la felicidad una masa de bañistas se
aplasta unos sobre otros como granos de arena en una playa
abrasadora, el narrador vuelca sus iras contra la enfermiza
felicidad de farsantes que le rodea, el relato arranca así:
Sucedió
un día, al volver a casa desde el trabajo. Mi esposa levantó
la mirada de una revista femenina semanal, abrió una boca
más grande que su propia cara y se volvió hacia mí:
-Pero ¡qué tonta fui al casarme contigo!
-Pero ¿de qué estás hablando?
Con el dorso de la mano golpeó la revista por la página
que tenía abierta. Era otro de esos artículos absurdos.
Éste, en concreto, se titulaba "Pon a prueba la sexualidad
de tu marido".
-Aquí dice que la erección de tu pene es comparable a la
de un niño de once años; dice que tu potencia no supera
la de un gallo y que tu técnica apenas se merece un aprobado.
Lo haces con la misma frecuencia que un hombre de cincuenta
años, ¡aunque tú tienes treinta y pico y yo veintitantos!
¿Qué piensas hacer al respecto? Hasta ahora me has estado
decepcionando, ¿o no? ¡Qué tonta he sido, madre mía!
-¡No seas imbécil! ¡Todo eso no es más que una sarta de
tonterías de los que estáis obsesionados con el sexo! -Le
retiré la revista de las manos y la hice añicos-. ¡Sexo!
¿Es eso lo único en lo que piensas? ¡Qué vergüenza! Hoy
me han dado la paga y he venido directamente a casa para
traerte todo el dinero. Pues muy bien, tú lo has querido.
Ahora no te voy a comprar nada. ¡Piensa lo que quieras!
Ella suspiró y una sombra de tristeza pasó por sus ojos.
Luego dejó entrever una sonrisa obscena y, coqueteando,
se disculpó de manera sumisa.
-¡Lo siento, cariño! Yo…
He
leído estas historias en el metro, completamente abstraído
de cuanto me rodeaba, sin poder abandonar la lectura hasta
que concluía el relato.
En El mundo se inclina, una ciudad se inclina un poco
todos los días, y el resultado es una burla al feminismo y
la burocracia.
El último fumador, una pesadilla de realidad en la
que los fumadores son perseguidos y cazados hasta que…
-O
sea que hemos pasado por los horrores de la guerra, hemos
sobrevivido a la austeridad de la posguerra, y todo ¿para
qué? -preguntó Kusakabe-. Cuanto más rico es el mundo, más
leyes y normas nos imponen y más discriminación. Y ahora
nosotros ni siquiera somos libres. ¿Por qué?
Todos nuestros camaradas habían caído y sólo quedábamos
dos. Nos habían perseguido hasta la cumbre del Palacio de
la Dieta, donde estábamos sentados fumando a todo meter.
-¿Es eso lo que prefiere la gente? -me preguntó Kusakabe.
-Supongo que lo será -respondí-. Al fin y al cabo, nosotros
tuvimos que empezar una guerra para detener este tipo de
cosas.
En ese momento, un helicóptero lanzó una bomba lacrimógena
y le dio a Kusakabe en medio de la cabeza. Se desplomó sin
decir ni pío. Las masas enfervorizadas que había abajo,
enajenadas por el alcohol como asi se tratara de un festival,
lanzaron un gran estruendo y empezaron a corear:
-¡Sólo queda uno! ¡Sólo queda uno!
Por
último, el relato que da título al libro, un grupo de científicos
explora Nudalia, una zona del planeta Nakamura que tiene la
peculiaridad de que el comportamiento de los habitantes, descendientes
de hippies, los animales (hay gorriones pene, hipopótamos
tatami) y hasta las plantas (hierbas acariciantes), tienen
un comportamiento eminentemente sexual, y es tal la lujuria
que tanto plantas como animales copulan con quien se les ponga
a tiro sin importar género ni especie.
Martin
Kessel. El fiasco del señor Brecher.
Acantilado. 29 €
Nuestro
admirado Robert Saladrigas dice que El fiasco del señor Brecher
es "el primer libro que se traduce de Martin Kessel (Plauen/
Ogtland, 1901-Berlín, 1990), un insigne desconocido también
para los lectores alemanes hasta que hace poco más de diez años
su obra fue póstumamente recuperada. Y menuda novela es El fiasco
del señor Brecher, publicada a finales de 1932, poco antes de
que Hitler y sus huestes se encaramasen al poder".
La obra se divide en tres partes, la primera, titulada 'Departamento
de publicidad' comienza así:
Todos
los días, sobre todo a la hora de cierre de las oficinas,
un temblor atraviesa el centro, los cimientos de Berlín,
como si, una vez más, algo imprevisible se pusiese en movimiento.
Todos se desplazan. El que a primera hora de la mañana acude
puntualmente al edificio de su empresa se ve -después de
un proceso funcional de digestión que degrada al hombre
a mera mano de obra y aprovecha su mejor parte- nuevamente
en la calle, abandonado a su destino particular. Una organización
despide, la otra acoge; el trabajador se convierte en pasajero
o en peatón. Se le abren cines y restaurantes, y cada estadio
exige su tributo.
Si en alguna parte hiende el aire un poste, llamado también
parada, y en algún lugar un hoyo lleva al metro, abajo,
o a una plataforma, llamada también andén, no tarda en producirse,
allí mismo, una cristalización. La gente se agolpa, viandantes
de todo tipo, con prisa, sí, pero con una seriedad tal en
el semblante que parecen los últimos socios de un club apiñados
alrededor del estandarte…
Explica
Saladrigas: "La novela se levanta sobre dos puntales. Por
una parte Berlín, sus calles, barrios, edificios y monumentos,
la ciudadanía y sus hábitos peculiares (…). Por otra parte
la gigantesca empresa de comunicación UMSA (Universal Mediadora,
SA), encaminada a moldear la opinión pública alemana. En su
departamento de publicidad trabajan la media docena de hombres
y mujeres anodinos que Kessel elige como referentes corales
de la baja sociedad berlinesa. Entre ellos destaca el señor
Bucher, capaz de pensar por sí mismo y no se corta a la hora
de expresar en voz alta sus reflexiones inconformistas, sarcásticas,
con un toque surrealista, lo que en definitiva motiva su expulsión
cuando en las altas esferas de la compañía se desata la lucha
por el control del poder y se comete un atentado. Pero Bucher,
que no cree siquiera en el amor-refugio que le brinda Gudula
Öften, tiene en común con los otros -mediocres y sumisos-
la carencia de destino como individuo. Es la cavilación trágica
del relato; lo que justifica que algunos opten por el suicidio".
La segunda parte, 'Placeres privados', arranca:
Hay
muchas cosas en el mundo luminosas y abiertas, cosas que
invitan a la crítica o a la observación; la vida privada
no. La vida privada es un retiro, un lugar entre dos luces,
con cortinas que tapan la vista.
Uno se quita las botas, cuelga la chaqueta en la pared y
se lava la cara para quitarse el polvo del agotamiento,
libre en la ilusión de ser ahora su propio amo…
En
el Postfacio, Kessel nos cuenta cómo gestó la novela -estimulado
por sus dos grandes pasiones de entonces, Tristam Shandy de
Laurence Sterne y Almas muertas de Gogol- espoleado por la
'carcoma de la vida cotidiana': "Había quien esperaba diez
años para que lo ascendieran de consejero gubernamental a
consejero gubernamental de primera categoría, las secretarias
se convertían en viejas solteronas, los apoderados no pasaban
de apoderados y los médicos morían en su consulta. Era una
ciénaga". Y en otro momento leemos: "Pasé años enteros yendo
de un lado para otro (…) convertido en el hazmerreír de mis
amigos, básicamente porque no tuvieron más remedio que aceptar
que nunca la terminaría. (…) Una novela, en la medida en que
aspira a ser una obra de arte (…) hay que gestarla y luego
dominarla. Es una montaña imaginaria… Sin duda es cierto que
una tarea autoimpuesta también hace que despierten fuerzas
insospechadas, pero esas fuerzas, incluso las más geniales,
de poco sirven si el fundamento físico y económico falla y
el día a día no produce otra cosa que avispones".
Cierra Saladrigas su reseña afirmando que se trata de una
"espléndida novela irreductible a todo esquema, que debe ser
leída con la calma y el esfuerzo creador que Kessel se impuso
a sí mismo". Les copio una pincelada más:
-Los
imbéciles discuten por cuál de ellos sabe menos que el otro
-le dice Mucki a Gudula Öften-. Pero no saben de qué hablan.
-¿Y cómo está su señora madre? -pregunta Öften; sin embargo
esta vez no obtiene respuesta.
Mientras tanto, ha ocurrido algo, una novedad, un giro decisivo.
Coty se ha puesto de pie, con el traje impecable; se ve a
la legua que es el amante de una mujer de cuarenta años. Él,
con toda su experiencia, una experiencia que él tiene como
otros tienen un deseo, si bien la experiencia nos hace fuertes
mientras que el anhelo nos vuelve inestables, baja la voz
cuando dice:
-Quiero presentar una moción.
Es colosal el efecto que consigue con esas entradas en escena
tan categóricas combinadas con una voz ahogada. "Fabuloso",
tendrían que haber dicho…
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EL
CULTURAL (EL MUNDO)
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Agota Kristof. No importa.
El Aleph. 16 €
De
Agota Kristof, conocida sobre todo por su primera novela 'El
gran cuaderno' (Seix Barral), primera también de una trilogía
que completan 'La Prueba' y 'La tercera Mentira',
presentamos ya en nuestra agenda los textos breves y deliciosos
de 'La analfabeta' (Obelisco), allí, en el último de
los textos, titulado 'Cómo hacerse escritor', leíamos: "En
primer lugar, hay que escribir naturalmente. Luego, hay que
seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie,
incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará
a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los
cajones y los olvidamos para escribir otros."
Ahora se trata de veintiséis textos breves, y voy a escoger
uno de ellos como ejemplo de la escritura de Kristof, el titulado
'Pienso', que comienza:
Ahora
me quedan pocas esperanzas. Antes buscaba, me desplazaba
todo el tiempo. Esperaba algo. ¿El qué? No tenía ni idea.
Pero pensaba que la vida no podía ser sólo eso, que era
lo mismo que nada, la vida tenía que ser algo, y yo esperaba
que ese algo sucediera, incluso lo buscaba.
Ahora pienso que no hay nada que esperar, entonces me quedo
en mi habitación sentado en una silla y no hago nada.
Pienso que afuera hay una vida, pero en esa vida no sucede
nada. Nada para mí.
Afirma
Darío Villanueva que en los veintiséis textos que forman 'No
importa', "Kristof maneja con rara habilidad las transiciones
entre el absurdo y la fantasía, en una síntesis que apunta
tanto a Kafka e Ionesco como a nuestro realismo mágico. Teatralidad
e imaginación que tienen un posible punto de encuentro en
el impulso oral, invocado incluso en los relatos en primera
persona cuando el narrador hace precisiones acerca de su modo
de contar ('Los profesores') o interpela a sus lectores como
si del público de un cabaret se tratase ('El buzón'). 'Los
números incorrectos' es un texto más extenso, y en él brilla
la impronta singular que la autora le da a su escritura: el
artificio de la llamada errónea da lugar a una sarta de conversaciones
que precipitan un desenlace sorprendente, engañando lopescamente
con la verdad al don nadie que narra. La inanidad de las vidas
adultas, la añoranza de una niñez que sin embargo no fue feliz,
la nostalgia de la casa materna y de la ciudad natal que ya
no son lo que eran aparecen como otros tantos motivos reiterados
en este libro. Son excelentes las breves páginas, de perceptibles
ecos autobiográficos, dedicadas al regreso del protagonista
para asistir al "entierro socialista" del padre. El cuento
'El producto' nos ilustra de nuevo acerca de los posibles
ecos que resuenan en la voz de los personajes creados por
Kristof: el protagonista carece de nombre, es un mero "señor
B", y la peripecia que le acompaña es similar a la del Willy
Loman de Arthur Miller. La escritora sabe envolver sus narraciones
de una ternura con frecuencia paradójica, que no excluye la
violencia, el odio y, sobre todo, el sentimiento del miedo
que alienta en la más extensa de todas, '¿Dónde estás, Mathias?',
ya al final del volumen: una pieza más dramática que narrativa,
entre la poesía y el absurdo, protagonizada por niños.
Agota Kristof nació en Csikvand, Hungría el 31 de octubre
de 1935. En el contexto de la Guerra Fría, las tropas rusas
ocuparon su país en 1956, ocupación que provocó el éxodo de
200.000 personas. "Fue muy difícil cruzar la frontera, los
controles eran muy rígidos. Cruzamos ilegalmente la línea
fronteriza con Austria y nos dirigimos a Viena. Éramos unas
20 personas". Cerca de 14.000 húngaros llegaron a Suiza, un
país en el que las mujeres no tenían ni voz ni voto (el sufragio
femenino se introdujo finalmente en Suiza en 1971), y Kristof
fue una de esas mujeres, el 8 de diciembre de 1956, a los
21 años, entró a Suiza con su primer esposo e hija. Un informe
del entonces Departamento Federal Militar -encargado de organizar
los campos de acogida de los refugiados húngaros- habla de
las mujeres en estos términos: "La calidad de las personas
es muy variada: intelectuales, obreros e incluso, a veces
mujeres". Era inimaginable para las autoridades suizas que
esa mujer de 21 años, que llegó con su bebé y su esposo a
Suiza, se convirtiera 40 años después en una celebridad de
la literatura en francés, uno de los idiomas del país que
la recibió. "No hablaba ni francés, ni alemán, mi marido sí.
Él gestionó todos los trámites". Y él fue quien tuvo la posibilidad
de estudiar en la universidad mientras que Agota debió trabajar
5 años como obrera en una fábrica. "Estaba siempre enferma.
Tenía al bebé y debía levantarme a las 5 de la mañana. Regresaba
a las 5 de la tarde para hacer la limpieza. Fue verdaderamente
duro." No saber hablar francés, el idioma local, le impedía
tener contacto con la gente. "Hubo muchos suicidios. Conocí
a cuatro húngaros que estaban en el mismo sitio que yo, que
se suicidaron durante los primeros años de haber llegado,
porque no soportaron la soledad y el trabajo era muy duro",
recuerda. Determinante para ella fue el dominio de la escritura
del idioma local, que le permitió pasar de los versos en húngaro,
comenzados en su tierra natal, a las obras de teatro y sus
novelas en francés. Desde la década de los 70 Kristof se siente
integrada en el país que la 'acogió'.
'Pienso' termina:
Salgo
a la calle para olvidar, paseo como cualquier otra persona,
pero no hay nada en las calles, sólo gente, tiendas y nada
más.
No tengo ganas de volver a casa porque el fregadero está
atascado, pero tampoco tengo ganas de caminar así que me
detengo en la acera de espaldas a un gran almacén, miro
cómo la gente entra y sale y pienso que los que salen deberían
quedarse adentro y los que entran deberían quedarse afuera,
eso ahorraría bastante movimiento y bastante cansancio.
Sería un buen consejo para darles, pero no escucharían.
Así que no digo nada, aprovecho el calor que sale de la
tienda porque las puertas están constantemente abiertas
y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en
mi habitación.
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BABELIA
(EL PAÍS)
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Josef Winkler. Cementerio
de las naranjas amargas. Círculo de Lectores
/ Galaxia Gutnberg.
Muy
reveladora la dedicatoria que abre el libro:
Para
Pino Lo Scrudato, de catorce años, que en junio de 1988,
en Caltanissetta, Sicilia, fue muerto por su padre con una
hachuela porque, en lugar de vigilar las diez vacas en una
apartada casa de labranza en la que no había electricidad
ni agua corriente, conectó un aparato de televisión a la
batería del tractor para ver el partido de futbol de Italia
contra Irlanda
Luego descubro que así empieza uno de sus terribles relatos,
un libro que encoge el estómago, desde el espectáculo de
la licuación de la sangre de San Jenaro, o el martirio de
Santa Margarita, al niño que mató a otro, la familia que
comía ratones y gatos, o el suicidio de una pareja de homosexuales.
Les copio íntegro uno de lo más breves:
Dos
niñas gitanas con pistolas de plástico transparentes,
en las que vi las entrañas de dos carabinieri muertos
durante un transporte de fondos en Roma, iban por el mercado
de la Piazza Vittorio Emanuele hacia la vendedora de ranas.
Con lluvia torrencial y acompañados por más de diez mil
personas, se dio sepultura a los dos jóvenes carabinieri
-hijos de campesinos de Calabria- en el Campo Verano de
Roma.
Cecilia
Dreymüller nos presentaba esta obra excepcional de Josef
Winkler (Carintia, 1953), comentando una de las maldiciones
que pasan sobre cualquier escritor austriaco, la de ser
compatriota de Thomas Bernhard, por un lado la carga de
la comparación, y por otro el influjo de su poderosa voz,
pero Winkler tras pasar por tal influencia alcanzó su voz
propia: "una escritura autobiográfica de subyugante fuerza
de imágenes".
José Andrés Rojo, en su artículo titulado 'en
el infierno del catolicismo' () recogía estas palabras
del autor: "No creo que se pueda aprender a escribir de
una forma determinada; cuando escribes, descubres lo que
va surgiendo con la frase. Es algo que se puede expresar
también a la manera del autor alemán Friedrich Hebbel: 'Cada
frase, el rostro de un hombre'. Eso es lo que hago, y si
no hay rostros en las frases que he escrito, es que no sirven".
Resume Dreymüller el estilo: "Las novelas 'antirurales'
de Winkler, cuyas letanías blasfemas le granjearon fama
de transgresor radical, revisten de una belleza sobrecogedora
y paradójica las espantosas escenas de una infancia campestre,
marcada por el odio contra la Iglesia y la autoridad paterna.
Cementerio de naranjas amargas se aleja de este entorno
obtuso y violento. Reproduce las impresiones de una estancia
en Italia (…). De nuevo, el lector se estremece ante las
epifanías estéticas que se producen en medio de la miseria
de los barrios marginales de Roma y Nápoles o en los pueblos
perdidos del mezzogiorno, donde la ignorancia y la pobreza
mantienen costumbres aún más arcaicas que en la Austria
rural. Sea en la descripción de la antigua fosa común de
Nápoles, a la que el libro debe su título, o en los accidentes
acaecidos durnate cultos religiosos, Cementerio…
se presenta como un inventario de las abyectas ceremonias
mortuorias que practica el catolicismo. Tanto éstas como
el lenguaje de las oraciones y letanías, intercaladas en
el texto, poseen una tremenda potencia evocadora".
Un ejemplo, del fragmento que habla del envenenamiento del
Papa Alejandro VI:
…
El hijo del Papa, que había sobrevivido al intento de
envenenamiento, fue introducido desnudo, por consejo médico,
en el cuerpo de mulas recién sacrificadas. Salió arrastrándose
de las entrañas de los animales, pero tartamudeó hasta
el fin de sus días. Además, había perdido todo el cabello,
y la piel del cuerpo se le desprendía en escamas. Oh
preciosas heridas, que antes fuisteis tan horribles, tan
dolorosas y lamentables, qué hermosas, dulces y encantadoras
sois hoy. Vuestro resplandor supera al del sol, y vuestra
belleza alegra a ángeles y hombres. Por eso contemplaros
es el mayor placer de mi alma. ¡Oh queridas heridas!
"Dibujo con mis palabras -escribe Winkler- una jaula en
torno al horror, hasta que llega el siguiente horror y quiere
despedazarme. Antes de que pueda lanzarse a mi garganta
para darme un mordisco mortal, le arrojo la red de mi lenguaje.
Sin embargo, si el horror es más rápido que mi lenguaje,
durante un tiempo estoy totalmente paralizado, hasta que
me escapo y, escondiéndome de todo el mundo, tejo una nueva
red de lenguaje, que echaré sobre la cabeza del horror en
la próxima oportunidad."
De las reseñas que leído, me parece mejor la de Alberto
García-Teresa en la revista
'Especulo', comienza García-Teresa: "La desolación,
el abatimiento que supone la presencia constante de la muerte,
su tratamiento como hecho irreparable, definitivo pero mágico,
es el olor que desprende este singular libro de Josef Winkler".
El jurado de la Academia Alemana de Lengua y Poesía, acaba
de conceder a Winkler el premio Georg Büchner, el más importante
de la lengua alemana, que le será entregado el 1 de noviembre
en el transcurso de una ceremonia.
Hugo
Mujica. Lo naciente. Pensando el
acto creador. Pre-Textos. 12 €
"Escribir -dice Hugo Mujica- es como dar voz, dejar decir,
a veces, a ese silencio que nos habita, el que debemos rescatar".
Antonio Ortega escribe en su reseña que al tiempo que Hugo
Mujica "avanza en la escritura poética, lo hace en la reflexión
sobre el hecho mismo de la poesía a través de un género que
es una personal variante del ensayo, y a la que denomina 'ensayo
poético'. Ese es el lugar de Lo naciente. Pensando el acto
creador, un libro de poesía y a la vez de reflexión, el desarrollo
de un pensamiento que sustenta, desde dentro, el proceso mismo
de creación de la palabra poética, pues la idea de partida
"es que en y con el acto creador volvemos a revivir el evento
más originario y revelador que cada uno de nosotros vivió:
el haber nacido, el instante sin sombra ni memoria en que
sin estar nos recibimos, el instante creador que al recibirlo
nos hizo comenzar a ser".
La
creación es siempre instante:
Relámpago.
(El trueno ya es eco de lo apagado,
Se le oye, pero no enciende).
"Yo
diría, que empecé a escribir cuando en mi persona se dio
una transformación del hablar al escuchar. Mi comienzo a
escribir poesía implicó empezar a escuchar que es el lenguaje
el que habla. Incluso en el sentido físico. Estuve siete
años como monje trapense con voto de silencio y fue, después
de años de silencio, cuando empecé a escribir. Así que,
más que una teoría, fue una experiencia inclusive geográfica".
"Las palabras nacen del silencio. Una vez dichas, vuelve
a estar el silencio. Todo es flujo y reflujo. El fundamento
del ser es la expresividad, del silencio a las palabras
y de éstas al silencio, no una cosa u otra."
Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología filosófica
y Teología, fue hippie en los 60, y luego, como monje trapense,
durante siete años llevó voto de silencio: "Yo vivía en
una casita en el bosque, todo muy lindo. A los tres meses
de estar de visita me dijeron, bueno pibe, te tenés que
ir, entonces decidí que me incorporaba al Monasterio, y
me quedé siete años más. Creo que esa fue la experiencia
eje de mi vida. Si hay un antes y un después son esos siete
años, o ese minuto, da lo mismo. Algo extra se abrió en
mí. Yo siento sobre los demás, algo así como la ventaja
de tener un pulmón extra, que son esos siete años de silencio,
de soledad, de vivir en un espacio donde...donde...se está
bien. Ahí empecé a escribir, de pintar había dejado como
un año antes de entrar a la vida monástica. Llegó un momento
en que yo sentí que debía compartir lo que había encontrado.
Había buscado un sentido de la vida y lo había encontrado.
Eso mismo rebasaba, y la comunicación era parte de eso.
Salí del monasterio, y ya me atraía el sacerdocio. De todas
maneras me tomé un año, me quedé por Europa, me fui al Monte
Athos, volví a la Argentina, me fui a vivir al campo y luego
entré al Seminario. Empecé más y más a dedicarme a escribir."
(De una entrevista realizada por Alejandro Napolitano).
siempre
queda
un rastro de todo
lo que pasa,
[…]
una sábana raída
donde se hospedaron
los sueños
en los que se soportó la vida;
Mujica
sabe que la poesía sólo llega a unos pocos, ni mejores ni
peores que los otros, pero pocos, y llega más lejos: "La
poesía no se debe poner de moda porque pasaría a ser de
consumo, y la poesía requiere, desde un ámbito físico y
psíquico, de tensión y de contemplación, de disponibilidad
para su lectura, que no puede ser fácil. Es para leer casi
a contra pelo de dónde va la vida ahora. (…) Si la poesía
pasa a ser moda, no tendría nada que ver con ser poesía,
tendría que ver con que la gente compre libros de poesía.
(…). Yo no intento nada. Estoy de alguna forma compartiendo
aquello que me pasa, pero no tengo ninguna intencionalidad.
Es más, creo que la poesía carece de intencionalidad. Yo
escribo lo que me pasa. Me alegro de ser leído o escuchado;
si al otro le sirve, y le revela algo, me alegro por él.
No busco otra finalidad sino la de transmitir qué me pasó
a mí en el momento creativo. Lo que yo escucho del mundo
en el que vivimos lo digo en mis poemas." (Fragmentos de
la entrevista que le realizó Yolanda Delgado Batista, en
el 2001, y que publicó la revista 'Espéculo').
Y como los que no tienen ojos
Estiramos las manos hasta leer con las yemas
Sobre la piel de los mudos
o todo o nada:
como quien baja los párpados
hasta mirar a los ojos
el amor de los ciegos
Boleslaw
Prus. La muñeca. KRK.
59,95 €
A
mediados de abril, José María Guelbenzu, cuyas reseñas, como
ya saben, leo con devoción, presentaba esta novela del, para
la gran mayoría de nosotros, desconocido Boleslaw Prus (1847-1912)
y le descubría como "el gran novelista polaco del XIX, en
todo superior a su nobelizado contemporáneo Sienkiewicz; el
primero fue un escritor realista centrado en los problemas
de su tiempo, que se integró en el conflicto personal y social
del individuo". Para Guelbenzu La muñeca es la
radiografía de un mundo que se acaba.
El traductor suele ser la persona que más profundiza en el
estilo e intenciones de un autor, así que escuchemos a la
traductora de esta obra, Agata Orzeszek, quien nos ilustra
en la introducción: "Tardía en relación con los escritores
con quienes comparte generación, la obra novelística de Prus
viene precedida por una serie de narraciones breves en que
se revela como un escritor chejoviano por su cercanía al "hombre
pequeño" (al que retrata sobre un fondo de melancolía teñida
de compasión no desprovista de un fino sentido del humor)
… Con La muñeca, Prus se propuso hacer la anatomía de una
sociedad en crisis. El tema central de la novela es el desafortunado
amor tardío del protagonista, Stanislaw Wokulski, enérgico
comerciante varsoviano, arquetipo literario del "héroe constructor",
por la aristócrata Izabela Lecka, una hermosa "muñeca de salón"
(como señaló la crítica de la época) entregada al cultivo
de su precioso "yo". La crítica contemporánea no se ha puesto
de acuerdo, sin embargo, al interpretar el título, porque
"la muñeca" no se refiere sólo a Izabela, sino a una muñeca
real, objeto de un curioso caso en los tribunales, episodio
que ocupa un importante pasaje del relato y que, tal vez,
encierra un significado simbólico".
El primer capítulo, 'Cómo se ve la empresa J. Mincel y S.
Wokulski a través del cristal de las botellas', arranca:
A principios de 1878, cuando el mundo político andaba ocupado
con la paz de San Esteban, la elección del nuevo para y las
vicisitudes de la guerra europea, los comerciantes de Varsovia
y la intelligentsia de cierta parte de los aledaños de la
avenida Krakowskie Przedmiescie, volcaban un interés no menos
apasionado sobre el futuro de la tienda de complementos de
moda y objetos de decoración propiedad de J. Mincel y S. Wokulski.
En el restaurante de renombre donde al caer la tarde se reunían
para un refrigerio dueños de bodegas y de almacenes de ropa
blanca, fabricantes de carruajes y de sombreros, respetables
padres de familia que vivían de sus fotunas personales y propietarios
de casas de alquiler ociosos, los mismo se hablaba de armamento
inglés que de la empresa J. Mincel y S. Wokulski. Envueltos
en el humo de sus cigarros e inclinados sobre las botella
de oscuro cristal, los ciudadanos del barrio apostaban, ya
por la victoria o la derrota de Inglaterra, ya por la bancarrota
de Wokulski; unos llamaban genio a Bismarck, otros aventurero
a Wokulski; estos criticaban la actuación del presidente MacMahon,
aquellos afirmaban que Wokulski, en el mejor de los casos,
era un loco…
Para Guelbenzu, La muñeca "tiene ese sabor añejo, único e
inconfundible de las historias contadas al detalle. El asunto
amoroso es el que mantiene la intriga, pero la habilidad de
Prus para despiezar la historia y recomponerla en toda su
amplitud, el excelente ejercicio de creación de muchos y muy
variados personajes, el tino con que los desarrolla y los
mezcla, el riquísimo retrato que hace de la sociedad polaca
de su tiempo como cronista que fue de la misma en la prensa,
la perspicacia con que aborda temas latentes entonces, como
el del antisemitismo, el interés por la ciencia tan propio
de la época, la admirable sucesión de escenas-cumbre (la experiencia
de la guerra, el viaje a París, la escena del vagón de tren…),
todo contribuye, en fin, integrado en una estupenda relación
rítmica acción-reflexión, al logro de este libro; muy moderno
aún, por otra parte, pues el uso del contraste como medio
expresivo, de las historias secundarias que afluyen a la corriente
central del narrador principal, los juegos de voces (ensoñaciones,
relatos, pensamientos, el diario de Rzecki) e incluso atisbos
de monólogo interior (Izabela en la chaisse-longue) dejan
al lector metódico y tranquilo ampliamente satisfecho".
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MESILLA
DE NOCHE |
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Adalbert Stifter. Verano
tardío. Pre.textos. 48 €.
Explica Dan Ariely, profesor de psicología del consumo en
el prestigioso MIT (Massachusetts Institute of Technology),
en su libro Las trampas del deseo (Ariel, 19 €), que
si en un restaurante hay un plato muy muy caro no lo pedirá
nadie, pero si junto a él hay otro plato que es también muy
caro pero no tanto, la gente elegirá este segundo plato. ¿Ese
ha sido el inconsciente mecanismo (pensaba en el excesivo
precio de La muñeca de Prus, cuya adquisición le solicité
a la Biblioteca Municipal) que me ha llevado a comprar con
los ojos cerrados este libro, cuyo precio se sale de mi presupuesto
habitual?, no sabría decir, aunque la siguiente frase de Carmen
Gauger, la traductora, que aparece en la camisa del libro,
ofrece todo el aval que yo necesito: "Tachada en su época
de idílica y monótona, es Friedrich Nietzsche el primero que
ve en esta novela una de las tres o cuatro obras maestras
en lengua alemana dignas de " ser leídas y releídas"". Con
eso me basta. Añade Gauger que desde entonces "no ha dejado
de aumentar el número de sus adeptos, entre ellos Hugo von
Hofmannsthal, Franz Kafka", y según he podido saber después
hay que añadir a: Walter Benjamin, Karl Kraus, Thomas Mann,
Rilke, Hesse, y Sebald. La crítica austriaca, después de ignorarle
durante todo el siglo XX, al celebrar el segundo centenario
de su nacimiento lo ha situado como antecesor de Arno Schmidt,
Peter Hanke y Thomas Bernhard. ¡Antecesor!, no espere ningún
lector encontrar entre las páginas de Stifter a ninguno de
esos autores, salvo que el lector hilase muy pero muy fino.
De Stifter, ignorado también por las editoriales españolas
(a excepción de una antigua edición de 'Alta selva',
y otra algo más reciente, 1990, de 'Piedras de colores'
por Cátedra) coinciden este año cuatro obras en las mesas
de novedades:
El sendero en el bosque (Impedimenta), es una hermosa
y dulce fábula sobre el poder del amor y la Naturaleza. Tiburius
Kneight, el protagonista, es un neurasténico, solitario y
misántropo, el antecedente del Reilly de La conjura de
los necios.
Abdías (Nórdica), cuenta, con el carácter y la forma
de las narraciones bíblicas proféticas, las desventuras del
judío Abdías. Increíbles saltos en el tiempo de la historia
generan lo lapidario y lo lacónico de esta narración.
Brigitta (Bartleby), se ha considerado uno de los cuentos
más bellos en lengua alemana, cuenta la relación entre Brigitta,
una mujer marcada por la fealdad física, y el Mayor...
Y Verano tardío (Pre-textos): "Un estudiante vienés
emprende largos viajes a pie por la montaña. Un día pide asilo
en una casa solitaria cuyas paredes están cubiertas de rosas.
Así conoce a quien será su mentor y segundo padre, el barón
Von Risach, que ha hecho de su "Casa de las Rosas" y de los
jardines y campos que la rodean, un microcosmos donde se dan
cita el trabajo de la tierra, la artesanía, la literatura
y las artes. Allí se instalan también, en periódicas visitas,
la hermosa Natalie y Mathilde, su madre. Pasarán varios años
hasta que se nos revele el simbólico valor de las rosas y
el dramático pasado de Mathilde y Von Risach, quienes sólo
pueden vivir un "tardío verano" en el otoño de sus vidas,
mientras crece y llega a feliz término el amor del joven Heinrich
y de Natalie" (Carmen Gauger).
Walter Muschg, en esa rara joya que es Historia trágica
de la literatura (Fondo de cultura económica), describe
la época de Stifter (1805-1868): "El siglo XIX no trajo consigo
la resurrección, sino la desrucción de las tradiciones populares.
El destino de la humanidad se conglomeró en las ciudades y
allí adoptó formas que pronosticaban el fin de la idílica
dicha burguesa. Las ciudades fueron entonces los centros del
devenir mundial, en ellas se apiñaban nuevas riquezas y una
conciencia de sí mismo que adquirió proporciones gigantescas.
Comenzaron a transformar su aspecto hasta ser irreconocibles,
cayeron las viejas murallas y puertas, los suburbios proliferaron
hacia el campo. Las metrópolis se convirtieron en hormigueros
y aparecieron las masas. Las artes, una vez perdido el apoyo
de sus mecenas feudales, trataron de entrar en contacto con
este público nuevo…", y nadie lo consiguió como Dickens. No
fue el caso de Adalbert que aunque consiguió ser nombrado
empleado público vivió esa ocupación como un tormento, anticipando
ya a Kafka, escribe Adalbert: "cuando entro en mi oficina,
ya me esperan nuevamente cestos repletos de las cosas con
que tengo que cargar mi mente. Ésta es la desgracia, no el
tiempo efectivo que me toma mi empleo. Si pudiera dormir durante
estas horas o despachar estos asuntos sin participación de
mis sentimientos, alcanzar el hermoso grado de tranquilidad
en que viven muchos empleados, no habría perdido nada mi poesía…"
El último capítulo de la obra de Muschg, 'La inmortalidad',
se cierra con dos citas de Stifter sobre el destino, una sacada
precisamente de 'Verano tardío': "¿Quién hablará aún
después de diez mil años de los helenos o de nosotros? Aparecerán
nociones muy distintas, los hombres tendrán palabras muy distintas…",
la ortra de 'El portafolio de mi bisabuelo': "El hado corre
en un carro dorado. Lo que cae aplastado bajo las ruedas no
tiene importancia alguna (…) Pero tú lo habrías podido evitar
o aún lo puedes cambiar, y recibirás el pago de este cambio;
pues ahora surge de él lo extraordinario". El destino jugó
a su antojo con Stifter, enamorado de la joven y rica heredera
Fanny Greipl, que le correspondía, dejó que otra se cruzara
en su camino, Amalie Mohaupt, una modistilla vienesa. En una
carta dirigida a Fanny le dice que cuando besa a Amalie imagina
que son los labios de Fanny los que besa, y promete seguir
amándola hasta la muerte. Stifter no consiguió conmover a
Fanny que se casó con otro y murió al dar a luz por primera
vez, Stifter -como escribe Muschg- cumplió su voto y convirtió
a Fanny en la novia de sus pensamientos, "y Amalie Mohaupt
pasó a ser la esposa carente de imaginación y rebosante de
mal humor, que nunca estuvo a la altura del poeta"
No puede extrañarnos que en 'El sendero del bosque'
se burlase del necio que llevaba dentro y caricaturizase a
Tiburius, el protagonista, conceptuándole de "genuino mentecato".
En sus primeras novelas -señala Muschg- emplea ese tono de
humor patibulario tratando de olvidar su desgracia. Escribir
se convirtió en lo más importante.
Su empleo de inspector de la educación pública del norte de
Austria, con sede en Linz, ciudad que es para él un desierto,
una mazmorra, se convirtió en un martirio que creció aún más
cuando en el verano de 1855 pudo saborear la dicha, durante
algunas semanas, en el paisaje montañoso de Bohemia: "¡…si
esto pudiese durar! ¡Qué de obras podrían nacer! Si aquí tuviese
una casita, mis flores, mis dibujos, y pudiese pasar cada
año algunos meses con mis amigos en Viena…".
El primer capítulo de la novela se titula 'El interior', les
copio un fragmento:
…No soportaba esas habitaciones mixtas, como él las llamaba,
que podían ser varias a la vez, alcoba y cuarto de jugar y
aún más. Cada cosa y cada persona, solía decir, no podía ser
sino una sola, pero debía serlo del todo. Ese rasgo de rigurosa
exactitud también nos fue inculcado a nosotros y nos hacía
obedecer las órdenes de nuestros padres aunque no las entendiéramos…
Mi padre tenía también un armario con monedas, algunas de
las cuales nos enseñaba a veces. Eran sobre todo preciosos
táleros, en los que se veían hombres armados o con rostros
enmarcados por abundantes bucles; luego había algunos de tiempos
muy antiguos, con maravillosas cabezas de efebos o de mujeres,
y uno con un hombre que tenía alas en los pies. Poseía también
piedras en las que había cosas talladas. Él tenía en mucho
aprecio esas piedras y decía que provenían de la Antigüedad
y del pueblo más experto en arte, a saber, de los antiguos
griegos. A veces se las enseñaba a los amigos, que permanecían
mucho tiempo junto a la pequeña cómoda donde estaban, tomaban
en las manos ésta o aquélla, y hacían comentarios.
Llama la atención de quien se adentra en 'Verano tardío' la
calma y serenidad que su escritura transmite, y parece increíble
cuando se descubre el tormento que devoraba a su autor.
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Para escribir al autor nanocabanas@yahoo.es
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