AGENDA DE LIBROS- 3 de diciembre de 2008
ACTUALIZADO LOS MIÉRCOLES

 


por Antonio Cabañas
49 años


"Los libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como fueron escritos" Henry David Thoreau


Quiere esta página ser testigo de lo que nos presentan los suplementos literarios de los periódicos de mayor relevancia en el ámbito nacional,
El País, ABC, El Mundo y La Vanguardia, y que el lector tenga una cita con lo más fresco del mercado y con las perlas que contengan los aludidos suplementos. En el apartado Mesilla de Noche se incluye el libro que en su día se escondió a mi juicio o atención, o no gozó del interés de los suplementos literarios.


  ABCD (ABC)
 


Sylvia Plath
. Poesía completa. 1956-1963. Bartleby editores. 28 €

La historia es bien conocida. Sylvia Plath había sido abandonada hacía meses por su marido, el poeta Ted Hughes (el pasado 28 de octubre se cumplieron diez años de su muerte, y precisamente a él se debe en su mayoría la edición de la poesía completa de Sylvia), quien se había ido a vivir con su amante, la también poeta Assia Wevill. Sylvia se trasladó a Londres con los dos hijos del matrimonio, Frieda de dos años, y Nicholas que tenía pocos meses. Lean un fragmento de 'Lesbos', del 18 de octubre de 1962:


¡Crueldad en la cocina!
Las patatas protestan silbando.
Todo es muy vulgar e indecente, este lugar sin ventanas,
La luz fluorescente, encendiéndose y apagándose
en una mueca de dolor,

Como una terrible jaqueca, Estas modestas tiras de papel a modo de puertas- Telones de teatro, rizos de viuda. Y yo, cariño, soy una embustera patológica, Y mi hija -mírala, tumbada bocabajo en el suelo, Una marionetilla sin hilos, pataleando desesperada
por desaparecer,

Porque es una esquizofrénica, Da miedo verla así, con la cara roja y blanca. Y todo porque arrojaste sus gatitos por la ventana A una especie de pozo de cemento Donde cagan, vomitan y gimotean, y ella no los puede oír. Dices que no la soportas, Claro, la cabrona es una niña. Tú, a quien se le han fundido las lámparas,
como a una radio barata,

Limpia ya de voces y de historia, del ruido Electroestático de lo novedoso. Dices que debería ahogar a los gatitos, porque ¡apestan! Dices que debería ahogar a la niña, Pues, si a los dos años ya está así de loca, a los diez
se cortará el cuello.

El bebé, en cambio, ese caracol rechoncho, sonríe Desde los pulidos rombos de linóleo anaranjado. Te lo comerías. Claro: él es un niño. Dices que tu marido no es bueno contigo. Su mamá judía le guarda su dulce sexo como si fuera una perla. Tú tienes un solo hijo, yo dos. Debería sentarme en una roca Allá en Cornwall y dedicarme a peinarme el cabello. Debería llevar pantalones de piel de tigre y liarme con alguien. Los dos, sí, deberíamos reencontrarnos en otra vida, Reencontrarnos en el aire. Tú y yo. Entretanto, la cocina hiede a grasa y a cagada de bebé. Me siento atontada y lenta por culpa del somnífero de ayer. La humareda de la cocina, la humareda del infierno Flota sobre nuestras cabezas, dos oponentes ponzoñosas, Nuestros huesos, nuestros cabellos. Yo te llamo Huérfana, huérfana. Estás enferma. El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis. Una vez fuiste hermosa. En New York, en Hollywood, los hombres decían: "¿Llegaste? Guau, nena, pues sí que eres especial." Pero tú fingías, fingías, fingías por puro placer. El marido impotente se escabulle penosamente fuera,
en busca de un café.

Yo intento retenerlo, Esa vieja vara que aguanta los rayos, Los baños de ácido, los cúmulos que surgen de ti. Al fin se larga bajando la colina empedrada de plástico, Tranvía apaleado, Desparramando chispas azules Que se fragmentan como el cuarzo en millones de astillas. […]

Ahora estoy aquí callada, inmersa Hasta el cuello en mi odio. Un odio denso, denso. No hablo. Estoy empaquetando las patatas duras como si fueran ropa buena, Empaquetando a los niños, Empaquetando los gatos enfermos. Oh, jarra de ácido, pero si es de amor De lo que estás llena. Tú bien sabes a quién odias. Ahora él está abrazado a su bola de prisionero ahí abajo, Junto a la puerta de la verja que da al mar, Justo donde éste se adentra, blanco y negro, Y luego refluye. Cada día lo rellenas de sustancia anímica, como si fuese un cántaro. Estás tan cansada. Tu voz es mi pendiente, Un murciélago deseoso de sangre, aleteando y chupando. Eso es. Eso es. Asomas la cabeza por la puerta, Triste, endemoniada bruja. "Todas las mujeres son unas putas. No logro comunicarme con nadie." Veo cómo tu precioso decorado Se cierra sobre ti como el puño de un bebé O una anémona, esa querida Del mar, esa cleptómana. Yo aún estoy muy verde. Te digo que tal vez vuelva. Ya sabes para qué sirven las mentiras. Pues tú y yo jamás nos reencontraremos, ni siquiera en tu cielo zen.

El invierno de 1962-1963 fue muy duro, los niños lloraban, Sylvia escribió en uno de sus últimos poemas: "…sus pies / descalzos parecen decir: hasta aquí hemos llegado, se acabó...". Una mañana de febrero preparó el desayuno de sus hijos, para que comieran cuando se despertaran, y abriendo la llave del gas metió la cabeza en el horno, tenía poco más de treinta años. Hughes y Assia Wevill se hicieron cargo de los niños, y la pareja tuvo en 1967 una niña, Shura. Las infidelidades de Hughes y la alargada sombra de Sylvia Plath, llevaron a Assia, en 1969, a abrir también la llave del gas para morir junto a la pequeña Shura.

Morir es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación...

Jaime Siles, que define a Plath como "heroína trágica de nuestro mundo y de nuestro tiempo", en su reseña, titulada Rótulo de niebla azul, subraya el agradecimiento al traductor, el poeta gallego "Xoán Abeleira -traductor de solvencia demostrada- no sólo la forma con que ha vertido este conjunto sino también el modo en que, con su utilísimo y necesario aparato de notas, facilita el acceso del lector a él: porque la información que sus acertadas notas aportan no son exhibiciones eruditas sino claves interpretativas, sin las cuales resultaría prácticamente imposible recomponer su complejo sistema referencial, que aquí queda muy claramente explicitado". Y es que según nos explica Siles, "Sylvia Plath fue todo menos una "escritora ingenua" o "confesional": poseía una sólida y amplia cultura; la lengua de sus progenitores era el alemán y ella tradujo un poema de Rilke; conocía los mecanismos y resortes con que opera el mito y era una ferviente lectora de La diosa blanca de Graves; sentía fascinación por la representación plástica, en concreto por la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y por la Chapelle du Rosaire de Matisse; se había ocupado de una figura trágica como Fedra; solía viajar con un ejemplar de las Geórgicas de Virgilio; conocía bien la mitología clásica y se había interesado por el folclore africano; y no pocos de sus poemas dejan ver ecos y maneras de Dylan Thomas, Wallace Stevens, Roethke, Blake, Emerson y Swift; sabemos, por Elizabeth Compton, que la conoció en mayo de 1962, que era "una mujer comprometida", y alguna de sus mejores estudiosas -como Erica Wagner- ve, en un poema suyo como "La dama y la cabeza de terracota", la construcción de una especie de "Orfeo femenino"".


Budd Schulberg. ¿Por qué corre Sammy? Acantilado. 24 €

Budd Schulberg (Nueva York, 1914) sigue vivo, hace dos años estuvo en Madrid, nada menos que a los 92 años, para presentar la edición que Acantilado sacaba de la primera parte de sus memorias De cine (Memorias de un príncipe de Hollywood), lean un emotivo relato de aquél encuentro.

Seguramente piensen que Schulberg es para ustedes un desconocido, pero si les digo que es el guionista de La ley del silencio, una historia de corrupción y traición ambientada en los muelles de Nueva York que fue adaptada al cine por Elia Kazan en 1954 y protagonizada por Marlon Brando, Schulberg ganó el Oscar al mejor guión original. O que Más dura será la caída, la película ambientada en el mundo del boxeo, con Humphrey Bogart como protagonista (sería su última película), era una adaptación de la novela de Budd Schulberg, del mismo título, escrita en 1947. Schulberg ya no les parecerá tan desconocido.

Entre su obra literaria hay dos obras maestras, una es El desencantado. En los años treinta Budd Schulberg conoció a Francis Scott Fitzgerald. En1939 trabajaron juntos en la comedia ligera Winter Carnival en Dartmouth, lo que le sirvió a Schulberg para escribir en 1951 El desencantado, novela inspirada en lo que le sucedió al autor de El gran Gatsby durante los últimos años de su existencia, en que aquejado de alcoholismo y con fuertes deudas tuvo que buscar trabajo como guionista en Hollywood. La historia narra los últimos días de Manley Halliday, un guionista que colabora con un reputado escritor venido a menos en lo que es una reconstrucción de los dorados años veinte y de la gran depresión de los años treinta en América.

Anthony Burgess confesó en su momento haberse leído dieciséis veces El desencantado y que "después de El último magnate no conozco otra novela que refleje con mayor fidelidad el Hollywood de los años treinta".

La otra es ¿Por qué corre Sammy?, que Rodrigo Fresan reseña con el título El gran trepador) y la maestría que nos tiene acostumbrados, y lo hace así: ""Hollywood: único lugar en el mundo donde un hombre es apuñalado por la espalda mientras sube una escalera", escribió William Faulkner, quien pasó por allí y vivió para contarlo. Con esta frase, Faulkner apuntaba a que allí las víctimas están tan preocupadas por ascender y eliminar al de más arriba que no pueden ver a quienes los atacan por detrás así como los victimarios no tienen la inteligencia de anticipar el peso del muerto que, desde las alturas, les puede caer encima. De ahí que han abundado, abundan y abundarán novelas -la literatura hollywoodense es casi un género en sí misma- que proyectan estas alzas y bajas morales en un pueblo irreal pero auténtico a la hora de preparar poderosos destilados de inhumanas emociones muy humanas. (…)Pero pocos títulos pueden ser considerados más divertidos, ácidos y reveladores de la naturaleza del animal trepador que la casi fundacional ¿Por qué corre Sammy?".

La novela comienza… (y comprobarán lo difícil que es separarse de su lectura):

La primera vez que lo vi, él no debía de tener más de dieciséis años, un muchacho pequeño, como un hurón, despierto y rápido. Sammy Glick. Solía hacerme los recados. Siempre corría. Siempre parecía sediento.
-Buenos días, señor Manheim -me dijo cuando nos conocimos-. Soy el nuevo chico de los recados, pero no voy a hacer de chico de los recados mucho tiempo, ni de coña.
-No digas "ni de coña" o te pasarás toda la vida haciendo de chico de los recados -dije yo.
-Gracias, señor Manheim -dijo él-, por eso acepté este trabajo, para rodearme de escritores y aprender a hablar y a comportarme.
Nueve de cada diez veces yo ni siquiera habría alzado la vista, pero había algo en la voz de aquel muchacho que me impresionó. Debía de estar cargada con miles de voltios.
-Ya veo que eres un tipo listo -dije yo.
-Bueno, trato de mantener los oídos y los ojos abiertos -dijo él.
-Labia tampoco te falta -dije yo.
-Me preguntaba si los periodistas siempre bromean, como en las películas -dijo él.
-Largo de aquí -contesté yo.
Él se fue corriendo, demasiado rápido, un pequeño hurón. "Un muchacho listo", pensé. "Un pequeño judío listo". Me hacía sentir incómodo, con esa carita angulosa, pulcra y ansiosa. Observé cómo aquel cuerpo delgado y nervudo doblaba la esquina a toda velocidad. Me sentí violento. Supongo que siempre me ha dado miedo la gente que puede ser ágil sin gracia.
El jefe me dijo que Sammy tenía tres semanas de prueba. Pero en esas tres semanas Sammy corrió más por aquella redacción que Paavo Nurmi en toda su carrera. Cada vez que le entregaba un artículo, él salía corriendo como si de ello dependiera su vida. Todavía puedo ver a Sammy corriendo por entre las mesas, con la corbata flameando en el aire y los ojos desorbitados, desesperado.

Lean las ocho primeras páginas de la carrera de Sammy Glick, que llegará a convertirse en uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood y finalmente jefe de una poderosa compañía. Dice Fresán que "Sammy Glick es un monstruo sin atenuantes y astro insuperable de su historia particular de la infamia. Y su único castigo no pasa por caer sino por, apenas, ser víctima de su propio método y devorado por su propio credo. Pero -atención- este "maratonista de la vida" apenas tarda un par de párrafos en reponerse".

La novela mereció las alabanzas de Francis Scott Fitzgerald, Dorothy Parker, John O'Hara, pero fue condenado -de nuevo Fresán- "como virulento exposé por buena parte de la industria, que se sentía desfavorablemente retratada y traicionada por un insider. Los progres y los capos de los estudios acusaron a Schulberg de antisemita (Samuel Goldwyn le ofreció dinero para que no la publicara), los retrógrados de antiamericano (un furioso John Wayne retó a duelo a su autor) y unos y otros se preguntaban quién había sido la inspiración para el personaje de Sammy Glick. Y la respuesta de Schulberg -cada vez que se lo preguntaban- era: muchos, demasiados, casi todos".

Se queja Fresán, al final de la reseña, de que la edición de Acantilado no siga el modelo de la reedición norteamericana que cuenta, entre otras aportaciones, con un epílogo en el que Schulberg "se horroriza por el éxito de una criatura que él pensó como forma de denuncia y que ahora es considerada devastadora deidad yuppie, ejemplo a seguir de triunfador cueste lo que cueste, y arquetipo para examen final. Cuenta Schulberg que en la Darmouth University -su alma máter- se pregunta a los casi sociólogos "¿Por qué corre Sammy? (Desarrollar a lo largo de una hora)". La respuesta, claro, puede darse en unos pocos segundos: Sammy corre para subir más rápido. Y para que no lo apuñalen por la espalda".


Isaac Rosa. El país del miedo. Seix Barral. 19,50 €

En esta magnífica novela (¡no dejen de leerla y ya les digo que es un regalo ideal para las fiestas que asoman!) Isaac Rosa ha conseguido un nuevo logro, sacar a la luz la mayoría de nuestros miedos contemporáneos, desde esos pequeños ruidos domésticos, inexplicables, que te hacen temer que 'el moldavo' (apelativo con que en mi círculo de amistades nos referimos a ese temor, y que alude a un individuo que hace unos años se hizo famoso por entrar en las casas, asesinar a sus habitantes, y robarles a veces menos de diez euros), unos miedos que lejos de quedarse en casa viajan con nosotros "o se transforman en otros temores más propios de cada lugar visitado" (pag. 55), el miedo a ser padre (pag. 51), a perder un momento de vista a uno de nuestros hijos en medio de la multitud (pag. 56), a la tortura (pags. 72-73) y de la tortura resultan inolvidables las páginas que Rosa le dedica al siniestro método de la cuchara (73-74), el miedo a la calle y a las pandillas violentas (81), sin olvidar los miedos más antiguos, "de siglos, el hombre malo, el del saco, el coco, el sacamantecas… el delincuente sexual no menos enfermo", también los cuentos infantiles y la educación del miedo tienen su espacio en la novela (pags. 238-241), la educación audiovisual del miedo (253-257), y en fin, nuestros miedos nunca dejan de crecer. Aunque, como se nos advierte, en una de las muchas astucias del autor, en las primeras páginas, se trata generalmente de miedos "puntuales, cíclicos", y de una novela de elaboración complicada pero tan bien resuelta que al lector le parecerá escrita con facilidad. Una lectura que no se puede interrumpir hasta su desenlace final, cuando el protagonista, Carlos legre salir del angustioso chantaje al que le somete Javier, un menor, para entrar en otro, más llevadero pero que no tendrá fin.

La novela comienza:

La primera vez pensó que era un descuido. Tal vez al pagar el desayuno le dieron mal el cambio, o se le cayó un billete al sacar el dinero. La segunda vez se dijo que no podría ser un descuido. Repasó los gastos que había tenido desde que la mañana anterior sacase dinero del cajero automático. No cuadraban las cuentas, faltaban veinte euros. La tercera vez pensó en un robo en la oficina. Solía dejar el bolso colgado del respaldo de la silla cuando iba al baño, o mientras estaba reunida en otro despacho. No era difícil que alguien se acercara y aprovechando su ausencia…

Se alternan dos planos, se van intercalando, en uno, narrado siempre en tercera persona, se desarrolla la trama de la novela, que arranca cuando Sara se da cuenta de que es robada en su propia casa, dinero, joyas, y sospecha de la mujer que les limpia, Naima, a la que injustamente despide, a la que deja sin trabajo pues se corre la voz en las casas que limpia de que la muchacha es una ladrona. Pero pronto se descubrirá que es otro el autor de los robos, lo descubrirán Carlos y Sara en el cuerpo de su hijo Pablo, de 11 años, cubiertos de hematomas y señales de pinchazos, descubrimiento que por un lado reabre en el matrimonio "una controversia familiar cerrada en falso" y por otro nos mete en la trama de la novela, pues el extorsionador pasará de tener como víctima a Pablo a tener como víctima al padre, a Carlos, y página a página, capítulo a capítulo, ascendemos por esa espiral de violencia, y miedo, que el autor ha trazado.

En el segundo capítulo leemos:

…Algunas noches, pocas, ha oído a alguien gritar. Un grito no reconocible, breve y lejano, que puede ser de uno que llama a voces a otro que se aleja, o de alguien que expresa su alegría con desconsideración para los vecinos, pero también una petición de ayuda. Una noche el grito se prolongó en un diálogo a voces, en el que creyó apreciar una agresividad creciente. Dos personas que discutían, que quizás peleaban. Se levantó y se asomó por las rendijas de la persiana del salón, sin atreverse a levantarla, no fuera a ser que le viesen desde la calle y se señalasen como testigo indeseado. No pudo ver nada, y segundos después los gritos cesaron, de golpe. tal vez se reconciliaron tras el último insulto y comenzaron a hablar en voz baja, o uno de los dos cayó fulminado por un golpe, un navajazo que le quitó el habla, nada más se oyó. Ya en la cama, esperó escuchar una sirena policial, siempre hay un vecino que llama al teléfono de emergencias, aunque quizás esa noche le tocaba a él, único testigo a esas horas, y se desentendió de su responsabilidad, de forma que al día siguiente sólo quedaría en la acera esa mancha negruzca que tarda días en desaparecer.

Este es el otro plano de la novela, capítulos intercalados en la trama, y al hilo de ella, en los que se desarrolla una fenomenología del miedo. En tal plano se encuadran los temas apuntados al principio de mi comentario, por ejemplo, al capítulo del descubrimiento de los moratones y pinchazos en el cuerpo de Pablo (66-67), le sucede el capítulo en que se reflexiona sobre la tortura (72-73). Y en estos capítulos de reflexión no falta alguno útil, como el de consejos para nuestra seguridad, tomado de la página Web del Ministerio del Interior. En otro de ellos se desvela el título de la novela, que hace referencia a un test infantil que se aplica a los niños que han sufrido experiencias traumáticas para facilitar la expresión de los sentimientos:

Un mundo imaginario llamado "el país del miedo", y otro mundo fantástico llamado "el país de la alegría". El primero estará habitado por todo aquello que les causa temor. El segundo, obviamente, por todo aquello que aman.

Mucho y elogioso se está escribiendo en los medios sobre esta novela. De las reseñas, me quedo con la de José María Pozuelo Yvancos, Vulnerables (), del que destaco el siguiente párrafo: Isaac Rosa ha narrado un cuento, en el que un débil atraviesa lleno de temores un bosque en el que en un momento el feroz enemigo aparece. Son mecanismos muy eficaces que tal bosque sea un barrio de burguesia media, que progresivamente se va deteriorando y al que amenazan los jóvenes desocupados que en corros pueblan sus jardines y lo cotidiano de que Carlos actúe protegiendo a su débil hijo, que esta siendo extorsionado al salir del Instituto. Que ese bosque sea tan cercano y el enemigo feroz reconocible, lo va confirmando el lector, capaz de reconocer cada uno de los miedos y situaciones de la pulcra y meticulosa geografía del temor que esta novela traza, con singular eficacia; tanto porque el lector los reconoce habitando dentro de sí, como por el hecho de que socialmente sea inevitable que así ocurra, una vez todos hemos ido delineando con nuestros relatos (lo que te cuentan que ocurre, lo que ves ciertamente en pantalla y lo que realmente ocurre), que reproducen en una matemática irreductible los números del horror moderno. Destaco como rasgo excelente que aquello que acontece sea a un mismo tiempo externo (les ocurre a seres en calles análogas a las que vivimos) e interno: Carlos, Sara y Pablo piensan como pensamos y sienten como sentimos. Porque el miedo es inevitable y no susceptible de aminorarse con su sólo reconocimiento. Al revés, crece con él".

El autor ha declarado: "Hay miedos ambientales que son propios del primer mundo, de las clases medias, de las grandes ciudades, que nos colocan en una situación de vulnerabilidad y que hacen que demandemos protección y que nos arrojemos en brazos del primero que nos ofrece seguridad", y en la entrevista de Daniel Arjona para el Cultural (ha insistido en esta idea: "Me interesa ese miedo de clase media, propio de quienes tienen mucho que perder pero no tienen tanto como para protegerse o reparar lo perdido; a diferencia de la clase alta, que por mucho que pierda siempre puede recuperarse; y la clase baja, que no tiene mucho que perder".

En el diario 'Público', Peio Riaño le realiza a Rosa otra interesante entrevista, dice el escritor: "Me interesaba analizar cómo aprendemos ciertos miedos..."


Natsume Soseki. Botchan. Impedimenta. 19 €

Juan Malpartida nos presenta a de Natsume Soseki (1867-1916), "considerado, junto con Mori Ogai (1862-1922), el introductor de la modernidad en la novela y el cuento japoneses (…). Hay que tener en cuenta que Soseki escribe en un momento, la era Meiji (1868-1912), en el que la larga civilización japonesa (que continúa y transforma la china) se ve penetrada por el mundo occidental, primero por la economía, pero inmediatamente (el dinero es siempre algo más) por los aspectos políticos y culturales. Es un momento de inseguridad para un mundo estático, de perfeccionamiento y continuidad de una sociedad estamental y altamente ritual.".

De su extensa obra, nos dice Malpartida, "en español se puede acceder a Yo, el gato (1905), una pieza satírica de indudable sutileza; Kokoro (1914), considerada su obra más importante, y esta novela que hoy comentamos, Botchan (1906), magníficamente traducida por José Pazó (…). Una visión corrosiva por su humor.

La novela comienza con la frase: "Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas", y a continuación nos relata unos apuntes de infancia que ilustran la personalidad de Botchan, el narrador y protagonista:

Una vez, en la escuela primaria, salté desde la ventana de un primer piso y no pude andar durante una semana. Alguien se preguntará por qué hice semejante tontería. Pero la verdad es que no hubo ninguna razón especial. Simplemente estaba un día asomado a una de las ventanas del nuevo edificio de la escuela, cuando uno de mis compañeros de clase empezó a meterse conmigo diciéndome que, por mucho que me hiciera el gallito, en realidad no era más que un cobarde y que no sería capaz de saltar. El bedel tuvo que llevarme esa misma noche a cuestas a mi casa. Cuando mi padre me vio, se enfadó muchísimo y me dijo que no podía comprender cómo alguien se podía quedar sin caminar simplemente por haber saltado desde la ventana de un primer piso. Le respondí que la siguiente vez que saltara no me volvería a ocurrir.

Sigue otro ejemplo, más de lo mismo, cuando jugando "con el reflejo que sol producía en la hoja de una bonita navaja importada", uno de sus amigos se burla:

-Brillar, brillará mucho. Pero seguro que no corta nada.
-¿Qué no? -le respondí yo-. Mi navaja puede cortar cualquier cosa.
-¿A que no puede cortar uno de tus dedos? -me desafió.
-¿Qué no? -le repetí yo-. Mira. -Y entonces empujé la hoja en diagonal sobre mi pulgar derecho. Afortunadamente, la navaja era pequeña y mi hueso estaba sano y fuerte, por lo que todavía conservo el pulgar, aunque tendré una cicatriz mientras viva.

Ya digo que son unos apuntes, pues la novela se desarrolla cuando Botchan se ha convertido en profesor y -como escribe Andrés Ibáñez en la introducción- todos se ríen de él: "tanto los alumnos, que le ven como un adulto, como los profesores, que le ven como un jovencito insolente". Este es, explica Ibáñez, "un mundo compuesto por malas personas que se dedican a amargarse la vida unos a otros".

Para Ibañez, el gran hallazgo de Seseki es la voz en primera persona, pues frente al narrador en tercera persona "que suele ser impersonal o sabio, la primera persona puede permitirse ese ejercicio tan liberador que consiste en ser estúpido o mediocre, malvado o tendencioso", en eso consiste la "modernidad" de Soseki, pues "en estos yoes mediocres, desagradables o parciales…, se inicia la literatura moderna, o una forma de entender la literatura moderna: como fragmentación, como alienación, como deformidad".

Y vuelvo a la reseña de Juan Malpartida, titulada Soseki; un humor crítico: "Las peripecias del joven Botchan (como niño y, sobre todo, como profesor en un mínimo lugar de provincias) nos acercan, desde la ironía, desde el humor crítico, a muchos aspectos de la cultura japonesa, pero también, y sobre todo, tal como señalan el prologuista y el traductor, a la condición humana vista desde un desconcertante escepticismo. En cierto modo se trata de una picaresca al revés: el mundo (esos grupos de alumnos y de profesores con los que tiene que vérselas Botchan) es el pícaro ante un joven ingenuo, tenaz y ambiguamente caprichoso. Botchan parece a veces un caballero andante que lucha con los entuertos y maleficios de la vida hasta que recuerda, al volver a su Tokio natal y en la figura de una desprendida mujer que aún le espera, un valor permanente. Pero el humor de Soseki nos sitúa siempre ante la duda: la realidad se mueve y con ella nuestras certezas. Quizás sólo sea cierta la sonrisa que una y otra vez suscita esta novela".


  CULTURAS (LA VANGUARDIA)
 


Rafik Schami. El lado oscuro del amor. Salamandra. 25 €.

Comienza la novela, en Damasco, en la primavera de 1960, con el siguiente lema: "Los olivos y las respuestas requieren tiempo", y la primera tesela, titulada 'La pregunta':

-¿Y tú crees en serio que nuestro amor tiene alguna posibilidad?
Farid no lo preguntaba para recordar a Rana la sangrienta enemistad que enfrentaba a sus familias, sino por que se sen tía desdichado y no veía esperanza alguna.
Tres días atrás, la policía secreta había asaltado y secuestrado a su amigo Amín cuando éste salía de su casa. Des de la unión de Siria y Egipto en la primavera de 1958 se había iniciado una cacería de comunistas. El año 1959 había sido especialmente malo. El presidente Satlán había pronunciado furiosos discursos contra el régimen del dictador Damián en Irak y contra los comunistas. Tampoco al terminar el año había habido un respiro; incluso en plena noche los jeeps del Servicio Secreto circulaban por las calles de la capital con sus víctimas. Las familias quedaban atrás, entre lágrimas de miedo. Se habló de "Noche vieja sangrienta". Un susurro corría de boca en boca y suscitaba aún más miedo del Servicio Secreto, que parecía tener espías en todos los hogares.
Ese día, para Farid el amor era algo parecido a un lujo. Había pasado unas horas tranquilas con Rana en casa de su fallecida abuela. Allí, en Damasco, cualquier encuentro con ella era un oasis en medio del desierto de su soledad. Muy al contrario que las semanas pasadas en Beirut, donde se habían escondido ocho años atrás. Allá, cada día había empezado y terminado en los brazos de Rana. Allá, el amor había sido un dulce y extenso paisaje fluvial.

Carles Barba aborda en 'Culturas' esta obra que si bien desgrana "un argumento -la rivalidad de dos familias sirias a lo largo de tres generaciones-, pero este avanza gracias a una incesante germinación de historias (muchas de ellas, orales) que se engarzan unas a otras, en una apoteosis de la narración per se que recuerda Las mil y una noches. Aquí todo el mundo tiene un repertorio de narraciones que desembuchar: comadronas, peluqueros, cocheros… (…), acometiendo un fresco a gran escala de la convulsa Siria de los últimos 150 años, desde la época otomana al actual monopolio de los Assad, demorándose sobre todo en los decenios de protectorado francés".

Dice Barba que una tesis larvada recorre la novela: "el mundo árabe está polarizado por la tensión entre el amor y la muerte. Y en varios episodios se ejemplifica que cuando algunos personajes deciden vivir el amor libremente, este es yugulado enseguida por la férrea mentalidad del clan de turno. Yasmín, sin ir más lejos, una tía de la familia Shahin, decide tirar adelante su idilio con un musulmán, lo que le vale ser apuñalada en plena calle por su sobrino Samuel, que cree así lavar el honor familiar. Frente a tan bárbaros brotes, la caudalosa narración de Rafik Schami parece invocar un pasado más risueño y genuino, encarnado entre otros por el erudito sufí Bin Arabi, que hace 700 años exclamaba: "¡El amor es mi religión!"".

Buena también la reseña que en Babelia escribía Javier Martín, titulada La obra maestra de Rafik Schami, y que entre otras cosas apunta que aunque la novela transcurra en Damasco podría igualmente desarrollarse en El Cairo o Bagdad de aquellos mismos días, afirma que el relato de Schami rompe tabúes y mientras "los conflictos religiosos quedan relegados y cobran protagonismo las tradiciones ancestrales", porque lo que "interfiere el amor de Farid y Rana no son las creencias, sino el linaje, "que desde hace dos mil años rige el día a día de los árabes". La corrupción y la sevicia no entienden de dioses, sino que parecen atributos innatos. El honor como principio obsoleto no es patrimonio exclusivo de una comunidad, sino que los árabes, tanto musulmanes como cristianos, lo han colocado entre las piernas de las mujeres, llega a decir el autor en uno de sus mejores pasajes, mientras se dejan manipular por las potencias extranjeras en sus propios países. La desgracia de los árabes reside en su propia incapacidad y su vena cainita. Dotado de una ágil ironía, uno de los personajes de la novela asegura "comprender todas las desgracias de los árabes" cuando "tres sirios ayudan a un francés corrupto y cobarde a torturar a un compatriota"".

El capítulo titulado 'Libro de los colores' cierra la novela de Schami, bajo el título el lema siguiente: "El más bello de todos los colores es el color secreto de las palabras", y después el fragmento final, el 304, 'La última tesela', como un epílogo en el que Schami escribe:

En 1962, una joven musulmana fue asesinada ante mis ojos y los de todos los vecinos porque había transgredido los límites religiosos y se había enamorado de un varón cristiano. Lo triste era que el hombre no lo merecía. Era un gigoló.

Entonces, cuando yo era un chico de dieciséis años que veía el mundo como una infinita cadena de historias, pensé que había que escribir una novela sobre todas las formas de amor prohibido en Arabia, y lo deseé con toda la ingenuidad de un amante…
[…]
…Pasé unos cuatro años redactando un primer borrador. En el otoño de 1986 la primera versión estaba lista. Pero la historia hablaba demasiado de cruzadas y de un narrador loco que tenía setecientos años y sólo podría morir cuando concluyera su historia. Lo que pasaba es que no terminaba, sino que empezaba una y otra vez desde el principio. En la versión actual sólo han quedado rastros de ese narrador…
[…]
Antes de ir a Alemania no sabía que en el exilio uno piensa en su ciudad todas las mañanas. Desde hace más de treinta y cuatro años, cuando abro los ojos pienso en Damasco, la ciudad más hermosa del mundo, y desde 1987 he pensado también todos los días en la historia de amor que iba a escribir.
[…]
Por lo demás: el acontecimiento que me sacudió en 1962 y sirvió de catalizador durante todos estos años se fue difuminando conforme la novela iba tomando forma. En su actual versión, esa historia sólo aparece en una página (capítulo 13. Inhibición) del Libro del Amor 2.

Y ahora escribo la frase para la que llevo décadas trabajando:
"Ésta es la última tesela de mi historia. Se encuentra en la zona inferior izquierda del mosaico, y lleva el número 304".
Ahora, voy a levantarme y tomarme un café para celebrarlo. Desde mañana, al despertar sólo pensaré en Damasco.


Saul Bellow. Herzog. Galaxia Gutenberg. 25 €

Saul Bellow (1915-2005) es uno de los escritores más importantes del siglo XX. Cuando murió, Philip Roth le dedicó un artículo en el que afirmaba: "La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: William Faulkner y Saul Bellow".

Y de entre su magnífica obra es quizá Herzog la mejor de las novelas y una pieza clave en la literatura de la segunda mitad del siglo, así lo considera el crítico por antonomasia, Harold Bloom, quien escribe: "un entusiasmo dickensiano da vida a una fabulosa colección de personalidades secundarias, menores, mientras que, en el centro, una conciencia original, pero imprecisa, aparece cercada por mujeres que no nos convencen, aunque, evidentemente, una vez lo convencieron a él".

De esta novela acaba de aparecer una nueva traducción, y así la comenta Robert Saladrigas: "Por fin se ha producido el ansiado reencuentro con la que sigue siendo para mí la mejor novela de Saul Bellow (1915-2005), y una de las más ambiciosas de la moderna narrativa norteamericana. Estoy hablando de Herzog, publicada en 1964, fundamental para que en 1976 Bellow recibiera el Nobel de literatura. Apenas un año después de la edición original, apareció traducida al español por Rafael Vázquez Zamora. El estilo de Bellow no es precisamente fácil de verter a otra lengua sin maltratarlo. La versión de entonces -creo que la única hasta hoy-, pese al entusiasmo y la devoción que la magnífica novela despertó en una mayoría de lectores, no hacía justicia al libro ni a su autor. Ahora, dentro de los planes de Galaxia Gutenberg de ir restaurando la extensa obra de Bellow sometiéndola a nuevas y cuidadas traducciones -se han publicado ya Carpe diem, Mueren más por desamor y Todo cuenta, y se anuncian El legado de Humboldt y El planeta de Mr. Sammler-, tenemos Herzog traducida por Vicente Campos. La traducción quizá no sea perfecta, ninguna lo es ni puede soñar con serlo, mucho menos cuando el texto está plagado de trampas para todo aquel que se le enfrente, pero revela el esfuerzo llevado a cabo para interpretar lo más exactamente posible la forma y el espíritu de la verbalidad de Herzog a través de la compleja escritura de Bellow. Funciona, en definitiva, puesto que no se diluye".

Así comienza la nueva traducción:

"Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer", pensó Moses Herzog. Había quienes pensaban que estaba tarado y, durante cierto tiempo, él mismo había dudado de su cordura. Pero ahora, aunque todavía se comportaba de una manera extraña, se sentía seguro de sí mismo, animado, lúcido y fuerte. Estaba como hechizado y se dedicaba a escribir cartas a todo quisque. Esas cartas le alteraban hasta tal punto que, desde finales de junio, iba de un lado a otro con una maleta llena de papeles. La había llevado de Nueva York a Martha's Vineyard, pero no tardó en volver de Vineyard; dos días más tarde voló a Chicago, y desde allí fue a un pueblo en la zona occidental de Massachusetts. Oculto en el campo, escribía sin parar, frenéticamente, a los periódicos, a personas públicas, a amigos y parientes, y, por fin, a los muertos, primero a sus difuntos cercanos y casi anónimos, y por último a los famosos.
Era pleno verano en los Berkshires. Herzog estaba solo en la gran casa antigua…

Los Berkshires, en el corazón de la puritana Nueva Inglaterra y a la misma distancia de Nueva York y de Boston, son en la actualidad un destino turístico privilegiado. Ya a mediados del siglo XIX, este condado se convirtió en una de las comarcas más apreciadas por neoyorquinos y bostonianos para ir de vacaciones. Edith Wharton (La edad de la inocencia) y Herman Melville (Moby Dick), entre otros escritores, pasaban allí los fines de semana y los veranos. Hoy en día cualquier norteamericano los asocia con una combinación de campo, cultura y descanso. Este es el espacio en el que Herzog, profesor universitario, dos veces casado, dos veces divorciado, con dos hijos, uno de cada matrimonio, se ha escondido. ¿Qué le ha ocurrido a Moses Herzog, autor de un libro de referencia, titulado Romanticismo y cristianismo, para iniciar esa búsqueda angustiada de sí mismo? ¿Cómo le ha dominado, avanzada la primavera, "la necesidad de explicarse, de expresarse, de justificarse, de ponerlo todo en perspectiva, de aclararse, de corregirse"? ¿Por qué descubrirá: "Al revisar su vida entera, se dio cuenta de que lo había hecho todo mal, todo. Su vida estaba, por así decirlo, en ruinas".

Para descansar dormía en un colchón sin sábanas -el de su abandonada cama de matrimonio- o en la hamaca, tapado con su abrigo. (…) Cuando alguna nueva idea le asaltaba, iba a la cocina, su cuartel general, para anotarla. (…) Cuando paseaba por el huerto, alterado por una de sus cartas mentales, veía los rosales que se enroscaban alrededor del caño de agua; o se fijaba en las moras, en los pájaros que se daban un banquete en la morera. Las mañanas eran calurosas; las noches, sofocantes y polvorientas. Miraba todo con interés, pero se sentía medio ciego.
Su amigo, su antiguo amigo, Valentine, y su esposa, su ex esposa, Madeleine, habían hecho correr el rumor de que había perdido la cabeza. ¿Era cierto?
Estaba dando una vuelta alrededor de la casa vacía cuando de pronto vio la sombra de su rostro en una ventana gris y cubierta de telarañas. Tenía un aspecto extrañamente tranquilo…

Ahí lo tenemos, en la segunda página de la novela, su segunda mujer, Madeleine, le abandona:

-Es doloroso tener que decir que nunca te he amado. Y tampoco te amaré nunca -dijo-. Así que no tiene sentido que sigamos juntos.
-Yo sí te amo.

Se ha ido con su mejor amigo, Valentine Gersbasch, y el mundo de Moses Herzog se derrumba.

José María Guelbenzu, reseña también esta obra con el título Historia de una liberación, y resalta como magnífico el artificio de las cartas: "en primer lugar, porque se convierten en una nueva forma de flashback que abre todas las puertas de la vida anterior de Herzog y, en segundo, porque permite mostrar de una manera narrativa un verdadero torrente de pensamiento. (…)La escena en la que relata el adiós entre Madeleine y Moses es antológica y su valor como referente y resumen de todo el conflicto, soberbia. Cada vez que la relación entre ambos va mostrando nuevos aspectos que la completan, la escena del adiós se alza como un faro en la memoria del lector: ella le ha segado la hierba bajo los pies y se sabe triunfante mientras él siente que aún la ama con una mezcla de resignación y fatalidad y la clara intuición de que ya no hay nada que hacer... hasta que, poco a poco, el rencor, la rabia y la impotencia le obliguen a recorrer su vida en un intento de expiación ciega y desahogo. Por ahí comienzan las cartas: son cartas mentales que poco a poco van abriendo su mente y su cuerpo al único asidero: la realidad.



  BABELIA (EL PAÍS)
 


Anthony Burgess
. Poderes terrenales. El Aleph. 26,90 €

Buena reseña del escritor Justo Navarro que compendia magistralmente la novela de Burgués, Poderes terrenales, en un apretado párrafo: ". Es el momento de la canonización del papa Gregorio XVII, que en el Chicago gansteril de 1925 curó milagrosamente a un niño con meningitis. Ha pasado cerca de medio siglo, pero un testigo recuerda el hecho prodigioso: el famoso novelista homosexual Kenneth Toomey, que además fue concuñado del Papa. Aunque "los escritores tienen problemas para distinguir lo que pasó de verdad y lo que imaginan que pasó", Toomey empieza a recordar el 23 de junio de 1971, cuando en Malta, a la hora en que está en la cama con su amante, lo visita el arzobispo para pedirle su testimonio del milagro. Y Toomey cuenta la historia del siglo XX, a través de Europa, América, África, Asia y Oceanía, y su vida de risa y temblor, y la oblicua biografía del sacerdote Carlo Campanati, elevado al trono de Pedro a la muerte de Pío XII, en 1958. Esto es Poderes terrenales (Earthly powers, 1980), la novela monumental de Anthony Burgess".

Para desmemoriados: Burguess (1918-1993) se hizo internacionalmente famoso tras la adaptación que Kubrick hizo en 1971, de su novela La naranja mecánica, novela de 1962. Navarro afirma que sigue siendo "un escritor que provoca inquietud lingüística e ideológica, y se entregó, inquieto consigo mismo, a incansables cambios de estilo y género, de la ciencia-ficción a la fábula autobiográfica", y le presenta como "el autor del cuento de ciencia-ficción más breve":

Aquella mañana el sol salió por el este.

No dejen de leer esta reseña titulada Placeres y principios, les esperan momentos tan sugerentes como este: "Poderes terrenales abunda en criaturas reales: Rilke llora en una cervecería de Trieste; Keynes guía a Toomey por París a la compra de pintores contemporáneos baratos; Hemingway presume de un imposible encuentro amoroso con Mata Hari. Toomey cuenta historias compulsivamente, incluidos los argumentos de sus obras y las novelas de Jakob Strehler, Nobel de 1935, año en que el premio quedó desierto en el otro mundo, es decir, en el nuestro. Quizá la mejor aventura sea su descubrimiento de la homosexualidad y su renuncia a la fe católica materna mientras pronuncia la oración de san Agustín: "Señor, hazme casto, pero no todavía". El episodio, en el que tiene algo que ver James Joyce, culminará para Toomey cuando la esposa de su segundo amante sorprenda a los enamorados en la cama. Entonces la homosexualidad era un pecado castigado con cárcel, aunque, como Havelock Ellis le dice a Toomey en Mónaco, lo patológico son las leyes, no la homosexualidad".

Esta magnífica novela ya apareció en la editorial Argos Vergara, a principios de los ochenta. El Aleph recupera aquella traducción de José Manuel Álvarez Flores, y le encarga la presentación, ejemplar, a Rodrigo Fresán, son Apuntes para una teoría del milagro, todo un lujo tenerlos en abierto, y como muestra aquí van algunas de sus ideas: "Poderes terrenales es sacra y mefistofélica a la vez porque -a nivel formal- lo que intentó y consiguió en ella Burgess fue "jugar" con el ADN del best-seller dignificándolo sin por eso dejar de divertirse manipulando sus poleas y tensando sus resortes". Y en nota aparte explica: "Apreciada en la actualidad, como parte de un género hoy saturado por códices, catedrales y afines, Poderes terrenales permite también -en perspectiva- una reflexión sobre la decadencia de la literatura popular y lo que se supone debe o debería ser un divertimento inteligente. Leída y disfrutada esta novela de Burgess, se admira la dificultad superada y el talento certificado para crear un producto "mixto" -donde la diversión no esté reñida con la reflexión- y se comprende que toda teoría sobre la crisis de la literatura es un despropósito. La literatura nunca ha estado en crisis -basta buscarla para encontrarla-; lo que sí está en crisis es el best-seller, la edición de best-sellers y, especialmente, el lector de best-sellers".

En otra nota, Fresán apunta: "su hora favorita del día era la tarde "ya que la mente inconsciente tiene el hábito de hacer valer sus derechos por la tarde. La mañana es un tiempo consciente, pero la tarde es una hora en la que deberíamos tratar mucho más con el interior de la conciencia"".

Comienza la novela:

Era la tarde de mi ochenta y un aniversario, y yo estaba en la cama con mi Ganímedes, cuando anunció Alí que había venido a verme el arzobispo.
-Está bien, Alí -dije, en trémulo español, a través de la puerta cerrada del dormitorio principal-. Llévale al bar. Sírvele algo de beber.
-Hay dos. Su capellán también.
-Bien, bien, Alí. Sírvele también algo a su capellán.
Me retiré hace diez años de la profesión de novelista. No tendrá más remedio que admitir el lector, sin embargo, si es que conoce algo de mi obra y se toma la molestia de releer ahora esta primera frase, que nada he perdido de mi vieja astucia para maquinar lo que se llama un impresionante principio. Pero no hay, en realidad, ninguna maquinación en el asunto. La realidad juega a veces en las manos del arte. Que tenía ya ochenta y un años no podía dudarlo siquiera: a lo largo de toda la mañana habían estado llegando telegramas de felicitación ratificándolo. Geoffrey, que estaba poniéndose ya sus estrechos pantalones de verano, era, digamos, mi Ganímedes o amante masculino, además de mi secretario. El arzobispo era, desde luego, un arzobispo auténtico. La hora, poco más de las cuatro de la tarde de un día de junio maltés…

Antes de que se metan en la novela, lean la estupenda entrevista de Francesc Arroyo a Burguess cuando presentó le novela en Barcelona (30-11-82), no tiene desperdicio, les dejo algunas pinceladas: "El principal hecho de la novela es un milagro: el sacerdote cura a un niño que acabará siendo un malvado. ¿Por qué ocurre? ¿Dios es bien o mal? La pregunta no tiene respuesta en la obra. Naturalmente la novela no es un tratado teológico, es un divertimento, la imagen del siglo XX, desde un hombre que no puede entrar en el mundo de la teología, porque es homosexual y está fuera de la Iglesia. (…) Mi problema era entender lo que es un homosexual. Una de las tareas del novelista es intentar entender lo que no puede entender. Se trata además de un intelectual católico, pero separado de la religión. En el conflicto entre el bien y el mal, él está por encima, es objetivo. (…) la discusión entre San Agustín y Pelagio es muy viva en Inglaterra. Pelagio afirma la libertad del hombre. Agustín la niega, porque el hombre nace en pecado. Creo que la historia del pensamiento inglés gira en torno a estas posiciones. Yo me inclino por pensar que el hombre es libre en el sentido de poder distinguir entre el bien y el mal y elegir. Es en lo único que creo. De eso trata el libro".


Marina Tsvetáieva en cuatro libros

Marina Tsvetáieva (1892-1941) y Anna Ajmátova son dos de las poetas más grandes del siglo XX, y las mayores en la historia en Rusia.

AAAAAAAAAAAAANo es por el río -¡soy náyade
de nacimiento!- este escalofrío. Me aferro
al agua como si fuera la mano del amante
que fiel está a mi lado…

AAAAAAAAAAAAAAAAAFieles
son siempre los muertos -no todos traen
consuelo… La muerte a mi izquierda
y, a mi derecha, tú. Mi costado
derecho, como muerto.

Estos versos pertenecen a uno de los poemas largos de Tsvetáieva, el titulado 'Poema del fin', y están tomados de El canto y la ceniza, recomendabilísima antología poética que Monika Zgustova y Olvido García Valdés realizaron para Galaxia Gutenberg.

En Babelia, Benjamín Prado redacta un artículo sobre Tsvetáieva, uno de los más hermosos y emotivos que han aparecido en la prensa en los últimos meses. Se ocupa Prado de cuatro obras, de textos de Tsvetáieva o que tratan de ella. La primera que aparece es Locuciones de la Sibila (Ellago ediciones), "una emocionante demostración de la fe en la literatura de esta mujer admirable que siguió escribiendo, contra viento y marea, hasta llegar al mismo borde de la muerte. Un borde que estaba lejos, al otro lado de una sucesión de desgracias que casi siempre fueron producto de su lealtad a algún perdedor, y especialmente a su marido, un menchevique que había sido oficial del Ejército Blanco y que decidió regresar a la Rusia soviética, de la que ambos habían escapado tras la Revolución de 1917, en busca de su infortunio y el de su familia".

El regreso fue una catástrofe: "su esposo y su hija fueron encarcelados, ella no volvió a publicar, su otro hijo, Georgi Efrón, se convirtió en un egoísta histérico que la torturaba día y noche, que al final fue movilizado para luchar en la II Guerra Mundial y que murió en 1944, a los 19 años. Ese último latigazo del dolor ya no lo sufriría Tsvetáieva, que en 1941, tras ser evacuada a Elábuga para escapar de la invasión alemana, se quitó la vida ahorcándose con una soga que Borís Pasternak le había dado en la estación de tren de Moscú para que atase su maleta. Lo último que hizo en su vida fue pedir un trabajo como friegaplatos en el comedor de los escritores y redactar una despedida para Georgi: "Perdóname, pero seguir sería peor. Estoy muy enferma, ésa ya no soy yo. Te quiero con locura. Comprende que ya no podía vivir más tiempo". Esa nota está incluida en el tomo En el país del alma, una antología de sus cartas que acaba de aparecer en La Poesía, Señor Hidalgo y en la que podemos seguir su intenso diálogo epistolar con Anna Ajmátova o el propio Pasternak, entre otros muchos".

El tercer libro que nos acerca Prado está escrito por Tzvetan Todorov: "El lento drama de Marina Tsvetáieva vuelve a recordarse al leer el extenso capítulo que dedica Tzvetan Todorov a analizar su vida y su obra en Los aventureros de lo absoluto, publicado por Galaxia Gutenberg, un ensayo extraordinario en el cual la autora de El poeta y el tiempo comparte protagonismo con otros dos creadores irreductibles: Oscar Wilde y Rilke. Con este último y con Pasternak, como se sabe, cruzó una correspondencia célebre sobre amores platónicos, analogías literarias y amistades oníricas que se identifican en unas líneas de Tsvetáieva al autor de Doctor Zhivago que reproduce Todorov: "Mi forma predilecta de comunicación es la del más allá: el sueño, ver en sueños. Después, la correspondencia. La carta como una forma de comunicación del más allá, menos perfecta que el sueño, pero sujeta a esas mismas leyes". En el país del alma brinda muchos ejemplos de hasta qué punto Tsvetáieva no bromeaba cuando escribió eso. Sin duda, para ella la escritura era el último refugio de un mundo guiado por la falta de principios, la hipocresía y la crueldad en el que, como leemos en Locuciones de la Sibila, pronto se descubre que "para no ser culpado, hay que convertirse enseguida en acusador"".

El último de los libros relacionado con Tsvetáieva, es La librería de los escritores (Ediciones de la Central), "un diario de la escasez que resume la historia de un local que con ese mismo nombre abrieron en Moscú, en régimen de cooperativa, el escritor Mijaíl Osorguín y algunos colegas, al poco de triunfar la Revolución de 1917, para que sirviera de refugio a ciertos intelectuales que ya pasaban de camaradas a sospechosos y fuese una respuesta a la penuria que se vivía en aquellos tiempos en los que publicar libros era un lujo inalcanzable y la censura se adueñaba de las promesas de libertad con una eficacia siniestra".

Lean entero el artículo de Benjamín Prado, La aventura absoluta de Marina Tsvetáieva.

Quiero dejarles aquí unos fragmentos de uno de los textos del epílogo con que Monika Zgustova cierra la antología El canto y la ceniza:

Cada mañana, Marina barre con la mano los papeles y los libros de su escritorio. Cada mañana, conscientemente ahuyenta de su cabeza todos los asuntos de la vida cotidiana. Cada mañana llena una pequeña taza con café y se lo bebe casi hirviendo (…).
Con su letra menuda y redonda, Marina va llenando un cuaderno tras otro. En ellos inscribe sus poemas, sus narraciones y ensayos. Y si no tiene dinero para comprarse un cuaderno, se lo cose ella mismas. Todo lo que escribe, lo hace con la misma autoexigencia como si el texto fuera destinado a ser publicado. Las cartas, que forman parte importante y destacable de su obra, son tan creativas como sus poemas. Y cualquier circunstancia de su vida, cualquier pena, cualquier urgencia, queda subordinada a la hora de trabajar. El acto de escribir, para Marina, es sagrado. Cada mañana, ése es su ritual. Cada mañana de su vida, sin excepción.

Y por último unos versos, el final de su poema 'Jardín' (octubre de 1934):

Para mi vejez ese jardín.
¿Ese jardín o quizá el más allá?
Dámelo para la vejez,
para que mi alma quede absuelta.


Wolfgang Hildesheimer. Tynset. El Olivo Azul. 18 €

Gregor Rutz, un meditabundo marchante de hierbas aromáticas, a pesar de tener vocación de durmiente, sufre de insomnio. Ni el vino ni la lectura de libros "fiables" -como el listín de teléfono o la guía de ferrocarriles noruegos- le transportan al sueño (...) El arte de encontrar el sueño consiste en no pensar en "algo que perturba", y Gregor Rutz, refugiado en un aislado pueblo alpino, recuerda demasiadas cosas que le perturban. De esta sugerente manera presenta Cecilia Dreymüller esta novela, y en renglón a parte a su autor: "También Wolfgang Hildesheimer, judío alemán nacido en 1916 en Hamburgo, vivía refugiado en un pueblo alpino aislado cuando escribió Tynset, este incomparablemente bello y melancólico monólogo del hombre que no duerme, pues se sabe perseguido por "padres de familia cristianos de Viena y del Weserland". Hildesheimer eligió los Alpes suizos como segundo y definitivo exilio, tras haberse exiliado en 1933, cuando su familia huyó a Palestina".

Su condición de intérprete en los juicios de Núremberg marcó su carácter (como informa Dreymüller allí le alcanzó el horror del que se había librado: "También vi la pantalla de lámpara de piel humana, y cosas peores. No sé si su creador sigue viviendo hoy en Schleswig-Holstein, pero me parece de lo más probable") y le llevó a escribir la novela Tynset. Comienza…

Estoy tumbado en la cama, en mi cama de invierno.
Es la hora de dormir. Pero, ¿cuándo no lo es acaso? No se oye nada, casi nada. Aquí la mayoría de las veces sopla el viento por las noches y cantan uno o dos gallos. Pero ahora no sopa el viento y no canta ningún gallo, todavía no. En cambio de vez en cuando cruje el revestimiento de madera de las paredes, en algún lugar se agrieta el relleno, se deforma y se desprende del marco arrugándose, el viejo pegamento se deshace en perlas o cae lentamente como si fuera harina, o una grieta se desliza rápidamente a lo largo de una viga del techo de la habitación, desde un rincón hasta bien adentro de otro, y más allá, atravesando la pared de madera, traspasando la viga, hasta la siguiente habitación, la habitación vacía, donde se pierde y se extingue…

Cecilia Dreymüller aclara en su reseña, titulada La noche más larga, que la novela "no cuenta ninguna historia, no emprende el retrato de una víctima, sino densifica en las libres asociaciones y divagaciones de su protagonista el estado de ánimo del judío superviviente. Éste, una temporada, se dedica a juegos peligrosos, marcando por las noches al azar números de teléfono alemanes para comprobar las reacciones a su llamada anónima: "Todo está descubierto". Infaliblemente el pánico delataba a los nazis, hasta que un día el insomne solitario queda atrapado en su propia trampa: ""Tú espera, pronto estaremos de vuelta y entonces vamos a acabar con vosotros"".

Wolfgang Hildesheimer formó parte del llamado Grupo del 47, grupo que se formó en torno a la revista El alacrán, que dirigía Werner Richter, con un claro objetivo crítico, y que contó con lo más selecto de la Alemania de postguerra: Arno Schmidt, Ingeborg Bachmann, Johannes Bobrowski, Heinrich Böll, Günter Grass, Siegfried Lenz, Martin Walser, Peter Weiss, Hans Magnus Enzensberger (Günter Grass realizó un retrato del grupo en su relato Encuentro en Telgte, en castellano lo publicó Alfaguara en 1981).

Dice Cecilia Dreymüller, como podrán leer hacia el final de su reseña, que "su singular escritura entre aforística e indagación disociativa, fue retomada y perfeccionada por W. G. Sebald, quien remite a Hildesheimer como su gran modelo literario".

La edición se abre con un interesante prólogo de Vicente Luis Mora, y lo tienen a su disposición, aunque no completo, en el blog del crítico y escritor, Tynset, el misterio cíclico.


Abraham B. Yehoshúa. Una mujer en Jerusalén. Anagrama. 17 €

Nos recuerdan Mercedes Monmany y José María Guelbenzu, que Abraham B. Yehoshúa (Jerusalén, 1936) es uno de los autores más importantes de la moderna literatura en lengua hebrea, junto a David Grossman, Amos Oz, Batya Gur, y Aharon Appelfeld.

"En recuerdo de nuestra amiga Dafna, muerta en el verano de 2002 en un atentado suicida en la Universidad Hebrea de Jerusalén", es la dedicatoria de la novela, y tras ella arranca la novela:

A pesar de que el director de recursos humanos nunca pretendió enfrentarse a una misión así, resulta que ahora, a la suave luz del amanecer, comprende que tiene un significado inesperado para él. Y tras conocer la sorprendente petición de esa anciana con hábito de monja que permanece de pie junto a la chimenea agonizante, le invade el entusiasmo. Y esa Jerusalén, atormentada y desgastada, de la que salió hace una semana, de repente recupera su gran esplendor, aquel de sus años de infancia.

Sigan leyendo las primeras páginas de Una mujer en Jerusalén .

El argumento nos lo cuenta Mercedes Monmany: "Una mujer extranjera, de enigmáticos y bellos rasgos entre caucásicos y asiáticos, yace abandonada en el depósito de cadáveres de Jerusalén, sin que nadie haya reclamado su cuerpo tras un atentado. Un periodista sin escrúpulos, apodado "el víbora", que trabaja en un pequeño periódico amarillista, aprovecha la ocasión para montar un gran escándalo, denunciando la cruel indiferencia de los poderosos. A través de una tarjeta de la seguridad social, se ha descubierto que esta desgraciada emigrante, que vivía sola en una miserable barraca de un barrio religioso, trabajaba como limpiadora nocturna en una gran panificadora. El escándalo no hace más que aumentar cuando se comprueba no sólo que nadie de la empresa se preocupó por su ausencia, sino que esta empleada de lo más bajo de la escala laboral tenía el título de ingeniero en su país, cosa que al parecer le resultó indiferente al director de recursos humanos de la empresa que le hizo en su día la entrevista -algo que, por otro lado, no recuerda en absoluto-. Su tarea, a partir de ese momento, encomendada por su anciano jefe, temeroso de su reputación, pero más que nada de él mismo, es expiar esa culpa del olvido, de la indiferencia, de la no "visión" de otros que en algún momento ha tenido a su alrededor y que han pasado junto a él sin dejar una huella de ningún tipo" (lean la reseña de Monmany, en ABCD, titulada Cadáver en busca de reposo.

José María Guelbenzu advierte que se trata del intento de reparación por parte del director de recursos humanos a la vez que se relata la evolución de "un hombre divorciado y con una hija a la que sólo ve cuando le corresponde, que se ha trasladado a vivir de nuevo con su madre mientras decide qué hacer con su vida".

La novela se divide en tres partes (lleva el subtítulo de 'Pasión en tres actos'). En la primera, titulada 'El director', se nos presenta al director de recursos humanos y se va aclarando el misterio de quién era la fallecida. Es en esta primera parte, como advierte Guelbenzu, en la que Yehoshúa "fija al personaje que es hasta ese momento". La segunda parte se titula 'La misión', y comienza:

Al principio, cuando oye entremezcladas la voz de su madre y la de su secretaria, cree estar soñando. Sin embargo, en cuanto abre los ojos, se da cuenta de que efectivamente su secretaria está detrás de la puerta intentando convencer a su madre, con insistencia, de que entre en la habitación para coger las llaves de la empleada de la limpieza fallecida. ¿También esta vez habrá venido con su bebé a cuestas?

Guelbenzu advierte que "Sólo conoceremos el nombre de la mujer; los demás son referencias: el propietario, la secretaria, la madre, el director, el periodista… En un primer momento, el odio del director se centra en el periodista (…); pero a medida que avanza el relato su atención se desplaza hacia la mujer y, desde ese momento, crece el interés por "el otro", por esa mujer a la que entrevistó personalmente para contratarla y que, sin embargo, era invisible para él. Todos coinciden en que ella poseía una extraña belleza y esto le sume en el estupor, pero esa belleza -no sólo física- se abre paso poco a poco en su cabeza y del tal curiosidad surge el interés por la persona; el problema del "otro" es el de ponerse en su lugar; hasta que uno no cumple ese requisito, el otro -la otra- es invisible. Para la percepción del otro es necesario que el director cambie: ése es el meollo del libro, el cambio".

En la tercera parte, 'El viaje', asistimos al deambular, por el Este de Europa, del director "con un cadáver en busca de un lugar de reposo", son palabras de Monmany, quien señala que la novela se convierte así en una tragicomedia.

De esta última parte les copio un fragmento de conversación del director con su exmujer:

…Se la nota despierta, relajada. Su voz es suave. Y él se sorprende de que lla no quiera cortar enseguida.
-Soy yo… -tartamudea.
-Sí, ya lo sé. ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
-No…-Se emociona al comprobar lo mucho que ella le conoce.
-¿Qué te ocurre?
-Tomé algo con veneno, pero ya me estoy recuperando.
-¿Y quién ha querido envenenarte?
Él se ríe.
-Nadie. He sido yo, pero de verdad, ya estoy mejor.
-Siempre te has creído que tenías un estómago a prueba de bomba. Quizás ya era hora de que tomases conciencia de tus limitaciones.
-Sí, llevas razón. Sin duda. Ya era hora.

De Yehoshúa se habían traducido al castellano Un divorcio tardío (Alfaguara), Viaje al fin del milenio (Siruela) y La novia liberada (Anagrama).


  EL CULTURAL (EL MUNDO)
 


Wallace Stevens. La roca. Lumen. 14,90 €

Me gusta mucho como Ernest Farrés Junyent presenta, en 'Culturas' de La Vanguardia, a Wallace Stevens: "Hay poetas que han quedado en el imaginario colectivo asociados a la juventud (Salvat-Papasseit, Rimbaud, Hart Crane). Wallace Stevens (1879-1955) es justo lo contrario, un claro ejemplo de poeta tardío: su primer libro poético, Harmonium, lo dio a conocer cuando el autor ya tenía más de cuarenta años, y los restantes títulos destacables, tales como Ideas de orden, El hombre de la guitarra azul o Las auroras de otoño, después de los cincuenta (falleció a los 75 años). Relevantes críticos y poetas han reconocido su magisterio y el valor de su obra, hasta llegar a figurar entre lo mejor de la poesía norteamericana del pasado siglo, pero en vida Stevens se entregó a la creación básicamente alejado de los cenáculos literarios y del mundo artístico: es así como suele ser recordado, como un abogado y luego ejecutivo de una compañía de seguros de Connecticut que, en sus ratos libres, escribía poemas".

Wallace Stevens es uno de los grandes poetas del siglo XX, lean uno de sus poemas más representativos, titulado 'Invectiva a los cisnes' (lo copio de la edición y traducción que Andrés Sánchez Robayna realizó para Galaxia Gutenberg):

El alma vuela, ocas, más allá de los parques
Y aun más allá del viento y sus discordias.

Una lluvia de bronce que cae desde el sol
Marca el fin del verano, que ese tiempo oporta

Como alguien que emborrona un trivial testamento
Con dorados caprichos y lúbricas figuras,

Legándole a la luna vuestro blanco plumaje
Y entregándole al aire vuestro suave aleteo.

Mira: en largos desfiles ya los cuervos
Cubren con su excremento las estatuas.

Y el alma vuela, ocas, solitaria,
Antes que vuestros fríos carruajes, a los cielos.

La roca es el último poemario que Wallace escribió, por primera vez se traduce íntegra al castellano, se ha ocupado de hacerlo Daniel Aguirre, gran conocedor de Wallace, pues en 2002 y también para Lumen, vertió al castellano sus Adagia (con el título Aforismos completos), inéditos a la muerte de su autor y publicados póstumamente en 1957, se trata de una colección de doscientos ochenta y nueve aforismos, reflexiones a cerca de la poesía, que tienen la misma importancia que sus poemas. Veamos algunos ejemplos.

No todos los días el mundo se ordena a sí mismo en un poema.

Un poema es un meteoro.

El poeta hace de los gusanos vestidos de seda.

La literatura es la parte mejor de la vida. A esto parece inevitablemente necesario añadir que siempre que la vida sea la mejor parte de la literatura.

En ABCD, Jaime Siles destaca que la poesía de Stevens propone una percepción de la realidad, y "ninguna etiqueta resulta fácil de aplicar a una creación tan rica de aventura, en la que la inteligencia y los sentidos funcionan al unísono y la perfecta maquinaria que la rige tiene la misma precisión y exactitud que un reloj. Ni Mallarmé limpió sus herramientas tanto, ni Valéry llegó tan lejos como él: porque la suya es una poesía sobre "la gris particularidad de la vida del hombre", "como en un vívido sueño"". Explica Siles que si al manierismo de la naturaleza Stevens había respondido con el manierismo del espíritu, aquí responde con un manierismo arquitectónico visible "en la propia configuración del texto y del verso, que crea significados a partir de las visualizaciones de la forma y de la unicidad de los sonidos, como demuestra 'Long and Sluggish Lines', en el que la experiencia de la vida y del poema convergen en una absoluta ecuación y unidad: "Pasados con mucho / los setenta, donde uno mire, uno ya ha estado allá". Pero advierte: "La Roca es un libro que el lector nunca tiene sensación de dominar: sabe que en él hay algo que continuamente se le escapa".

Más y más débil la luz del sol cae
por la tarde. Los orgullosos y fuertes
han partido.

Estos que quedan
son los malogrados son los por fin humanos,
oriundos de una esfera reducida.

Es su indigencia una indigencia
que es indigencia de la luz,
palidez estelar que cuelga de los hilos.

Poco a poco, la pobreza
del espacio otoñal se vuelve
mirada, unas palabras pronunciadas.

Cada persona nos toca completamente
con lo que es y como es,
en la rancia grandeza de la aniquilación.

Si me he inclinado por la reseña de El Cultural ha sido porque su autora, Ainhoa Sáenz de Zaitegui, ha incluido en ella un buen número de versos del poeta, lo que desde mi punto de vista es siempre un regalo, versos que Sáenz de Zaitegui, es su estilo habitual, con alguna frase chispeante, lo que hace la lectura ligera. Ejemplo: "Dios creó el mundo sólo con la palabra: dijo "hágase la luz" y la luz se hizo. El poeta crea el mundo sólo con la palabra: dice "Un fulgor que sumara a lo que era real y su vocabulario, / igual que alguna cosa primera al ir entrando en árboles septentrionales / les suma todo el vocabulario del Sur, / igual que la primera luz solitaria del cielo vespertino, en primavera, / crea un nuevo universo de la nada cuando se suma ella, / igual que una mirada o un toque revela sus imprevistas magnitudes" ('Prólogos a lo que es posible') y en nuestra imaginación empieza a existir algo donde antes no había nada. Ya nos lo advierte el poeta: "La vida del poema en la mente aún no ha comenzado. / Aún no habías nacido cuando los árboles eran cristal / ni has nacido ahora, en esta vigilia dentro de un sueño" ('Largos y tardos versos'). Egocéntrico y narcisista, el lenguaje habla siempre de sí mismo, incluso cuando finge estar hablando de cualquier otra cosa, como de soles o de frutos o de piedras: "En esta abundancia, el poema crea significados de la roca, / de movimiento tan mezclado y de tal ingeniería, / que su aridez se torna en un millar de cosas / y deja de existir. Esta es la cura / de las hojas, del suelo, de nosotros. / Son sus palabras el icono y el hombre" ('El poema como icono'). Es la muy razonable creencia de que el alfabeto es anterior a Dios mismo". Lean la reseña de Ainhoa Sáenz de Zaitegui sobre La Roca , ya digo que incluye un buen número de versos de Wallace Stevens.


Pere Gimferrer. Tornado. Seix Barral. 18,50 €

Tornado es el libro que sigue a Amor en vilo, su libro más vendido, publicado también por Seix Barral. Túa Blesa lo refiere así en El Cultural: "Sorprendente fue en 2006 la publicación de Amor en vilo, donde Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) tornaba a la escritura poética en español tras el largo período de poesía en catalán que había abierto en 1970 Ells miralls. Este ir y venir entre lenguas no era sin razón. Como se explicaba en Interludio azul, libro en prosa hermano del primero de los citados, los desplazamientos de lengua estaban condicionados por cuál fuera la que se hablaba con la persona amada. Naturalmente, tales cambios han ido acompañados de otros en la escritura, pero hay que dejar constancia de que en Gimferrer las transformaciones en su quehacer no responden sólo a esa razón vital, sino que son consustanciales a su poética".

del botón de tus nalgas, de la mina
de claridad latida y cristalina
con que el centro de ti enciende mi mano;
AAAAA(de 'Ad vitam aeternam', primer poema de Tornado)

García Jambrina, en la reseña de ABCD, El lenguaje del amor, señala estos libros como "convergentes y complementarios en torno a una misma experiencia amorosa, un amor de juventud que, de alguna manera, había quedado en suspenso y como en estado latente, para reanudarse con toda su fuerza décadas después", respecto a la elección del castellano cita Jambrina una explicación de Gimferrer: "tiene el amor su lenguaje: aquel en que ella y yo nos hemos relacionado siempre".

este anzuelo que el aire no despoja
de ser carne encendida en el crepúsculo,
tendida en ti, volcada en mí, la hogaza
de tus pechos, el cepo de tus nalgas,
estos labios que beben azafrán,
la boca que ha aspirado mi raíz,
AAAA(de 'The Wings of the dove')

Jordi Gracia en la reseña de Babelia, Tutto tremante, señala que Gimferrer "ha tratado después (y antes) de lo que cobardona u olímpicamente tendemos a obviar los demás, aunque sea lo decisivo: el amor como arrebato y compromiso vital y el erotismo como fábrica de libertad y plenitud. Ningún poeta de la calidad de Gimferrer ha cuajado sus textos en ese espacio de la vida moral con tanta verdad convertida en festival de lenguaje e imaginación, de lirismo visionario arrastrado por los dictados del instinto o la inconsciencia hacia los nudos donde la vida se comprime, se exprime y estalla". Y en renglón aparte cuenta Jordi Gracia, detalladamente, el asunto biográfico de 'la persona amada': "La exageración inaudita ha venido (…) motivada por una sacudida radical en su vida tras la muerte de su mujer, Maria Rosa Caminal, en 2004. Con ella estuvo desde 1970, cuando el autor era un "noi estrambótic" que había interrumpido una relación con otra mujer, Cuca, y vivía "al fons del fons de l'espiral depressiva" (lo cuenta en L'agent provocador). Con la muerte de su mujer inicia el combate por su redención personal y contra la resignación, y aspira a reanudar el amor interrumpido en 1970 con Cuca: ella es destinataria, objeto y pretexto del ciclo amoroso más vertiginoso, arrebatado, radical y literariamente verdadero de los últimos años. Interludio azul y Amor en vilo fueron libros publicados simultáneamente en 2006 porque el primero narraba con meticulosidad neurótica de enamorado (y de obsesivo frío) las fases iniciales y las tentativas de una historia de amor que podía reanudarse, y el segundo pautaba fecha a fecha la reanudación jubilosa, erótica, pueril, sexual, literaria, de aquella historia."

Mi vida, toda hecha de cristales
como la luna al viento descompuesta,
mi vida, toda hecha de palabras,
cáscaras secas, rojos capiteles
mas capiteles huecos, como vaina
que no contiene quemazón de fruto,
mi vida, que palpó voces a tientas,
este chasquido de palabras rotas,
ha podido palpar hoy lo tangible,
la fruta de tus pechos y tus nalgas,
el arrebato de tu malvasía;
(de 'Ma vie')

Dice Jordi Gracia que tan de verdad son estos últimos poemarios de Gimferrer, que sus poemas "son lo que demasiadas veces, y también aquí, son los poemas de los enamorados reales y fingidos, que lo mismo da: poesía del júbilo que a ratos es bagatela de amante, capricho de poeta cultísimo, cita paródica y perifollo chocantemente horrísono, con rimas agudas letales, imaginería cursi o relamida, y mucho de eso han propalado por escrito y verbalmente los círculos literarios o los reseñistas, como si todos aún fuésemos portavoces de las aprensiones de la abuela. Pero fueron demasiados quienes quisieron fijarse sólo en esos poemas sin advertir la construcción de un ciclo biográfico de leyenda, un cancionero petrarquesco (lo dijo Alberto Blecua) de un autor que registraba sus vaivenes y sus encuentros y sus cópulas y sus fantasías, y también sus puerilidades y sus fijaciones y sus fetichismos". Pues vamos con un pequeño ejemplo de "perifollo chocantemente horrísono", tomado del poema 'The Wounded one':

yo devanado en ti, tú devanada
en las constelaciones de tu espada,

tú devanada en mí, yo devanado
en las murmuraciones del pasado,

el vendaval o brisa de tus juncos,
mi nitroglicerina de años truncos:

[…]

como va celda a celda el alveolo
descubriendo el panal y su gladiolo,

[…]

porque el alma en Heráclito lo huele,
pero en tu piel hay luces de ukelele,

Retomo a Túa Blesa, para quien Tornado es el mejor de los libros de Gimferrer, producto de una nueva vida al modo de Dante, vida nueva que tiene dos tiempos: "el real -que el amor hace irreal- y el de otra relación anterior que ahora se actualiza y se hace igualmente real: "y tú eres Cuca, y yo soy yo, y vivimos / la primavera del sesenta y nueve" y es que "el tiempo no es sucesivo, es simultáneo"".

Y pasa después a extenderse en el entramado: "Hay exuberancia en las formas del texto, múltiples, desde el poema en prosa a sonetos canónicos. A propósito de esto, no puede pasarse por alto la producción de efectos del significante, huida del tono conversacional, tan extendido hoy, con el resultado de una lengua original donde las haya. Además se hace uso de la rima en eco o de la llamada rima en capcaudatz, esto es, la repetición de la última palabra de una estrofa en el inicio del verso siguiente (…). Y está la singularidad de la multiplicidad de resonancias entre dos versos: "el guantelete del heñir la piel, / el molinete del teñir la piel", donde la identidad fónica se da en las tres posiciones acentuadas, además de que hay un estricto paralelismo de orden gramatical y léxico". Acaba Blesa: "En definitiva, de lo que se trataría es de algo imposible, hacer de la vida discurso, hacer que el discurso sea vida", y califica su aparición de un acontecimiento. Lean pues la reseña de Túa Blesa.

Tú tienes el perfil de las tardes de marzo.
Cuando el mundo derriba sus galradas rotas
y el secante del cielo rompe su bisectriz
veo un cuerpo traslúcido en las alas del aire,
el ofertorio de las amapolas…
(de 'Memorabilia')

  MESILLA DE NOCHE
 


EN MEMORIA DE DAVID FOSTER WALLACE…


Como saben, el escritor David Foster Wallace se suicidó hace poco más de un mes, a la edad de 46 años.

Su novela La broma infinita (1996), es una pieza de culto de más de mil páginas, ambientada en un futuro (2025) en el que las grandes corporaciones patrocinan y dan nombre a los años. Su acción transcurre en un centro de rehabilitación para la adicción a las drogas y en una academia de tenis de élite. Wallace, hijo de profesores universitarios que impartían filosofía (el padre) y literatura (la madre), se licenció en filosofía, obtuvo una maestría en Bellas Artes, y destacó en su juventud como tenista.

Así definió Diego Doncel la obra en El Cultural: "Novela compleja, con esa complejidad que reclamaba Don DeLillo para expresar el oleaje rico y denso de la experiencia actual, novela crítica sobre nuestro modelo presente de cultura, es además una novela soberbiamente escrita. El despliegue de recursos, la portentosa imaginación, el retrato de los personajes, la misma trama argumentativa están encaminados a describir un mundo occidental y el futuro devorado por sus propios mitos, que tienen en el placer y el consumo una nueva modalidad de vida y donde el tono melancólico de dejación es el mismo que de una y otra manera ha tratado de narrar la generación a la que Wallace pertenece. David Foster Wallace ha creado para ello una sociedad futurista donde el calendario está regido por marcas comerciales, los cambios políticos han llevado a instaurar un totalitarismo ecológico y los grupos terroristas campan a sus anchas. Todo esto para crear una compleja red de elementos satíricos que se centran en los dos grandes temas narrativos de nuestro tiempo: el de la identidad personal y el del derrumbe de la institución de la familia. Por sus páginas desfilan seres atenazados por la droga y la farmacología, desequilibrados por las normas sociales y por una personalidad en crisis".

Quien mejor que Eduardo Lago (que ganó el Premio Nadal 2006 con su primera novela, Llámame Brooklyn), y en la actualidad es el director del Instituto Cervantes de Nueva York) para situar a Wallace: "la obra de Foster Wallace supone una forma radicalmente nueva de entender la literatura. Sus estructuras narrativas son consecuencia directa de la sensibilidad de nuestra era; reventando los códigos estéticos de las generaciones precedentes, su prosa tentacular mimetiza los sistemas del paradigma cultural en que vivimos: el vértigo de las comunicaciones, el exceso de información, la influencia de las grandes corporaciones financieras, los iconos de la cultura pop, la industria del entretenimiento, el cine, el deporte y la música, la amenaza omnipresente del terrorismo. Publicada cuando el autor contaba 33 años de edad y ambientada en EE UU en torno al año 2025, La broma infinita propicia el entrecruzamiento de una portentosa diversidad de registros: de la trigonometría al tenis, pasando por las drogas, la estética grunge, la filosofía, y el cine. Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia, la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo, a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo". Lean su homenaje, publicado en El País, y titulado el mejor cronista del malestar de EE UU.

Pero hay otros dos homenajes, más emotivos, que quiero que lean, el primero es de Ricardo Menéndez Salmón (el autor de la maravillosa La ofensa, Seix Barral) que lleva el título Abismos, y que concluye con la siguiente frase: "No deberían existir héroes balanceándose sobre cuerdas". El otro pertenece a Josep Izquierdo, a su blog Libro de notas (precioso homenaje que contiene la siguiente cita, extraída de un artículo de Wallace sobre Kafka: "Usted puede pedir que imaginen su arte como una especie de puerta. Imaginarnos a nosotros, sus lectores, que llegamos y golpeamos en la puerta, golpeando y golpeando, no sólo queriendo entrar, sino necesitándolo, no sabemos lo que es, pero podemos sentirlo, esa total desesperación por entrar, golpeando y empujando y pateando, etc. Y, finalmente, la puerta se abre… y se abre hacia el exterior: hemos estado dentro de lo que queríamos todo el tiempo. Das ist komisch [eso es todo]". Y Josep Izquierdo apostilla: "Nada más cierto en la opulenta sociedad del malestar en que habitamos: eso es todo".

Comencemos la lectura de La broma infinita:

Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos. Mi postura es conscientemente congruente con la forma de mi dura silla. Es una fría habitación en la administración de la universidad con las paredes forradas de madera, con cuadros al estilo Remington, y ventanas dobles que la protegen de la canícula de noviembre. Los ruidos administrativos quedan aislados por la sala de recepción por la que acabamos de entrar el tío Charles, el señor DeLint y yo.
Yo estoy aquí dentro.


Para escribir al autor
nanocabanas@yahoo.es

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