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AGENDA DE LIBROS- 3 de diciembre de 2008
ACTUALIZADO
LOS MIÉRCOLES
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por
Antonio Cabañas
49 años
| "Los
libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como
fueron escritos"
Henry
David Thoreau |
Quiere
esta página ser testigo de lo que nos presentan los suplementos
literarios de los periódicos de mayor relevancia en el ámbito
nacional,
El País, ABC, El
Mundo y La Vanguardia, y que el
lector tenga una cita con lo más fresco del mercado y con las
perlas que contengan los aludidos suplementos. En el apartado
Mesilla de Noche se incluye el libro que
en su día se escondió a mi juicio o atención, o no gozó del
interés de los suplementos literarios.
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ABCD
(ABC)
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Sylvia Plath. Poesía completa. 1956-1963.
Bartleby editores. 28 €
La
historia es bien conocida. Sylvia Plath había sido abandonada
hacía meses por su marido, el poeta Ted Hughes (el pasado
28 de octubre se cumplieron diez años de su muerte, y precisamente
a él se debe en su mayoría la edición de la poesía completa
de Sylvia), quien se había ido a vivir con su amante, la también
poeta Assia Wevill. Sylvia se trasladó a Londres con los dos
hijos del matrimonio, Frieda de dos años, y Nicholas que tenía
pocos meses. Lean un fragmento de 'Lesbos', del 18 de octubre
de 1962:
¡Crueldad en la cocina!
Las patatas protestan silbando.
Todo es muy vulgar e indecente, este lugar sin ventanas,
La luz fluorescente, encendiéndose y apagándose
en una mueca de dolor,
Como una terrible jaqueca, Estas modestas tiras de papel
a modo de puertas- Telones de teatro, rizos de viuda. Y
yo, cariño, soy una embustera patológica, Y mi hija -mírala,
tumbada bocabajo en el suelo, Una marionetilla sin hilos,
pataleando desesperada
por desaparecer,
Porque es una esquizofrénica, Da miedo verla así, con la
cara roja y blanca. Y todo porque arrojaste sus gatitos
por la ventana A una especie de pozo de cemento Donde cagan,
vomitan y gimotean, y ella no los puede oír. Dices que no
la soportas, Claro, la cabrona es una niña. Tú, a quien
se le han fundido las lámparas,
como a una radio barata,
Limpia ya de voces y de historia, del ruido Electroestático
de lo novedoso. Dices que debería ahogar a los gatitos,
porque ¡apestan! Dices que debería ahogar a la niña, Pues,
si a los dos años ya está así de loca, a los diez
se cortará el cuello.
El bebé, en cambio, ese caracol rechoncho, sonríe Desde
los pulidos rombos de linóleo anaranjado. Te lo comerías.
Claro: él es un niño. Dices que tu marido no es bueno contigo.
Su mamá judía le guarda su dulce sexo como si fuera una
perla. Tú tienes un solo hijo, yo dos. Debería sentarme
en una roca Allá en Cornwall y dedicarme a peinarme el cabello.
Debería llevar pantalones de piel de tigre y liarme con
alguien. Los dos, sí, deberíamos reencontrarnos en otra
vida, Reencontrarnos en el aire. Tú y yo. Entretanto, la
cocina hiede a grasa y a cagada de bebé. Me siento atontada
y lenta por culpa del somnífero de ayer. La humareda de
la cocina, la humareda del infierno Flota sobre nuestras
cabezas, dos oponentes ponzoñosas, Nuestros huesos, nuestros
cabellos. Yo te llamo Huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis. Una
vez fuiste hermosa. En New York, en Hollywood, los hombres
decían: "¿Llegaste? Guau, nena, pues sí que eres especial."
Pero tú fingías, fingías, fingías por puro placer. El marido
impotente se escabulle penosamente fuera,
en busca de un café.
Yo intento retenerlo, Esa vieja vara que aguanta los rayos,
Los baños de ácido, los cúmulos que surgen de ti. Al fin
se larga bajando la colina empedrada de plástico, Tranvía
apaleado, Desparramando chispas azules Que se fragmentan
como el cuarzo en millones de astillas. […]
Ahora estoy aquí callada, inmersa Hasta el cuello en mi
odio. Un odio denso, denso. No hablo. Estoy empaquetando
las patatas duras como si fueran ropa buena, Empaquetando
a los niños, Empaquetando los gatos enfermos. Oh, jarra
de ácido, pero si es de amor De lo que estás llena. Tú bien
sabes a quién odias. Ahora él está abrazado a su bola de
prisionero ahí abajo, Junto a la puerta de la verja que
da al mar, Justo donde éste se adentra, blanco y negro,
Y luego refluye. Cada día lo rellenas de sustancia anímica,
como si fuese un cántaro. Estás tan cansada. Tu voz es mi
pendiente, Un murciélago deseoso de sangre, aleteando y
chupando. Eso es. Eso es. Asomas la cabeza por la puerta,
Triste, endemoniada bruja. "Todas las mujeres son unas putas.
No logro comunicarme con nadie." Veo cómo tu precioso decorado
Se cierra sobre ti como el puño de un bebé O una anémona,
esa querida Del mar, esa cleptómana. Yo aún estoy muy verde.
Te digo que tal vez vuelva. Ya sabes para qué sirven las
mentiras. Pues tú y yo jamás nos reencontraremos, ni siquiera
en tu cielo zen.
El
invierno de 1962-1963 fue muy duro, los niños lloraban, Sylvia
escribió en uno de sus últimos poemas: "…sus pies / descalzos
parecen decir: hasta aquí hemos llegado, se acabó...". Una
mañana de febrero preparó el desayuno de sus hijos, para que
comieran cuando se despertaran, y abriendo la llave del gas
metió la cabeza en el horno, tenía poco más de treinta años.
Hughes y Assia Wevill se hicieron cargo de los niños, y la
pareja tuvo en 1967 una niña, Shura. Las infidelidades de
Hughes y la alargada sombra de Sylvia Plath, llevaron a Assia,
en 1969, a abrir también la llave del gas para morir junto
a la pequeña Shura.
Morir
es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación...
Jaime
Siles, que define a Plath como "heroína trágica de nuestro
mundo y de nuestro tiempo", en su reseña, titulada Rótulo
de niebla azul, subraya el agradecimiento al traductor,
el poeta gallego "Xoán Abeleira -traductor de solvencia demostrada-
no sólo la forma con que ha vertido este conjunto sino también
el modo en que, con su utilísimo y necesario aparato de notas,
facilita el acceso del lector a él: porque la información
que sus acertadas notas aportan no son exhibiciones eruditas
sino claves interpretativas, sin las cuales resultaría prácticamente
imposible recomponer su complejo sistema referencial, que
aquí queda muy claramente explicitado". Y es que según nos
explica Siles, "Sylvia Plath fue todo menos una "escritora
ingenua" o "confesional": poseía una sólida y amplia cultura;
la lengua de sus progenitores era el alemán y ella tradujo
un poema de Rilke; conocía los mecanismos y resortes con que
opera el mito y era una ferviente lectora de La diosa blanca
de Graves; sentía fascinación por la representación plástica,
en concreto por la pintura metafísica de Giorgio de Chirico
y por la Chapelle du Rosaire de Matisse; se había ocupado
de una figura trágica como Fedra; solía viajar con un ejemplar
de las Geórgicas de Virgilio; conocía bien la mitología clásica
y se había interesado por el folclore africano; y no pocos
de sus poemas dejan ver ecos y maneras de Dylan Thomas, Wallace
Stevens, Roethke, Blake, Emerson y Swift; sabemos, por Elizabeth
Compton, que la conoció en mayo de 1962, que era "una mujer
comprometida", y alguna de sus mejores estudiosas -como Erica
Wagner- ve, en un poema suyo como "La dama y la cabeza de
terracota", la construcción de una especie de "Orfeo femenino"".
Budd
Schulberg. ¿Por qué corre Sammy?
Acantilado. 24 €
Budd
Schulberg (Nueva York, 1914) sigue vivo, hace dos años estuvo
en Madrid, nada menos que a los 92 años, para presentar la edición
que Acantilado sacaba de la primera parte de sus memorias De
cine (Memorias de un príncipe de Hollywood), lean
un emotivo relato de aquél encuentro.
Seguramente piensen que Schulberg es para ustedes un desconocido,
pero si les digo que es el guionista de La ley del silencio,
una historia de corrupción y traición ambientada en los muelles
de Nueva York que fue adaptada al cine por Elia Kazan en 1954
y protagonizada por Marlon Brando, Schulberg ganó el Oscar al
mejor guión original. O que Más dura será la caída, la
película ambientada en el mundo del boxeo, con Humphrey Bogart
como protagonista (sería su última película), era una adaptación
de la novela de Budd Schulberg, del mismo título, escrita en
1947. Schulberg ya no les parecerá tan desconocido.
Entre su obra literaria hay dos obras maestras, una es El
desencantado. En los años treinta Budd Schulberg conoció
a Francis Scott Fitzgerald. En1939 trabajaron juntos en la comedia
ligera Winter Carnival en Dartmouth, lo que le sirvió a Schulberg
para escribir en 1951 El desencantado, novela inspirada
en lo que le sucedió al autor de El gran Gatsby durante
los últimos años de su existencia, en que aquejado de alcoholismo
y con fuertes deudas tuvo que buscar trabajo como guionista
en Hollywood. La historia narra los últimos días de Manley Halliday,
un guionista que colabora con un reputado escritor venido a
menos en lo que es una reconstrucción de los dorados años veinte
y de la gran depresión de los años treinta en América.
Anthony Burgess confesó en su momento haberse leído dieciséis
veces El desencantado y que "después de El último
magnate no conozco otra novela que refleje con mayor fidelidad
el Hollywood de los años treinta".
La otra es ¿Por qué corre Sammy?, que Rodrigo Fresan
reseña con el título El
gran trepador) y la maestría que nos tiene acostumbrados,
y lo hace así: ""Hollywood: único lugar en el mundo donde un
hombre es apuñalado por la espalda mientras sube una escalera",
escribió William Faulkner, quien pasó por allí y vivió para
contarlo. Con esta frase, Faulkner apuntaba a que allí las víctimas
están tan preocupadas por ascender y eliminar al de más arriba
que no pueden ver a quienes los atacan por detrás así como los
victimarios no tienen la inteligencia de anticipar el peso del
muerto que, desde las alturas, les puede caer encima. De ahí
que han abundado, abundan y abundarán novelas -la literatura
hollywoodense es casi un género en sí misma- que proyectan estas
alzas y bajas morales en un pueblo irreal pero auténtico a la
hora de preparar poderosos destilados de inhumanas emociones
muy humanas. (…)Pero pocos títulos pueden ser considerados más
divertidos, ácidos y reveladores de la naturaleza del animal
trepador que la casi fundacional ¿Por qué corre Sammy?".
La novela comienza… (y comprobarán lo difícil que es separarse
de su lectura):
La
primera vez que lo vi, él no debía de tener más de dieciséis
años, un muchacho pequeño, como un hurón, despierto y rápido.
Sammy Glick. Solía hacerme los recados. Siempre corría.
Siempre parecía sediento.
-Buenos días, señor Manheim -me dijo cuando nos conocimos-.
Soy el nuevo chico de los recados, pero no voy a hacer de
chico de los recados mucho tiempo, ni de coña.
-No digas "ni de coña" o te pasarás toda la vida haciendo
de chico de los recados -dije yo.
-Gracias, señor Manheim -dijo él-, por eso acepté este trabajo,
para rodearme de escritores y aprender a hablar y a comportarme.
Nueve de cada diez veces yo ni siquiera habría alzado la
vista, pero había algo en la voz de aquel muchacho que me
impresionó. Debía de estar cargada con miles de voltios.
-Ya veo que eres un tipo listo -dije yo.
-Bueno, trato de mantener los oídos y los ojos abiertos
-dijo él.
-Labia tampoco te falta -dije yo.
-Me preguntaba si los periodistas siempre bromean, como
en las películas -dijo él.
-Largo de aquí -contesté yo.
Él se fue corriendo, demasiado rápido, un pequeño hurón.
"Un muchacho listo", pensé. "Un pequeño judío listo". Me
hacía sentir incómodo, con esa carita angulosa, pulcra y
ansiosa. Observé cómo aquel cuerpo delgado y nervudo doblaba
la esquina a toda velocidad. Me sentí violento. Supongo
que siempre me ha dado miedo la gente que puede ser ágil
sin gracia.
El jefe me dijo que Sammy tenía tres semanas de prueba.
Pero en esas tres semanas Sammy corrió más por aquella redacción
que Paavo Nurmi en toda su carrera. Cada vez que le entregaba
un artículo, él salía corriendo como si de ello dependiera
su vida. Todavía puedo ver a Sammy corriendo por entre las
mesas, con la corbata flameando en el aire y los ojos desorbitados,
desesperado.
Lean
las ocho primeras
páginas de la carrera de Sammy Glick, que llegará
a convertirse en uno de los productores más importantes de
la industria de Hollywood y finalmente jefe de una poderosa
compañía. Dice Fresán que "Sammy Glick es un monstruo sin
atenuantes y astro insuperable de su historia particular de
la infamia. Y su único castigo no pasa por caer sino por,
apenas, ser víctima de su propio método y devorado por su
propio credo. Pero -atención- este "maratonista de la vida"
apenas tarda un par de párrafos en reponerse".
La novela mereció las alabanzas de Francis Scott Fitzgerald,
Dorothy Parker, John O'Hara, pero fue condenado -de nuevo
Fresán- "como virulento exposé por buena parte de la industria,
que se sentía desfavorablemente retratada y traicionada por
un insider. Los progres y los capos de los estudios acusaron
a Schulberg de antisemita (Samuel Goldwyn le ofreció dinero
para que no la publicara), los retrógrados de antiamericano
(un furioso John Wayne retó a duelo a su autor) y unos y otros
se preguntaban quién había sido la inspiración para el personaje
de Sammy Glick. Y la respuesta de Schulberg -cada vez que
se lo preguntaban- era: muchos, demasiados, casi todos".
Se queja Fresán, al final de la reseña, de que la edición
de Acantilado no siga el modelo de la reedición norteamericana
que cuenta, entre otras aportaciones, con un epílogo en el
que Schulberg "se horroriza por el éxito de una criatura que
él pensó como forma de denuncia y que ahora es considerada
devastadora deidad yuppie, ejemplo a seguir de triunfador
cueste lo que cueste, y arquetipo para examen final. Cuenta
Schulberg que en la Darmouth University -su alma máter- se
pregunta a los casi sociólogos "¿Por qué corre Sammy? (Desarrollar
a lo largo de una hora)". La respuesta, claro, puede darse
en unos pocos segundos: Sammy corre para subir más rápido.
Y para que no lo apuñalen por la espalda".
Isaac
Rosa. El país del miedo.
Seix Barral. 19,50 €
En
esta magnífica novela (¡no dejen de leerla y ya les digo que
es un regalo ideal para las fiestas que asoman!) Isaac Rosa
ha conseguido un nuevo logro, sacar a la luz la mayoría de nuestros
miedos contemporáneos, desde esos pequeños ruidos domésticos,
inexplicables, que te hacen temer que 'el moldavo' (apelativo
con que en mi círculo de amistades nos referimos a ese temor,
y que alude a un individuo que hace unos años se hizo famoso
por entrar en las casas, asesinar a sus habitantes, y robarles
a veces menos de diez euros), unos miedos que lejos de quedarse
en casa viajan con nosotros "o se transforman en otros temores
más propios de cada lugar visitado" (pag. 55), el miedo a ser
padre (pag. 51), a perder un momento de vista a uno de nuestros
hijos en medio de la multitud (pag. 56), a la tortura (pags.
72-73) y de la tortura resultan inolvidables las páginas que
Rosa le dedica al siniestro método de la cuchara (73-74), el
miedo a la calle y a las pandillas violentas (81), sin olvidar
los miedos más antiguos, "de siglos, el hombre malo, el del
saco, el coco, el sacamantecas… el delincuente sexual no menos
enfermo", también los cuentos infantiles y la educación del
miedo tienen su espacio en la novela (pags. 238-241), la educación
audiovisual del miedo (253-257), y en fin, nuestros miedos nunca
dejan de crecer. Aunque, como se nos advierte, en una de las
muchas astucias del autor, en las primeras páginas, se trata
generalmente de miedos "puntuales, cíclicos", y de una novela
de elaboración complicada pero tan bien resuelta que al lector
le parecerá escrita con facilidad. Una lectura que no se puede
interrumpir hasta su desenlace final, cuando el protagonista,
Carlos legre salir del angustioso chantaje al que le somete
Javier, un menor, para entrar en otro, más llevadero pero que
no tendrá fin.
La novela comienza:
La
primera vez pensó que era un descuido. Tal vez al pagar
el desayuno le dieron mal el cambio, o se le cayó un billete
al sacar el dinero. La segunda vez se dijo que no podría
ser un descuido. Repasó los gastos que había tenido desde
que la mañana anterior sacase dinero del cajero automático.
No cuadraban las cuentas, faltaban veinte euros. La tercera
vez pensó en un robo en la oficina. Solía dejar el bolso
colgado del respaldo de la silla cuando iba al baño, o mientras
estaba reunida en otro despacho. No era difícil que alguien
se acercara y aprovechando su ausencia…
Se
alternan dos planos, se van intercalando, en uno, narrado
siempre en tercera persona, se desarrolla la trama de la novela,
que arranca cuando Sara se da cuenta de que es robada en su
propia casa, dinero, joyas, y sospecha de la mujer que les
limpia, Naima, a la que injustamente despide, a la que deja
sin trabajo pues se corre la voz en las casas que limpia de
que la muchacha es una ladrona. Pero pronto se descubrirá
que es otro el autor de los robos, lo descubrirán Carlos y
Sara en el cuerpo de su hijo Pablo, de 11 años, cubiertos
de hematomas y señales de pinchazos, descubrimiento que por
un lado reabre en el matrimonio "una controversia familiar
cerrada en falso" y por otro nos mete en la trama de la novela,
pues el extorsionador pasará de tener como víctima a Pablo
a tener como víctima al padre, a Carlos, y página a página,
capítulo a capítulo, ascendemos por esa espiral de violencia,
y miedo, que el autor ha trazado.
En el segundo capítulo leemos:
…Algunas
noches, pocas, ha oído a alguien gritar. Un grito no reconocible,
breve y lejano, que puede ser de uno que llama a voces a
otro que se aleja, o de alguien que expresa su alegría con
desconsideración para los vecinos, pero también una petición
de ayuda. Una noche el grito se prolongó en un diálogo a
voces, en el que creyó apreciar una agresividad creciente.
Dos personas que discutían, que quizás peleaban. Se levantó
y se asomó por las rendijas de la persiana del salón, sin
atreverse a levantarla, no fuera a ser que le viesen desde
la calle y se señalasen como testigo indeseado. No pudo
ver nada, y segundos después los gritos cesaron, de golpe.
tal vez se reconciliaron tras el último insulto y comenzaron
a hablar en voz baja, o uno de los dos cayó fulminado por
un golpe, un navajazo que le quitó el habla, nada más se
oyó. Ya en la cama, esperó escuchar una sirena policial,
siempre hay un vecino que llama al teléfono de emergencias,
aunque quizás esa noche le tocaba a él, único testigo a
esas horas, y se desentendió de su responsabilidad, de forma
que al día siguiente sólo quedaría en la acera esa mancha
negruzca que tarda días en desaparecer.
Este
es el otro plano de la novela, capítulos intercalados en la
trama, y al hilo de ella, en los que se desarrolla una fenomenología
del miedo. En tal plano se encuadran los temas apuntados al
principio de mi comentario, por ejemplo, al capítulo del descubrimiento
de los moratones y pinchazos en el cuerpo de Pablo (66-67),
le sucede el capítulo en que se reflexiona sobre la tortura
(72-73). Y en estos capítulos de reflexión no falta alguno
útil, como el de consejos para nuestra seguridad, tomado de
la página Web del Ministerio del Interior. En otro de ellos
se desvela el título de la novela, que hace referencia a un
test infantil que se aplica a los niños que han sufrido experiencias
traumáticas para facilitar la expresión de los sentimientos:
Un
mundo imaginario llamado "el país del miedo", y otro mundo
fantástico llamado "el país de la alegría". El primero estará
habitado por todo aquello que les causa temor. El segundo,
obviamente, por todo aquello que aman.
Mucho
y elogioso se está escribiendo en los medios sobre esta novela.
De las reseñas, me quedo con la de José María Pozuelo Yvancos,
Vulnerables (), del que destaco el siguiente párrafo:
Isaac Rosa ha narrado un cuento, en el que un débil atraviesa
lleno de temores un bosque en el que en un momento el feroz
enemigo aparece. Son mecanismos muy eficaces que tal bosque
sea un barrio de burguesia media, que progresivamente se va
deteriorando y al que amenazan los jóvenes desocupados que
en corros pueblan sus jardines y lo cotidiano de que Carlos
actúe protegiendo a su débil hijo, que esta siendo extorsionado
al salir del Instituto. Que ese bosque sea tan cercano y el
enemigo feroz reconocible, lo va confirmando el lector, capaz
de reconocer cada uno de los miedos y situaciones de la pulcra
y meticulosa geografía del temor que esta novela traza, con
singular eficacia; tanto porque el lector los reconoce habitando
dentro de sí, como por el hecho de que socialmente sea inevitable
que así ocurra, una vez todos hemos ido delineando con nuestros
relatos (lo que te cuentan que ocurre, lo que ves ciertamente
en pantalla y lo que realmente ocurre), que reproducen en
una matemática irreductible los números del horror moderno.
Destaco como rasgo excelente que aquello que acontece sea
a un mismo tiempo externo (les ocurre a seres en calles análogas
a las que vivimos) e interno: Carlos, Sara y Pablo piensan
como pensamos y sienten como sentimos. Porque el miedo es
inevitable y no susceptible de aminorarse con su sólo reconocimiento.
Al revés, crece con él".
El autor ha declarado: "Hay miedos ambientales que son propios
del primer mundo, de las clases medias, de las grandes ciudades,
que nos colocan en una situación de vulnerabilidad y que hacen
que demandemos protección y que nos arrojemos en brazos del
primero que nos ofrece seguridad", y en la entrevista
de Daniel Arjona para el Cultural (ha insistido en
esta idea: "Me interesa ese miedo de clase media, propio de
quienes tienen mucho que perder pero no tienen tanto como
para protegerse o reparar lo perdido; a diferencia de la clase
alta, que por mucho que pierda siempre puede recuperarse;
y la clase baja, que no tiene mucho que perder".
En el diario 'Público', Peio Riaño le realiza a Rosa otra
interesante entrevista, dice el escritor: "Me
interesaba analizar cómo aprendemos ciertos miedos..."
Natsume
Soseki. Botchan. Impedimenta.
19 €
Juan
Malpartida nos presenta a de Natsume Soseki (1867-1916), "considerado,
junto con Mori Ogai (1862-1922), el introductor de la modernidad
en la novela y el cuento japoneses (…). Hay que tener en cuenta
que Soseki escribe en un momento, la era Meiji (1868-1912),
en el que la larga civilización japonesa (que continúa y transforma
la china) se ve penetrada por el mundo occidental, primero por
la economía, pero inmediatamente (el dinero es siempre algo
más) por los aspectos políticos y culturales. Es un momento
de inseguridad para un mundo estático, de perfeccionamiento
y continuidad de una sociedad estamental y altamente ritual.".
De su extensa obra, nos dice Malpartida, "en español se puede
acceder a Yo, el gato (1905), una pieza satírica de indudable
sutileza; Kokoro (1914), considerada su obra más importante,
y esta novela que hoy comentamos, Botchan (1906), magníficamente
traducida por José Pazó (…). Una visión corrosiva por su humor.
La novela comienza con la frase: "Desde niño, he tenido una
impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho
más que crearme problemas", y a continuación nos relata unos
apuntes de infancia que ilustran la personalidad de Botchan,
el narrador y protagonista:
Una
vez, en la escuela primaria, salté desde la ventana de un
primer piso y no pude andar durante una semana. Alguien
se preguntará por qué hice semejante tontería. Pero la verdad
es que no hubo ninguna razón especial. Simplemente estaba
un día asomado a una de las ventanas del nuevo edificio
de la escuela, cuando uno de mis compañeros de clase empezó
a meterse conmigo diciéndome que, por mucho que me hiciera
el gallito, en realidad no era más que un cobarde y que
no sería capaz de saltar. El bedel tuvo que llevarme esa
misma noche a cuestas a mi casa. Cuando mi padre me vio,
se enfadó muchísimo y me dijo que no podía comprender cómo
alguien se podía quedar sin caminar simplemente por haber
saltado desde la ventana de un primer piso. Le respondí
que la siguiente vez que saltara no me volvería a ocurrir.
Sigue
otro ejemplo, más de lo mismo, cuando jugando "con el reflejo
que sol producía en la hoja de una bonita navaja importada",
uno de sus amigos se burla:
-Brillar,
brillará mucho. Pero seguro que no corta nada.
-¿Qué no? -le respondí yo-. Mi navaja puede cortar cualquier
cosa.
-¿A que no puede cortar uno de tus dedos? -me desafió.
-¿Qué no? -le repetí yo-. Mira. -Y entonces empujé la hoja
en diagonal sobre mi pulgar derecho. Afortunadamente, la
navaja era pequeña y mi hueso estaba sano y fuerte, por
lo que todavía conservo el pulgar, aunque tendré una cicatriz
mientras viva.
Ya
digo que son unos apuntes, pues la novela se desarrolla cuando
Botchan se ha convertido en profesor y -como escribe Andrés
Ibáñez en la introducción- todos se ríen de él: "tanto los
alumnos, que le ven como un adulto, como los profesores, que
le ven como un jovencito insolente". Este es, explica Ibáñez,
"un mundo compuesto por malas personas que se dedican a amargarse
la vida unos a otros".
Para Ibañez, el gran hallazgo de Seseki es la voz en primera
persona, pues frente al narrador en tercera persona "que suele
ser impersonal o sabio, la primera persona puede permitirse
ese ejercicio tan liberador que consiste en ser estúpido o
mediocre, malvado o tendencioso", en eso consiste la "modernidad"
de Soseki, pues "en estos yoes mediocres, desagradables o
parciales…, se inicia la literatura moderna, o una forma de
entender la literatura moderna: como fragmentación, como alienación,
como deformidad".
Y vuelvo a la reseña de Juan Malpartida, titulada Soseki;
un humor crítico: "Las peripecias del joven Botchan
(como niño y, sobre todo, como profesor en un mínimo lugar
de provincias) nos acercan, desde la ironía, desde el humor
crítico, a muchos aspectos de la cultura japonesa, pero también,
y sobre todo, tal como señalan el prologuista y el traductor,
a la condición humana vista desde un desconcertante escepticismo.
En cierto modo se trata de una picaresca al revés: el mundo
(esos grupos de alumnos y de profesores con los que tiene
que vérselas Botchan) es el pícaro ante un joven ingenuo,
tenaz y ambiguamente caprichoso. Botchan parece a veces un
caballero andante que lucha con los entuertos y maleficios
de la vida hasta que recuerda, al volver a su Tokio natal
y en la figura de una desprendida mujer que aún le espera,
un valor permanente. Pero el humor de Soseki nos sitúa siempre
ante la duda: la realidad se mueve y con ella nuestras certezas.
Quizás sólo sea cierta la sonrisa que una y otra vez suscita
esta novela".
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CULTURAS (LA VANGUARDIA)
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Rafik Schami. El
lado oscuro del amor. Salamandra. 25 €.
Comienza
la novela, en Damasco, en la primavera de 1960, con el siguiente
lema: "Los olivos y las respuestas requieren tiempo", y la
primera tesela, titulada 'La pregunta':
-¿Y tú crees en
serio que nuestro amor tiene alguna posibilidad?
Farid no lo preguntaba para recordar a Rana la sangrienta
enemistad que enfrentaba a sus familias, sino por que se sen
tía desdichado y no veía esperanza alguna.
Tres días atrás, la policía secreta había asaltado y secuestrado
a su amigo Amín cuando éste salía de su casa. Des de la unión
de Siria y Egipto en la primavera de 1958 se había iniciado
una cacería de comunistas. El año 1959 había sido especialmente
malo. El presidente Satlán había pronunciado furiosos discursos
contra el régimen del dictador Damián en Irak y contra los
comunistas. Tampoco al terminar el año había habido un respiro;
incluso en plena noche los jeeps del Servicio Secreto circulaban
por las calles de la capital con sus víctimas. Las familias
quedaban atrás, entre lágrimas de miedo. Se habló de "Noche
vieja sangrienta". Un susurro corría de boca en boca y suscitaba
aún más miedo del Servicio Secreto, que parecía tener espías
en todos los hogares.
Ese día, para Farid el amor era algo parecido a un lujo. Había
pasado unas horas tranquilas con Rana en casa de su fallecida
abuela. Allí, en Damasco, cualquier encuentro con ella era
un oasis en medio del desierto de su soledad. Muy al contrario
que las semanas pasadas en Beirut, donde se habían escondido
ocho años atrás. Allá, cada día había empezado y terminado
en los brazos de Rana. Allá, el amor había sido un dulce y
extenso paisaje fluvial.
Carles Barba aborda en 'Culturas' esta obra que si bien desgrana
"un argumento -la rivalidad de dos familias sirias a lo largo
de tres generaciones-, pero este avanza gracias a una incesante
germinación de historias (muchas de ellas, orales) que se
engarzan unas a otras, en una apoteosis de la narración per
se que recuerda Las mil y una noches. Aquí todo el
mundo tiene un repertorio de narraciones que desembuchar:
comadronas, peluqueros, cocheros… (…), acometiendo un fresco
a gran escala de la convulsa Siria de los últimos 150 años,
desde la época otomana al actual monopolio de los Assad, demorándose
sobre todo en los decenios de protectorado francés".
Dice Barba que una tesis larvada recorre la novela: "el mundo
árabe está polarizado por la tensión entre el amor y la muerte.
Y en varios episodios se ejemplifica que cuando algunos personajes
deciden vivir el amor libremente, este es yugulado enseguida
por la férrea mentalidad del clan de turno. Yasmín, sin ir
más lejos, una tía de la familia Shahin, decide tirar adelante
su idilio con un musulmán, lo que le vale ser apuñalada en
plena calle por su sobrino Samuel, que cree así lavar el honor
familiar. Frente a tan bárbaros brotes, la caudalosa narración
de Rafik Schami parece invocar un pasado más risueño y genuino,
encarnado entre otros por el erudito sufí Bin Arabi, que hace
700 años exclamaba: "¡El amor es mi religión!"".
Buena también la reseña que en Babelia escribía Javier Martín,
titulada La
obra maestra de Rafik Schami, y que entre otras cosas
apunta que aunque la novela transcurra en Damasco podría igualmente
desarrollarse en El Cairo o Bagdad de aquellos mismos días,
afirma que el relato de Schami rompe tabúes y mientras "los
conflictos religiosos quedan relegados y cobran protagonismo
las tradiciones ancestrales", porque lo que "interfiere el
amor de Farid y Rana no son las creencias, sino el linaje,
"que desde hace dos mil años rige el día a día de los árabes".
La corrupción y la sevicia no entienden de dioses, sino que
parecen atributos innatos. El honor como principio obsoleto
no es patrimonio exclusivo de una comunidad, sino que los
árabes, tanto musulmanes como cristianos, lo han colocado
entre las piernas de las mujeres, llega a decir el autor en
uno de sus mejores pasajes, mientras se dejan manipular por
las potencias extranjeras en sus propios países. La desgracia
de los árabes reside en su propia incapacidad y su vena cainita.
Dotado de una ágil ironía, uno de los personajes de la novela
asegura "comprender todas las desgracias de los árabes" cuando
"tres sirios ayudan a un francés corrupto y cobarde a torturar
a un compatriota"".
El capítulo titulado 'Libro de los colores' cierra
la novela de Schami, bajo el título el lema siguiente: "El
más bello de todos los colores es el color secreto de las
palabras", y después el fragmento final, el 304, 'La última
tesela', como un epílogo en el que Schami escribe:
En
1962, una joven musulmana fue asesinada ante mis ojos y
los de todos los vecinos porque había transgredido los límites
religiosos y se había enamorado de un varón cristiano. Lo
triste era que el hombre no lo merecía. Era un gigoló.
Entonces, cuando yo era un chico de dieciséis años que veía
el mundo como una infinita cadena de historias, pensé que
había que escribir una novela sobre todas las formas de
amor prohibido en Arabia, y lo deseé con toda la ingenuidad
de un amante…
[…]
…Pasé unos cuatro años redactando un primer borrador. En
el otoño de 1986 la primera versión estaba lista. Pero la
historia hablaba demasiado de cruzadas y de un narrador
loco que tenía setecientos años y sólo podría morir cuando
concluyera su historia. Lo que pasaba es que no terminaba,
sino que empezaba una y otra vez desde el principio. En
la versión actual sólo han quedado rastros de ese narrador…
[…]
Antes de ir a Alemania no sabía que en el exilio uno piensa
en su ciudad todas las mañanas. Desde hace más de treinta
y cuatro años, cuando abro los ojos pienso en Damasco, la
ciudad más hermosa del mundo, y desde 1987 he pensado también
todos los días en la historia de amor que iba a escribir.
[…]
Por lo demás: el acontecimiento que me sacudió en 1962 y
sirvió de catalizador durante todos estos años se fue difuminando
conforme la novela iba tomando forma. En su actual versión,
esa historia sólo aparece en una página (capítulo 13.
Inhibición) del Libro del Amor 2.
Y ahora escribo la frase para la que llevo décadas trabajando:
"Ésta es la última tesela de mi historia. Se encuentra en
la zona inferior izquierda del mosaico, y lleva el número
304".
Ahora, voy a levantarme y tomarme un café para celebrarlo.
Desde mañana, al despertar sólo pensaré en Damasco.
Saul
Bellow. Herzog. Galaxia
Gutenberg. 25 €
Saul
Bellow (1915-2005) es uno de los escritores más importantes
del siglo XX. Cuando murió, Philip Roth le dedicó un artículo
en el que afirmaba: "La columna vertebral de la literatura estadounidense
del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: William Faulkner
y Saul Bellow".
Y de entre su magnífica obra es quizá Herzog la mejor
de las novelas y una pieza clave en la literatura de la segunda
mitad del siglo, así lo considera el crítico por antonomasia,
Harold Bloom, quien escribe: "un entusiasmo dickensiano da vida
a una fabulosa colección de personalidades secundarias, menores,
mientras que, en el centro, una conciencia original, pero imprecisa,
aparece cercada por mujeres que no nos convencen, aunque, evidentemente,
una vez lo convencieron a él".
De esta novela acaba de aparecer una nueva traducción, y así
la comenta Robert Saladrigas: "Por fin se ha producido el ansiado
reencuentro con la que sigue siendo para mí la mejor novela
de Saul Bellow (1915-2005), y una de las más ambiciosas de la
moderna narrativa norteamericana. Estoy hablando de Herzog,
publicada en 1964, fundamental para que en 1976 Bellow recibiera
el Nobel de literatura. Apenas un año después de la edición
original, apareció traducida al español por Rafael Vázquez Zamora.
El estilo de Bellow no es precisamente fácil de verter a otra
lengua sin maltratarlo. La versión de entonces -creo que la
única hasta hoy-, pese al entusiasmo y la devoción que la magnífica
novela despertó en una mayoría de lectores, no hacía justicia
al libro ni a su autor. Ahora, dentro de los planes de Galaxia
Gutenberg de ir restaurando la extensa obra de Bellow sometiéndola
a nuevas y cuidadas traducciones -se han publicado ya Carpe
diem, Mueren más por desamor y Todo cuenta, y se anuncian El
legado de Humboldt y El planeta de Mr. Sammler-, tenemos
Herzog traducida por Vicente Campos. La traducción quizá no
sea perfecta, ninguna lo es ni puede soñar con serlo, mucho
menos cuando el texto está plagado de trampas para todo aquel
que se le enfrente, pero revela el esfuerzo llevado a cabo para
interpretar lo más exactamente posible la forma y el espíritu
de la verbalidad de Herzog a través de la compleja escritura
de Bellow. Funciona, en definitiva, puesto que no se
diluye".
Así
comienza la nueva traducción:
"Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer", pensó Moses
Herzog. Había quienes pensaban que estaba tarado y, durante
cierto tiempo, él mismo había dudado de su cordura. Pero
ahora, aunque todavía se comportaba de una manera extraña,
se sentía seguro de sí mismo, animado, lúcido y fuerte.
Estaba como hechizado y se dedicaba a escribir cartas a
todo quisque. Esas cartas le alteraban hasta tal punto que,
desde finales de junio, iba de un lado a otro con una maleta
llena de papeles. La había llevado de Nueva York a Martha's
Vineyard, pero no tardó en volver de Vineyard; dos días
más tarde voló a Chicago, y desde allí fue a un pueblo en
la zona occidental de Massachusetts. Oculto en el campo,
escribía sin parar, frenéticamente, a los periódicos, a
personas públicas, a amigos y parientes, y, por fin, a los
muertos, primero a sus difuntos cercanos y casi anónimos,
y por último a los famosos.
Era pleno verano en los Berkshires. Herzog estaba solo en
la gran casa antigua…
Los
Berkshires, en el corazón de la puritana Nueva Inglaterra
y a la misma distancia de Nueva York y de Boston, son en la
actualidad un destino turístico privilegiado. Ya a mediados
del siglo XIX, este condado se convirtió en una de las comarcas
más apreciadas por neoyorquinos y bostonianos para ir de vacaciones.
Edith Wharton (La edad de la inocencia) y Herman Melville
(Moby Dick), entre otros escritores, pasaban allí los
fines de semana y los veranos. Hoy en día cualquier norteamericano
los asocia con una combinación de campo, cultura y descanso.
Este es el espacio en el que Herzog, profesor universitario,
dos veces casado, dos veces divorciado, con dos hijos, uno
de cada matrimonio, se ha escondido. ¿Qué le ha ocurrido a
Moses Herzog, autor de un libro de referencia, titulado Romanticismo
y cristianismo, para iniciar esa búsqueda angustiada de
sí mismo? ¿Cómo le ha dominado, avanzada la primavera, "la
necesidad de explicarse, de expresarse, de justificarse, de
ponerlo todo en perspectiva, de aclararse, de corregirse"?
¿Por qué descubrirá: "Al revisar su vida entera, se dio cuenta
de que lo había hecho todo mal, todo. Su vida estaba, por
así decirlo, en ruinas".
Para
descansar dormía en un colchón sin sábanas -el de su abandonada
cama de matrimonio- o en la hamaca, tapado con su abrigo.
(…) Cuando alguna nueva idea le asaltaba, iba a la cocina,
su cuartel general, para anotarla. (…) Cuando paseaba por
el huerto, alterado por una de sus cartas mentales, veía
los rosales que se enroscaban alrededor del caño de agua;
o se fijaba en las moras, en los pájaros que se daban un
banquete en la morera. Las mañanas eran calurosas; las noches,
sofocantes y polvorientas. Miraba todo con interés, pero
se sentía medio ciego.
Su amigo, su antiguo amigo, Valentine, y su esposa, su ex
esposa, Madeleine, habían hecho correr el rumor de que había
perdido la cabeza. ¿Era cierto?
Estaba dando una vuelta alrededor de la casa vacía cuando
de pronto vio la sombra de su rostro en una ventana gris
y cubierta de telarañas. Tenía un aspecto extrañamente tranquilo…
Ahí
lo tenemos, en la segunda página de la novela, su segunda
mujer, Madeleine, le abandona:
-Es
doloroso tener que decir que nunca te he amado. Y tampoco
te amaré nunca -dijo-. Así que no tiene sentido que sigamos
juntos.
-Yo sí te amo.
Se
ha ido con su mejor amigo, Valentine Gersbasch, y el mundo
de Moses Herzog se derrumba.
José María Guelbenzu, reseña también esta obra con el título
Historia de una liberación, y resalta como magnífico
el artificio de las cartas: "en primer lugar, porque se convierten
en una nueva forma de flashback que abre todas las puertas
de la vida anterior de Herzog y, en segundo, porque permite
mostrar de una manera narrativa un verdadero torrente de pensamiento.
(…)La escena en la que relata el adiós entre Madeleine y Moses
es antológica y su valor como referente y resumen de todo
el conflicto, soberbia. Cada vez que la relación entre ambos
va mostrando nuevos aspectos que la completan, la escena del
adiós se alza como un faro en la memoria del lector: ella
le ha segado la hierba bajo los pies y se sabe triunfante
mientras él siente que aún la ama con una mezcla de resignación
y fatalidad y la clara intuición de que ya no hay nada que
hacer... hasta que, poco a poco, el rencor, la rabia y la
impotencia le obliguen a recorrer su vida en un intento de
expiación ciega y desahogo. Por ahí comienzan las cartas:
son cartas mentales que poco a poco van abriendo su mente
y su cuerpo al único asidero: la realidad.
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BABELIA
(EL PAÍS)
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Anthony Burgess. Poderes terrenales.
El Aleph. 26,90 €
Buena reseña del escritor Justo Navarro que compendia magistralmente
la novela de Burgués, Poderes terrenales, en un apretado
párrafo: ". Es el momento de la canonización del papa Gregorio
XVII, que en el Chicago gansteril de 1925 curó milagrosamente
a un niño con meningitis. Ha pasado cerca de medio siglo,
pero un testigo recuerda el hecho prodigioso: el famoso novelista
homosexual Kenneth Toomey, que además fue concuñado del Papa.
Aunque "los escritores tienen problemas para distinguir lo
que pasó de verdad y lo que imaginan que pasó", Toomey empieza
a recordar el 23 de junio de 1971, cuando en Malta, a la hora
en que está en la cama con su amante, lo visita el arzobispo
para pedirle su testimonio del milagro. Y Toomey cuenta la
historia del siglo XX, a través de Europa, América, África,
Asia y Oceanía, y su vida de risa y temblor, y la oblicua
biografía del sacerdote Carlo Campanati, elevado al trono
de Pedro a la muerte de Pío XII, en 1958. Esto es Poderes
terrenales (Earthly powers, 1980), la novela monumental
de Anthony Burgess".
Para desmemoriados: Burguess (1918-1993) se hizo internacionalmente
famoso tras la adaptación que Kubrick hizo en 1971, de su
novela La naranja mecánica, novela de 1962. Navarro afirma
que sigue siendo "un escritor que provoca inquietud lingüística
e ideológica, y se entregó, inquieto consigo mismo, a incansables
cambios de estilo y género, de la ciencia-ficción a la fábula
autobiográfica", y le presenta como "el autor del cuento de
ciencia-ficción más breve":
Aquella
mañana el sol salió por el este.
No
dejen de leer esta reseña titulada Placeres
y principios, les esperan momentos tan sugerentes
como este: "Poderes terrenales abunda en criaturas reales:
Rilke llora en una cervecería de Trieste; Keynes guía a Toomey
por París a la compra de pintores contemporáneos baratos;
Hemingway presume de un imposible encuentro amoroso con Mata
Hari. Toomey cuenta historias compulsivamente, incluidos los
argumentos de sus obras y las novelas de Jakob Strehler, Nobel
de 1935, año en que el premio quedó desierto en el otro mundo,
es decir, en el nuestro. Quizá la mejor aventura sea su descubrimiento
de la homosexualidad y su renuncia a la fe católica materna
mientras pronuncia la oración de san Agustín: "Señor, hazme
casto, pero no todavía". El episodio, en el que tiene algo
que ver James Joyce, culminará para Toomey cuando la esposa
de su segundo amante sorprenda a los enamorados en la cama.
Entonces la homosexualidad era un pecado castigado con cárcel,
aunque, como Havelock Ellis le dice a Toomey en Mónaco, lo
patológico son las leyes, no la homosexualidad".
Esta magnífica novela ya apareció en la editorial Argos Vergara,
a principios de los ochenta. El Aleph recupera aquella traducción
de José Manuel Álvarez Flores, y le encarga la presentación,
ejemplar, a Rodrigo Fresán, son Apuntes
para una teoría del milagro, todo un lujo tenerlos
en abierto, y como muestra aquí van algunas de sus ideas:
"Poderes terrenales es sacra y mefistofélica a la vez porque
-a nivel formal- lo que intentó y consiguió en ella Burgess
fue "jugar" con el ADN del best-seller dignificándolo sin
por eso dejar de divertirse manipulando sus poleas y tensando
sus resortes". Y en nota aparte explica: "Apreciada en la
actualidad, como parte de un género hoy saturado por códices,
catedrales y afines, Poderes terrenales permite también -en
perspectiva- una reflexión sobre la decadencia de la literatura
popular y lo que se supone debe o debería ser un divertimento
inteligente. Leída y disfrutada esta novela de Burgess, se
admira la dificultad superada y el talento certificado para
crear un producto "mixto" -donde la diversión no esté reñida
con la reflexión- y se comprende que toda teoría sobre la
crisis de la literatura es un despropósito. La literatura
nunca ha estado en crisis -basta buscarla para encontrarla-;
lo que sí está en crisis es el best-seller, la edición de
best-sellers y, especialmente, el lector de best-sellers".
En otra nota, Fresán apunta: "su hora favorita del día era
la tarde "ya que la mente inconsciente tiene el hábito de
hacer valer sus derechos por la tarde. La mañana es un tiempo
consciente, pero la tarde es una hora en la que deberíamos
tratar mucho más con el interior de la conciencia"".
Comienza la novela:
Era
la tarde de mi ochenta y un aniversario, y yo estaba en
la cama con mi Ganímedes, cuando anunció Alí que había venido
a verme el arzobispo.
-Está bien, Alí -dije, en trémulo español, a través de la
puerta cerrada del dormitorio principal-. Llévale al bar.
Sírvele algo de beber.
-Hay dos. Su capellán también.
-Bien, bien, Alí. Sírvele también algo a su capellán.
Me retiré hace diez años de la profesión de novelista. No
tendrá más remedio que admitir el lector, sin embargo, si
es que conoce algo de mi obra y se toma la molestia de releer
ahora esta primera frase, que nada he perdido de mi vieja
astucia para maquinar lo que se llama un impresionante principio.
Pero no hay, en realidad, ninguna maquinación en el asunto.
La realidad juega a veces en las manos del arte. Que tenía
ya ochenta y un años no podía dudarlo siquiera: a lo largo
de toda la mañana habían estado llegando telegramas de felicitación
ratificándolo. Geoffrey, que estaba poniéndose ya sus estrechos
pantalones de verano, era, digamos, mi Ganímedes o amante
masculino, además de mi secretario. El arzobispo era, desde
luego, un arzobispo auténtico. La hora, poco más de las
cuatro de la tarde de un día de junio maltés…
Antes
de que se metan en la novela, lean la estupenda entrevista
de Francesc Arroyo a Burguess cuando presentó le novela
en Barcelona (30-11-82), no tiene desperdicio, les dejo algunas
pinceladas: "El principal hecho de la novela es un milagro:
el sacerdote cura a un niño que acabará siendo un malvado.
¿Por qué ocurre? ¿Dios es bien o mal? La pregunta no tiene
respuesta en la obra. Naturalmente la novela no es un tratado
teológico, es un divertimento, la imagen del siglo XX, desde
un hombre que no puede entrar en el mundo de la teología,
porque es homosexual y está fuera de la Iglesia. (…) Mi problema
era entender lo que es un homosexual. Una de las tareas del
novelista es intentar entender lo que no puede entender. Se
trata además de un intelectual católico, pero separado de
la religión. En el conflicto entre el bien y el mal, él está
por encima, es objetivo. (…) la discusión entre San Agustín
y Pelagio es muy viva en Inglaterra. Pelagio afirma la libertad
del hombre. Agustín la niega, porque el hombre nace en pecado.
Creo que la historia del pensamiento inglés gira en torno
a estas posiciones. Yo me inclino por pensar que el hombre
es libre en el sentido de poder distinguir entre el bien y
el mal y elegir. Es en lo único que creo. De eso trata el
libro".
Marina
Tsvetáieva en cuatro
libros
Marina Tsvetáieva (1892-1941) y Anna Ajmátova son dos de las
poetas más grandes del siglo XX, y las mayores en la historia
en Rusia.
AAAAAAAAAAAAANo
es por el río -¡soy náyade
de nacimiento!- este escalofrío. Me aferro
al agua como si fuera la mano del amante
que fiel está a mi lado…
AAAAAAAAAAAAAAAAAFieles
son siempre los muertos -no todos traen
consuelo… La muerte a mi izquierda
y, a mi derecha, tú. Mi costado
derecho, como muerto.
Estos
versos pertenecen a uno de los poemas largos de Tsvetáieva,
el titulado 'Poema del fin', y están tomados de El canto
y la ceniza, recomendabilísima antología poética que Monika
Zgustova y Olvido García Valdés realizaron para Galaxia Gutenberg.
En Babelia, Benjamín Prado redacta un artículo sobre Tsvetáieva,
uno de los más hermosos y emotivos que han aparecido en la
prensa en los últimos meses. Se ocupa Prado de cuatro obras,
de textos de Tsvetáieva o que tratan de ella. La primera que
aparece es Locuciones de la Sibila (Ellago ediciones),
"una emocionante demostración de la fe en la literatura de
esta mujer admirable que siguió escribiendo, contra viento
y marea, hasta llegar al mismo borde de la muerte. Un borde
que estaba lejos, al otro lado de una sucesión de desgracias
que casi siempre fueron producto de su lealtad a algún perdedor,
y especialmente a su marido, un menchevique que había sido
oficial del Ejército Blanco y que decidió regresar a la Rusia
soviética, de la que ambos habían escapado tras la Revolución
de 1917, en busca de su infortunio y el de su familia".
El regreso fue una catástrofe: "su esposo y su hija fueron
encarcelados, ella no volvió a publicar, su otro hijo, Georgi
Efrón, se convirtió en un egoísta histérico que la torturaba
día y noche, que al final fue movilizado para luchar en la
II Guerra Mundial y que murió en 1944, a los 19 años. Ese
último latigazo del dolor ya no lo sufriría Tsvetáieva, que
en 1941, tras ser evacuada a Elábuga para escapar de la invasión
alemana, se quitó la vida ahorcándose con una soga que Borís
Pasternak le había dado en la estación de tren de Moscú para
que atase su maleta. Lo último que hizo en su vida fue pedir
un trabajo como friegaplatos en el comedor de los escritores
y redactar una despedida para Georgi: "Perdóname, pero seguir
sería peor. Estoy muy enferma, ésa ya no soy yo. Te quiero
con locura. Comprende que ya no podía vivir más tiempo". Esa
nota está incluida en el tomo En el país del alma,
una antología de sus cartas que acaba de aparecer en La Poesía,
Señor Hidalgo y en la que podemos seguir su intenso diálogo
epistolar con Anna Ajmátova o el propio Pasternak, entre otros
muchos".
El tercer libro que nos acerca Prado está escrito por Tzvetan
Todorov: "El lento drama de Marina Tsvetáieva vuelve a recordarse
al leer el extenso capítulo que dedica Tzvetan Todorov a analizar
su vida y su obra en Los aventureros de lo absoluto,
publicado por Galaxia Gutenberg, un ensayo extraordinario
en el cual la autora de El poeta y el tiempo comparte
protagonismo con otros dos creadores irreductibles: Oscar
Wilde y Rilke. Con este último y con Pasternak, como se sabe,
cruzó una correspondencia célebre sobre amores platónicos,
analogías literarias y amistades oníricas que se identifican
en unas líneas de Tsvetáieva al autor de Doctor Zhivago
que reproduce Todorov: "Mi forma predilecta de comunicación
es la del más allá: el sueño, ver en sueños. Después, la correspondencia.
La carta como una forma de comunicación del más allá, menos
perfecta que el sueño, pero sujeta a esas mismas leyes". En
el país del alma brinda muchos ejemplos de hasta qué punto
Tsvetáieva no bromeaba cuando escribió eso. Sin duda, para
ella la escritura era el último refugio de un mundo guiado
por la falta de principios, la hipocresía y la crueldad en
el que, como leemos en Locuciones de la Sibila, pronto
se descubre que "para no ser culpado, hay que convertirse
enseguida en acusador"".
El último de los libros relacionado con Tsvetáieva, es La
librería de los escritores (Ediciones de la Central),
"un diario de la escasez que resume la historia de un local
que con ese mismo nombre abrieron en Moscú, en régimen de
cooperativa, el escritor Mijaíl Osorguín y algunos colegas,
al poco de triunfar la Revolución de 1917, para que sirviera
de refugio a ciertos intelectuales que ya pasaban de camaradas
a sospechosos y fuese una respuesta a la penuria que se vivía
en aquellos tiempos en los que publicar libros era un lujo
inalcanzable y la censura se adueñaba de las promesas de libertad
con una eficacia siniestra".
Lean entero el artículo de Benjamín Prado, La
aventura absoluta de Marina Tsvetáieva.
Quiero dejarles aquí unos fragmentos de uno de los textos
del epílogo con que Monika Zgustova cierra la antología El
canto y la ceniza:
Cada
mañana, Marina barre con la mano los papeles y los libros
de su escritorio. Cada mañana, conscientemente ahuyenta
de su cabeza todos los asuntos de la vida cotidiana. Cada
mañana llena una pequeña taza con café y se lo bebe casi
hirviendo (…).
Con su letra menuda y redonda, Marina va llenando un cuaderno
tras otro. En ellos inscribe sus poemas, sus narraciones
y ensayos. Y si no tiene dinero para comprarse un cuaderno,
se lo cose ella mismas. Todo lo que escribe, lo hace con
la misma autoexigencia como si el texto fuera destinado
a ser publicado. Las cartas, que forman parte importante
y destacable de su obra, son tan creativas como sus poemas.
Y cualquier circunstancia de su vida, cualquier pena, cualquier
urgencia, queda subordinada a la hora de trabajar. El acto
de escribir, para Marina, es sagrado. Cada mañana, ése es
su ritual. Cada mañana de su vida, sin excepción.
Y
por último unos versos, el final de su poema 'Jardín' (octubre
de 1934):
Para
mi vejez ese jardín.
¿Ese jardín o quizá el más allá?
Dámelo para la vejez,
para que mi alma quede absuelta.
Wolfgang
Hildesheimer. Tynset. El
Olivo Azul. 18 €
Gregor
Rutz, un meditabundo marchante de hierbas aromáticas, a pesar
de tener vocación de durmiente, sufre de insomnio. Ni el vino
ni la lectura de libros "fiables" -como el listín de teléfono
o la guía de ferrocarriles noruegos- le transportan al sueño
(...) El arte de encontrar el sueño consiste en no pensar en
"algo que perturba", y Gregor Rutz, refugiado en un aislado
pueblo alpino, recuerda demasiadas cosas que le perturban. De
esta sugerente manera presenta Cecilia Dreymüller esta novela,
y en renglón a parte a su autor: "También Wolfgang Hildesheimer,
judío alemán nacido en 1916 en Hamburgo, vivía refugiado en
un pueblo alpino aislado cuando escribió Tynset, este incomparablemente
bello y melancólico monólogo del hombre que no duerme, pues
se sabe perseguido por "padres de familia cristianos de Viena
y del Weserland". Hildesheimer eligió los Alpes suizos como
segundo y definitivo exilio, tras haberse exiliado en 1933,
cuando su familia huyó a Palestina".
Su condición de intérprete en los juicios de Núremberg marcó
su carácter (como informa Dreymüller allí le alcanzó el horror
del que se había librado: "También vi la pantalla de lámpara
de piel humana, y cosas peores. No sé si su creador sigue viviendo
hoy en Schleswig-Holstein, pero me parece de lo más probable")
y le llevó a escribir la novela Tynset. Comienza…
Estoy
tumbado en la cama, en mi cama de invierno.
Es la hora de dormir. Pero, ¿cuándo no lo es acaso? No se
oye nada, casi nada. Aquí la mayoría de las veces sopla
el viento por las noches y cantan uno o dos gallos. Pero
ahora no sopa el viento y no canta ningún gallo, todavía
no. En cambio de vez en cuando cruje el revestimiento de
madera de las paredes, en algún lugar se agrieta el relleno,
se deforma y se desprende del marco arrugándose, el viejo
pegamento se deshace en perlas o cae lentamente como si
fuera harina, o una grieta se desliza rápidamente a lo largo
de una viga del techo de la habitación, desde un rincón
hasta bien adentro de otro, y más allá, atravesando la pared
de madera, traspasando la viga, hasta la siguiente habitación,
la habitación vacía, donde se pierde y se extingue…
Cecilia
Dreymüller aclara en su reseña, titulada La noche más larga,
que la novela "no cuenta ninguna historia, no emprende el
retrato de una víctima, sino densifica en las libres asociaciones
y divagaciones de su protagonista el estado de ánimo del judío
superviviente. Éste, una temporada, se dedica a juegos peligrosos,
marcando por las noches al azar números de teléfono alemanes
para comprobar las reacciones a su llamada anónima: "Todo
está descubierto". Infaliblemente el pánico delataba a los
nazis, hasta que un día el insomne solitario queda atrapado
en su propia trampa: ""Tú espera, pronto estaremos de vuelta
y entonces vamos a acabar con vosotros"".
Wolfgang Hildesheimer formó parte del llamado Grupo del 47,
grupo que se formó en torno a la revista El alacrán, que dirigía
Werner Richter, con un claro objetivo crítico, y que contó
con lo más selecto de la Alemania de postguerra: Arno Schmidt,
Ingeborg Bachmann, Johannes Bobrowski, Heinrich Böll, Günter
Grass, Siegfried Lenz, Martin Walser, Peter Weiss, Hans Magnus
Enzensberger (Günter Grass realizó un retrato del grupo en
su relato Encuentro en Telgte, en castellano lo publicó
Alfaguara en 1981).
Dice Cecilia Dreymüller, como podrán leer hacia el final de
su reseña, que "su singular escritura entre aforística e indagación
disociativa, fue retomada y perfeccionada por W. G. Sebald,
quien remite a Hildesheimer como su gran modelo literario".
La edición se abre con un interesante prólogo de Vicente Luis
Mora, y lo tienen a su disposición, aunque no completo, en
el blog del crítico y escritor, Tynset,
el misterio cíclico.
Abraham
B. Yehoshúa. Una mujer en Jerusalén.
Anagrama. 17 €
Nos recuerdan Mercedes Monmany y José María Guelbenzu, que Abraham
B. Yehoshúa (Jerusalén, 1936) es uno de los autores más importantes
de la moderna literatura en lengua hebrea, junto a David Grossman,
Amos Oz, Batya Gur, y Aharon Appelfeld.
"En recuerdo de nuestra amiga Dafna, muerta en el verano de
2002 en un atentado suicida en la Universidad Hebrea de Jerusalén",
es la dedicatoria de la novela, y tras ella arranca la novela:
A pesar de que el
director de recursos humanos nunca pretendió enfrentarse a una
misión así, resulta que ahora, a la suave luz del amanecer,
comprende que tiene un significado inesperado para él. Y tras
conocer la sorprendente petición de esa anciana con hábito de
monja que permanece de pie junto a la chimenea agonizante, le
invade el entusiasmo. Y esa Jerusalén, atormentada y desgastada,
de la que salió hace una semana, de repente recupera su gran
esplendor, aquel de sus años de infancia.
Sigan leyendo las primeras
páginas de Una mujer en Jerusalén .
El argumento nos lo cuenta Mercedes Monmany: "Una mujer extranjera,
de enigmáticos y bellos rasgos entre caucásicos y asiáticos,
yace abandonada en el depósito de cadáveres de Jerusalén, sin
que nadie haya reclamado su cuerpo tras un atentado. Un periodista
sin escrúpulos, apodado "el víbora", que trabaja en un pequeño
periódico amarillista, aprovecha la ocasión para montar un gran
escándalo, denunciando la cruel indiferencia de los poderosos.
A través de una tarjeta de la seguridad social, se ha descubierto
que esta desgraciada emigrante, que vivía sola en una miserable
barraca de un barrio religioso, trabajaba como limpiadora nocturna
en una gran panificadora. El escándalo no hace más que aumentar
cuando se comprueba no sólo que nadie de la empresa se preocupó
por su ausencia, sino que esta empleada de lo más bajo de la
escala laboral tenía el título de ingeniero en su país, cosa
que al parecer le resultó indiferente al director de recursos
humanos de la empresa que le hizo en su día la entrevista -algo
que, por otro lado, no recuerda en absoluto-. Su tarea, a partir
de ese momento, encomendada por su anciano jefe, temeroso de
su reputación, pero más que nada de él mismo, es expiar esa
culpa del olvido, de la indiferencia, de la no "visión" de otros
que en algún momento ha tenido a su alrededor y que han pasado
junto a él sin dejar una huella de ningún tipo" (lean la reseña
de Monmany, en ABCD, titulada Cadáver
en busca de reposo.
José María Guelbenzu advierte que se trata del intento de reparación
por parte del director de recursos humanos a la vez que se relata
la evolución de "un hombre divorciado y con una hija a la que
sólo ve cuando le corresponde, que se ha trasladado a vivir
de nuevo con su madre mientras decide qué hacer con su vida".
La novela se divide en tres partes (lleva el subtítulo de 'Pasión
en tres actos'). En la primera, titulada 'El director',
se nos presenta al director de recursos humanos y se va aclarando
el misterio de quién era la fallecida. Es en esta primera parte,
como advierte Guelbenzu, en la que Yehoshúa "fija al personaje
que es hasta ese momento". La segunda parte se titula 'La misión',
y comienza:
Al
principio, cuando oye entremezcladas la voz de su madre
y la de su secretaria, cree estar soñando. Sin embargo,
en cuanto abre los ojos, se da cuenta de que efectivamente
su secretaria está detrás de la puerta intentando convencer
a su madre, con insistencia, de que entre en la habitación
para coger las llaves de la empleada de la limpieza fallecida.
¿También esta vez habrá venido con su bebé a cuestas?
Guelbenzu
advierte que "Sólo conoceremos el nombre de la mujer; los
demás son referencias: el propietario, la secretaria, la madre,
el director, el periodista… En un primer momento, el odio
del director se centra en el periodista (…); pero a medida
que avanza el relato su atención se desplaza hacia la mujer
y, desde ese momento, crece el interés por "el otro", por
esa mujer a la que entrevistó personalmente para contratarla
y que, sin embargo, era invisible para él. Todos coinciden
en que ella poseía una extraña belleza y esto le sume en el
estupor, pero esa belleza -no sólo física- se abre paso poco
a poco en su cabeza y del tal curiosidad surge el interés
por la persona; el problema del "otro" es el de ponerse en
su lugar; hasta que uno no cumple ese requisito, el otro -la
otra- es invisible. Para la percepción del otro es necesario
que el director cambie: ése es el meollo del libro, el cambio".
En la tercera parte, 'El viaje', asistimos al deambular, por
el Este de Europa, del director "con un cadáver en busca de
un lugar de reposo", son palabras de Monmany, quien señala
que la novela se convierte así en una tragicomedia.
De esta última parte les copio un fragmento de conversación
del director con su exmujer:
…Se
la nota despierta, relajada. Su voz es suave. Y él se sorprende
de que lla no quiera cortar enseguida.
-Soy yo… -tartamudea.
-Sí, ya lo sé. ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
-No…-Se emociona al comprobar lo mucho que ella le conoce.
-¿Qué te ocurre?
-Tomé algo con veneno, pero ya me estoy recuperando.
-¿Y quién ha querido envenenarte?
Él se ríe.
-Nadie. He sido yo, pero de verdad, ya estoy mejor.
-Siempre te has creído que tenías un estómago a prueba de
bomba. Quizás ya era hora de que tomases conciencia de tus
limitaciones.
-Sí, llevas razón. Sin duda. Ya era hora.
De
Yehoshúa se habían traducido al castellano Un divorcio
tardío (Alfaguara), Viaje al fin del milenio (Siruela)
y La novia liberada (Anagrama).
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EL
CULTURAL (EL MUNDO)
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Wallace Stevens.
La roca. Lumen. 14,90 €
Me
gusta mucho como Ernest Farrés Junyent presenta, en 'Culturas'
de La Vanguardia, a Wallace Stevens: "Hay poetas que han
quedado en el imaginario colectivo asociados a la juventud
(Salvat-Papasseit, Rimbaud, Hart Crane). Wallace Stevens
(1879-1955) es justo lo contrario, un claro ejemplo de poeta
tardío: su primer libro poético, Harmonium, lo dio a conocer
cuando el autor ya tenía más de cuarenta años, y los restantes
títulos destacables, tales como Ideas de orden, El hombre
de la guitarra azul o Las auroras de otoño, después de los
cincuenta (falleció a los 75 años). Relevantes críticos
y poetas han reconocido su magisterio y el valor de su obra,
hasta llegar a figurar entre lo mejor de la poesía norteamericana
del pasado siglo, pero en vida Stevens se entregó a la creación
básicamente alejado de los cenáculos literarios y del mundo
artístico: es así como suele ser recordado, como un abogado
y luego ejecutivo de una compañía de seguros de Connecticut
que, en sus ratos libres, escribía poemas".
Wallace Stevens es uno de los grandes poetas del siglo XX,
lean uno de sus poemas más representativos, titulado 'Invectiva
a los cisnes' (lo copio de la edición y traducción que Andrés
Sánchez Robayna realizó para Galaxia Gutenberg):
El
alma vuela, ocas, más allá de los parques
Y aun más allá del viento y sus discordias.
Una lluvia de bronce que cae desde el sol
Marca el fin del verano, que ese tiempo oporta
Como alguien que emborrona un trivial testamento
Con dorados caprichos y lúbricas figuras,
Legándole a la luna vuestro blanco plumaje
Y entregándole al aire vuestro suave aleteo.
Mira: en largos desfiles ya los cuervos
Cubren con su excremento las estatuas.
Y el alma vuela, ocas, solitaria,
Antes que vuestros fríos carruajes, a los cielos.
La
roca es el último poemario que Wallace escribió, por
primera vez se traduce íntegra al castellano, se ha ocupado
de hacerlo Daniel Aguirre, gran conocedor de Wallace, pues
en 2002 y también para Lumen, vertió al castellano sus Adagia
(con el título Aforismos completos), inéditos a la
muerte de su autor y publicados póstumamente en 1957, se
trata de una colección de doscientos ochenta y nueve aforismos,
reflexiones a cerca de la poesía, que tienen la misma importancia
que sus poemas. Veamos algunos ejemplos.
No
todos los días el mundo se ordena a sí mismo en un poema.
Un poema es un meteoro.
El poeta hace de los gusanos vestidos de seda.
La literatura es la parte mejor de la vida. A esto parece
inevitablemente necesario añadir que siempre que la vida
sea la mejor parte de la literatura.
En
ABCD, Jaime Siles destaca que la poesía de Stevens propone
una percepción de la realidad, y "ninguna etiqueta resulta
fácil de aplicar a una creación tan rica de aventura, en
la que la inteligencia y los sentidos funcionan al unísono
y la perfecta maquinaria que la rige tiene la misma precisión
y exactitud que un reloj. Ni Mallarmé limpió sus herramientas
tanto, ni Valéry llegó tan lejos como él: porque la suya
es una poesía sobre "la gris particularidad de la vida del
hombre", "como en un vívido sueño"". Explica Siles que si
al manierismo de la naturaleza Stevens había respondido
con el manierismo del espíritu, aquí responde con un manierismo
arquitectónico visible "en la propia configuración del texto
y del verso, que crea significados a partir de las visualizaciones
de la forma y de la unicidad de los sonidos, como demuestra
'Long and Sluggish Lines', en el que la experiencia de la
vida y del poema convergen en una absoluta ecuación y unidad:
"Pasados con mucho / los setenta, donde uno mire, uno ya
ha estado allá". Pero advierte: "La Roca es un libro que
el lector nunca tiene sensación de dominar: sabe que en
él hay algo que continuamente se le escapa".
Más
y más débil la luz del sol cae
por la tarde. Los orgullosos y fuertes
han partido.
Estos que quedan
son los malogrados son los por fin humanos,
oriundos de una esfera reducida.
Es su indigencia una indigencia
que es indigencia de la luz,
palidez estelar que cuelga de los hilos.
Poco a poco, la pobreza
del espacio otoñal se vuelve
mirada, unas palabras pronunciadas.
Cada persona nos toca completamente
con lo que es y como es,
en la rancia grandeza de la aniquilación.
Si
me he inclinado por la reseña de El Cultural ha sido porque
su autora, Ainhoa Sáenz de Zaitegui, ha incluido en ella
un buen número de versos del poeta, lo que desde mi punto
de vista es siempre un regalo, versos que Sáenz de Zaitegui,
es su estilo habitual, con alguna frase chispeante, lo que
hace la lectura ligera. Ejemplo: "Dios creó el mundo sólo
con la palabra: dijo "hágase la luz" y la luz se hizo. El
poeta crea el mundo sólo con la palabra: dice "Un fulgor
que sumara a lo que era real y su vocabulario, / igual que
alguna cosa primera al ir entrando en árboles septentrionales
/ les suma todo el vocabulario del Sur, / igual que la primera
luz solitaria del cielo vespertino, en primavera, / crea
un nuevo universo de la nada cuando se suma ella, / igual
que una mirada o un toque revela sus imprevistas magnitudes"
('Prólogos a lo que es posible') y en nuestra imaginación
empieza a existir algo donde antes no había nada. Ya nos
lo advierte el poeta: "La vida del poema en la mente aún
no ha comenzado. / Aún no habías nacido cuando los árboles
eran cristal / ni has nacido ahora, en esta vigilia dentro
de un sueño" ('Largos y tardos versos'). Egocéntrico y narcisista,
el lenguaje habla siempre de sí mismo, incluso cuando finge
estar hablando de cualquier otra cosa, como de soles o de
frutos o de piedras: "En esta abundancia, el poema crea
significados de la roca, / de movimiento tan mezclado y
de tal ingeniería, / que su aridez se torna en un millar
de cosas / y deja de existir. Esta es la cura / de las hojas,
del suelo, de nosotros. / Son sus palabras el icono y el
hombre" ('El poema como icono'). Es la muy razonable creencia
de que el alfabeto es anterior a Dios mismo". Lean la reseña
de Ainhoa
Sáenz de Zaitegui sobre La Roca , ya digo que incluye
un buen número de versos de Wallace Stevens.
Pere
Gimferrer. Tornado. Seix
Barral. 18,50 €
Tornado es el libro que sigue a Amor en vilo, su libro
más vendido, publicado también por Seix Barral. Túa Blesa
lo refiere así en El Cultural: "Sorprendente fue en 2006 la
publicación de Amor en vilo, donde Pere Gimferrer (Barcelona,
1945) tornaba a la escritura poética en español tras el largo
período de poesía en catalán que había abierto en 1970 Ells
miralls. Este ir y venir entre lenguas no era sin razón. Como
se explicaba en Interludio azul, libro en prosa hermano
del primero de los citados, los desplazamientos de lengua
estaban condicionados por cuál fuera la que se hablaba con
la persona amada. Naturalmente, tales cambios han ido acompañados
de otros en la escritura, pero hay que dejar constancia de
que en Gimferrer las transformaciones en su quehacer no responden
sólo a esa razón vital, sino que son consustanciales a su
poética".
del
botón de tus nalgas, de la mina
de claridad latida y cristalina
con que el centro de ti enciende mi mano;
AAAAA(de 'Ad vitam aeternam',
primer poema de Tornado)
García
Jambrina, en la reseña de ABCD, El
lenguaje del amor, señala estos libros como "convergentes
y complementarios en torno a una misma experiencia amorosa,
un amor de juventud que, de alguna manera, había quedado
en suspenso y como en estado latente, para reanudarse con
toda su fuerza décadas después", respecto a la elección
del castellano cita Jambrina una explicación de Gimferrer:
"tiene el amor su lenguaje: aquel en que ella y yo nos hemos
relacionado siempre".
este
anzuelo que el aire no despoja
de ser carne encendida en el crepúsculo,
tendida en ti, volcada en mí, la hogaza
de tus pechos, el cepo de tus nalgas,
estos labios que beben azafrán,
la boca que ha aspirado mi raíz,
AAAA(de 'The Wings of the
dove')
Jordi
Gracia en la reseña de Babelia, Tutto
tremante, señala que Gimferrer "ha tratado después
(y antes) de lo que cobardona u olímpicamente tendemos a
obviar los demás, aunque sea lo decisivo: el amor como arrebato
y compromiso vital y el erotismo como fábrica de libertad
y plenitud. Ningún poeta de la calidad de Gimferrer ha cuajado
sus textos en ese espacio de la vida moral con tanta verdad
convertida en festival de lenguaje e imaginación, de lirismo
visionario arrastrado por los dictados del instinto o la
inconsciencia hacia los nudos donde la vida se comprime,
se exprime y estalla". Y en renglón aparte cuenta Jordi
Gracia, detalladamente, el asunto biográfico de 'la persona
amada': "La exageración inaudita ha venido (…) motivada
por una sacudida radical en su vida tras la muerte de su
mujer, Maria Rosa Caminal, en 2004. Con ella estuvo desde
1970, cuando el autor era un "noi estrambótic" que había
interrumpido una relación con otra mujer, Cuca, y vivía
"al fons del fons de l'espiral depressiva" (lo cuenta en
L'agent provocador). Con la muerte de su mujer inicia
el combate por su redención personal y contra la resignación,
y aspira a reanudar el amor interrumpido en 1970 con Cuca:
ella es destinataria, objeto y pretexto del ciclo amoroso
más vertiginoso, arrebatado, radical y literariamente verdadero
de los últimos años. Interludio azul y Amor en
vilo fueron libros publicados simultáneamente en 2006
porque el primero narraba con meticulosidad neurótica de
enamorado (y de obsesivo frío) las fases iniciales y las
tentativas de una historia de amor que podía reanudarse,
y el segundo pautaba fecha a fecha la reanudación jubilosa,
erótica, pueril, sexual, literaria, de aquella historia."
Mi
vida, toda hecha de cristales
como la luna al viento descompuesta,
mi vida, toda hecha de palabras,
cáscaras secas, rojos capiteles
mas capiteles huecos, como vaina
que no contiene quemazón de fruto,
mi vida, que palpó voces a tientas,
este chasquido de palabras rotas,
ha podido palpar hoy lo tangible,
la fruta de tus pechos y tus nalgas,
el arrebato de tu malvasía;
(de 'Ma vie')
Dice
Jordi Gracia que tan de verdad son estos últimos poemarios
de Gimferrer, que sus poemas "son lo que demasiadas veces,
y también aquí, son los poemas de los enamorados reales
y fingidos, que lo mismo da: poesía del júbilo que a ratos
es bagatela de amante, capricho de poeta cultísimo, cita
paródica y perifollo chocantemente horrísono, con rimas
agudas letales, imaginería cursi o relamida, y mucho de
eso han propalado por escrito y verbalmente los círculos
literarios o los reseñistas, como si todos aún fuésemos
portavoces de las aprensiones de la abuela. Pero fueron
demasiados quienes quisieron fijarse sólo en esos poemas
sin advertir la construcción de un ciclo biográfico de leyenda,
un cancionero petrarquesco (lo dijo Alberto Blecua) de un
autor que registraba sus vaivenes y sus encuentros y sus
cópulas y sus fantasías, y también sus puerilidades y sus
fijaciones y sus fetichismos". Pues vamos con un pequeño
ejemplo de "perifollo chocantemente horrísono", tomado del
poema 'The Wounded one':
yo
devanado en ti, tú devanada
en las constelaciones de tu espada,
tú devanada en mí, yo devanado
en las murmuraciones del pasado,
el vendaval o brisa de tus juncos,
mi nitroglicerina de años truncos:
[…]
como va celda a celda el alveolo
descubriendo el panal y su gladiolo,
[…]
porque el alma en Heráclito lo huele,
pero en tu piel hay luces de ukelele,
Retomo
a Túa Blesa, para quien Tornado es el mejor de los libros
de Gimferrer, producto de una nueva vida al modo
de Dante, vida nueva que tiene dos tiempos: "el real -que
el amor hace irreal- y el de otra relación anterior que
ahora se actualiza y se hace igualmente real: "y tú eres
Cuca, y yo soy yo, y vivimos / la primavera del sesenta
y nueve" y es que "el tiempo no es sucesivo, es simultáneo"".
Y pasa después a extenderse en el entramado: "Hay exuberancia
en las formas del texto, múltiples, desde el poema en prosa
a sonetos canónicos. A propósito de esto, no puede pasarse
por alto la producción de efectos del significante, huida
del tono conversacional, tan extendido hoy, con el resultado
de una lengua original donde las haya. Además se hace uso
de la rima en eco o de la llamada rima en capcaudatz, esto
es, la repetición de la última palabra de una estrofa en
el inicio del verso siguiente (…). Y está la singularidad
de la multiplicidad de resonancias entre dos versos: "el
guantelete del heñir la piel, / el molinete del teñir la
piel", donde la identidad fónica se da en las tres posiciones
acentuadas, además de que hay un estricto paralelismo de
orden gramatical y léxico". Acaba Blesa: "En definitiva,
de lo que se trataría es de algo imposible, hacer de la
vida discurso, hacer que el discurso sea vida", y califica
su aparición de un acontecimiento. Lean pues la reseña de
Túa Blesa.
Tú
tienes el perfil de las tardes de marzo.
Cuando el mundo derriba sus galradas rotas
y el secante del cielo rompe su bisectriz
veo un cuerpo traslúcido en las alas del aire,
el ofertorio de las amapolas…
(de 'Memorabilia')
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MESILLA
DE NOCHE |
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EN MEMORIA DE DAVID FOSTER WALLACE…
Como
saben, el escritor David Foster Wallace se suicidó hace poco
más de un mes, a la edad de 46 años.
Su novela La broma infinita (1996), es una pieza de
culto de más de mil páginas, ambientada en un futuro (2025)
en el que las grandes corporaciones patrocinan y dan nombre
a los años. Su acción transcurre en un centro de rehabilitación
para la adicción a las drogas y en una academia de tenis de
élite. Wallace, hijo de profesores universitarios que impartían
filosofía (el padre) y literatura (la madre), se licenció
en filosofía, obtuvo una maestría en Bellas Artes, y destacó
en su juventud como tenista.
Así definió Diego Doncel la obra en El Cultural: "Novela compleja,
con esa complejidad que reclamaba Don DeLillo para expresar
el oleaje rico y denso de la experiencia actual, novela crítica
sobre nuestro modelo presente de cultura, es además una novela
soberbiamente escrita. El despliegue de recursos, la portentosa
imaginación, el retrato de los personajes, la misma trama
argumentativa están encaminados a describir un mundo occidental
y el futuro devorado por sus propios mitos, que tienen en
el placer y el consumo una nueva modalidad de vida y donde
el tono melancólico de dejación es el mismo que de una y otra
manera ha tratado de narrar la generación a la que Wallace
pertenece. David Foster Wallace ha creado para ello una sociedad
futurista donde el calendario está regido por marcas comerciales,
los cambios políticos han llevado a instaurar un totalitarismo
ecológico y los grupos terroristas campan a sus anchas. Todo
esto para crear una compleja red de elementos satíricos que
se centran en los dos grandes temas narrativos de nuestro
tiempo: el de la identidad personal y el del derrumbe de la
institución de la familia. Por sus páginas desfilan seres
atenazados por la droga y la farmacología, desequilibrados
por las normas sociales y por una personalidad en crisis".
Quien mejor que Eduardo Lago (que ganó el Premio Nadal 2006
con su primera novela, Llámame Brooklyn), y en la actualidad
es el director del Instituto Cervantes de Nueva York) para
situar a Wallace: "la obra de Foster Wallace supone una forma
radicalmente nueva de entender la literatura. Sus estructuras
narrativas son consecuencia directa de la sensibilidad de
nuestra era; reventando los códigos estéticos de las generaciones
precedentes, su prosa tentacular mimetiza los sistemas del
paradigma cultural en que vivimos: el vértigo de las comunicaciones,
el exceso de información, la influencia de las grandes corporaciones
financieras, los iconos de la cultura pop, la industria del
entretenimiento, el cine, el deporte y la música, la amenaza
omnipresente del terrorismo. Publicada cuando el autor contaba
33 años de edad y ambientada en EE UU en torno al año 2025,
La broma infinita propicia el entrecruzamiento de una portentosa
diversidad de registros: de la trigonometría al tenis, pasando
por las drogas, la estética grunge, la filosofía, y el cine.
Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia,
la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo,
a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo".
Lean su homenaje, publicado en El País, y titulado el
mejor cronista del malestar de EE UU.
Pero hay otros dos homenajes, más emotivos, que quiero que
lean, el primero es de Ricardo Menéndez Salmón (el autor de
la maravillosa La ofensa, Seix Barral) que lleva el
título
Abismos, y que concluye con la siguiente frase:
"No deberían existir héroes balanceándose sobre cuerdas".
El otro pertenece a Josep Izquierdo, a su blog Libro
de notas (precioso homenaje que contiene la siguiente
cita, extraída de un artículo de Wallace sobre Kafka: "Usted
puede pedir que imaginen su arte como una especie de puerta.
Imaginarnos a nosotros, sus lectores, que llegamos y golpeamos
en la puerta, golpeando y golpeando, no sólo queriendo entrar,
sino necesitándolo, no sabemos lo que es, pero podemos sentirlo,
esa total desesperación por entrar, golpeando y empujando
y pateando, etc. Y, finalmente, la puerta se abre… y se abre
hacia el exterior: hemos estado dentro de lo que queríamos
todo el tiempo. Das ist komisch [eso es todo]". Y Josep Izquierdo
apostilla: "Nada más cierto en la opulenta sociedad del malestar
en que habitamos: eso es todo".
Comencemos la lectura de La broma infinita:
Estoy
sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos. Mi
postura es conscientemente congruente con la forma de mi
dura silla. Es una fría habitación en la administración
de la universidad con las paredes forradas de madera, con
cuadros al estilo Remington, y ventanas dobles que la protegen
de la canícula de noviembre. Los ruidos administrativos
quedan aislados por la sala de recepción por la que acabamos
de entrar el tío Charles, el señor DeLint y yo.
Yo estoy aquí dentro.
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Para escribir al autor nanocabanas@yahoo.es
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