AGENDA DE LIBROS- 9 de enero de 2008
ACTUALIZADO LOS MIÉRCOLES

 


por Antonio Cabañas
48 años


"Los libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como fueron escritos" Henry David Thoreau


Quiere esta página ser testigo de lo que cada semana presentan los suplementos literarios de los periódicos, y que el lector tenga referencia tanto de lo más fresco del mercado como de las perlas que encierren los diarios de mayor relevancia en el ámbito nacional. En esta ocasión, El País, ABC, El Mundo y La Vanguardia, lo que no es óbice para que en el futuro, u ocasionalmente, se añada algún otro.

  CULTURAS (LA VANGUARDIA)
 


David Kidd
. Historias de Pekín. DeBolsillo. 7,65 euros.

Este magnífico libro que 'DeBolsillo' edita ahora, a un estupendo precio, lo publicó en el 2006 'Libros del asteroide' (17'95 euros), un pequeña maravilla que nos descubrió Robert Saladrigas, elaborando una de sus mejores reseñas, en sí misma un relato breve, digna de figurar en alguna colección. El libro de una vida, así lo presentaba Saladrigas, la de David Kidd, "testigo privilegiado de una transformación histórica", el salto que llevó de la china clásica a la de Mao. En la introducción, el propio Kidd nos dice:

Pekín era exactamente como lo había imaginado: una inmensa ciudad medieval de ceca de un millón de habitantes y cuarenta kilómetros cuadrados cuyos fosos y murallas custodiaban los palacios, las mansiones, los jardines, las tiendas y los templos de lo que, en tiempos, había sido el centro del mayor imperio del mundo…

Saladrigas describía, con pinceladas precisas y estimulantes, la triste y bella historia que hizo posible esta joya: "David Kidd, un muchacho nacido en 1927 en las planicies de Kentucky, después de estudiar Cultura China en la Universidad de Moichigan, gracias a un intercambio se encontró en la Universidad de Yenching, en Pekín", es el invierno de 1946, "dos años antes de que la revolución liderada por Mao Tse Tung se encarame al poder y transforme la vieja sociedad del gran mamut asiático". Luego, cuando la ciudad sufre el primer asedio de las fuerzas revolucionarias, conoce a una joven, hija del antiguo presidente del Tribunal Supremo Chino, el patriarca de la dinastía Yu, con la que se casa, y pasa a formar parte de su ilustre familia: "la aristocrática y poderosa familia manchú que ejercía su soberanía en el vasto caserío del callejón del Pelo Crespo, un conglomerado de edificios, corredores y hermosos jardines que contenían la memoria de generaciones de la dinastía y valiosísimas piezas de arte chino".

Había conocido a Aimee un año antes, en un teatro de ópera de Pekín situado en la ciudad meridional. Había reservado un palco en el primer piso y, en el calor de aquella noche de verano, me abandonaba al pasatiempo favorito de los amantes de la ópera de Pekín: comer pipas de sandía saladas y beber una taza de té tras otra; los camareros se ocupaban de ir rellenando la tetera de vez en cuando. Advertí que el palco a mi izquierda estaba aún vacío…

…En ese mismo instante, un repentino murmullo del público me hizo mirar hacia el final del pasillo. Aimee estaba en la entrada, flanqueada por dos sirvientas vestidas de azul celeste. Llevaba un vestido de seda blanca con cortes en los muslos, ceñido y de cuello alto, y en la mano, donde brillaba un anillo de jade verde, sostenía un abanico de marfil…

Allí vivió varios años, "coincidiendo con el salto traumático de la vieja China al nuevo orden, la muerte del patriarca, la expoliación y el desalojo de los Yu", hasta que en 1950 el matrimonio Kidd consiguió el permiso para viajar a EE.UU, donde ella, como una víctima del régimen comunista, fue muy bien acogida, mientras a él se le acusa de filocomunista y es "proscrito por los sicarios del senador McCarthy". La pareja, divorciada, llevó una suerte dispar, ella, Aimee Yu llegó a trabajar para la Nasa, y David Kidd acabó en Japón "como especialista en arte oriental y coleccionista".

En 1981, seguía contándonos Saladrigas, Kidd regresa a Pekín como director de una escuela de arte japonés de Kyoto, "para reencontrarse con una ciudad en la que las huellas de su venerable antigüedad habían sido borradas, los recuerdos personales arrasados y los supervivientes de la familia Yu, a los que consiguió reunir, convertidos en parias".

"Las dobles imágenes que Kidd opone son contundentemente explícitas. La ajada y medio derruida mansión de los Yu (…), tras ser expulsados de ella se convierte en residencia oficial de Lin Biao, sucesor de Mao, hasta que encabeza un complot para derrocarle y su avión cae en Manchuria, y luego en sus hermosos patios y jardines se levanta el edificio de varias plantas de la policía secreta. Lo mismo que la colección de quemadores de incienso de cinco siglos de antigüedad que nunca se habían apagado, se vendieron al peso para fundirlos y hacer con ellos 'objetos útiles para la nueva China'. Como son abolidos (…) los altares de los templos que guardan las tablillas de los difuntos, las torres y murallas, los lagos y palacios de la ciudad, los códigos y representaciones de un mundo que entre 1966 y 1975 el delirio reformador de los guardias rojos masacró, junto a las humillaciones y crueldades que debieron padecer miles de ciudadanos de la China precomunista que se consideraron irrecuperables y fueron eliminados físicamente".

Sólo dentro de las murallas de la Ciudad Prohibida pude fantasear con que la ciudad que me rodeaba seguía igual que antes. Aunque los nuevos gobernantes del país barajaron en alguna ocasión la posibilidad de demoler la Ciudad Prohibida y ocupar el corazón de la nueva China con bloques de oficinas de nueva construcción…

Es un texto "que brota del subsuelo emocional ", y "la serenidad con que transforma el sentimiento de pérdida irreparable en material narrativo convincente, seductor, me parece un hallazgo que conviene celebrar gozándolo. En una palabra: su libro es una pequeña maravilla". Y la reseña de Saladrigas también.


Patrick Modiano. Un pedigrí. Anagrama. 12 euros.

Otra vez Robert Saladrigas, que arranca así su reseña: "En toda buena obra narrativa suele haber un instante crucial que la compendia. En Un pedigrí (…), el relato autobiográfico de Patrick Modiano (Boulogne-Bilancourt, 1945), se produce en las páginas finales cuando su padre le sitúa ante el dilema de ingresar en el cuartel de Reuilly u olvidarse de recibir su apoyo de "ninguna clase, ni material ni espiritual", Modiano, de 21 años de edad, que está escribiendo su primera novela, responde el 4 de agosto de 1966 con otra carta encabezada con un "Mi querido señor" en la que libera al padre de su tutela y se reafirma en el propósito de hacer en la que libera al padre de su tutela y se reafirma en el propósito de "hacer lo que me parezca y no atender sus decisiones". El padre, dolido pero a la vez aliviado, responde en un tono crispado. Patrick comenta tajante: "Nunca más lo volví a ver". He aquí el punto culminante…" [Modiano por sí mismo, pág.6]

Así empieza 'Un pedigrí':

Nací el 30 de julio de 1945, en Boulogne-Billancourt, y en el 11 del paseo Marguerite, de un judío y una flamenca que se conocieron en París durante la Ocupación. Escribo judío sin saber qué sentido tenía en realidad esa apelación para mi padre y porque, por entonces, constaba en los carnets de identidad. Las temporadas de grandes turbulencias traen consigo frecuentemente encuentros aventurados, de tal forma que nunca me he sentido hijo legítimo y, menos aún, heredero de nada.

Mi madre nació en 1918 en Amberes. Pasó la infancia en un barrio periférico de esa ciudad, entre Kiel y Hoboken. Su padre rea obrero y luego fue agrimensor auxiliar. Su abuelo paterno, Louis Bogaerts, fue estibador. Posó para la estatua al estibador que esculpió Constantin Meunier y puede verse delante del ayuntamiento de Amberes…

En la reseña que Miguel Sánchez-Ostiz elaboró para ABCD, leemos: "Toda la obra de Patrick Modiano es una autobiografía más o menos encubierta, ficcionalizada, sostenida más en un estilo dubitativo, sonámbulo, que en lo que en realidad se cuenta. Los episodios biográficos oscuros y su constante pesquisa se suceden desde Los bulevares periféricos (1970), su segunda novela, donde aparecen los comparsas de su padre…".

Y más adelante señala Sánchez-Ostiz que "Modiano sólo quiere poner orden en unos recuerdos desparejos y en las pruebas de cargo de una vida que le persigue: la fundada por su padre, un hombre de negocios con una irrefrenable tendencia a los ambientes equívocos y moderadamente fraudulentos que habría descorazonado a diez jueces de instrucción, y por una madre actriz de cine y de teatro sin suerte alguna. Una "familia" que navegaba en una miseria dorada, llena de comparsas y vacía de verdadero afecto. Hoy los correctos hablarían de "familia desestructurada" y los más frívolos de "ambiente novelesco"".

También en 'El libro de familia' (1976) un personaje guiñolesco asume la personalidad del padre, y se produce esa mezcla de biografía precisa y recuerdos imaginarios (lo tomo de la cubierta de Alfaguara, que lo publicó, el libro se abre con una cita de René Char: "Vivir es obstinarse en terminar un recuerdo"). Leemos casi en la primera página: "Ignoro, en efecto, dónde he nacido y qué apellidos exactamente usaban mis padres en el momento de mi nacimiento. Una hoja de papel azul marino, plegada en cuatro, había sido grapada a aquel libro de familia: el certificado de matrimonio de mis padres. Mi padre figuraba en él con un nombre falso por la boda había tenido lugar durante la ocupación…"

Pero voy a continuar con el dibujo preciso que Sánchez-Ostiz traza del autor francés: "A Modiano le viene de lejos la sensación de que la realidad se aleja de él y de que sólo está seguro cuando camina sin rumbo por las calles de París, anónimo, desconocido, al alcance de nadie. Modiano no se busca, en sus páginas no hay esfuerzo introspectivo alguno y hasta en el alegato fiscal se muestra parco, no condena, no reclama nada, apenas nada, cuenta de una infancia y de una adolescencia desdichadas entre internados, mudanzas, pensiones, habitaciones de hotel y ninguna vida familiar". Y voy a quedarme en ese deambular, porque con Modiano me asalta la sensación de que con su tono vigoroso puede hablar de lo que le de la gana, y que es uno de los maestros del deambular, y voy a ponerles u par de ejemplos. Comienzo con una joya, 'Domingos de Agosto' (Alfaguara):

Su mirada acabó por cruzarse con la mía. Era en Niza, al principio del bulevar Gambetta. Estaba subido a una especie de podio delante de un tenderete de chaquetas y abrigos de cuero y yo me había deslizado hasta la primera fila de los curiosos que le escuchaban elogiar su mercancía.

Al verme se desvaneció su desparpajo de charlatán. Ahora hablaba de una manera más seca, como si quisiera establecer una distancia entre él y su público y hacerme comprender que aquel oficio que ejercía allí, al aire libre, era muy inferior a su condición…

Y otro, titulado precisamente 'Joyita' (Debate):

Había transcurrido una docena de años desde que no me llamaban ya "Joyita" y me encontraba en la estación de metro de Châtelet en la hora punta. Estaba entre el gentío que recorría el interminable pasadizo, en el pasillo rodante. Una mujer llevaba un abrigo amarillo. Me había llamado la atención el color del abrigo e iba viéndola de espaldas, en el pasillo rodante…

Sánchez-Ostiz concluye afirmando que 'Un pedigrí' "no es tanto el libro de las claves de la obra modianesca, que lo es, sino el gran libro de Patrick Modiano, escrito con aquel dolor que en 1970 ya advirtió Paul Morand, y una joya por lo que se refiere a su escritura, rotunda, precisa, cortante, y a su engañosa forma de abrirse paso a través de la bruma de los recuerdos traficados, fragmentarios siempre". Aquí tienen su reseña completa.

El pasado domingo, en La Vanguardia, se publicaba una entrevista que Xavi Ayén le realizara a Modiano en París, allí se leía: "He escrito 'Un pedigrí' para abandonar a mis padres para siempre".


  EL CULTURAL (EL MUNDO)
 


Yves Bonnefoy. Tarea de esperanza. Pre-Textos. 34 euros.

Bonnefoy conquistó un espacio propio en la poesía con uno de sus primeros libros, el titulado 'Del movimiento y de la inmovilidad de Douve' (Visor). Se abría con una cita de Hegel: "Pero la vida del espíritu no se espanta de la muerte ni se mantiene incontaminada de ella. Es la vida que le da soporte y en ella se mantiene", a la que seguían un grupo de sublimes poemas:


I

Te veía correr por terrazas,
te veía luchar contra el viento,
sangraba en tus labios el frío.

Y te he visto quebrarte y gozar de estar muerta oh más bella que el rayo cuando

mancha las blancas ventanas de tu

sangre.

II

El invierno al envejecer te helaba de cierto monótono gozo, despreciábamos la imperfecta embriaguez de vivir.

"Más vale la hiedra, decías, el agarrarse de la hiedra a las piedras de mi noche: presencia sin salida, faz in raíz.

Ventana última alegre que rasga la uña solar, más vale en la montaña el pueblo donde morir.

Más vale este viento…"

Seguiría copiando un poema tras de otro, la traducción de Visor es de Carlos Piera, y es uno de los libros que más veces he regalado. La muerte es el centro de este poemario, y quizá de toda la poesía de Bonnefoy, pero se trata de una muerte iluminadora, que al advertirnos de su presencia nos obliga a penetrar la vida, como si lo cotidiano se convirtiera en mítico.

En la reseña de El Cultural, Antonio Colinas nos habla de las referencias literarias que encontramos en Bonnefoy: "En primer lugar, la de su inicial adscripción al movimiento surrealista, con el que rompe pronto para evitar la esclerosis creativa y volver sin interferencias al caudal de la propia voz. Esta ruptura se verá sustituida por la influencia de otro mundo, el de la cultura italiana, particularmente la clásica y, dentro de ésta, la de los primitivos pintores de la Toscana. No es baladí esta influencia a la hora de interpretar los poemas de Bonnefoy, el carácter que éstos poseen de simplicidad, de instantánea engañosamente detenida. Tampoco pasan inadvertidas las huellas de determinados autores que amó; unos, influyentes a través del campo de las ideas (Shakespeare), de ese lirismo tembloroso que a veces aflora en el texto hermético (los románticos europeos, Keats) y, sobre todo, por ese tono más recio, seco, existencial, que muestra su afecto por las obras de Leopardi o Yeats".

La presente antología ha sido traducida por el poeta Arturo Carrera, quien ya había traducido para Pre-Textos unas piezas en las que Bonnefoy aborda los problemas de traducir poesía, con el título global 'La traducción de la Poesía', en su exiguo prólogo nos regala estas palabras de Bonnefoy: "Hemostraducido cuando sentimos que no hay nada en la página que no podamos percibir como nuestra propia voz, que se sueña a sí misma…"

La tarea de esperanza
Es el alba. ¿Y esta lámpara acabó así
Su tarea de esperanza, mano sobre
El espejo empañado en la fiebre
De quien velaba sin saber morir?
Pero es cierto que él no la apagó,
Que arde para él, a pesar del cielo.
Las gaviotas gritan su alma en tus vidrios escarchados,
Oh durmiente de las mañanas, barca de otro río.


Anna Lárina. Lo que no puedo olvidar. Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores. 23 euros

Obra que ocupa un lugar destacado dentro de la admirable colección que, dirigida por Antonio Muñoz Molina, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores puso en marcha para dar voz a las víctimas del nazismo y el estalinismo. Las memorias de Anna Larina, la tercera esposa de Nikolai Bujarin, uno de los padres de la Revolución de Octubre y una de las figuras más admiradas y queridas por el pueblo soviético, que sería ejecutado por la máquina depuradora de Stalin. Memorias tituladas 'Lo que no puedo olvidar'.

Lourdes Ventura, en su reseña, resume muy bien el meollo de esta excelente obra: "Hay libros estremecedores, no sólo por lo que cuentan sino por lo que callan. Percibimos así la contención emocional de cada pasaje silenciado en estas memorias de Anna Lárina, viuda de Nikolái Bujarin, "hijo dorado de la revolución", en palabras de Lenin, sentenciado a muerte por Stalin, bajo la acusación de sabotaje, terrorismo, desmembramiento de la URSS, atentados contra el propio Stalin y participación en el asesinato del dirigente Kírov. Tras la detención de Bujarin en 1937, Anna Lárina será separada de su hijo de diez meses y enviada a una sucesión de cárceles y campos de trabajo siberianos. Con una resistencia inquebrantable sobrevivió más de 20 años en el gulag estaliniano, soportando condiciones extremas, humillaciones, celdas de castigo, juicios incesantes y condenas sumarias aplazadas. Anna Lárina explica su fortaleza por una promesa hecha a su esposo en la víspera de su detención. Nikolái Bujarin, el carismático "hijo predilecto" de Lenin, brillante orador, uno de los ideólogos fundadores del Estado Soviético, miembro del Politburó, editor de Pravda, partidario de una nueva política económica y de un "socialismo huma- nista", estaba seguro de que Stalin no tendría piedad y pidió a su esposa memorizar una carta-testamento dirigida a las futuras generaciones. En su testamento político, Bujarin rechaza toda acusación y describe el estado de terror de Stalin como una "maquina infernal con métodos medievales" de un poder titánico que desplegaba una maraña implacable de calumnias. El terror y la represión devastan documentos históricos y pruebas escritas, pero no siempre alcanzan las fronteras de la memoria individual de los supervivientes".

Así, en el aparatado titulado 'El último adiós', describe Lárina su juramento y separación de Bujarin:

Por más que escriba, no podré hacer justicia del trágico momento de nuestra angustiosa despedida, ni al olor que aún hoy pervive en mi corazón. Nikolái cayó de rodillas ante mí y, con lágrimas en los ojos, me pidió perdón por haber arruinado mi vida. Me rogó que educara a nuestro hijo como a un bolchevique, "un verdadero bolchevique!", repitió. Me pidió que luchara para hacerle justicia y que no olvidara ni una sola línea de su carta, para transmitírsela al Comité Central cuando la situación cambiara, "y cambiará por fuerza -dijo-, eres joven y vivirás para verlo. ¡Jura que lo harás!". Y lo juré.

Luego se levantó del suelo, me abrazó, me besó y dijo, emocionado:
-Intenta no enfadarte, Aniutka. ¡En la historia hay capítulos enojosos, pero la verdad triunfará!

A casa del nerviosismo, se adueñó de mí un escalofrío interior y sentí que los labios me temblaban. Sabíamos que nos despedíamos para siempre.

"Escrito en secreto durante la década de los setenta y principios de los ochenta, cuando el nombre de su esposo todavía era tabú en la Unión Soviética", como informa Stephen F. Cohen en su experta introducción, el libo trata de Bujarin, "su personalidad, su papel en la historia y su martirio", pero recoge también los 20 años de sufrimiento y terror que Lárina experimentó en celdas e interrogatorios, y es al mismo tiempo expresión de aquellos "que comandaron la victoria roja en la Guerra civil entre 1918 y 1921, creando el núcleo de la élite soviética original que gobernó el país hasta que la mayoría fueron eliminados por las sangrientas purgas de Stalin".

Hace casi medio año que el economista y ex-director de El País, Joaquín Estefanía, nos anunció esta obra -incluso antes de que fuera lanzado coincidiendo con la Feria del Libro-, de su artículo tomo dos párrafos cuya lectura merece la pena: "De las memorias de Anna Lárina sobresale un aspecto que supera la experiencia de la pareja Bujarin, y que atañe a otros muchos de los camaradas de Lenin, fusilados o desaparecidos por orden de Stalin: la relación amor/odio que les unía a este último. Bujarin, la joya del partido, el hijo predilecto de la revolución en palabras de Lenin, fue el principal defensor e ideólogo de la Nueva Política Económica, una especie de humanismo socialista (por llamarlo de algún modo) que Stalin abolió como "liberalismo corrompido", iniciando una industrialización draconiana que obligó a 125 millones de campesinos a adherirse contra su voluntad a granjas colectivas regidas por el Estado. Stalin nunca se lo perdonó".

Continúa Joaquín Estefanía: "Según Lárina, Bujarin no parece darse cuenta en ningún momento de la trampa que el dictador georgiano va cerrando en torno a él, y permanece como abandonado a una extraña indolencia, rehuyendo los debates que en su ausencia se convierten casi en la aceptación de su culpa, "emprendiendo viajes que tienen algo de huidas incompletas, como si supiera que tiene que escapar y al mismo tiempo no fuera capaz de hacerlo, como si no lograra desprenderse del hechizo que Stalin ejerce sobre él, mientras va tramando cuidadosamente su perdición", en palabras de Muñoz Molina en un prólogo al libro, que constituye una de las mejores piezas literarias que ha escrito el novelista español. Mientras todo esto ocurría, Bujarin escribía cartas adulatorias y serviles a Stalin que no tenían respuesta, entre ellas una última en la que se preguntaba sin entender nada de lo que estaba pasando: "Koba : ¿por qué exiges mi vida?".

El amor, la admiración que Lárina tiene por Nikolái Bujarin, le impide plantear la contradicción: el intelectual, el artista, el bolchevique que defiende el "humanismo socialista", el revolucionario incorruptible que vive con austeridad, el aficionado a las artes y a la naturaleza que renuncia a competir por el poder del Kremlin, el periodista que dirige Pravda o Izvestia en tiempos de cambio nos seduce tanto que nos produce incomodidad descubrir que Bujarin fue en algunos momentos tan sectario y tan cruel como cualquiera de sus colegas en la dirección bolchevique. Muñoz Molina reproduce una carta que escribió al fiscal Vishinki (el mismo que poco después lo interrogaría a él), que dice: "No sabe usted cuánto me alegro de que hayan fusilado a esos perros", después de la ejecución de Zinoviev y Kamenev en 1934".

Así veía Lárina la figura de Stalin:

… Por una parte, era de sobras conocido el afecto sincero que Lenin sentía por Bujarin. En aquella época Stalin tenía que actuar a semejaza de su predecesor, y la relación entre Lenin y Bujarin suponía un poderoso obstáculo en su camino. Precisamente por esto, para destruir físicamente a Bujarin fue necesario presentarlo primero como organizador de un atentado contra Lenin.

Además, me atrevo a manifestar la suposición, por paradójica que pueda parecer, de que Stalin, en algún rincón de su cruel corazón, apreciaba de algún modo a Bujarin, si es que ese monstruo era capaz de albergar tal sentimiento. Amó a su manera a su esposa, Nadezhda Serguéyevna, y al mismo tiempo se burló de ella y la aniquiló; amó a su hija, Svetlana, y al mismo tiempo la torturó, como el déspota que era, y la condenó a sufrir hasta el final de su vida (aunque ni él mismo podía haberlo previsto). ¿Por qué, entonces, no podría haber amado a Nikolái Ivánovich y aun así destruirlo, si los sentimientos de amor y de odio hacia Bujarin, surgidos de su envidia por la brillante personalidad de éste, luchaban el uno contra el otro dentro de su corazón?

En el prólogo Muñoz Molina, refiriéndose a la larga lucha y el tiempo que hubo de pasar hasta que Lárina vio restituido el honor de Bujarin (que tuvo que ser cuando Mijail Gorbachov llegó al poder), escribe: "Quizá las páginas más intensas y reveladoras de las memorias de Anna Lárina son las que describen esa espera, la lenta demolición del hombre que fue tan arrogante y que a ella le pareció un héroe invencible y que poco a poco, día tras día, se convierte en un animal asustado y patético...".


Juan Antonio González-Iglesias. Eros es más. Visor. 8 euros.

Exceso de vida

Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte. Pero lo que presiento no se parece en nada a la común tristeza. Más bien es certidumbre de la totalidad de mis días en este mundo donde he podido encontrarme contigo. De pronto tengo toda la impaciencia de todos los que amaron y aman, la urgencia incompartible de los enamorados. No quiero geografía sino amor, es lo único que mi corazón sabe. En mi vida no cabe este exceso de vida. Mejor, si te dijera que medito las cosas (fronteras y distancias) en los términos propios de la resurrección, cuando nos alzaremos sobre las coordenadas del tiempo y el espacio, independientemente del mar que nos separa. Sueño con el momento perfecto del abrazo sin prisa, de los besos que quedaron sin darse. sueño con que tu cuerpo vive junto a mi cuerpo y espero la mañana en la que no habrá límites.


Leemos en el prólogo del propio González-Iglesias: Un poeta es alguien que dice verdades elementales. A veces es simplemente alguien que las recuerda o se las recuerda a los demás. Todos conocemos la verdad última que aquí se dice. Lo hemos oído o leído en muchos lugares. Eros es más que thánatos. El amor es más fuerte que la muerte".

El libro de Gónzález-Iglesas, último premio Loewe de poesía, ha sido elegido por El Cultural y Babelia como el mejor libro de poesía del 2007. Sépanlo ustedes.

Les voy a copiar algunos versos:

You Light up my life

Aristóteles dice: un cuerpo bello
debe ser percibido en su totalidad.
Así te vi llegar esta mañana.
Venías de correr una hora en bici
por la orilla del río. Te duchaste.
Estuvimos nadando juntos. Varios
largos en la piscina transparente.
Nos amamos después, enamorados
de ser distintos y de ser iguales.
Por la tarde estudiabas o escribías.
Te vi algunos instantes. Pero ahora
que duermes a mi lado respirando
desnudo en el calor de junio, a oscuras,
creo que el filósofo no se refiere
sólo a la epifanía en el espacio,
al golpe único de la materia,
sino también al cuerpo hecho de tiempo,
a la suma sencilla de momentos
que queda para siempre en el registro
general de los días de este mundo.
Aristóteles dice: un cuerpo bello
debe ser percibido en su totalidad.

Y como en esta Agenda de libros acostumbro a expresar mi opinión permítanme decir que estos poemas no mueven en mi cerebro el giro cingulado del sistema límbico o -que alguno lo preferirá así- que me dejan un tanto frío. Si a usted se le ha movido el cingulado -como sin duda se les movió a los miembros del jurado de la XIX edición del Premio Loewe, entre los que se hallaban algunos de nuestros más destacados poetas: Carlos Bousoño, Francisco Brines, Caballero Bonald, Jaime Siles-, lea la entrevista que le realiza Nuria Azancot.


  ABCD (ABC)
 


Ricardo Menéndez Salmón. Gritar. Lengua de trapo. 15, 60 euros.

José María Pozuelo Yvancos, en una de sus estupendas reseñas, nos recomienda este libro y lo introduce como sigue: "Un lector sabe enseguida cuando se encuentra con un escritor a quien él importa. Porque sin trampas de ninguna clase escribe para meter mundo dentro de su mundo, y trata de asuntos que ambos, lector y escritor, comparten aunque no lo supieran. Es el libro el que lo descubre. Tal cual ocurre en éste".

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) nos ha sorprendido este año con una joya, 'La ofensa' (Seix-Barral), confío que muchos de ustedes lo hayan leído, y antes de que concluya su año de consagración lanza al mercado este volumen con nueve relatos, cortos y apretados. Del primero, titulado 'La vida en llamas', Pozuelo Yvancos nos dice que tiene un comienzo genial, "con ese hombre envuelto en fuego que se dirige despavorido a la piscina y a su muerte, que quedará seguramente en la retina de todos durante mucho tiempo". Ese relato comienza así:

Hace algunos años, poco antes de que nos separásemos, una noche del verano más caluroso que yo pueda recordar, mi mujer y yo estábamos sentados en el porche de nuestra casa cuando un hombre envuelto en llamas penetró en el jardín, pasó ante nuestros ojos asombrados moviendo los brazos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible y se arrojó a la pequeña piscina que, en ratos perdidos, yo había ido construyendo para mis hijos con las mismas manos con que ahora escribo estas páginas.

Creo no mentir si aseguro que lo más aterrador de aquella imagen del hombre envuelto en llamas era que transcurriera en completo silencio. En efecto, mucho más atroz que la voracidad del fuego era que aquel desdichado no gritara, que el único sonido que mientras pasó corriendo por nuestro jardín oyéramos fue el que provocó al entrar en contacto con el agua, que ni siquiera cuando la ambulancia vino a recoger su cuerpo escucháramos una queja de sus labios.

Este extraño suceso tuvo lugar durante la época de la agonía de mi padre, cuando yo me pasaba los días leyendo junto a su cama.

Mi padre tenía cáncer de pulmón y yo había decidido que debía morir en casa…

Pozuelo Yvancos encuentra que lo más difícil de explicar en esta colección son los registros tan diferentes que maneja Menéndez Salmón y la maestría con que lo hace. Por ejemplo, el cuento titulado 'Los ancestros', "que contiene la imagen poderosa de "un viento helado cruzó la calle como un caballo en fuga" (p. 78), nos mete en el mundo del manierismo (no en vano trata de un pintor de tal época), con ese juego de planos pictóricos, y narrativos, donde el apetito satisfecho es la inteligencia de la construcción. Aquí no es la emoción lo que se persigue, sino el artificio de la inteligencia que fluye como ante un espejo".

Angel Basanta, en El Cultural, analizaba así los relatos que componen este volúmen: "Entre los temas tratados hay una clara preferencia por lo relacionado con la memoria y los recuerdos que invaden el presente de unas criaturas presentadas como náufragos en el tiempo. El deseo de crear, el arte, el amor, la locura y el misterio son algunos de los aspectos temáticos más comunes en los nueve relatos. En el primero, 'La vida en llamas', se entrecruzan el dolor y la felicidad encarnados en unos vecinos relacionados por la lectura y opuestos por la muerte que golpea a un lado mientras que al otro llega una nueva vida. Gritar, el que da título al libro, se complace en el falansterio del grito como metáfora de la insatisfacción humana y su necesidad de liberación y comunicación. A los dos citados se suman, entre los mejores cuentos aquí reunidos, el cuatro y el quinto, relacionados por el motivo central de la literatura en la figura de quien aspira a ser escritor, como el protagonista de 'Hablemos de Joyce si quiere', o en el relato in fieri que se va componiendo a dos voces entre tío y sobrino ('Las noches de la condesa Bruni') como narradores solidarios hasta completar una historia del mundo galante finisecular, con explícitas advertencias acerca de su gestación en la voz del narrador más experto: "Es privilegio del narrador no prestar atención a las interrupciones de los oyentes" (pág. 60). En el último cuento citado y en 'Los ancestros' se aprovecha una variante oral del manuscrito encontrado, en relatos en que un narrador cuenta la historia que le han contado a él. Antes era el sobrino convertido en narrador primero de 'Las noches de la condesa Bruni', que su tío le contó a él. En 'Los ancestros' es el último descendiente del pintor holandés Pieter Rühs quien recoge por boca de la primera mujer de su antepasado la enigmática historia de la maldición depositada en un cuadro. La naturaleza fantástica de este cuento contrasta con el carácter realista del siguiente, "A nuestros amores, si bien ambos textos están emparentados por la pintura como motivo temático central en los dos y por la consideración existencial de sus protagonistas como ejemplos representativos de náufragos en el tiempo: en aquél por la pervivencia de maldiciones que duran varios siglos; en éste por su historia de éxito y fracaso en la que se muestra la fragilidad del amor. Y el volumen se cierra con un homenaje a Kafka en 'Para una historia privada de la literatura', donde se alumbra una metáfora de la creación literaria como íntima necesidad fraguada en experiencias vitales, sueños y pesadillas".


Rafael Chirbes. Crematorio. Anagrama. 20 euros

Dice la nota editorial: La muerte de Matías Bertomeu, el ideólogo que cambió la revolución por la agricultura, pone en marcha los mecanismos que componen Crematorio. El dolor devuelve el reverso de vidas levantadas sobre oscuros cimientos: la del hermano de Matías, Rubén, el constructor sin escrúpulos; la de Silvia, la hija de Rubén, biempensante restauradora de arte casada con Juan Mullor, el catedrático que prepara la biografía de Federico Brouard, viejo amigo de los Bertomeu, un escritor alcohólico que vive el fracaso de sus últimos días; la de Ramón Collado, el hombre que hizo los trabajos sucios del constructor; la de Traian, el mafioso ruso, viejo socio de Rubén; y la de Mónica, la jovencísima y ambiciosa esposa. Chirbes nos ofrece un panorama terrible: la corrupción como savia que recorre todo el cuerpo de una sociedad en la que la destrucción del paisaje adquiere valor de símbolo. Chirbes despliega así un mundo abandonado por los dioses en el que las palabras y las ideas son sólo envoltorios, y el arte y la literatura, juguetes inanes. Rafael Chirbes se nos muestra, en esta gran novela, más radical, más feroz, más "Francis Bacon" y mejor escritor que nunca.

Así empieza la novela:

Estás tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal, o sobre un mármol. Te estoy viendo. Vuelvo a verte. Me he olvidado de ti mientras he estado charlando con el ruso en la cafetería, observando por detrás de la cristalera a los turistas que, a primera hora de la mañana, ocupan las sillas de la terraza y a los que, unos metros más allá, se tienden sobre la arena o chapotean en el agua. Él se ha tomado un par de whiskies. Yo me he pedido un té con hielo. No quiero beber tan temprano. Pero he mirado con ansiedad los dos vasos que el camarero le ha puesto delante. Si no hubiera sido porque estaba con él, de haber venido solo, me habría encontrado a gusto en el amplio salón aún vacío (allí dentro estábamos los dos solos), mirando el mar, verdoso en la orilla y de un intenso cobalto en la franja que precede al horizonte, por la que ya se mueven las lanchas, los barcos de vela, los catamaranes. Traian, el ruso, se ha tomado los dos whiskies de dos tragos.

Primero un vaso, luego el segundo, sin dejar apenas tiempo entre un gesto y otro del brazo. Al poner en marcha el coche, he echado una mirada a la cafetería, pensando que podía regresar, y quedarme bajo el chorro de aire acondicionado, leyendo el periódico y mirando el mar, ahora sí, a solas, con un vaso de whisky con hielo entre las manos. Te veo tumbado en algún sitio. No sé dónde. Pero allí, sobre la plancha de metal, sobre la sábana, sobre una fría losa de mármol, bajo el chorro del aire acondicionado. La verdad es que no me gusta verte así. Con el motor ya en marcha, pulso con el dedo índice el botón que, junto al volante, acciona la radio. El ruido de la radio, el del motor, te alejan, me dejan solo, pendiente de los movimientos de mis manos, que ahora cogen el volante; del movimiento de mi pie derecho, con el que aprieto el acelerador del vehículo. Las ruedas del coche hacen crujir la capa de arena que cubre el asfalto en este tramo de la calle cercano a la playa. La arena cubre también las aceras bordeadas por vallas y celosías de las que brota una frondosa vegetación: por detrás de la ventanilla pasan lentamente hibiscos, adelfas, buganvillas, verdes cerramientos de tuya, alineaciones de cipreses. Las bolsas de basura son de color negro, rosa o azul; cuelgan en las verjas de los apartamentos, se amontonan junto a los contenedores, y parece como si fueran también ellas floraciones. Impregnan con sus pesadas emanaciones el mustio aire yodado que exhala el mar. El coche avanza lentamente, mientras yo me olvido de ti, Matías. Dejo de verte...

José María Pozuelo Yvancos escribía en ABCD: "El ladrillo lo quema todo. Ha arrasado como un voraz crematorio toda la costa Mediterránea. La acción de la novela se localiza en un pueblo imaginario de nombre Misent, geográfica y simbólicamente cercano a Calpe, Benidorm, Cullera, etc. Los protagonistas son los familiares de Matías Bertomeu, quien acaba de morir y está a punto de ser incinerado. El título de la novela facilita la contigüidad entre un crematorio, punto final de una vida, y su valor simbólico como consunción de la moral por el fuego de la especulación, que ha quemado todos los valores. La novela comienza obviamente denunciando la depauperación del paisaje (por cierto, muchas urbanizaciones nacieron ciertamente favorecidas por incendios previos), a cargo del protagonista real de toda la obra, Rubén Bertomeu, el hermano de Matías, arquitecto lleno de ideales en su juventud, y entregado luego a negocios turbios, primero de droga, después inmobiliarios, con el rosario de sobornos, recalificaciones y mafias rusas. Chirbes ha corrido un riesgo grande con una novela centrada en ese fenómeno de la fiebre del ladrillo y El Dorado especulativo". Lean su reseña

En el Cultural, Nuria Azancot le realiza a Rafaél Chirbes una magnífica entrevista de la que destaca estas palabras: "Crematorio me ha llenado de dudas y me ha tenido en un pozo oscuro durante muchos meses". Léanla aquí como también la reseña de Ángel Basanta de la que destaco el siguiente párrafo: "El título es dilógico: designa el crematorio donde serán incinerados los restos de Matías y, en sentido profundo, apunta a la extinción de ideales quemados por las generaciones que han llegado al poder en el presente y en nuestro pasado reciente. También esconde una elegía por la infancia perdida con el paso del tiempo, que ha destruido ilusiones y playas casi desiertas. Es un texto de ritmo, tensión e intensidad crecientes, que envuelve al lector, cautivado por su prosa caudalosa, llena de efectos plásticos y musicales, originales imágenes, y matices de colores, olores, sabores y sonidos, enriquecida por un léxico variado y preciso, y por una amplia gama de tonos que van del amor y el odio hasta la ternura del autor implícito, por más que no tenga piedad en su denuncia. He aquí una novela sazonada de pensamiento, de sabiduría literaria y de otras disciplinas, pesimista en su visión de la sociedad y las contradicciones del ser humano e incluso de la literatura y su dolorida gestación desde la autenticidad. Por ello Crematorio es de lectura imprescindible. Y Chirbes encarna hoy al escritor que mejor ha novelado la evolución de la sociedad española en las últimas décadas".


  BABELIA (EL PAÍS)
 

AA
Géza Csáth. Cuentos que acaban mal. El Nadir. 18 euros.

La editorial valenciana El Nadir -Nadir, nos informa la misma editorial, significa lo opuesto al cenit-, selecciona autores diferentes: malditos, suicidas, sadomasoquistas, e incluso asesinos, cuyas obras sean auténticas joyas literarias mal entendidas o desconocidas.

Uno de estos autores es Geza Csath, pseudónimo con el que se conoció a József Brenner (1887-1919), escritor húngaro conaura de maldito. Copio su biografía de la Wikipedia: "Géza Csáth fue escritor, crítico y teórico de la música y doctor en medicina. Ya de niño, fue un competente violinista, dibujaba y pintaba. Tenía apenas catorce años cuando fueron publicadas sus primeras críticas musicales. Después del instituto, se mudó, desde su nativa Szabadka (Subotica), a Budapest para estudiar medicina. Durante su estancia en la universidad escribió algunas piezas cortas de teatro y reseñas para periódicos y revistas. Fue el primero en elogiar la obra de Bartók y Kodály. Se doctoró en medicina en 1910 y trabajó durante un corto espacio de tiempo en el hospital psiquiátrico de Moravcsik. Fue allí donde se hizo adicto a la morfina. Cuando volvió de la I Guerra Mundial estaba gravemente enfermo y su adicción se convirtió en un problema decisivo en su vida. A principios de 1919 recibió tratamiento medico en un hospital provincial del que se escapó y regresó a su casa. El 22 de julio mató a su mujer con un revólver, se envenenó y se cortó las arterias. Le devolvieron rápidamente al hospital de Szabadka, pero consiguió escapar de nuevo. Quiso ir al hospital psiquiátrico de Moravcsik, pero al ser detenido por la policía de frontera yugoeslava, se suicidó tomando veneno".

Nos lo presentó en Babelia, hace unas semanas, María José Obiol, con las siguientes palabras: "Leo con intranquilidad estos cuentos que en ocasiones me dejan sin final pues su vida se alarga más allá del texto. Como si su autor hubiese decidido que las palabras persiguieran la eternidad introduciéndose en el sueño de quien lee después de decir adiós al libro. (…) En muchos de estos cuentos los protagonistas van acompañados de una obsesión que muestra el abismo que llevan dentro. Impresiona Matricidio, un prodigio de natural perversidad. Espeluznante esa pareja de alegres hermanos a quienes les interesa "de forma inagotable el misterio del dolor". Hay cuentos alucinantes, Sueño vespertino, y hasta irónicos: Trepov en la mesa de disección, pero en muchos hay rostros y emociones primeras. En todos el misterio espera agazapado para reírse del lector, pues un esbozo tenebroso basta para que la imaginación haga de las suyas".

Géza Csáth escribió -como apunta la editorial El Nadir- en ese bello y extraño idioma que no tiene raíces comunes con ninguna otra lengua europea, el húngaro. Y encuentro muy interesante la Nota a la traducción, una traducción compleja y escrupulosa, que precede a estos dieciocho relatos, no dejen de leerla, de ella selecciono el siguiente párrafo: "El autor emplea la descripción en toda su obra, como parte integrante de la narración, aplicándola tanto en los personajes, los escenarios, el clima, las estaciones, las acciones, las sensaciones, atestando de adjetivos el texto para transmitir la idea clara de lo que quiere expresar…"

Y les voy a copiar los primeros párrafos del relato que abre el libro, titulado 'El silencio negro', un relato magistral:

Le voy a escribir aquí, señor doctor, de qué se trata. De mi hermanito. Del niño rubio de mofletes rojizos cuyos ojos oscuros miran siempre a la lejanía. Y de otra cosa más. Del silencio negro.
De pronto ha crecido.

Ayer por la noche todavía era una criatura pequeñita, afable, balbuciente. Por la mañana era ya un robusto adolescente. Con enorme musculatura, pelo hirsuto y ojos viles, ardientes, temibles. ¡Oh! ¡Cómo me dolía el corazón aquella mañana! Sentía, sabía… que el silencio negro se acercaba. En colosales alas de murciélago.
Nuestro pequeño y limpio patio de rosales se llenó de malas hierbas nauseabundas, pestilentes. Se cayeron las tejas del tejado, de las paredes se desprendió el revoque.

Y llegaron las noches espantosas. Mis hermanitas se despertaban de su sueño llorando. Mi padre y mi madre encendían la vela y se miraban con caras vacías sin poder conciliar el sueño. Nadie sabía qué pasaba ni lo que iba a pasar. Sólo yo. Sólo yo. Yo sentía que el silencio negro se acercaba.

Richard, ese repugnante y bestial adolescente, el viernes arrancó los retoños del patio y chamuscó a fuego lento el gatito blanco de Anikó. El pobre animalito se retorció angustiado hasta que su fina piel rosita se volvió marrón.

¡Cómo lloramos todos! Y Richard se marchó carcajeándose.
Por la noche entró a robar a la tienda del judío y se llevó el dinero del cajón. Echó a correr y lo esparció por la calle. Por la mañana, mientras dormía en su cama, vimos que una bala había atravesado la palma de su mano. Fue el guardia. Mi madre se puso de rodillas junto a su cama y suavemente le limpió la sangre. Richard dormía plácidamente.

¡Oh!, ¡qué repugnante era!

Nos pusimos a su alrededor y lloramos por Richard, el niñito rubio de mofletes rojizos. Y todos esperamos con angustia el silencio negro.
Mi padre, en una ocasión…

Dice la nota editorial que su escritura desnuda "va más allá de su época para imponer un estilo de forma contundente en fondo y forma. No se puede ir más lejos en los relatos 'Padre e hijo', 'Matricidio' o 'La muerte del mago'. Son modélicos. Como manifiesta en "Opio" a Csáth le interesa más una vida intensa que longeva. Se lanza sobre sus personajes como el cirujano trepana en la mesa de operaciones a la búsqueda del tumor escondido en los rincones del alma".


Montaigne. Ensayos. Acantilado. 58 euros.

Montaigne es el pilar de la modernidad, pensador independiente, de espíritu crítico, escéptico y libre de prejuicios, precursor de Descartes y Rousseau. De lo mucho que se ha escrito estas semanas sobre la nueva edición de los 'Ensayos' de Montaigne, me ha gustado el largo párrafo que Antonio Muñoz Molina le dedica en su sección fija de Babelia:

Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación.

Pero a propósito de esta obra me sigo quedando con el artículo que Fernando Savater escribiera con motivo del cuarto centenario de la muerte del pensador francés, traía a mención Savater a algunos de los autores agradecidos con Montaigne y a algunos de sus ilustres detractores, entre los primeros figuraban Nietzsche (quien dijo: "saber que un hombre así ha existido aumenta la alegría de vivir en este mundo") y Stefan Zweig (que "le dedicó el ensayo que escribió antes de suicidarse, reconociéndole como símbolo de la Europa humanista que los nazis estaban aplastando"). Entre los adversarios se encuentra Pascal ("que sin embargo le había leído atentamente t tomó muchas cosas de él", pero no soportaba su exaltación del "odioso yo"), Valéry (porque "las cosas que él escribe las puede escribir cualquiera"), y Horkheimer (que elaboró un extenso reproche es su Montaigne y la función del escepticismo, del que destaco lo siguiente: "El Yo sólo puede preservarse si, al mismo tiempo, intenta preservar a la humanidad en su conjunto").

Montaigne inauguró con sus 'Ensayos' una nueva forma de reflexión acerca del hombre y la realidad en que se desenvuelve, y por ellos pasó a ser el padre del subjetivismo.

Savater se pregunta -en el artículo antes citado- si es Montaigne el inventor del género que practica, los Ensayos, título que significa 'intentos o aproximaciones', y más importante aún, experiencias, o experimentos, y su respuesta es sumamente enriquecedora: "Escribir en forma de textos breves, sobre cuestiones capitales o caprichosas, mezclando las anécdotas históricas, las citas cultas y los apuntes morales no era algo insólito en el siglo XVI: la influencia de Aulo Gelio se hacía notar entre los humanistas y más de uno imitaba las Noches áticas (…). Pero lo que Montaigne incorpora a la fórmula es precisamente el testimonio de la subjetividad, el descubrimiento literario de ese demonio que ya no va a dejar de acompañarnos a través de la edad moderna y contemporánea: la voz del yo".

Respecto a las ediciones de los 'Ensayos' hubo dos importantes en vida de Montaigne, la de 1580, que constaba de los dos primeros libros, y la de 1588, que añadía el tercer libro y numerosas correcciones a los dos anteriores, es la que se cono como el manuscrito de Burdeos. Se sabe que cuando murió Montagne en 1592 elaboraba una nueva versión, versión que publicaría en 1595 Mademoiselle de Gournay, a partir de los documentos que le entregó la viuda del pensador, pero los documentos originales se perdieron, quedando sólo la edición de Gournay, por lo que los estudiosos han preferido durante siglos atenerse al manuscrito de Burdeos. La aportación de Acantilado es recuperar la edición de Gournay.

Ya en su advertencia al lector -que yo tomo de la edición de Cátedra por ser la que poseo, edición que se basa en el manuscrito de Burdeos pero con añadidos del de 1595- afirma: "Quiero que en él (el libro) me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio: pues píntome a mí mismo. Aquí podrán leerse mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida en que el respeto público me lo ha permitido. Que si yo hubiere estado en esas naciones de las que se dice viven todavía en la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que gustosamente me habría pintado por entero, y desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano".

Sus ensayos son vehementes denuncias de la intolerancia, el fanatismo, la violencia, la tortura, la guerra, los procesos de brujería, el colonialismo, pero trata también multitud de otros temas: la tristeza, la soledad, el dormir, los olores, la amistad, los caníbales, la embriaguez, los pulgares, el parecido entre padres e hijos, los cojos, el arte de conversar, y su lectura es un placer para la inteligencia. Pongo a continuación un breve ejemplo, unas líneas del titulado 'De la costumbre de vestir':

En todo aquello con lo que me topo, preciso me es forzar alguna barrera de la costumbre, de tanto como ha limitado nuestros caminos.

Pensaba, en esta fría estación, si la usanza de esas naciones últimamente descubiertas, de ir completamente desnudos, es usanza obligada por la cálida temperatura del aire, como decimos de los indios o do los moros, o si es original en el hombre. Las gentes de juicio, puesto que todo lo que hay bajo la capa del cielo, como dice la palabra santa, está sujeto a las mismas leyes, acostumbran, en ocasiones como ésta en la que ha de distinguir entre las leyes naturales y las adquiridas, a recurrir al sistema general del mundo, en el que nada falso puede haber. Y estando todo lo demás rigurosamente provisto de red y de aguja para mantener el ser, es ciertamente increíble que sólo nosotros hayamos sido creados en estado defectuoso e indigente y en estado tan que no podamos mantenernos sin ayuda ajena. Por ello, sostengo que al igual que las plantas, los árboles, los animales y todo lo que vive, está equipado por la naturaleza con obertura suficiente para defenderse de la inclemencia del tiempo...

Que los disfruten.


Varlam Shalamov. Relatos de Kolymá. Minúscula. 18, 50 euros.

Los 'Relatos de Kolymá' (que ya había publicado Mondadori) son una de las obras cumbres de la literatura rusa, en ellos Varlam Shalámov refleja "en cada paso, en cada minuto, en cada bocanada de aire del campo de trabajo, un peldaño más en la senda de la deshumanización del hombre".

"Es imposible expresar el horror, pero es inevitable intentarlo", así cierra Ricardo San Vicente, el traductor, la presentación de los 'Relatos de Kolymá', una presentación en la que nos dice además que "a diferencia de Dostoyevski, con quien polemiza en su obra ["Me resultaba imposible exprimir ni una palabra superflua de mi cerebro desecado por el campo. En Kolymá, Dostoyevski se hubiera quedado sin palabras. En el lugar donde se guardaban los adjetivos de la emoción no quedaba nada sino odio"], y enfrentado a Solzhenitsyn, que, como el autor de los Apuntes de la Casa Muerta, ve en la experiencia penitenciaria un camino de purificación para el hombre, Shalámov, con explosiva impavidez, observa en cada paso, en cada minuto, en cada bocanada de aire del campo de trabajo, un peldaño más en la senda de la deshumanización del hombre, de una inhumanidad a la que para mayor pánico empujan al preso otros hombres. De este polo de maldad humana Shalámov nos dice que no se puede hablar, que no hay que hacerlo, que es imposible recogerlo en el papel, que no se debe hacer… Y no obstante, como un antropólogo en tierra de salvajes, o tal vez, como un botánico o entomólogo, él lo hace".

Un campo es una escuela negativa de la vida, en forma total y absoluta. Nadie obtiene de allí algo positivo, necesario: ni el prisionero mismo, ni su líder, ni su guardia, ni los testigos involuntarios (ingenieros, geólogos, doctores), ni los superiores, ni los subordinados. Cada minuto de vida en el campo es un minuto lleno de veneno.

Carecíamos de orgullo, de amor propio, y los celos y la pasión se nos antojaban conceptos marcianos... Era mucho más importante sabérselas arreglar para abrocharse los pantalones: hombres adultos lloraban al no conseguirlo. Comprendíamos que la muerte no era peor, ni mucho menos, que la vida.

Shalamov (1907-1982) fue detenido en 1929 por difundir en controvertido testamento de Lenin, y condenado a tres años de trabajos forzados, una vez cumplidos y mientras trabajaba como periodista en un diario de Moscú, fue de nuevo detenido (1937), esta vez acusado de actividades troskistas, y condenado a cinco años en la región de Kolymá, cinco que acabaron siendo dieciséis. Shalamov fue liberado tras la muerte de Stalin, en 1953. Leo en la Wikipedia que el río Kolymá, en la región de Liberia, se encuentra congelado hasta varios metros de profundidad la mayor parte del año, se deshiela a principios de junio, volviéndose a congelar en octubre, lo que da una idea de sus tremendas temperaturas. Shalamov escribe:

No se mostraba el termómetro a los trabajadores, era además completamente inútil. Había que salir con cualquier temperatura. Los más viejos se pasaban el termómetro, si hay neblina, hace cuarenta grados bajo cero; si respiramos sin mayor dificultad, pero el aire se exhala acompañado de ruido, quiere decir que hace menos de cuarenta y cinco; y si la respiración es ruidosa y está acompañada de una agitación visible, hace menos cincuenta.

Stalin y Beria planearon en esa región una obra faraónica, la gran autopista que uniría las regiones orientales de Yakutsk y Magadan con el este del río Lena, mejorarían así el transporte de suministros y el movimiento de tropas en una región de dificilísimo acceso. Lo cuentan en la página de Anfix: "Lo crean o no, este inhumano proyecto no solo se apoyó en la utilización de esclavos para su, eventualmente fallida, concreción. Sino que además, los restos óseos de los miles de esclavos que perecieron en la construcción, fueron utilizados como material poroso en la mezcla utilizada para realizar la base de la ruta. Esto llevó a que hoy en día la misma sea considerada como un monumento conmemorativo al sufrimiento de dichas personas y se apodara como 'la Ruta de los Huesos'. Shalamov fue prisionero del gulag y durante su cautiverio trabajó como esclavo, entre otros, en el proyecto de la autopista".

Anne Applebaum, en su libro 'Gulag: Una historia' (premio Pulitzer del 2004), recoge el testimonio de un antiguo comandante de uno de los campos que constituyeron el Gulag, justificando el uso de prisioneros como mano de obra: "Si hubiéramos enviado civiles, primero hubiéramos tenido que construir casas para que vivieran en ellas. Y ¿cómo gente común y corriente podría vivir aquí? Con prisioneros, es sencillo. Todo lo que se necesitaba es una barraca, una estufa con una chimenea y de alguna manera ellos sobreviven". Por el sistema de campos que conocemos como Gulag pasaron cerca de 20 millones de rusos.

Como muy bien apunta Ramón Muñoz en una estupenda reseña, que deben ustedes leer, estamos ante uno de esos raros casos en los que la poesía asoma en medio del horror, la literatura con mayúsculas: "Con vivencias tan estremecedoras, a Shalamov le podría haber bastado la crónica periodística de la denuncia, como hizo el afamado Solzhenitsin. Pero optó por el camino del estilo. Y es que los Relatos de Kolymá no son sólo un testimonio del horror de los campos, sino todo un ejercicio único de estilo que le convierten en uno de los grandes de la literatura rusa (o más bien soviética) del siglo XX junto a Isaac Babel, asesinado también por los verdugos estalinistas, o Andréi Platónov, otra víctima de la Gran Purga. En poco más de un centenar de relatos breves, Shalamov trasciende el testimonio del sufrimiento, para allegarnos a terrenos del sentimiento que sólo puede alcanzar la literatura con mayúsculas. Y lo hace con un estilo seco, de frases breves, casi tan cortantes como los 50º bajo cero que tuvo que soportar muchos días de su encierro en la inmensa cárcel helada de Kolymá. Heredero del laconismo de Chéjov y del realismo atormentado de Babel, Shalamov es capaz de relatar con crudeza de acero el fusilamiento o la muerte por inanición de un prisionero, y envolvernos con minimalismo poético en la descripción de un árbol de la taiga. Sus relatos se titulan El pan, La leche condensada, o Vaska Denisov, el ladrón de cerdos. Y aunque tienen cierto hilo argumental, se pueden leer como cuentos independientes, sin perder frescura".

Shalamov comenzó a escribirlos tras su liberación, y los relatos empezaron a circular en los sesenta de manera clandestina, como samizdat (que quiere decir 'literatura autoeditada'). Toda la literatura que no podía pasar la censura circulaba así, se mecanografiaba "en papel de poco gramaje" (tomo estos datos de la enciclopedia Encarta), del tipo que permitiera realizar el mayor número de copias con papel carbón, "y se distribuía de mano en mano, al principio entre un grupo de amigos de confianza; a partir de ahí otros mecanografiaban más copias (en esos años las fotocopiadoras estaban estrictamente controladas) y las distribuían clandestinamente)". Era así como en la URSS y en algunos de sus países satélites (Polonia, Checoslovaquia, Hungría), circulaban "obras de ficción, poesía, memorias, historiografía, tratados políticos, peticiones, asuntos religiosos e incluso periódicos". Así sucedió por ejemplo con las obras de Solzhenitsin, así también la obra de los poetas Osip Mandelstam (Árdora ha publicado un volumen que recoge siete de sus ensayos y lleva por título 'Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos') y Anna Ajmátova (hay varios poemarios en Galaxia Gutemberg y uno en Hiperión que durante semanas se situó en los primeros puestos de las listas de ventas); e igualmente 'Chevengur' la obra cumbre de Platónov, se difundió así.

Como informa en Babelia Ramón Muñoz, "Shalamov vivió perseguido y acabó sus días como un maldito en 1982, en un manicomio en el que había ingresado en contra de su voluntad".

El volumen que hoy presentamos es el primero de seis que prepara la editorial Minúscula. Así comienza el primero de los relatos, titulado 'Por la nieve':

¿Cómo se abre camino en la nieve virgen? Un hombre echa a andar, suda, blasfema, avanza sin apenas poder mover los pies, hundiéndose a cada instante en la esponjosa y profunda nieve. El hombre se marcha lejos, marcando su camino con irregulares hoyos negros. Se cansa, se acuesta en la nieve, enciende un pitillo, y el humo de la majorka [especie de tabaco semejante a la picadura] se extiende en una nube azulada sobre la nieve blanca y brillante. El hombre ya se ha marchado lejos, pero la nube sigue suspendida en el lugar en que se había detenido a descansar: el aire es casi inmóvil. Los caminos se abren siempre en los días de calma, para que los vientos no barran los trabajos de los hombres. El hombre se marca sus propios puntos de orientación en la infinitud nevada: una roca, un árbol alto. El hombre guía su propio cuerpo por la nieve del mismo modo que un timonel dirige la barca por el río de un saliente a otro.

Tras el angosto e inseguro rastro trazado se mueven cinco o seis hombres pegados el uno al otro, hombro con hombro. Pisan junto a la huella, pero no en ella. Al llegar a un lugar señalado de antemano regresan, y de nuevo caminan de manera que se aplaste la virgen superficie nevada, el espacio aún no hollado por pie humano alguno.

El camino está abierto. Por él puede ir gente, convoyes de trineos, tractores.

Si se sigue tras los pasos del primer hombre, huella a huella, se formará un sendero visible pero difícilmente transitable y estrecho: una trocha y no un camino, lleno de hoyos por los cuales es más difícil avanzar que por la nieve virgen…


Para escribir al autor nanocabanas@yahoo.es

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