AGENDA DE LIBROS- 1 de octubre de 2008
ACTUALIZADO LOS MIÉRCOLES

 


por Antonio Cabañas
49 años


"Los libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como fueron escritos" Henry David Thoreau


Quiere esta página ser testigo de lo que nos presentan los suplementos literarios de los periódicos de mayor relevancia en el ámbito nacional,
El País, ABC, El Mundo y La Vanguardia, y que el lector tenga una cita con lo más fresco del mercado y con las perlas que contengan los aludidos suplementos. En el apartado Mesilla de Noche se incluye el libro que en su día se escondió a mi juicio o atención, o no gozó del interés de los suplementos literarios.


  ABCD (ABC)
 


Robertson Davies
. Ángeles rebeldes. Libros del Asteroide. 20,95 €

Con la publicación por Libros del Asteroide de la 'Trilogía Deptford', el canadiense Robertson Davies (1913-1995) dejó de ser para nosotros un desconocido. Nos llega ahora la primera novela de su siguiente trilogía, la 'Trilogía de Cornish' (tercera que escribió), 'Ángeles rebeldes'. Una lectura que no deben perderse.

Ya la cubierta abre el apetito: La Universidad de San Juan y el Espíritu Santo, adormecida en su absorbente vida académica, se revoluciona con el regreso del brillante y malvado profesor Parlabane a sus góticos muros y con el complicado legado que la universidad acaba de recibir de Arthur Cornish, uno de los más importantes coleccionistas de arte canadienses del siglo XX. Las suspicacias entre los albaceas del testamento de Cornish -los profesores Hollier, McVarish y Darcourt- se acrecientan al descubrir entre los objetos del legado un manuscrito inédito de Rabelais. La codicia que va a desatar el preciado manuscrito revelará el verdadero carácter de cada uno de los personajes de la novela.

Comienza el nuevo curso en la universidad de San Juan y el Espíritu Santo, y comienza con un revuelo:

-Parlabane ha vuelto.
-¿Cómo?
-¿No te has enterado? Parlabane ha vuelto.
-¡Ay, Dios!
Seguí a paso vivo por el largo corredor sorteando estudiantes que charlaban y personal de la facultad que cotilleaba; volví a oírlo en boca de un profesor cuando saludaba a otro.
-Se habrá enterado de lo de Parlabane, ¿no?
-No. ¿De qué se trata?
-Ha vuelto.
-¿Aquí?
-Sí, a la universidad.
-No pensará quedarse, ¿verdad?
-¡Quién sabe! De Parlabane se puede esperar cualquier cosa.
Justo lo que necesitaba: algo para decirle a Hollier cuando volviéramos a vernos ahora, después de casi cuatro meses de separación. Éramos amantes desde la última vez que nos vimos, o eso creía yo, ilusa de mí…

Ya tenemos a una de las voces que nos conducirá, bajo el epígrafe 'El segundo paraíso', el relato de María Magdalena Theotoky. Las voces son dos, y se alternan, la otra, bajo el rótulo 'El nuevo Aubrey', es la de Simon Darcourt, uno de los tres albaceas del legado Cornish. Ambos epígrafes reflejan a los dos sujetos que escriben la novela. En la página 22 leemos la propuesta que uno de los profesores, poco antes de morir, hace a Darcourt:

…Yo me refiero a una historia peregrina, que recoja todos los cabos sueltos, las trivialidades que nadie se acuerda nunca de recoger, pero que son la verdadera esencia de la vida: lo que uno dijo informalmente, lo que hicieron otros de espaldas a la galería, todos los chismorreos y rumores que corren por ahí, pero sin necesidad de demostrar nada.
-Algo parecido a las Brief Lives de Aubrey -dije yo, sin pensarlo mucho pero con intención de ser amable con Ellerman, que tan mala cara tenía, el pobre.
Reaccionó con un vigor que no me esperaba. Casi dio un brinco en el sitio.
-¡Eso es! ¡Eso exactamente! Alguien como John Aubrey, que todo lo escuche, que se deje sorprender por todo, que tome notas sobre la marcha sin preocuparse del estilo: una urraca académica, un afanador de irreverencias menudas. Esta universidad necesita un Aubrey…

John Aubrey (1626-97), el maestro de las frases llenas de vida, reunió un montón de desordenadas notas sobre la apariencia de sus amigos, sus debilidades y cuantos chismes les involucraban, apuntaba cuanto oía, por insignificante que pudiera parecer.

¿Cuál es el segundo paraíso? La bellísima y cultísima Mª Magdalena Theotoky lo desvela en la página 50:

Eso fue lo que me ató a Hollier; me parecía ver la Sabiduría en él y, como dijo Paracelso, con quien tendría que familiarizarme porque formaba parte del estudio de Rabelais: "Esforzarse por alcanzar la sabiduría es el segundo paraíso del mundo".
De verdad esperaba alcanzar el segundo paraíso con Hollier… y el primero también.

El poeta Miguel Sánchez-Ostiz, el único que hasta la fecha ha reseñado esta obra de imprescindible lectura, Herencias muy deseadas, les procurará una buena luz: "A la luz de estas páginas habrá que concluir que una buena novela se escribe con personajes construidos con mimo, con información más que con convencionalismos, esto es, con verdadero interés por los caracteres y los rasgos psicológicos puestos en escena; con ambientes y usos sociales descritos con suficiente detalle como para meter en ellos al lector; con ideas poco convencionales o expresadas de manera novedosa, con pasión y sin cinismo. (…) En Ángeles rebeldes, el ambiente que describe Davies es el de una Universidad privada canadiense, con todas sus raterías, engaños, fastos, petulancias, ambiciones de medro que pasan por intelectuales, personificados por una gente que parece vivir al margen del mundo y no pasa de ser una zafia representación de este. En ese medio es donde Davies, además de urdir un buen crimen (así, como suena), nos lleva de viaje al universo hermético de los luthiers, los gitanos centroeuropeos, la alta bibliofilia, la obra de Rabelais, las manías de los eruditos, las curiosidades de historia de las religiones, el tarot, los caprichos sexuales; pero al hilo de esos asuntos se debaten cuestiones de dignidad humana, de teología y de humanismo no tan renacentista como parece, y se reflexiona sobre las relaciones de pareja, el amor, la amistad, y hasta sobre el arte de la biografía. Se ve que Davies disfrutó mucho escribiendo esta novela".

Un monumento de erudición, "rica, apretada de reflexiones", pero sin embargo de lectura muy ágil. Obra llena de pistas que se comprenden páginas después. Un ejemplo, en la página 130, Darcourt le espeta a María Theotoky: "Si busca un mago, búsquelo en Clement Hollier", asunto que retomamos cuarenta páginas más tarde, durante el encuentro entre Hollier y la madre de María, gitana, luthier ("fabricante, reparadora, amante, madre, esclava de violines y de toda la familia de las violas") y echadora de cartas:

…hay otra forma de arreglar los lobos, que consiste en poner el instrumento en el bomarí después de haberlo reparado. No me refiero a violines baratos, entiéndame, sino a los que fabricaron los grandes maestros. Por ejemplo, un Goffriller, un Bergonzi o cualquier otro de Marknenkirchen o Mirecourt, o un buen Banks: a ésos hay que acercarse de rodillas, si se quiere devolverles su verdadera vida a fuerza de paciencia.
[…]
-¿Y el bomarí es como un tratamiento de calor, una forma de cocinar? ¿Es eso?
-¿Cómo es posible que lo sepas, en el nombre de Satanás?
-Mi profesión consiste en adivinar esas cosas.
-¡Debes ser un gran mago!
-Señora Laoutaro, en el mundo en el que usted y yo trabajamos, sería una estupidez por mi parte negar lo que acaba de decir. La magia consiste en producir efectos sin causa aparente, pero usted y yo sabemos que siempre existe una causa. Así pues, voy a explicarle en qué consiste mi magia: sospecho y, por su reacción, creo estar en lo cierto, que "bomarí" es una corrupción o una forma romaní de lo que normalmente se denomina bain marie. Es cosa que no falta en ninguna cocina bien equipada; consiste, sencillamente, en un recipiente con agua para conservar calientes los alimentos que, si se enfrían, se cortan o se echan a perder, pero, ¿por qué se llama bain marie? Porque, según la tradición, fue ideado por la segunda María más imprtante de todas: Míriam, la hermana de Moisés, una gran hechicera. Se dice que murió por un beso de Dios (…). Parece mucho más posible que debamos el bain marie a María La Profetisa, a quien se han atribuido algunos libros y en cuya existencia histórica creía Cornelio Agrippa (…) Era judía, descubrió el ácido hidroclorhídrico e ideó el balneus o bain marie, uno de los pocos instrumentos de alquimia que han sobrevivido hasta hoy; aunque ha sido rebajado y desterrado a la cocina, todavía conserva cierto prestigio. Es decir, de bain marie o bomarí, ¿tengo razón?
-No del todo, mago -dijo mamusia-. Será mejor que vengas a echarle un vistazo.
Bajamos al sótano de la casa…

Disfrutarán con esta lectura.


Michael Ondaatje. Divisadero. Alfaguara. 19,50 €

""Es un poema disfrazado de novela. Te arrastra a sus misterios y obsesiones, te hace señas con sus hechizos y elipsis, su extraña arquitectura, su formalidad y su astuto humor. Y entonces te rompe el corazón. La estructura de esta novela nos recuerda que la historia -tanto la pública como la privada- es un mosaico, y que los artistas se encargan de unir sus fragmentos para sugerir patrones y significados, para ayudarnos a encontrar el sentido de nosotros mismos", escribió el recientemente desaparecido director de cine Anthony Minghella en el prólogo a una edición conmemorativa de El paciente inglés (1992), título que consagró internacionalmente al poeta y narrador Michael Ondaatje". Así comienza la reseña de Rodrigo Fresán.

Y así comienza 'El paciente inglés':

Se puso de pie en el jardín en el que había estado trabajando y miró a lo lejos. Había notado un cambio en el tiempo. Se había vuelto a levantar viento, voluta sonora en el aire, y los altos cipreses oscilaban. Se volvió y subió la cuesta hacia la casa, trepó una pared baja y sintió las primeras gotas de lluvia en sus desnudos brazos. Cruzó el pórtico y entró rápida en la casa.
No se detuvo en la cocina, sino que la cruzó y subió la escalera, a obscuras, y después continuó por el largo pasillo, a cuyo final se proyectaba la luz que pasaba por una puerta abierta.
Giró y entró en la habitación, otro jardín, de árboles y parras esta vez, pintado en sus paredes y techo. El hombre yacía en la cama con el cuerpo expuesto a la brisa y, al oírla entrar, volvió ligeramente la cabeza hacia ella.
Cada cuatro días le lavaba su negro cuerpo, comenzando por los destrozados pies…

Coinciden ahora en las librerías su primera novela, de 1970, 'Las obras completas de Billy el Niño' (Punto de Lectura), inédita hasta ahora en nuestro país, y la que por el momento es la última, Divisadero.

"Sus novelas -continúa Fresán- parecen sueños despiertos que nos conducen a una visión única e inconfundible del mundo. Un mundo que es el nuestro pero que se nos presenta con nuevos sentidos y modales para que lo redescubramos y lo hagamos nuestro. En las novelas de Ondaatje la trama es importante, sin ser lo que más importa. Lo que importa es la manera única y la prosa privilegiada con las que Ondaatje nos la cuenta". Leamos cómo arranca 'Las obras completas de Billy el Niño':

Te envío una fotografía de Billy hecha con el obturador Perry a su máxima velocidad y revelada con pyro y sosa. Experimento ahora todos los días y creo que podré captar caballos en movimiento, a galope corto, justo cuando cruzan la línea de fuego; y copos de nieve en el aire, rayos de ruedas bien definidos, un poco desenfocados en la parte de arriba, pero nítidos en su conjunto. Los hombres caminando no tienen ningún misterio; ya te enviaré algunas pruebas. Verás lo que se puede hacer desde una montura sin necesidad de trípode o de cristal esmerilado, pero recuerda, por favor, cuando recibas las muestras, que se han tomado con la lente completamente abierta y muchas de las mejores han sido expuestas desde el caballo en marcha.

"Divisadero -prosigue Fresán- es otra novela del romántico Ondaatje (con el significativo nombre de una calle de San Francisco que apenas se menciona un par de veces) donde los cuerpos se juntan y se separan, las historias se funden para confundirse, los paisajes pasan para permanecer (…), el tiempo transcurre para detenerse, la literatura está en el aire y todo parece iluminado (con el resplandor fosforescente de las mesas de juego de Nevada, donde transcurre parte de la acción y donde los jugadores profesionales conversan sobre Tolstoi y hay dance-clubs para performers llamados El Stendhal), como si se tratara de la escenografía de una ópera íntima y al mismo tiempo universal (…).Uno de esos libros que uno quisiera que nunca se terminaran; pero en su final, en el llegar allí, también hay un placer único y un privilegio irrepetible". Comienza…

Junto a la cabaña de nuestro abuelo, sobre una elevada cresta, frente a la pendiente donde crecen castaños de Indias, a lomos de su caballo, se halla Claire, envuelta en una gruesa manta. Ha acampado por la noche y ha encendido un fuego en el hogar de la pequeña estructura que nuestro antepasado construyó hace más de una generación, y en donde, al llegar a este país, vivió como un ermitaño o una criatura del monte. Era un soltero autosuficiente que con el tiempo se convirtió en propietario de toda la tierra que se veía desde allí. No se decidió a casarse hasta los cuarenta, y al hijo que tuvo le dejó esta granja junto a la carretera de Petaluma.
Claire se mueve despacio por encima de dos valles llenos de bruma matutina. La costa queda a su izquierda. A la derecha el camino hacia Sacramento y los pueblos del delta, como Río Vista, y también hacia las poblaciones que son una reliquia de la Carrera del Oro...

Concluye Fresan: "Divisadero es uno de esos libros en cuyo nombre uno no duda en jurar. Uno de esos libros que uno quisiera que nunca se terminaran; pero en su final, en el llegar allí, también hay un placer único y un privilegio irrepetible. Y, afortunadamente, los libros para armar de Ondaatje (…) aguantan sucesivas relecturas, porque ahí están todas esas frases, esperando, esperándonos a que volvamos a ellas. Uno de esos libros que, para ir cerrando -y ésta suele ser una de las críticas negativas que más frecuentemente se le hacen a Ondaatje-, nunca cierran del todo; aunque yo prefiero decir que no es que no cierren, sino que nunca se cierran. Uno de esos libros artísticos y verdaderos. Un libro indestructible".


Elie Wiesel. Trilogía de la noche. El Aleph. 20 €

En el estante de nuestra biblioteca que le estamos dedicando a Auschwitz ya estén muchos de los textos fundamentales. Lo inauguramos con Primo Levi, Si esto es un hombre, publicado por Quinteto (si tuviésemos que elegir uno sólo sería sin duda éste), que vivió atormentado por la idea de que en Auschwitz no sobrevivieron los mejores, los más humanos y solidarios, sino precisamente los más egoístas, desalmados e inhumanos. En nuestro estante tenemos también las minuciosas reflexiones de Jean Améry, en títulos como Más allá de la culpa y la expiación (sus libros han sido editados por la editorial Pre-textos), los dolorosamente bellos relatos de Liana Millu, El humo de Birkenau en la editorial Acantilado (¿quién de ustedes no ha llorado leyendo alguno de ellos?), tenemos el El séptimo pozo de Fred Wander (Galaxia Gutenberg), y la novela Sin destino (Acantilado) del Premio Nobel Imre Kertész. En esta agenda añadimos otro de esos libros imprescindibles: Trilogía de la noche de Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz 1986.

Abre la trilogía La noche, texto terrible, que comienza en medio de la normalidad de Sighet, pequeña ciudad de Transilvania donde el narrador, Eliécer, de doce años, de día "estudiaba el Talmud, y de noche, corría a la sinagoga para llorar la destrucción del Templo". En las tres primeras páginas nos presenta a Moshé-Shames, el pobre desarrapado de Sighet, "un maestro en el arte de hacerse insignificante, de volverse invisible" que se convierte en maestro de los misterios de la Cábala para el joven narrador. Ya se nos dan algunas de las claves de la escritura de Wiesel, como por ejemplo su obsesión por las preguntas:

El hombre se eleva hacia Dios por las preguntas que le formula -gustaba repetir-. Ése es el verdadero diálogo. El hombre interroga y Dios responde. Pero no se comprenden sus respuestas. No es posible comprenderlas. Porque ellas vienen del fondo del alma y permanecen allí hasta la muerte. Las verdaderas respuestas, Eliécer, sólo las encontrarás en ti mismo.
¿Y por qué rezas tú, Moshé? -le pregunté.
Le pido al Dios que está en mí que me dé fuerzas para poder hacerle verdaderas preguntas.

Pero nada más pasar la tercera página del relato ya estamos metidos en lo terrible:
"Después, un día se expulsó a los judíos extranjeros de Sighet. Y Moshé-Shames era extranjero". Pasaron los días, las semanas, los meses…

Un día, cuando iba a entrar en la sinagoga, divisé, sentado en un banco, próximo a la puerta, a Moshé-Shames.
Relató su historia y la de sus compañeros. El tren de los deportados había atravesado la frontera húngara y, en territorio polaco, la Gestapo se había hecho cargo de él. Detenido allí, los judíos tuvieron que descender y subir a unos camiones. Los camiones se dirigieron a un bosque. Se les hizo bajar.Se les hizo cavar amplias fosas. Cuando terminaron su tarea, los hombres de la GESTAPO comenzaron la suya. Sin pasión, sin apresurarse, abatieron a sus prisioneros. Cada uno de ellos debía acercarse al foso y presentar la nuca. Los bebés eran lanzados al aire y las ametralladoras los tomaban como blanco… ¿Cómo había logrado salvarse él, Moshé-Shames? Por milagro. Herido en una pierna, lo creyeron muerto…
… Moshé había cambiado. Sus ojos ya no reflejaban alegría. Ya no cantaba. Tampoco hablaba ya de Dios o de la Cábala sino sólo de lo que había visto. La gente no sólo se negaba a dar crédito a sus historias sino aun a escucharlo.

Y esta última frase es otra de las claves que domina el relato: la vida era normal durante todo el año 1943, y en la primavera de 1944 los árboles estaban en flor y no había ninguna duda de la derrota de Hitler ("Sí, hasta dudábamos de su deseo de exterminarnos"). Han sido trasladados al otro ghetto, al de las afueras, en él tan sólo hacía tres días vivía gente: "Gente a la cual pertenecían los objetos que nosotros utilizábamos. Habían sido expulsados. Y nosotros ya los habíamos olvidado por completo". Su antigua criada "Nos imploró con ardientes lágrimas que fuéramos a su aldea donde había preparado un escondite seguro para nosotros. Pero mi padre no quiso oír hablar de ello…". Incluso cuando están esperando el transporte para su expulsión, la gente decía:

Quién sabe, tal vez nos deporten por nuestro bien. El frente no está muy lejos, pronto se oirán los cañones. Así pues, evacúan a la población civil…
Me parece que todo este asunto de la deportación es sólo una gran farsa. Sí, no se rían, por favor. Los nazis quieren simplemente apoderarse de nuestras joyas. Pero saben que todo está enterrado y que habrá que realizar registros; es más fácil cuando los propietarios están de vacaciones…
¡De vacaciones!

Pero en el momento en que esos últimos deportados suben a un convoy de vagones para ganado, a razón de ochenta por vagón, comienza un relato apresurado en el que asistimos al infernal periplo del muchacho y su padre por diferentes campos de exterminio, el resto de la familia quedó atrás, a la puerta de Birkenau, cuando un SS, cachiporra en mano, ordena: "Los hombres a la izquierda. Las mujeres a la derecha". Wiesel describe la lucha del muchacho por escapar a la inevitable deshumanización cuyos rasgos ve por doquier, y el relato acaba realmente varios meses antes de la liberación, cuando el padre muere, y lo último que ha pronunciado ha sido el nombre del muchacho:

Desperté el 29 de enero a la madrugada. En lugar de mi padre yacía otro enfermo. Debían de habérselo llevado antes del amanecer para trasladarlo al crematorio. Tal vez respiraba aún…
…Y en el fondo de mí mismo, si hubiera hurgado en las profundidades de mi conciencia débil, tal vez habría encontrado algo parecido a esto: "¡Al fin libre!...".

Continúa la trilogía de Wiesel con El alba, tensa meditación situada en la Palestina bajo mandato inglés, la víctima se ha vuelto verdugo y debe matar a un hombre. Dice Mercedes Monmany: "tendrá que revivir la peor de sus pesadillas: convertirse en verdugo de condenados indefensos a causa de una "guerra necesaria" en curso".

Dejé a Ilana en la ventana, perdida en sus reflexiones, en sus peas tal vez, y empecé a andar por el cuarto deteniéndome aquí y allá ante una cara conocida, ante una tristeza familiar.
Sabía que me estaban juzgando, que esas caras, esas t ristezas me juzgaban. Están muertos y tienen hambre. Cuando los muertos tienen hambre, juzgan a los vivos. Y son implacables; no esperan que el acto sea cometido, que el crimen se haya consumado. Lo juzgan de antemano.

Únicamente Mercedes Monmany se ha hecho eco de la reedición de esta obra, lean su magnífica reseña, titulada El deber de la memoria. La trilogía se cierra con El día, así nos lo cuenta Monmany: "Por último, y siguiendo el curso de la formación del mismo personaje o, si se prefiere, ese implacable sendero de destrucción de un ser humano que un día se sintió abandonado por Dios en los campos de concentración, nos lo encontramos trabajando como periodista en Nueva York, negándose obsesivamente la posibilidad de amar. Aislado, alienado por su propio dolor, que no puede controlar, el protagonista ha conocido a una mujer, Kathleen, que lo ama, pero a la que se siente incapaz de corresponder, ya que el sufrimiento, la herida que arrastra consigo, es imposible de cauterizar. Todo le empuja hacia una nueva huida, mientras se dice a sí mismo que "el sufrimiento aleja al ser humano de sus semejantes"".

Aún faltan algunos autores para completar nuestro estante, yo tengo apuntados varios, de los que espero su traducción al castellano, Tadeusz Borowsk que escribió 'El mundo de piedra' (1948) y se suicidó en 1951; el poeta Miklós Radnóti, fusilado por los nazis en 1944, se encontró entre sus ropas los desgarradores Razglednica (tarjetas postales), y tengo apuntada otra pieza de Elie Wiesel, 'El canto de los muertos'.


  CULTURAS (LA VANGUARDIA)
 


Yasutaka Tsutsui
. Hombres salmonela en el planeta porno y otros cuentos. Atalanta. 18 €

Isabel Gómez Melenchón nos presentaba esta colección de seis relatos de Yasutaka Tsutsui (Osaka, 1934), escritos durante las dos últimas décadas, fantásticos, lúcidamente disparatados y fascinantes. Es lo primero de Yasutaka Tsutsui que se traduce al castellano, pero se trata de un autor de culto, muy popular en Japón y muy conocido en otros países, como demuestra el que en 1997 el Gobierno francés le nombrara 'Chevalier des Arts et des Lettres'. De su currículum vamos a destacar que en el verano de 1993 anunció que dejaba de escribir como reacción al linchamiento que había sufrido en la prensa por una protesta hecha por la Asociación de Epilépticos de Japón debido a ciertas expresiones sobre la epilepsia que aparecían en uno de sus cuentos, 'El robot policía'. En protesta por la falta de libertad de expresión se negó a publicar en su país, convirtiéndose en el primer ciberescritor de Japón al haber sido internet durante una larga temporada el único medio de poder leer sus historias. En febrero de 1997 cesó en tal actitud: "Mis protestas no ivan dirigidas contra la Asociación de Epilépticos, sino contra la autocensura por parte de los medios de comunicación. Y es que éstos no recogieron mi opinión… Eso es discriminación".

Escribe Isabel Gómez Melenchón que Yasutaka Tsutsui "con su sentido del humor entre grotesco, marciano y marxista, retrata paródicamente el mundo moderno con una acidez extrema y un sentido anticipatorio que hace difícil creer que algunas de estas historias llevan décadas escritas. Bola de cristal o instinto, después de leer su relato sobre la persecución de los fumadores, por poner un ejemplo, qué miedo imaginar lo que escriba ahora, no vaya a ser que también la acierte (...). Todos los relatos parten de la realidad para estirarla y reconstruirla hasta que a su lado Kafka parezca un inofensivo ursulino, una realidad deformada hasta el enloquecimiento, pero insólitamente reconocible".

En la entrevista que la edición incluye, fechada en noviembre de 2007, Tsutsui declara: "Pocas formas literarias permiten hacer una crítica tan rotunda a la civilización como la ciencia ficción. Ningún género puede criticar mejor lo peligrosa que ha resultado ser finalmente la tecnología…"

Abre el libro El bonsái Dabadaba, una planta que provoca sueños eróticos a quienes la colocan en su mesilla, Tsutsui juega de manera muy inteligente con el sueño y la realidad.

Rumores sobre mí es el relato en el que está descaradamente 'inspirado' el argumento de la película 'El show de Truman', pero es mucho mejor en todos los sentidos el relato de Tsutsui que la película.

En El límite de la felicidad una masa de bañistas se aplasta unos sobre otros como granos de arena en una playa abrasadora, el narrador vuelca sus iras contra la enfermiza felicidad de farsantes que le rodea, el relato arranca así:

Sucedió un día, al volver a casa desde el trabajo. Mi esposa levantó la mirada de una revista femenina semanal, abrió una boca más grande que su propia cara y se volvió hacia mí:
-Pero ¡qué tonta fui al casarme contigo!
-Pero ¿de qué estás hablando?
Con el dorso de la mano golpeó la revista por la página que tenía abierta. Era otro de esos artículos absurdos. Éste, en concreto, se titulaba "Pon a prueba la sexualidad de tu marido".
-Aquí dice que la erección de tu pene es comparable a la de un niño de once años; dice que tu potencia no supera la de un gallo y que tu técnica apenas se merece un aprobado. Lo haces con la misma frecuencia que un hombre de cincuenta años, ¡aunque tú tienes treinta y pico y yo veintitantos! ¿Qué piensas hacer al respecto? Hasta ahora me has estado decepcionando, ¿o no? ¡Qué tonta he sido, madre mía!
-¡No seas imbécil! ¡Todo eso no es más que una sarta de tonterías de los que estáis obsesionados con el sexo! -Le retiré la revista de las manos y la hice añicos-. ¡Sexo! ¿Es eso lo único en lo que piensas? ¡Qué vergüenza! Hoy me han dado la paga y he venido directamente a casa para traerte todo el dinero. Pues muy bien, tú lo has querido. Ahora no te voy a comprar nada. ¡Piensa lo que quieras!
Ella suspiró y una sombra de tristeza pasó por sus ojos. Luego dejó entrever una sonrisa obscena y, coqueteando, se disculpó de manera sumisa.
-¡Lo siento, cariño! Yo…

He leído estas historias en el metro, completamente abstraído de cuanto me rodeaba, sin poder abandonar la lectura hasta que concluía el relato.

En El mundo se inclina, una ciudad se inclina un poco todos los días, y el resultado es una burla al feminismo y la burocracia.

El último fumador, una pesadilla de realidad en la que los fumadores son perseguidos y cazados hasta que…

-O sea que hemos pasado por los horrores de la guerra, hemos sobrevivido a la austeridad de la posguerra, y todo ¿para qué? -preguntó Kusakabe-. Cuanto más rico es el mundo, más leyes y normas nos imponen y más discriminación. Y ahora nosotros ni siquiera somos libres. ¿Por qué?
Todos nuestros camaradas habían caído y sólo quedábamos dos. Nos habían perseguido hasta la cumbre del Palacio de la Dieta, donde estábamos sentados fumando a todo meter.
-¿Es eso lo que prefiere la gente? -me preguntó Kusakabe.
-Supongo que lo será -respondí-. Al fin y al cabo, nosotros tuvimos que empezar una guerra para detener este tipo de cosas.
En ese momento, un helicóptero lanzó una bomba lacrimógena y le dio a Kusakabe en medio de la cabeza. Se desplomó sin decir ni pío. Las masas enfervorizadas que había abajo, enajenadas por el alcohol como asi se tratara de un festival, lanzaron un gran estruendo y empezaron a corear:
-¡Sólo queda uno! ¡Sólo queda uno!

Por último, el relato que da título al libro, un grupo de científicos explora Nudalia, una zona del planeta Nakamura que tiene la peculiaridad de que el comportamiento de los habitantes, descendientes de hippies, los animales (hay gorriones pene, hipopótamos tatami) y hasta las plantas (hierbas acariciantes), tienen un comportamiento eminentemente sexual, y es tal la lujuria que tanto plantas como animales copulan con quien se les ponga a tiro sin importar género ni especie.


Martin Kessel. El fiasco del señor Brecher. Acantilado. 29 €

Nuestro admirado Robert Saladrigas dice que El fiasco del señor Brecher es "el primer libro que se traduce de Martin Kessel (Plauen/ Ogtland, 1901-Berlín, 1990), un insigne desconocido también para los lectores alemanes hasta que hace poco más de diez años su obra fue póstumamente recuperada. Y menuda novela es El fiasco del señor Brecher, publicada a finales de 1932, poco antes de que Hitler y sus huestes se encaramasen al poder".

La obra se divide en tres partes, la primera, titulada 'Departamento de publicidad' comienza así:

Todos los días, sobre todo a la hora de cierre de las oficinas, un temblor atraviesa el centro, los cimientos de Berlín, como si, una vez más, algo imprevisible se pusiese en movimiento.
Todos se desplazan. El que a primera hora de la mañana acude puntualmente al edificio de su empresa se ve -después de un proceso funcional de digestión que degrada al hombre a mera mano de obra y aprovecha su mejor parte- nuevamente en la calle, abandonado a su destino particular. Una organización despide, la otra acoge; el trabajador se convierte en pasajero o en peatón. Se le abren cines y restaurantes, y cada estadio exige su tributo.
Si en alguna parte hiende el aire un poste, llamado también parada, y en algún lugar un hoyo lleva al metro, abajo, o a una plataforma, llamada también andén, no tarda en producirse, allí mismo, una cristalización. La gente se agolpa, viandantes de todo tipo, con prisa, sí, pero con una seriedad tal en el semblante que parecen los últimos socios de un club apiñados alrededor del estandarte…

Explica Saladrigas: "La novela se levanta sobre dos puntales. Por una parte Berlín, sus calles, barrios, edificios y monumentos, la ciudadanía y sus hábitos peculiares (…). Por otra parte la gigantesca empresa de comunicación UMSA (Universal Mediadora, SA), encaminada a moldear la opinión pública alemana. En su departamento de publicidad trabajan la media docena de hombres y mujeres anodinos que Kessel elige como referentes corales de la baja sociedad berlinesa. Entre ellos destaca el señor Bucher, capaz de pensar por sí mismo y no se corta a la hora de expresar en voz alta sus reflexiones inconformistas, sarcásticas, con un toque surrealista, lo que en definitiva motiva su expulsión cuando en las altas esferas de la compañía se desata la lucha por el control del poder y se comete un atentado. Pero Bucher, que no cree siquiera en el amor-refugio que le brinda Gudula Öften, tiene en común con los otros -mediocres y sumisos- la carencia de destino como individuo. Es la cavilación trágica del relato; lo que justifica que algunos opten por el suicidio".

La segunda parte, 'Placeres privados', arranca:

Hay muchas cosas en el mundo luminosas y abiertas, cosas que invitan a la crítica o a la observación; la vida privada no. La vida privada es un retiro, un lugar entre dos luces, con cortinas que tapan la vista.
Uno se quita las botas, cuelga la chaqueta en la pared y se lava la cara para quitarse el polvo del agotamiento, libre en la ilusión de ser ahora su propio amo…

En el Postfacio, Kessel nos cuenta cómo gestó la novela -estimulado por sus dos grandes pasiones de entonces, Tristam Shandy de Laurence Sterne y Almas muertas de Gogol- espoleado por la 'carcoma de la vida cotidiana': "Había quien esperaba diez años para que lo ascendieran de consejero gubernamental a consejero gubernamental de primera categoría, las secretarias se convertían en viejas solteronas, los apoderados no pasaban de apoderados y los médicos morían en su consulta. Era una ciénaga". Y en otro momento leemos: "Pasé años enteros yendo de un lado para otro (…) convertido en el hazmerreír de mis amigos, básicamente porque no tuvieron más remedio que aceptar que nunca la terminaría. (…) Una novela, en la medida en que aspira a ser una obra de arte (…) hay que gestarla y luego dominarla. Es una montaña imaginaria… Sin duda es cierto que una tarea autoimpuesta también hace que despierten fuerzas insospechadas, pero esas fuerzas, incluso las más geniales, de poco sirven si el fundamento físico y económico falla y el día a día no produce otra cosa que avispones".

Cierra Saladrigas su reseña afirmando que se trata de una "espléndida novela irreductible a todo esquema, que debe ser leída con la calma y el esfuerzo creador que Kessel se impuso a sí mismo". Les copio una pincelada más:

-Los imbéciles discuten por cuál de ellos sabe menos que el otro -le dice Mucki a Gudula Öften-. Pero no saben de qué hablan.
-¿Y cómo está su señora madre? -pregunta Öften; sin embargo esta vez no obtiene respuesta.
Mientras tanto, ha ocurrido algo, una novedad, un giro decisivo. Coty se ha puesto de pie, con el traje impecable; se ve a la legua que es el amante de una mujer de cuarenta años. Él, con toda su experiencia, una experiencia que él tiene como otros tienen un deseo, si bien la experiencia nos hace fuertes mientras que el anhelo nos vuelve inestables, baja la voz cuando dice:
-Quiero presentar una moción.
Es colosal el efecto que consigue con esas entradas en escena tan categóricas combinadas con una voz ahogada. "Fabuloso", tendrían que haber dicho…



  EL CULTURAL (EL MUNDO)
 


Agota Kristof
. No importa. El Aleph. 16 €

De Agota Kristof, conocida sobre todo por su primera novela 'El gran cuaderno' (Seix Barral), primera también de una trilogía que completan 'La Prueba' y 'La tercera Mentira', presentamos ya en nuestra agenda los textos breves y deliciosos de 'La analfabeta' (Obelisco), allí, en el último de los textos, titulado 'Cómo hacerse escritor', leíamos: "En primer lugar, hay que escribir naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros."

Ahora se trata de veintiséis textos breves, y voy a escoger uno de ellos como ejemplo de la escritura de Kristof, el titulado 'Pienso', que comienza:

Ahora me quedan pocas esperanzas. Antes buscaba, me desplazaba todo el tiempo. Esperaba algo. ¿El qué? No tenía ni idea. Pero pensaba que la vida no podía ser sólo eso, que era lo mismo que nada, la vida tenía que ser algo, y yo esperaba que ese algo sucediera, incluso lo buscaba.
Ahora pienso que no hay nada que esperar, entonces me quedo en mi habitación sentado en una silla y no hago nada.
Pienso que afuera hay una vida, pero en esa vida no sucede nada. Nada para mí.

Afirma Darío Villanueva que en los veintiséis textos que forman 'No importa', "Kristof maneja con rara habilidad las transiciones entre el absurdo y la fantasía, en una síntesis que apunta tanto a Kafka e Ionesco como a nuestro realismo mágico. Teatralidad e imaginación que tienen un posible punto de encuentro en el impulso oral, invocado incluso en los relatos en primera persona cuando el narrador hace precisiones acerca de su modo de contar ('Los profesores') o interpela a sus lectores como si del público de un cabaret se tratase ('El buzón'). 'Los números incorrectos' es un texto más extenso, y en él brilla la impronta singular que la autora le da a su escritura: el artificio de la llamada errónea da lugar a una sarta de conversaciones que precipitan un desenlace sorprendente, engañando lopescamente con la verdad al don nadie que narra. La inanidad de las vidas adultas, la añoranza de una niñez que sin embargo no fue feliz, la nostalgia de la casa materna y de la ciudad natal que ya no son lo que eran aparecen como otros tantos motivos reiterados en este libro. Son excelentes las breves páginas, de perceptibles ecos autobiográficos, dedicadas al regreso del protagonista para asistir al "entierro socialista" del padre. El cuento 'El producto' nos ilustra de nuevo acerca de los posibles ecos que resuenan en la voz de los personajes creados por Kristof: el protagonista carece de nombre, es un mero "señor B", y la peripecia que le acompaña es similar a la del Willy Loman de Arthur Miller. La escritora sabe envolver sus narraciones de una ternura con frecuencia paradójica, que no excluye la violencia, el odio y, sobre todo, el sentimiento del miedo que alienta en la más extensa de todas, '¿Dónde estás, Mathias?', ya al final del volumen: una pieza más dramática que narrativa, entre la poesía y el absurdo, protagonizada por niños.

Agota Kristof nació en Csikvand, Hungría el 31 de octubre de 1935. En el contexto de la Guerra Fría, las tropas rusas ocuparon su país en 1956, ocupación que provocó el éxodo de 200.000 personas. "Fue muy difícil cruzar la frontera, los controles eran muy rígidos. Cruzamos ilegalmente la línea fronteriza con Austria y nos dirigimos a Viena. Éramos unas 20 personas". Cerca de 14.000 húngaros llegaron a Suiza, un país en el que las mujeres no tenían ni voz ni voto (el sufragio femenino se introdujo finalmente en Suiza en 1971), y Kristof fue una de esas mujeres, el 8 de diciembre de 1956, a los 21 años, entró a Suiza con su primer esposo e hija. Un informe del entonces Departamento Federal Militar -encargado de organizar los campos de acogida de los refugiados húngaros- habla de las mujeres en estos términos: "La calidad de las personas es muy variada: intelectuales, obreros e incluso, a veces mujeres". Era inimaginable para las autoridades suizas que esa mujer de 21 años, que llegó con su bebé y su esposo a Suiza, se convirtiera 40 años después en una celebridad de la literatura en francés, uno de los idiomas del país que la recibió. "No hablaba ni francés, ni alemán, mi marido sí. Él gestionó todos los trámites". Y él fue quien tuvo la posibilidad de estudiar en la universidad mientras que Agota debió trabajar 5 años como obrera en una fábrica. "Estaba siempre enferma. Tenía al bebé y debía levantarme a las 5 de la mañana. Regresaba a las 5 de la tarde para hacer la limpieza. Fue verdaderamente duro." No saber hablar francés, el idioma local, le impedía tener contacto con la gente. "Hubo muchos suicidios. Conocí a cuatro húngaros que estaban en el mismo sitio que yo, que se suicidaron durante los primeros años de haber llegado, porque no soportaron la soledad y el trabajo era muy duro", recuerda. Determinante para ella fue el dominio de la escritura del idioma local, que le permitió pasar de los versos en húngaro, comenzados en su tierra natal, a las obras de teatro y sus novelas en francés. Desde la década de los 70 Kristof se siente integrada en el país que la 'acogió'.

'Pienso' termina:

Salgo a la calle para olvidar, paseo como cualquier otra persona, pero no hay nada en las calles, sólo gente, tiendas y nada más.
No tengo ganas de volver a casa porque el fregadero está atascado, pero tampoco tengo ganas de caminar así que me detengo en la acera de espaldas a un gran almacén, miro cómo la gente entra y sale y pienso que los que salen deberían quedarse adentro y los que entran deberían quedarse afuera, eso ahorraría bastante movimiento y bastante cansancio.
Sería un buen consejo para darles, pero no escucharían. Así que no digo nada, aprovecho el calor que sale de la tienda porque las puertas están constantemente abiertas y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi habitación.

  BABELIA (EL PAÍS)
 


Josef Winkler. Cementerio de las naranjas amargas. Círculo de Lectores / Galaxia Gutnberg.


Muy reveladora la dedicatoria que abre el libro:

Para Pino Lo Scrudato, de catorce años, que en junio de 1988, en Caltanissetta, Sicilia, fue muerto por su padre con una hachuela porque, en lugar de vigilar las diez vacas en una apartada casa de labranza en la que no había electricidad ni agua corriente, conectó un aparato de televisión a la batería del tractor para ver el partido de futbol de Italia contra Irlanda

Luego descubro que así empieza uno de sus terribles relatos, un libro que encoge el estómago, desde el espectáculo de la licuación de la sangre de San Jenaro, o el martirio de Santa Margarita, al niño que mató a otro, la familia que comía ratones y gatos, o el suicidio de una pareja de homosexuales. Les copio íntegro uno de lo más breves:

Dos niñas gitanas con pistolas de plástico transparentes, en las que vi las entrañas de dos carabinieri muertos durante un transporte de fondos en Roma, iban por el mercado de la Piazza Vittorio Emanuele hacia la vendedora de ranas. Con lluvia torrencial y acompañados por más de diez mil personas, se dio sepultura a los dos jóvenes carabinieri -hijos de campesinos de Calabria- en el Campo Verano de Roma.

Cecilia Dreymüller nos presentaba esta obra excepcional de Josef Winkler (Carintia, 1953), comentando una de las maldiciones que pasan sobre cualquier escritor austriaco, la de ser compatriota de Thomas Bernhard, por un lado la carga de la comparación, y por otro el influjo de su poderosa voz, pero Winkler tras pasar por tal influencia alcanzó su voz propia: "una escritura autobiográfica de subyugante fuerza de imágenes".

José Andrés Rojo, en su artículo titulado 'en el infierno del catolicismo' () recogía estas palabras del autor: "No creo que se pueda aprender a escribir de una forma determinada; cuando escribes, descubres lo que va surgiendo con la frase. Es algo que se puede expresar también a la manera del autor alemán Friedrich Hebbel: 'Cada frase, el rostro de un hombre'. Eso es lo que hago, y si no hay rostros en las frases que he escrito, es que no sirven".

Resume Dreymüller el estilo: "Las novelas 'antirurales' de Winkler, cuyas letanías blasfemas le granjearon fama de transgresor radical, revisten de una belleza sobrecogedora y paradójica las espantosas escenas de una infancia campestre, marcada por el odio contra la Iglesia y la autoridad paterna. Cementerio de naranjas amargas se aleja de este entorno obtuso y violento. Reproduce las impresiones de una estancia en Italia (…). De nuevo, el lector se estremece ante las epifanías estéticas que se producen en medio de la miseria de los barrios marginales de Roma y Nápoles o en los pueblos perdidos del mezzogiorno, donde la ignorancia y la pobreza mantienen costumbres aún más arcaicas que en la Austria rural. Sea en la descripción de la antigua fosa común de Nápoles, a la que el libro debe su título, o en los accidentes acaecidos durnate cultos religiosos, Cementerio… se presenta como un inventario de las abyectas ceremonias mortuorias que practica el catolicismo. Tanto éstas como el lenguaje de las oraciones y letanías, intercaladas en el texto, poseen una tremenda potencia evocadora".

Un ejemplo, del fragmento que habla del envenenamiento del Papa Alejandro VI:

… El hijo del Papa, que había sobrevivido al intento de envenenamiento, fue introducido desnudo, por consejo médico, en el cuerpo de mulas recién sacrificadas. Salió arrastrándose de las entrañas de los animales, pero tartamudeó hasta el fin de sus días. Además, había perdido todo el cabello, y la piel del cuerpo se le desprendía en escamas. Oh preciosas heridas, que antes fuisteis tan horribles, tan dolorosas y lamentables, qué hermosas, dulces y encantadoras sois hoy. Vuestro resplandor supera al del sol, y vuestra belleza alegra a ángeles y hombres. Por eso contemplaros es el mayor placer de mi alma. ¡Oh queridas heridas!

"Dibujo con mis palabras -escribe Winkler- una jaula en torno al horror, hasta que llega el siguiente horror y quiere despedazarme. Antes de que pueda lanzarse a mi garganta para darme un mordisco mortal, le arrojo la red de mi lenguaje. Sin embargo, si el horror es más rápido que mi lenguaje, durante un tiempo estoy totalmente paralizado, hasta que me escapo y, escondiéndome de todo el mundo, tejo una nueva red de lenguaje, que echaré sobre la cabeza del horror en la próxima oportunidad."

De las reseñas que leído, me parece mejor la de Alberto García-Teresa en la revista 'Especulo', comienza García-Teresa: "La desolación, el abatimiento que supone la presencia constante de la muerte, su tratamiento como hecho irreparable, definitivo pero mágico, es el olor que desprende este singular libro de Josef Winkler".

El jurado de la Academia Alemana de Lengua y Poesía, acaba de conceder a Winkler el premio Georg Büchner, el más importante de la lengua alemana, que le será entregado el 1 de noviembre en el transcurso de una ceremonia.


Hugo Mujica. Lo naciente. Pensando el acto creador. Pre-Textos. 12 €

"Escribir -dice Hugo Mujica- es como dar voz, dejar decir, a veces, a ese silencio que nos habita, el que debemos rescatar".

Antonio Ortega escribe en su reseña que al tiempo que Hugo Mujica "avanza en la escritura poética, lo hace en la reflexión sobre el hecho mismo de la poesía a través de un género que es una personal variante del ensayo, y a la que denomina 'ensayo poético'. Ese es el lugar de Lo naciente. Pensando el acto creador, un libro de poesía y a la vez de reflexión, el desarrollo de un pensamiento que sustenta, desde dentro, el proceso mismo de creación de la palabra poética, pues la idea de partida "es que en y con el acto creador volvemos a revivir el evento más originario y revelador que cada uno de nosotros vivió: el haber nacido, el instante sin sombra ni memoria en que sin estar nos recibimos, el instante creador que al recibirlo nos hizo comenzar a ser".

La creación es siempre instante:
Relámpago.
(El trueno ya es eco de lo apagado,
Se le oye, pero no enciende).

"Yo diría, que empecé a escribir cuando en mi persona se dio una transformación del hablar al escuchar. Mi comienzo a escribir poesía implicó empezar a escuchar que es el lenguaje el que habla. Incluso en el sentido físico. Estuve siete años como monje trapense con voto de silencio y fue, después de años de silencio, cuando empecé a escribir. Así que, más que una teoría, fue una experiencia inclusive geográfica".

"Las palabras nacen del silencio. Una vez dichas, vuelve a estar el silencio. Todo es flujo y reflujo. El fundamento del ser es la expresividad, del silencio a las palabras y de éstas al silencio, no una cosa u otra."

Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología filosófica y Teología, fue hippie en los 60, y luego, como monje trapense, durante siete años llevó voto de silencio: "Yo vivía en una casita en el bosque, todo muy lindo. A los tres meses de estar de visita me dijeron, bueno pibe, te tenés que ir, entonces decidí que me incorporaba al Monasterio, y me quedé siete años más. Creo que esa fue la experiencia eje de mi vida. Si hay un antes y un después son esos siete años, o ese minuto, da lo mismo. Algo extra se abrió en mí. Yo siento sobre los demás, algo así como la ventaja de tener un pulmón extra, que son esos siete años de silencio, de soledad, de vivir en un espacio donde...donde...se está bien. Ahí empecé a escribir, de pintar había dejado como un año antes de entrar a la vida monástica. Llegó un momento en que yo sentí que debía compartir lo que había encontrado. Había buscado un sentido de la vida y lo había encontrado. Eso mismo rebasaba, y la comunicación era parte de eso. Salí del monasterio, y ya me atraía el sacerdocio. De todas maneras me tomé un año, me quedé por Europa, me fui al Monte Athos, volví a la Argentina, me fui a vivir al campo y luego entré al Seminario. Empecé más y más a dedicarme a escribir." (De una entrevista realizada por Alejandro Napolitano).

siempre queda
un rastro de todo
lo que pasa,
[…]
una sábana raída
donde se hospedaron
los sueños
en los que se soportó la vida;

Mujica sabe que la poesía sólo llega a unos pocos, ni mejores ni peores que los otros, pero pocos, y llega más lejos: "La poesía no se debe poner de moda porque pasaría a ser de consumo, y la poesía requiere, desde un ámbito físico y psíquico, de tensión y de contemplación, de disponibilidad para su lectura, que no puede ser fácil. Es para leer casi a contra pelo de dónde va la vida ahora. (…) Si la poesía pasa a ser moda, no tendría nada que ver con ser poesía, tendría que ver con que la gente compre libros de poesía. (…). Yo no intento nada. Estoy de alguna forma compartiendo aquello que me pasa, pero no tengo ninguna intencionalidad. Es más, creo que la poesía carece de intencionalidad. Yo escribo lo que me pasa. Me alegro de ser leído o escuchado; si al otro le sirve, y le revela algo, me alegro por él. No busco otra finalidad sino la de transmitir qué me pasó a mí en el momento creativo. Lo que yo escucho del mundo en el que vivimos lo digo en mis poemas." (Fragmentos de la entrevista que le realizó Yolanda Delgado Batista, en el 2001, y que publicó la revista 'Espéculo').

Y como los que no tienen ojos
Estiramos las manos hasta leer con las yemas
Sobre la piel de los mudos

o todo o nada:
como quien baja los párpados
hasta mirar a los ojos
el amor de los ciegos


Boleslaw Prus. La muñeca. KRK. 59,95 €

A mediados de abril, José María Guelbenzu, cuyas reseñas, como ya saben, leo con devoción, presentaba esta novela del, para la gran mayoría de nosotros, desconocido Boleslaw Prus (1847-1912) y le descubría como "el gran novelista polaco del XIX, en todo superior a su nobelizado contemporáneo Sienkiewicz; el primero fue un escritor realista centrado en los problemas de su tiempo, que se integró en el conflicto personal y social del individuo". Para Guelbenzu La muñeca es la radiografía de un mundo que se acaba.

El traductor suele ser la persona que más profundiza en el estilo e intenciones de un autor, así que escuchemos a la traductora de esta obra, Agata Orzeszek, quien nos ilustra en la introducción: "Tardía en relación con los escritores con quienes comparte generación, la obra novelística de Prus viene precedida por una serie de narraciones breves en que se revela como un escritor chejoviano por su cercanía al "hombre pequeño" (al que retrata sobre un fondo de melancolía teñida de compasión no desprovista de un fino sentido del humor) … Con La muñeca, Prus se propuso hacer la anatomía de una sociedad en crisis. El tema central de la novela es el desafortunado amor tardío del protagonista, Stanislaw Wokulski, enérgico comerciante varsoviano, arquetipo literario del "héroe constructor", por la aristócrata Izabela Lecka, una hermosa "muñeca de salón" (como señaló la crítica de la época) entregada al cultivo de su precioso "yo". La crítica contemporánea no se ha puesto de acuerdo, sin embargo, al interpretar el título, porque "la muñeca" no se refiere sólo a Izabela, sino a una muñeca real, objeto de un curioso caso en los tribunales, episodio que ocupa un importante pasaje del relato y que, tal vez, encierra un significado simbólico".

El primer capítulo, 'Cómo se ve la empresa J. Mincel y S. Wokulski a través del cristal de las botellas', arranca:

A principios de 1878, cuando el mundo político andaba ocupado con la paz de San Esteban, la elección del nuevo para y las vicisitudes de la guerra europea, los comerciantes de Varsovia y la intelligentsia de cierta parte de los aledaños de la avenida Krakowskie Przedmiescie, volcaban un interés no menos apasionado sobre el futuro de la tienda de complementos de moda y objetos de decoración propiedad de J. Mincel y S. Wokulski.
En el restaurante de renombre donde al caer la tarde se reunían para un refrigerio dueños de bodegas y de almacenes de ropa blanca, fabricantes de carruajes y de sombreros, respetables padres de familia que vivían de sus fotunas personales y propietarios de casas de alquiler ociosos, los mismo se hablaba de armamento inglés que de la empresa J. Mincel y S. Wokulski. Envueltos en el humo de sus cigarros e inclinados sobre las botella de oscuro cristal, los ciudadanos del barrio apostaban, ya por la victoria o la derrota de Inglaterra, ya por la bancarrota de Wokulski; unos llamaban genio a Bismarck, otros aventurero a Wokulski; estos criticaban la actuación del presidente MacMahon, aquellos afirmaban que Wokulski, en el mejor de los casos, era un loco…

Para Guelbenzu, La muñeca "tiene ese sabor añejo, único e inconfundible de las historias contadas al detalle. El asunto amoroso es el que mantiene la intriga, pero la habilidad de Prus para despiezar la historia y recomponerla en toda su amplitud, el excelente ejercicio de creación de muchos y muy variados personajes, el tino con que los desarrolla y los mezcla, el riquísimo retrato que hace de la sociedad polaca de su tiempo como cronista que fue de la misma en la prensa, la perspicacia con que aborda temas latentes entonces, como el del antisemitismo, el interés por la ciencia tan propio de la época, la admirable sucesión de escenas-cumbre (la experiencia de la guerra, el viaje a París, la escena del vagón de tren…), todo contribuye, en fin, integrado en una estupenda relación rítmica acción-reflexión, al logro de este libro; muy moderno aún, por otra parte, pues el uso del contraste como medio expresivo, de las historias secundarias que afluyen a la corriente central del narrador principal, los juegos de voces (ensoñaciones, relatos, pensamientos, el diario de Rzecki) e incluso atisbos de monólogo interior (Izabela en la chaisse-longue) dejan al lector metódico y tranquilo ampliamente satisfecho".


  MESILLA DE NOCHE
 


Adalbert Stifter. Verano tardío. Pre.textos. 48 €.

Explica Dan Ariely, profesor de psicología del consumo en el prestigioso MIT (Massachusetts Institute of Technology), en su libro Las trampas del deseo (Ariel, 19 €), que si en un restaurante hay un plato muy muy caro no lo pedirá nadie, pero si junto a él hay otro plato que es también muy caro pero no tanto, la gente elegirá este segundo plato. ¿Ese ha sido el inconsciente mecanismo (pensaba en el excesivo precio de La muñeca de Prus, cuya adquisición le solicité a la Biblioteca Municipal) que me ha llevado a comprar con los ojos cerrados este libro, cuyo precio se sale de mi presupuesto habitual?, no sabría decir, aunque la siguiente frase de Carmen Gauger, la traductora, que aparece en la camisa del libro, ofrece todo el aval que yo necesito: "Tachada en su época de idílica y monótona, es Friedrich Nietzsche el primero que ve en esta novela una de las tres o cuatro obras maestras en lengua alemana dignas de " ser leídas y releídas"". Con eso me basta. Añade Gauger que desde entonces "no ha dejado de aumentar el número de sus adeptos, entre ellos Hugo von Hofmannsthal, Franz Kafka", y según he podido saber después hay que añadir a: Walter Benjamin, Karl Kraus, Thomas Mann, Rilke, Hesse, y Sebald. La crítica austriaca, después de ignorarle durante todo el siglo XX, al celebrar el segundo centenario de su nacimiento lo ha situado como antecesor de Arno Schmidt, Peter Hanke y Thomas Bernhard. ¡Antecesor!, no espere ningún lector encontrar entre las páginas de Stifter a ninguno de esos autores, salvo que el lector hilase muy pero muy fino.

De Stifter, ignorado también por las editoriales españolas (a excepción de una antigua edición de 'Alta selva', y otra algo más reciente, 1990, de 'Piedras de colores' por Cátedra) coinciden este año cuatro obras en las mesas de novedades:

El sendero en el bosque (Impedimenta), es una hermosa y dulce fábula sobre el poder del amor y la Naturaleza. Tiburius Kneight, el protagonista, es un neurasténico, solitario y misántropo, el antecedente del Reilly de La conjura de los necios.

Abdías (Nórdica), cuenta, con el carácter y la forma de las narraciones bíblicas proféticas, las desventuras del judío Abdías. Increíbles saltos en el tiempo de la historia generan lo lapidario y lo lacónico de esta narración.

Brigitta (Bartleby), se ha considerado uno de los cuentos más bellos en lengua alemana, cuenta la relación entre Brigitta, una mujer marcada por la fealdad física, y el Mayor...

Y Verano tardío (Pre-textos): "Un estudiante vienés emprende largos viajes a pie por la montaña. Un día pide asilo en una casa solitaria cuyas paredes están cubiertas de rosas. Así conoce a quien será su mentor y segundo padre, el barón Von Risach, que ha hecho de su "Casa de las Rosas" y de los jardines y campos que la rodean, un microcosmos donde se dan cita el trabajo de la tierra, la artesanía, la literatura y las artes. Allí se instalan también, en periódicas visitas, la hermosa Natalie y Mathilde, su madre. Pasarán varios años hasta que se nos revele el simbólico valor de las rosas y el dramático pasado de Mathilde y Von Risach, quienes sólo pueden vivir un "tardío verano" en el otoño de sus vidas, mientras crece y llega a feliz término el amor del joven Heinrich y de Natalie" (Carmen Gauger).

Walter Muschg, en esa rara joya que es Historia trágica de la literatura (Fondo de cultura económica), describe la época de Stifter (1805-1868): "El siglo XIX no trajo consigo la resurrección, sino la desrucción de las tradiciones populares. El destino de la humanidad se conglomeró en las ciudades y allí adoptó formas que pronosticaban el fin de la idílica dicha burguesa. Las ciudades fueron entonces los centros del devenir mundial, en ellas se apiñaban nuevas riquezas y una conciencia de sí mismo que adquirió proporciones gigantescas. Comenzaron a transformar su aspecto hasta ser irreconocibles, cayeron las viejas murallas y puertas, los suburbios proliferaron hacia el campo. Las metrópolis se convirtieron en hormigueros y aparecieron las masas. Las artes, una vez perdido el apoyo de sus mecenas feudales, trataron de entrar en contacto con este público nuevo…", y nadie lo consiguió como Dickens. No fue el caso de Adalbert que aunque consiguió ser nombrado empleado público vivió esa ocupación como un tormento, anticipando ya a Kafka, escribe Adalbert: "cuando entro en mi oficina, ya me esperan nuevamente cestos repletos de las cosas con que tengo que cargar mi mente. Ésta es la desgracia, no el tiempo efectivo que me toma mi empleo. Si pudiera dormir durante estas horas o despachar estos asuntos sin participación de mis sentimientos, alcanzar el hermoso grado de tranquilidad en que viven muchos empleados, no habría perdido nada mi poesía…"

El último capítulo de la obra de Muschg, 'La inmortalidad', se cierra con dos citas de Stifter sobre el destino, una sacada precisamente de 'Verano tardío': "¿Quién hablará aún después de diez mil años de los helenos o de nosotros? Aparecerán nociones muy distintas, los hombres tendrán palabras muy distintas…", la ortra de 'El portafolio de mi bisabuelo': "El hado corre en un carro dorado. Lo que cae aplastado bajo las ruedas no tiene importancia alguna (…) Pero tú lo habrías podido evitar o aún lo puedes cambiar, y recibirás el pago de este cambio; pues ahora surge de él lo extraordinario". El destino jugó a su antojo con Stifter, enamorado de la joven y rica heredera Fanny Greipl, que le correspondía, dejó que otra se cruzara en su camino, Amalie Mohaupt, una modistilla vienesa. En una carta dirigida a Fanny le dice que cuando besa a Amalie imagina que son los labios de Fanny los que besa, y promete seguir amándola hasta la muerte. Stifter no consiguió conmover a Fanny que se casó con otro y murió al dar a luz por primera vez, Stifter -como escribe Muschg- cumplió su voto y convirtió a Fanny en la novia de sus pensamientos, "y Amalie Mohaupt pasó a ser la esposa carente de imaginación y rebosante de mal humor, que nunca estuvo a la altura del poeta"

No puede extrañarnos que en 'El sendero del bosque' se burlase del necio que llevaba dentro y caricaturizase a Tiburius, el protagonista, conceptuándole de "genuino mentecato". En sus primeras novelas -señala Muschg- emplea ese tono de humor patibulario tratando de olvidar su desgracia. Escribir se convirtió en lo más importante.

Su empleo de inspector de la educación pública del norte de Austria, con sede en Linz, ciudad que es para él un desierto, una mazmorra, se convirtió en un martirio que creció aún más cuando en el verano de 1855 pudo saborear la dicha, durante algunas semanas, en el paisaje montañoso de Bohemia: "¡…si esto pudiese durar! ¡Qué de obras podrían nacer! Si aquí tuviese una casita, mis flores, mis dibujos, y pudiese pasar cada año algunos meses con mis amigos en Viena…".


El primer capítulo de la novela se titula 'El interior', les copio un fragmento:

…No soportaba esas habitaciones mixtas, como él las llamaba, que podían ser varias a la vez, alcoba y cuarto de jugar y aún más. Cada cosa y cada persona, solía decir, no podía ser sino una sola, pero debía serlo del todo. Ese rasgo de rigurosa exactitud también nos fue inculcado a nosotros y nos hacía obedecer las órdenes de nuestros padres aunque no las entendiéramos…
Mi padre tenía también un armario con monedas, algunas de las cuales nos enseñaba a veces. Eran sobre todo preciosos táleros, en los que se veían hombres armados o con rostros enmarcados por abundantes bucles; luego había algunos de tiempos muy antiguos, con maravillosas cabezas de efebos o de mujeres, y uno con un hombre que tenía alas en los pies. Poseía también piedras en las que había cosas talladas. Él tenía en mucho aprecio esas piedras y decía que provenían de la Antigüedad y del pueblo más experto en arte, a saber, de los antiguos griegos. A veces se las enseñaba a los amigos, que permanecían mucho tiempo junto a la pequeña cómoda donde estaban, tomaban en las manos ésta o aquélla, y hacían comentarios.

Llama la atención de quien se adentra en 'Verano tardío' la calma y serenidad que su escritura transmite, y parece increíble cuando se descubre el tormento que devoraba a su autor.


Para escribir al autor
nanocabanas@yahoo.es

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