| |
AGENDA DE LIBROS- 23 de enero de 2008
ACTUALIZADO
LOS MIÉRCOLES
|
| |
por
Antonio Cabañas
48 años
| "Los
libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como
fueron escritos"
Henry
David Thoreau |
Quiere
esta página ser testigo de lo que cada semana presentan los
suplementos literarios de los periódicos, y que el lector tenga
referencia tanto de lo más fresco del mercado como de las perlas
que encierren los diarios de mayor relevancia en el ámbito nacional.
En esta ocasión, El País, ABC, El Mundo y La Vanguardia, lo
que no es óbice para que en el futuro, u ocasionalmente, se
añada algún otro.
|
|
| |
CULTURAS
(LA VANGUARDIA)
|
| |
|
David
Grossman. La memoria de la piel.
Seix Barral. 20 €
Dos
novelas cortas componen 'La memoria de la piel'. La
primera lleva por título 'Delirio', y en ella Grossman
nos arrastra hasta el centro del infierno de los celos. Una
temática que ha dado obras inmortales, recordemos 'Otelo'
de Shakespeare. Son el tormento que nos convierte en gusanos,
"¡Cuántas veces me ha dejado tendido ante su puerta! Ella
ama a otros… ¡Ay! un siervo obtiene las noches que a mí me
niega" dice Ovidio en Remedios del amor (Bosch). "Como
celoso -escribe Barthes en sus Fragmentos de un discurso
amoroso (Siglo XXI)- sufro cuatro veces: porque estoy
celoso, porque me reprocho el estarlo, porque temo que mis
celos hieran al otro, porque me dejo someter a una nadería:
sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por
ser ordinario". El tema central de la 'Albertine desaparecida'
(Anagrama) de Proust. En la psiquiatría, este delirio corrosivo
se encuadra en las ideas delirantes y la paranoia. Tal enajenación
es la que recrea Grossman en esta primera novela del volumen,
que arranca:
Pero
¿cómo será ella capaz de soportarlo?, piensa él, de llevar
a cabo exactamente los mismos ritos, una vez, y otra vez
más, esa nerviosa carrera de una habitación a otra antes
de marcharse, puertas de armarios que se cierran de golpe,
cajones que se abren y se cierran, con esa especie de opacidad
crispada que se apodera del hermoso rostros de ella en esos
momentos, y es que de ninguna manera puede olvidarse del
más mínimo detalle, un peine, un libro, un frasco de champú,
porque si no, todo se vendría abajo. Él se sienta a su despejada
mesa de trabajo y se sujeta la cabeza con las manos mientras
ella le lanza un adiós apresurado desde la puerta, y a él
se le encoge el corazón, ni siquiera se ha acercado para
despedirse, hoy habrá algo especial allí, pero ella sale
ya a la calle muy deprisa, con la vista baja, para no toparse
con una mirada que la empuje a una conversación innecesaria.
Qué perseverante es, ¿de dónde sacará las fuerzas para pasar
por ello de nuevo cada día?
EL celoso protagonista es Shaul, con una pierna escayolada
a causa de un accidente, que imagina cómo estará siendo
el encuentro entre ellos:
…Elisheva, dice él en voz alta, muy despacio, recalcando
cada sílaba.
Y lo vuelve a repetir, para ese hombre.
Que ahorra el tiempo de desvestirse, porque no quiere desperdiciar
ni un instante, así es que mientras ella conduce el vehículo
por el laberinto de callejuelas que unen esta casa con a
quélla, él empieza ya a desnudarse, en el dormitorio o puede
que junto a la puerta, se quita los pantalones de pana marrones
y holgados…
Ella avanza hacia él, circula a toda velocidad con los ojos
clavados en la calzada, la boca en tensión, una boca que
enseguida va a ser besada, que se relajará y se inflamará
ardiente, porque unos labios se posarán sobre esos labios,
al principio sólo rozándolos, apenas tocándolos, aunque
después la lengua esbozará su contorno todo alrededor mientras
éstos se esforzarán en no sonreír porque enseguida se oirá
un gemido, no te muevas mientras estoy pintando, y ella
dejará escapar un ronroneo en señal de asentimiento para,
al instante, recibir unos labios sobre los suyos, unos labios
que le impongan su absoluta aspereza, tan viriles, y que
engullirán los suyos, abriéndose paso, para luego apartarse
un momento y dejar escapar un aliento cálido hasta que enseguida...
Como
ven, es imposible separase de este texto, una obra que nos
engulle como esa boca que imagina Shaul, y en la que pronto
aparece otro personaje, Esti, la cuñada, la mujer de su hermano,
Mija, que no ha podido acudir a la llamada de Shaul pero ha
mandado a Esti, una mujer "con la capacidad de aguante de
una niña nada querida pero muy testaruda que sabía convertirse,
cuando era necesario, en un pequeño puño humano protegido
por unos párpados y que se cuela donde no se la quiere y que
es capaz de resistir allí ralentizando sus pulsaciones hasta
cero, hasta que sin saber cómo uno se acostumbra a su presencia
y a las pequeñas ventajas que esconde y, al final, ya no se
puede estar sin él…", Esti, "con todos sus años, sus hijos,
Mija y carnes de más", conducirá el coche en el que ambos
emprenden la búsqueda de la esposa Elisheva, hacia el sur.
En definitiva una maravillosa novela, inteligente, y como
aprecia en su reseña Isabel Gómez Melenchón, un relato "denso,
sensual, rebosante de erotismo, de deseo", que ustedes deben
leer.
De la segunda pieza, 'La memoria de la piel', que da
título al volumen, Isabel Gómez Melenchón nos explica: "vuelve
a uno de los temas más queridos de Grossman: la traición,
la venganza, la expiación final como colofón y resolución
de la falta y de nuevo vía abierta a la esperanza. Rotem es
una escritora de éxito que vive en Londres. Su madre, Nili,
moribunda a causa de un cáncer, tuvo una relación con un adolescente
hace muchos años. Rotem la sufrió y ahora la ha escrito en
un libo,pero la venganza tiene que ir más allá, debe hurgar
como navaja en la herida; Rotem viajaa Israel para visitar
a su madre, en r ealidad para leerle fragmentos del libro.
Aquí, la prosa de Grossman se desborda, presa de una riqueza
fisicamente febril; el lector se siente tocado, penetrado
por palabras que resbalan sobre la piel erizándola", y confiesa
Isabel Gómez Melenchón: "pocas veces esta escribidora ha sentido
hasta donde puede transportar el lenguaje cuando lo manejan
manos expertas. Influye, y mucho, que tanto esta narración
como Delirio transcurran en ámbitos cerrados, claustrofóbicos,
la primera en el interior de un coche, ésta en una habitación".
Así empieza esta memoria de la piel:
Me
interrumpe a la tercera frase: ayer vi algo en la tele que
me hizo pensar en ti.
Dejo las hojas, no pudiéndome creer que ella me corte de
esa manera.
Me desperté y eran las tres, dice, ¿y qué podía hacer? Su
cara hinchada se mueve con dificultad sobre la almohada
y se vuelve hacia mí. Era algo sobre unos chalados americanos.
Se dedican a salvar a los pájaros que chocan contra los
rascacielos.
Espera. No veo qué tenga eso que ver conmigo.
Pensé, dice, que podrías haber estado con ellos.
¿Yo?
Las manos se le crispan convertidas en unos puños que golpean
la manta. Unos golpecitos casi imperceptibles, nerviosos,
un poco como los temblores que la acometen después de una
dosis de Haldol, sólo que no lo está tomando. Intento ignorar
esos movimientos recordándome que no tienen nada que ver
conmigo y que no son una crítica contra mi historia, sino
unos simples movimientos involuntarios que dentro de unos
segundos me sacarán de mis casillas.
Todos los días, a las cuatro de la mañana, dice ella, se
apostan a los pies de los rascacielos. Y explica: porque
los pájaros migran de noche.
Ahora veo que sí tiene que ver conmigo…
Creo
que este es el noveno libro David Grossman que se traduce
al castellano, Seix-Barral había publicado 'La muerte como
forma de vida' (2003) y 'Tú serás mi cuchillo'
(2005), en Tusquets se pueden encontrar 'Vease: amor' (1993),
'La sonrisa del cordero' (1995), 'Chico Zig, Zag'
(1998), y 'El libro de la gramática interna' (2001)
-debo confesar que éste era él único que yo había leído de
él-, el año pasado Salamandra publicó 'La miel del León'.
Pero 'La memoria de la piel' es un libro ideal para
empezar a tratar a David Grossman, que tengan una buena lectura.
André
Bucher. El blues de Tristán.
Funambulista. 14, 96 €
La
reseña de Robert Saladrigas me ha llamado la atención, y ya
tengo el libro en casa, entre mis manos, leyéndolo. Vayamos
despacio. Saladrigas comenzaba así su reseña: "De repente te
llega a las manos un libro de apariencia modesta, ojeas el título,
El blues de Tristán, que nada tiene que ver con el de
la edición original, Le cabaret des oiseaux, más poético, identificas
al autor, un tal André Bucher, nacido en Alsacia, Francia, en
1946, un nombre que ni siquiera te suena, abres por curiosidad
el volumen y lees la primera frase: "Yo nací en 1982: me llamo
Tristán y soty el solete solito de esta historia; un niño perdido,
detenido". Y la segunda: "Pronto cumpliré los diecinueve y seré
adulto, o al menos eso dicen". Comenta Saladrigas que tras leer
este inicio la intuición le hace pensar en una voz como la del
muchacho deficiente mental de El ruido y la furia de
Faulkner, y que su intuición no se ha equivocado: "El blues
de Tristán es la autobiografía dramática del chico que en una
granja aislada de los Alpes de la Provenza es testiggo a los
seis años del brutal asesinato de su madre por dos presidiarios
fugados. La brutalidad de la escena afecta el desarrollo de
su mente que se comunica mejor con los pájaros y los árboles
que con los humanos. Los hechos son recordados por Tristán ya
con diecinueve años desde la prisión, donde cumple condena por
haber matado a los agresores de la segunda esposa de su padre
de la que está enamorado, una joven rusa que fue obligada a
prostituirse por su tío, logró al fin escapar a Francia y rehacer
su vida hasta ser localizada por el pariente que pretende llevársela
por la fuerza. Entre ambos episodios de violencia extrema Tristán,
aovillado en su claustro de inocente mental, evoluciona con
paso tardo hacia la vida adulta…" Lean la reseña de Saladrigas
[Muda soledad.
Págs 8 y 9].
La edición incluye un postfacio de la traductora, Carmen Torregrosa,
quien señala que a Tristán, bien podría "aplicársele el título
original del libro, Le cabaret des oiseaux (el bar de los pájaros),
nombre de la venta que regentan sus protagonistas y de la flor
ornamental de la cardencha, así llamada popularmente por su
facilidad para retener el agua de lluvia, a la que acuden algunos
pájaros a beber. También Tristán da de beber a sus pájaros,
un mirlo y una corneja; pero no sólo a ellos: es capaz de atesorar,
en las condiciones más adversas, lo poco que se le da, y de
prodigarlo luego sin medida. Tristán es, recordémoslo, valedor
de mujeres en apuros -defensor de Sandrine y Maryse ante la
infamia masculina- o consuelo en la cárcel de unos presos que
bien podrían haber sido los propios asesinos de su madre".
A este finis térrea que es la cárcel "han ido a parar
-sigue diciéndonos Carmen Torregrosa- han ido a parar, pues,
como en una novela de Steinbeck, Faulkner o Hemingway, los desheredados,
los proscritos, los insobornables de la sociedad, personajes
maltratados por la vida entre los que se tejen vínculos profundos
y duraderos cuya complejidad y hermosura logra Bucher transmitir.
Yentre todos ellos, son las mujeres quienes ponen el contrapunto
a la violencia ambiente, actuando como un bálsamo para las heridas
de Tristán: las dos madres y su amiga Sandrine; la maestra cruel
incluso, que lo quiere y se niega a lobotomizarlo. Nota significativa
y escalofriante: excepto la maestra, todas ellas han sido alguna
vez violadas".
Como la reseña de Saladrigas ya nos ha revelado las primeras
frases del prólogo que abre la novela, yo voy a ofrecerles las
primeras del Capítulo Uno:
Mis
recuerdos, los de verdad -no los que uno se inventa para
hacer bonito-, comienzan realmente un domingo, la tarde
de mi sexto cumpleaños. Desde aquel día no he vuelto a celebrar
ninguno.
Por aquel entonces, yo era un niño secreto. Jugaba en los
árboles, pero aún no había adiestrado al mirlo ni a su corneja.
En nuestra primera casa no teníamos pájaros ni vecinos.
Era una granja pequeña enlucida con cal blanca y custodiada
por dos tilos en el patio, al final de un camino de mulas
que bordeaba un precipicio. En invierno hacía frúio, mucho
calor en verano. Mi padre Alex criaba corderos, por la carne.
También cultivaba forraje y cebada, algo de trigo, centeno,
espelta y cebollas. Y a veces patatas. Teíamos un manantial
precioso. No éramos ricos, pero mi madre Blanche con cuatro
cosas se las apañaba. Le gustaba cantar, de eso sí me acuerdo;
y también de que mi padre Alex no bebía demasiado. De vez
en cuando se peleaba con Blanche, mi madre la de verdad.
Mi madre de primera. El cartero me dijo más tarde que los
negocios no andaban todo lo bien que debían…
Y
unos párrafos después:
Empujan
a mi madre al sofá. Quiero gritar pero la garganta no me
responde. Así que me pongo a dar golpes. Fuerte, cada vez
más fuerte, en la puerta. Abro, entro y grito. El hombre
que lleva la pistola se gira y me apunta. Mi madre Blanche
sale de los brazos y las piernas del otro, el que está tumbado
en el sofá. Se levanta y coge el fusil de caza que cuelga
de la pared, justo encima. El otro le dice:
-¡Cuidado, que tiene un arma!
El de la pistola se da media vuelta y dispara contra ella,
que cae arrastrando una silla en su caída. Está muerta,
una bala le ha alcanzado la cabeza.
Yo vi caer a mi madre. Me quedé peor que un trompo al que
le hubieran arrancado el cordel, detenido, desbaratado…
Del
autor, André Bucher, nos dice Carmen Torregrosa que es alsaciano,
nacido en 1946, y fue pastor, "entre la larga retahíla de
oficios que ejerció, en la más pura tradicción beatnik:
camionero, leñador, estibador…". Esta es su segunda novela,
y con ella obtuvo el premio Terre de France-La vie del
2004.
|
|
| |
ABCD (ABC)
|
| |
|
Vitali
Shentalinski. Crimen sin castigo.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 35 €.
Shentalinski,
nacido en Liberia en 1939, tenía 14 años cuando murió Stalin.
Su recuerdo de aquél día es muy preciso porque "fue la primera
vez que vi llorar a mi padre (…). Vivíamos en una aldea, donde
mi padre era el jefe de una granja colectiva. Hizo llamar
a todo el pueblo y la gente tenía mucho miedo porque para
ellos Stalin era un dios. A nadie se le hubiese ocurrido criticarle
porque los que disentían ya estaban en la cárcel". La represión
estalinista no sólo no hizo una excepción con los escritores,
sino que éstos estuvieron entre sus víctimas preferidas. Dos
mil escritores soviéticos desaparecieron durante los años
del terror del padrecito Stalin.
Apasionante de leer esta tercera y última entrega, 'Crimen
sin castigo', que cierra la investigación iniciada por
Shentalinski en 1988, el año en que por fin tuvo acceso a
los archivos secretos -los literarios- del KGB (gracias a
la Perestroika de Gorvachov).
Shentalinski hilvana historias a través de las que nos inicia
en las claves de aquellos terribles años, empezando por la
delación, deber cívico para desenmascarar a los 'enemigos
del pueblo'. Un proceso que comenzaba con la denuncia: "¡sólo
es preciso una víctima, el móvil ya se encontrará". Beria,
el mítico verdugo, que limpió de oponentes el camino de Stalin
y con su control del aparato le permitió perpetuarse en el
poder, decía: "Entréguenme a quien les plazca y en 24 horas
le obligaré a confesar que es un espía británico". Significativo
ejemplo el del poeta Konstantín Bolshakov, detenido en 1937:
"Vivíamos y nos alimentábamos de rumores, a cuál más fantástico.
Reduje al mínimo el círculo de amigos que veía (…). Tenía
pánico a beber por si, estando ebrio, pudiera decir algo inconscientemente".
Tras la detención, el interrogatorio, leemos en el proceso
de Isaak Bábel:
Durante
tres días y tres noches seguidas no le dejaron en paz, hasta
que consiguieron que confesara. El trabajo era duro, pero
se trataba de expertos consumados, y, además, se iban turnando
para poder descansar.
…
Sólo podemos suponer cómo se desarrolló en realidad este
interrogatorio. El resultado lo tenemos ante nuestros ojos:
el acta manipulada por los instructores, en la que el auténtico
Bábel sólo da signos de presencia con su firma al pie de
cada página. Lo que nos deja estupefactos es el falso principio
del interrogatorio, donde el propio acusado debe argumentar
el motivo de su detención y demostrar su culpabilidad.
"La
ignorancia vigila a la erudición, la estupidez a la inteligencia,
la maldad a la bondad", escribe Shentalinski. En el segundo
volumen, 'Denuncia contra Sócrates', Shentalinski recoge
el siguiente chiste, que en 1922 circulaba por Moscú: "Todo
el mundo rellenaba un cuestionario que contenía la siguiente
pregunta: '¿Ha sido usted arrestado? Y, en caso negativo,
¿por qué?'".
Otro tipo de tortura utilizado era el ostracismo, la prohibición
de publicar, incluso de conseguir trabajo, la de abandonar
el país y la confiscación, y destrucción, de manuscritos.
Mijaíl Bulgákov, refleja en su diario íntimo las penalidades
a que estaban condenados: "La cuestión es saber cómo transformar
la chaqueta de verano de mi mujer en un abrigo de invierno".
Finalmente la ejecución o el Gulag. Una de las personas que
ilustran este capítulo, ejemplo de coraje y generosidad, es
la poeta Nina Gaguen-Torn, así la recuerda una de sus antiguas
compañeras de infortunios: "Nina trabajaba en el servicio
del campo como "caballo de carga". En verano enganchaban unas
cuantas mujeres a una carreta, en invierno a un trineo; así
se transportaban botas de agua y leña al comedor y al hospital.
Era un trabajo duro y además las mujeres ya no tenían edad
para hacerlo. Pero Nina no perdía el coraje. Decía "El caballo
es un animal noble. ¡Me gusta ser un caballo!". En el campo
había nmuchas chicas ucranianas enfermas. Nina montó una academia
en la que enseñaba a estas chicas literatura e historia rusas".
Shentalinski tira de los hilos hasta formar una madeja bien
construida. En el primer volumen, 'Esclavos de la libertad',
conocimos el fatal destino de, entre otros, Isaac Bábel
(autor de 'Caballería roja', y en la editorial Alianza
'Cuentos de Odesa y otros relatos'), Ossip Mandelstam
('Tristia y otros poemas' en Igitur, 'Gozo y misterio
de la poesía' en El Cobre), el informe de Mijaíl Bulgákov,
el autor de la magistral 'El maestro y Margarita' (Alianza),
el expediente de Platónov (maravillosa su 'Chevengur',
en Cátedra).
En 'Denuncia contra Sócrates', señalaba el poeta
Antonio Colinas (en una reseña que pueden leer completa aquí:
"Hay un guiño de humor tragicómico ya desde el título del
libro. ¿Quién era ese Sócrates que fue motivo de investigación?
El asunto surge a raíz de una denuncia, que llega a la Checa,
sobre una reunión de los fervorosos seguidores de Tolstói.
El espía que había acudido a la misma denuncia en su informe
que "en el curso de la reunión se habló de un tal Sócrates"
-¿quizá un peligroso confabulador?- que es identificado como
"desconocido". El nombre del filósofo griego, extraído de
una conversación de los espirituales tolstovtsi, muestra a
qué punto de paranoia y persecución habían llegado los espías
y delatores de aquellos días". Pasa esta segunda entrega a
ocuparse del acoso a Bulgákov ('El maestro y Margarita')
que le llevó "al derrumbamiento físico y moral", la tortura
física y mental a la que fue sometida Marina Tsvietáieva ('Ariadna'
en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 'El canto
y la ceniza' en Galaxia Gutenberg, 'Antología 100 poemas'
en Visor) y que terminó con su suicidio en 1941, la persecución
a Boris Pasternak ('Doctor Zivago' en Anagrama)
En el último volumen de la trilogía, 'Crimen sin castigo',
pasa revista al proceso de Bujarín (de quien hablábamos en
la Agenda anterior con motivo de la traducción, también en
el sello Galaxia Gutenberg, del testimonio de su viuda, Anna
Lárina, en 'Lo que no puedo olvidar'), también
se ocupa de Anna Ajmátova (de nuevo tenemos en Galaxia Gutenberg
una maravillosa antología 'Requiem y otros poemas'),
Mayakovski (lo pueden encontrar traducido en la editorial
Visor), Marina Tsvietäieva. Mercedes Monmany, en su reseña
de ABCD, destaca su espléndida obertura: "Un capítulo, "Statir",
que se convierte en una apasionante novela sobre un sorprendente
personaje real del siglo XVII, mitad bandolero y atamán levantado
contra el yugo de los zares, y mitad brillante e iluminado
monje, autor de certeros y valientes sermones, en los que
con heroica terquedad denunciaba los abusos de los poderosos.
Pero no sería el único, otros muchos "mártires de la Palabra
y la Verdad" de la Edad Media, a los que Shentalinski rinde
homenaje, sufrieron inimaginables tormentos y suplicios".
Lean aquí su reseña
completa
Es
un tomo de conclusión, y tengo la sensación de que he ido
incrementando la calidad literaria de un libro a otro, y
he ido encontrando nuevas maneras de contar y nuevos horizontes.
Se trata de cinco historias, cinco narraciones documentales,
en las que hay una imagen, un símbolo central. El primer
relato es un pensamiento que tiene que ver con la recuperación
de la dignidad, algo que yo escribiría en las paredes del
Kremlin: "Hombre, conoce tu dignidad". Y la última historia,
que me causó multitud de problemas porque no conseguía llegar
a la idea central, tiene que ver con la última frase del
libro: "Sobre el abismo sólo es posible volar"
Así
se expresa Shentaliski en la interesantísima entrevista que
Jesús Marchamalo le ha realizado para ABCD, léanla aquí
Dejen que cierre este comentario con un par de párrafos que
copio, aunque descolocados, de 'Crimen sin castigo':
El
Gran Terror azota el país desde los primeros años de la
Revolución y crece en oleadas, pero no a finales de los
años treinta, como muchos siguen creyendo hasta el día de
hoy. Martin Latsis, uno de sus organizadores e ideólogos,
chequista y literato, que en realidad no escribía con tinta
sino con sangre, recalcó públicamente en noviembre de 1918:
"No libramos una guerra contra individuos (…). Exterminamos
a la burguesía como clase. Durante la investigación, no
bus "
Y
a continuación un fragmento perteneciente al Repertorio
de problemas sobre el trabajo extraescolar en bibliotecas,
la guía para revolucionarios que se publicaría poco tiempo
después, en 1920:
"Una
niña de doce años tiene miedo a la sangre. Confeccionar
una lista de libros cuya lectura haga que la niña venza
su repugnancia instintiva hacia el Terror Rojo".
János
Székely. Tentación. Lumen.
29,90 €
Mercedes Monmany, en su reseña titulada 'Hijo
del Danubio' que deben ustedes leer, califica esta novela,
publicada en 1948, de obra maestra "del género de la picaresca
y de las novelas antiejemplares de iniciación". Nos dice así
Monmany: "Unas emocionantes aventuras, ambientadas entre los
años 20 y 30 del pasado siglo, de un desenfrenado y desgarrado
lirismo, entre el más puro Dickens y un encendido y ávido Turguéniev,
que se abren camino sin cesar entre la tragedia y el humor,
entre un loco y frenético hambre de vida y sobrevivencia y la
toma de conciencia de las injusticias y de las más espantosas
e insufribles desigualdades, en la etapa justo anterior al comienzo
de la Segunda Guerra Mundial. Un ansia de vida, de no dejarse
aplastar por los aires de tétricas crisis económicas, muerte
y represión que se extendían entonces por Europa, que simboliza
mejor que nada el rebelde grito embriagado que lanza un grupo
de cíngaros ambulantes hacia el final de esta fabulosa y desquiciada
historia, basada en hechos autobiográficos (y traducida en algunos
países, donde ha cosechado un tremendo éxito, con el título
de Un hijo del Danubio): "¡Viva la vida, nunca moriremos!""
La edición de Lúmen trae en la cubierta un retrato pintado por
Kees van Dongen en su etapa expresionista. La novela, con la
dedicatoria "A mi madre", arranca con el capítulo titulado 'Yo
y el apuesto señorito':
Mi
vida empezó como una novela policíaca. Intentaron asesinarme.
Por suerte eso pasó cinco meses antes de que o naciera,
de manera que no creo que la cosa me causara mayor sobresalto.
Aunque de ser cierto lo que se rumoreaba en el pueblo, debería
haber tenido mis razones para preocuparme. Faltó bien poco
para que acabaran conmigo antes de que me hubiesen crecido
los cinco dedos con los que ahora sujeto la pluma.
Mi madre tenía apenas dieciséis años y, según todos los
indicios, ni en cuerpo ni en alma quería que yo llegara
a llamarla madre. i bien en términos generales pocas son
las jovencitas que desean disfrutar de este honor, lo que
hizo mi madre -según cuentan- fue absolutamente nauseabundo.
Se rebeló contra su inminente maternidad como poseída por
el demonio. Recurrió a los medios más reprobables y al mismo
tiempo frecuentó las iglesias: se arrodillaba, rezaba, y
luego, sin transición alguna, blasfemaba montada en cólera,
contra el santoral al completo. No quería tenerme, a buen
seguro que no lo quería.
-¡Si al menos amara al sinvergüenza de su padre! -se decía-.
Pero es que solo lo vi en una ocasión, ni siquiera sé por
dónde diablos andará ahora.
Así fue, en efecto…
Dice
Monmany en su reseña que János Székely (Budapest, 1901-Berlín,
1958) nació en el seno de una humilde familia y fue "guionista
del cine expresionista en el Berlín de los años 20 y más tarde
guionista para Ernst Lubitsch en Hollywood, en películas como
Desire, protagonizada por Marlene Dietrich y Gary Cooper,
enlaza con una secreta línea o tradición de algunos de los
más geniales hijos descarriados de este mítico Danubio, que
compartieron en su día unos miserables orígenes superados
tan sólo con titánicas luchas personales. Ese es el caso del
legendario poeta nacional húngaro Attila József, huérfano
y vagabundo, criado en la más total indigencia, que ejercería
los más diversos oficios, o del igualmente magnífico cuentista
Panaït Istrati, hijo de una lavandera rumana y de un contrabandista
griego. Algo que nos ilustra bastante al adentrarnos en la
apasionante y descabellada lucha por la vida del pequeño héroe
protagonista de Tentación, Béla. Alguien que dirá en sus recuerdos
de infancia y adolescencia: "Crecí como la maleza y la mala
hierba, igual de resistente"".
Pero donde van a encontrar datos a cerca de la vida y obra
de … es en el blog 'Flexiones
y reflexiones' de Ivo Von Menzel, una página que no
deben dejar de leer y de la que como muestra tomo los siguientes
párrafos:
Nacido
el 7 de julio de 1901 en Budapest en el seno de una familia
humilde tuvo una infancia dickensiana (y que después trasladó
a su novelística): huérfano de padre a los pocos años tuvo
que ayudar a su madre a tirar adelante la frágil economía
doméstica.
Con quince años ya publicaba poesía, pero los redactores
no lo conocían en persona, pues no tenía unos pantalones
largos para acudir a las entrevistas (¡cómo ha cambiado
el mundo: hoy hasta los obispos van en bermudas!).
De tendencia pacifista y antibélica, con la llegada del
almirante Horthy (el único y surrealista caso de un país
sin mar con un almirante como caudillo) a Hungría (Hungría
pasaba de estar en la cárcel de los pueblos, tal como denominaban
los nacionalistas la monarquía danubiana a convertirse en
un infierno para los espíritus libres), Székely emigró en
1919 primero a Viena y después a Berlín (la típica ruta
de la emigración europea: Viena-Berlín-París-Nueva York).
En los trenes de cercanías de Berlín, donde seguramente
se cruzó con el mago ruso Nabokov, escribía sus poemas,
relatos y piezas teatrales. Y en Berlín tomó contacto con
la potente industria cinematográfica, firmando el guión
para la película Namenlose Helden (Héroes anónimos) de Kurt
Bernhardt, protagonizada por la famosa actriz berlinesa
Lilli Schoenborn.
En 1928 entró a trabajar para la UFA y escribió guiones
para directores como Erich Pommer, Hans Schwarz y Johannes
Meyer, hasta que en 1934 lo fichó el mismísimo Ernst Lubitsch
y se lo llevó a Hollywood para trabajar en el guión de un
película de Frank Borzage, Desire, con Marlene Dietrich
y Gary Cooper.
Así
describe Monmany el ambiente de 'Tentación': "Una salvaje
inflación y crisis sin precedentes ha echado a la calle a
hordas de parados y pequeños delincuentes hambrientos que
peinan toda la ciudad buscando algo que echarse a la boca,
con el miedo diario a ser desahuciados junto a sus familias.
Al mismo tiempo, los fascistas locales, admiradores de un
debutante Hitler, parecen estarse preparando para algo "más
grande", que aún pocos sospechan, como dirá Béla, provocando
de momento tan sólo una incrédula "sonrisa de sus futuras
víctimas". La novela finalizará con el pequeño héroe embarcado
hacia los Estados Unidos."
Victor
Serge. El caso Tuláyev.
Alfaguara. 19,50 euros.
A Serguei Mirónovich Kirov, uno de los históricos de la revolución
bolchevique, se le consideraba el posible sucesor de Stalin,
según la Wikipedia, 'el papaíto' empezó a preocuparse por el
poder cada vez mayor que Kirov adquiría, y en el Congreso del
PCUS de 1934, en la elección del nuevo Comité Central, "Kirov
recibió tres votos negativos, resultando en el candidato menos
rechazado, en contraste con el propio Stalin que recibió 292
votos negativos, siendo el menos popular", y como cuenta David
Huerta "Kirov había sido ovacionado por su política relativamente
conciliadora", poco después Stalin "le pidió a Kirov que fuera
a Moscú a trabajar directamente con él, pero Kirov se negó,
incrementando el resentimiento de Stalin". El 1 de diciembre
Kirov es asesinado en Leningrado por un funcionario llamado
Nicolaiev, al que inmediatamente se le acusó de ser al brazo
ejecutor de Trotsky (en el exilio), el asesinato de Kirov desencadenó
de manera inmediata 117 ejecuciones. ¿Recuerdan?, lo comentamos
en la pasada Agenda de Libros, al comentar las memorias de Anna
Lárina, 'Lo que no puedo olvidar' (Galaxia Gutenberg/Círculo
de lectores), Bujarin, el hijo de la revolución, fue uno de
los ejecutados por el caso Kirov.
Del asesinato de Kirov se barajan, a día de hoy dos teorías
que David Huerta (el traductor de la novela que nos ocupa, en
un magnífico artículo titulado Disparos
en el Báltico, léanlo) nos explica. De un lado, la más
que probable de la conspiración: "Después de la muerte de Stalin
el 5 de marzo de 1953, el sucesor del dictador, Nikita Jruchov,
ordenó en 1956 una investigación a fondo acerca del asesinato
de Kirov. Pero cuando leyó los informes de la comisión -refiere
Roy Medvedev- se limitó a decir: "Mientras exista el imperialismo
en el mundo, no seremos capaces de publicar este documento".
En julio de 1989, sin embargo, la revista soviética Ogonyok
publicó un extracto de las memorias de Jruchov en las que afirmaba
lo siguiente acerca del Caso Kirov: "Este asesinato fue organizado
desde arriba. Considero que fue organizado por Yagoda, que sólo
pudo actuar por instrucciones secretas de Stalin, recibidas,
como se dice, cara a cara"", cuando Nikolaiev -según nos sigue
contando David Huerta- fue conducido ante Stalin, cayó de rodillas
y confesó haber actuado "bajo órdenes y en nombre del partido".
La otra teoría es la del iluminado solitario, que se apoya en
el testimonio del sobrino del dictador, Vladimir Aliluyev, quien
afirmó que "nunca se vio a su tío en tal estado de alteración
como cuando se enteró de aquella muerte (…), a Stalin 'le preocupaba'
que se relacionara el crimen con su nombre".
El escritor Victor Serge (1890-1947) recreó el Caso Kirov en
la novela titulada 'El caso Tuláyev', y la teoría del
iluminado solitario -nos dice Huerta- es la tesis que recorre
su novela de punta a punta, si bien Serge no olvida nunca "el
sangriento botín que Stalin se allegó manipulando la muerte
de Kirov en su beneficio", la excusa para desatar el terror.
Sinopsis: En una helada noche moscovita, el camarada Tuláyev,
un alto cargo del Gobierno, muere de un disparo en plena calle.
Comienza la búsqueda del asesino. La investigación, llevada
a cabo en el contexto del Gran Terror soviético, se realiza
por todo el mundo e implica a una serie de sospechosos cuya
única relación es su inocencia, al menos del crimen que se les
imputa.
Y así arranca la novela, el primer capítulo titulado 'Los cometas
nacen de la noche':
Durante
varias semanas, Kostia había estado pensando en comprarse
un par de zapatos, cuando un impulso repentino, del que
él mismo se asombró, alteró todos sus cálculos. Privándose
de cigarrillos, de cine, y cada tercera jornada del almuerzo
de mediodía, ahorraría en seis semanas los ciento cuarenta
rublos necesarios para la adquisición de unos buenos botines
que la amable vendedora de una tienda de artículos de ocasión
prometía reservarle "discretamente". Andaba, mientras tanto,
de buen humor, sobre suelas de cartón que renovaba todas
las noches. Por suerte, el clima era seco. Ya rico, con
setenta rublos, Kostia fue a ver, por puro gusto, sus futuros
zapatos, medio escondidos en la obscuridad de un estante,
detrás de viejos samovares de cobre, una pila de estuches
de binoculares, una tetera china, una caja de conchas marinas
sobre la que se destacaba en azul celeste el golfo de Nápoles...
Un par de botas reales, de cuero suave, ocupaban el lugar
de honor del estante: ¡cuatrocientos rublos, imagínese!
Algunos hombres en raídos gabanes se relamían frente a ellas.
"Quédese tranquilo", le dijo la vendedorcita a Kostia, "sus
botines están allí, no se preocupe...". Le sonrió: era una
chica de cabello castaño, de ojos hundidos, con dientes
disparejos pero bonitos, con labios... ¿cómo describir los
labios? "Tienes los labios encantados", pensó Kostia, mirándola
directamente a la cara, sin timidez, aunque jamás se hubiera
atrevido a decir lo que pensaba. Durante un instante retenida
por esos ojos hundidos, que tenían un color entre el verde
y el azul de ciertos bibelots chinos expuestos en la vitrina
del mostrador, la mirada de Kostia vagó después sobre las
joyas, las plegaderas, los relojes, las tabaqueras y demás
antiguallas, hasta detenerse por azar en un pequeño retrato
de mujer enmarcado en ébano, tan pequeño que cabía en la
mano...
-¿Cuánto cuesta? -preguntó Kostia con una voz sorprendida.
-Setenta rublos. Es caro, en verdad -respondieron los labios
encantados.
Las manos igualmente encantadas se deshicieron de un brocado
rojo y oro que dejaron sobre el mostrador y sacaron la miniatura.
Kostia la cogió, conmovido de tener entre sus dedos regordetes
y no muy limpios esta imagen, esta imagen viviente, esta
imagen extraordinaria más todavía que viviente, este minúsculo
rectángulo negro que enmarcaba una cabeza rubia ceñida por
una diadema, un bello rostro ovalado de ojos despiertos,
de una dulzura, de una fuerza, de un misterio sin fondo.
-La compro -dijo Kostia sordamente, sin escucharse a sí
mismo.
A
Serge le apadrinan algunos de los más grandes escritores,
como por ejemplo Octavio Paz: "Serge fue para mí un ejemplo
de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia
moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí
que la política no es sólo acción sino participación". John
Berger: "No conozco a ningún otro escritor que pueda en verdad
compararse con Victor Serge. La esencia del hombre y de sus
libros está en su postura frente a la verdad. Para Serge el
valor de la verdad se extendía mucho más allá de su narración
simple (o compleja)". León Trosky: "Victor Serge, que ha pasado
en la URSS por todas las etapas de la represión, trajo a Occidente
su terrible mensaje de los que son torturados por su fidelidad
a la revolución".
Esta novela, la más emblemática de Serge, lleva varios meses
vendiéndose en las librerías, y dada su importancia (a mi
juicio debía haberse presentado como uno de los acontecimientos
editoriales de la temporada) me ha extrañado que haya llegado
de puntillas, como si al contrario que Galaxia Gutemberg,
con 'Vida y Destino' de Daviod Grossman, el equipo editor
de Alfaguara no mostrara mucha ilusión hacia este producto
y hubieran querido únicamente añadir a su colección un toque
de calidad. La edición trae una introducción de Susan Sontag,
la intelectual que en esta nuestra Agenda ya no es necesario
presentar, que a mi entender nos aclara con creces el porqué
de tal sigilo. Su introducción comienza así: "¿Cómo explicar
la oscuridad de uno de los héroes éticos y literarios más
imponentes del siglo XX: Victor Serge? ¿Cómo dar cuenta de
la desatención de El caso Tuláyev, una novela maravillosa
que sigue siendo redescubierta y olvidada de nuevo desde su
publicación, un año después de la muerte de Serge en 1947?",
y Sontag va apuntando las claves: "¿Será porque ningún país
puede reclamarlo? "Un exiliado político de nacimiento": de
ese modo Serge (nombre real: Victor Lvovich Kibalchich) se
describía a sí mismo", o "¿Será Porque no fue un escritor
-según el modelo popular- comprometido de modo intermitente
en la lucha y la política partidista, como Silone, Camus,
Koestler y Orwell, sino un activista y agitador de toda la
vida?", ¿Porque la mayor parte de lo que escribió no pertenece
a la literatura? Serge comenzó a escribir narrativa -su primera
novela, Los hombres en la cárcel- cuando tenía 39 años. Lo
precedían más de veinte años de dedicación a obras especializadas
de valoración histórica y análisis político y a una profusión
de brillante periodismo político y cultural", o "¿Porque siguió
hasta el final identificándose con un revolucionario, vocación
hoy día tan desprestigiada en el mundo próspero? ¿Será porque,
de un modo inverosímil, persistió en albergar esperanzas...
aún? "Atrás queda -escribió en 1943 en Memorias de mundos
desaparecidos- una revolución victoriosa descaminada, diversos
intentos de revoluciones abortadas y masacres tan abundantes
que provocan un cierto vértigo"", o ¿será porque "a pesar
del cerco y la derrota, su obra literaria se rehusó a llevar
la esperada carga melancólica? Su carácter indomable no resulta
tan atractivo para nosotros como el de una impresión más angustiada".
Aquí
disponen de la introducción de Susan Sontag.
Compren la novela, y sobre todo léanla. Les dejo con un hermoso
y significativo pasaje que el traductor, David Huerta, ha
elegido del libro, es cuando uno de los personajes discurre
sobre el presente y el futuro del socialismo, así como aquello
que denominamos el Sistema:
-La
máquina -dijo Filatov- debe funcionar irreprochablemente.
Que aplaste a los que se atraviesan en el camino es inhumano,
pero esa es la ley universal. El obrero debe conocer las
entrañas de la máquina. En el futuro habrá máquinas luminosas
y transparentes que la mirada del hombre atravesará de un
lado a otro. Eso será la inocencia de las máquinas, semejante
a la inocencia del cielo. La ley humana será pura como la
ley de la astrofísica. Nadie será entonces aplastado. Nadie
tendrá ya necesidad de piedad. Pero ahora, camarada Romáshkin,
hace falta la piedad todavía. Las máquinas están llenas
de tinieblas; nosotros no sabemos nunca qué pasa. No me
gustan las sentencias secretas, las ejecuciones en los sótanos,
la mecánica de los complots. Tú entiendes: siempre hay dos
complots, el positivo y el negativo. ¿Cómo saber cuál es
el de los justos, cuál es el de los culpables? ¿Cómo saber
si hay que tener piedad, si hay que ser despiadado? ¿Cómo
lo sabremos nosotros, entonces, cuando los hombres del poder
pierden ellos mismos la cabeza, como es evidente?
Fiodor
M. Dostoievski. Diario de un escritor.
Alba. 32 €.
Si yo no hubiese leído ya la selección que de 'Diario de
un escritor' publicó Espasa-Calpe en 1960, no se me ocurriría
acercarme a esta obra tras leer la reseña que se le dedica en
ABCD. Aunque hay en ella párrafos correctos, como por ejemplo:
"En este libro, sin duda el más personal de los suyos, afloran
todos los temas dostoievskianos: la conciencia inapelable y
las raíces del pueblo, la vergüenza y la infancia, la inmortalidad,
la demencia y sus causas, los procesos judiciales y, sobre todo,
el suicidio, que constituyó una auténtica obsesión para él".
Cuando Dostoievski emprende su 'Diario de un escritor' es un
autor maduro que ya ha dado a la imprenta Crimen y Castigo
(1865), El jugador (1865), El idiota (1868)
y Los demonios (1871). En 1873 Dostoievski comienza el
'Diario…' como una sección en el semanario reaccionario Grazhdanin,
semanario de su protector y editor el príncipe Meshcherskii.
En el 'Diario…' se encuentra lo esencial del pensamiento del
genial escritor, a pesar de que confiese: "Cuando me pongo a
escribir tengo (por lo menos) diez o quince temas. De todos
modos, aparto involuntariamente mis temas preferidos. Ocuparían
demasiado espacio, exigirían demasiado ardor por mi parte… y,
de esta forma, no escribo lo que me gusta. Por otro lado, me
he figurado con demasiada ingenuidad que se trataría de un verdadero
'Diario'. Un verdadero 'Diario' es imposible; sólo se puede
componer un diario artificioso, para el público…".
En las distintas entregas, Dostoievski nos hablará de todo cuanto
le parezca significativo, desde el feminismo ("Una de nuestras
grandes esperanzas, una de las garantías de nuestra resurrección,
es la mujer rusa… El carácter de sus reivindicaciones es claro,
franco e intrépido"), Don Quijote, las Guerras Carlistas, el
destino paneuropeo y panmundial de Rusia, la guerra ("La guerra
refresca el aire que respiramos y en el cual nos ahogábamos,
enfermos de descomposición y de marasmo espiritual").
Voy a basar este comentario en un capítulo del libro Dostoyevski
(Destino) del novelista, historiador y biógrafo Henry Troyat,
que murió el año pasado, sirva también de homenaje a él. Dice
Troyat:
El
Diario de un Escritor no es solamente un manifiesto
político, social y religioso. Contiene también varios artículos
en los que Dostoyevski anota rápidamente sus impresiones
sobre un proceso criminal, o sobre una visita al Hospicio
de los Niños Hallados, o sobre un poema de Nekrasov.
Relata sus recuerdos de infancia. Habla de los escritores
que conoció antaño y que se van, uno tras otro, dejándole
solo…
Se le ocurre también publicar fantasías macabras, como Bobock,
que es un diálogo de los muertos en un cementerio, o cuentos
admirables como El sueño de un hombre ridículo y
La sumisa.
El hombre ridículo se ve, en sueños, transportado a un planeta
misterioso, que le parece el paraíso. La naturaleza es allí
acogedora. Los seres son buenos, alegres, sencillos y perfectamente
juiciosos. El extranjero se encarga de corromperlos. Les
enseña la tristeza, la vergüenza, el crimen y la ciencia.
El paraíso se transforma en infierno. Y, cuando el hombre
ridículo trata de devolver a los "hijos del sol" su antigua
felicidad, "se contentan con reírse sarcásticamente" y le
toman por un místico loco.
Las
entregas del Diario fueron un éxito rotundo, algunas
se reeditaron hasta cinco veces, Dostoievski alcanzó tal ascendiente
sobre los lectores que éstos le inundaron de cartas. El escritor
comenta: "He recibido centenares de cartas de todos los rincones
de Rusia, y he aprendido muchas cosas que no sabía. Nunca
hubiera podido creer antes que existiera en nuestra sociedad
tal número de personas que compartiesen mis ideas".
Troyat, en la biografía antes citada, nos cuenta: "Aunque
tenía pocos ratos libres, Dostoyevski contestaba a todas las
cartas, y hasta se encargaba de todos los recados. Una joven
le escribe que no quiere a su novio y que le gustaría seguir
sus estudios. Inmediatamente, le proporciona la protección
de una persona influyente: "Dadas sus aspiraciones, es imposible
que se convierta usted en la mujer de un comerciante… Es preciso
que no mutile su vida a ningún precio. Si no le ama usted,
no se case con él. Si quiere, escríbame más…"".
Voy a copiarles varios párrafos, por si alguien no ha leído
aún a Dostoievski, petenecen al capítulo titulado 'El sueño
de un hombre extraño':
Soy
un hombre extraño. Ahora me tratan de loco; pero esto sería
para mí una especie de ascenso, si no continuase siendo
el mismo hombre 'extraño' que antes.
Preciso es decir que ya no me enfado con las bromas que
me gastan. Al contrario, más bien me divierte el que se
burlen de mí. Y hasta me reiría de buena gana con ellos,
si no experimentase cierta tristeza al ver que los que de
mí se burlan ignoran la Verdad, y yo, en cambio, la conozco.
¡Oh qué triste resulta ser el único que conoce la Verdad!
¡Y pensar que ellos no podrán conocerla nunca! ¡Oh, no,
no podrán conocerla!...
Antes, cuando aún no conocía la Verdad, sufría mucho al
considerar que a todo el mundo le parecía un hombre 'extraño'.
¡Oh! No es que lo pareciese, sino que lo era. Había sido
'extraño' desde mi nacimiento, lo sabía desde que tuve uso
de razón, tal vez desde los siete años, quizá aún antes
de ir al colegio…
¡Un
genio!
|
|
| |
BABELIA
(EL PAÍS)
|
| |
|
James
Agee. Una muerte en la familia.
Alianza. 22 €
Para
los aficionados al cine Agee es el autor de los guiones de
'La reina de África' y 'La noche del cazador'. Los aficionados
a la fotografía seguramente le descubrieron en el trabajo
que editó Seis Barral: 'Elogiemos ahora a hombres famosos'
en la que junto al fotógrafo Walter Evans, en el verano de
1936, por encargo del Gobierno Federal, diseccionan las condiciones
de vida de tres familias de campesinos algodoneros de Alabama.
Como novelista destaca con 'Una muerte en la familia',
que publicada un año después de su muerte mereció el Pulitzer
de literatura de 1958. En castellano ya la había publicada
Edhasa en 1970, una edición que tengo en mi librería, pero
al comparar las traducciones, me he inclinado por la de Carmen
Criado para Alianza, así que no he podido evitar hacerme también
con ella.
¿Quién es el autor de la reseña de Babelia? José María Guelbenzu,
y la comienza así: "Pocas novelas hay en la literatura norteamericana
del siglo XX que puedan medirse con ésta. Para nuestra desgracia
como lectores, es novela única de su autor, si exceptuamos
una nouvelle titulada The morning watch. A James Agee no le
dio tiempo a escribir más porque murió a la edad de 45 años
de un ataque al corazón en un taxi en Nueva York. También
es cierto que su registro creativo fue tan amplio que sólo
puso unos pocos ejemplos de su marca en campos muy distintos,
trabajos que hoy reputamos como maestros, pues era un creador
tan disperso como genial". Lean la reseña de Guelbenzu que
lleva por título 'Elogiemos
ahora a Agee'. Yo me voy a permitir extraer algunos
párrafos. Empezaré por su visión del argumento: "El protagonista
de la novela es un niño llamado Rufus (su segundo nombre era
ése) y cuenta la muerte de su padre en un accidente de automóvil,
tal como le ocurrió a él mismo en la realidad. (…) La novela
es el relato del hueco que deja en una familia de clase media
norteamericana la muerte del padre. Transcurre en el verano
de 1915 y, por su asunto, recuerda otra novela de reciente
éxito en España: Vinieron como golondrinas, de William
Maxwell, que transcurre casi en las mismas fechas. Sin embargo,
aunque ambas poseen una notable vena lírica, la de Agee es
más potente y honda que la de Maxwell. La novela de Agee transcurre
en los días inmediatos ante y post mórtem y se ciñe a la cotidianidad
vital de la familia. Se divide en dos secciones: la que cuenta
el suceso desde el momento en que el padre recibe la noticia
que le hace ponerse en camino por una emergencia familiar
hasta el día del entierro; y la que toma a Rufus como directo
referente narrativo, que va impresa en cursiva".
Guelbenzu considera muy audaz la parte en cursiva, pues "Agee
-que, sin duda, conocía la obra de Joyce- o bien juega con
las voces narrativas para crear un espléndido nudo de sentimientos
en el primer bloque o bien, como en el segundo bloque, logra
crear una representación de la inocencia y la malicia infantiles,
del encuentro en el tiempo que supone la visita a la tatarabuela
y del viaje familiar que desemboca en un controvertido y sencillo
engaño de sus tíos; esos dos bloques son una representación
prodigiosa de la mente de un niño ante la realidad inmediata".
La novela comienza:
Aquella
noche durante la cena, como tantas otras veces, dijo su
padre:
-¿Y si fuéramos al cine?
-¡Oh, Jay! -dijo su madre-. ¡Ese horrible hombrecillo!
-¿Qué tiene de malo? -preguntó su padre, no porque no supiera
lo que iba a decir, sino para que lo dijera.
-¡Es tan desagradable! -dijo ella, como siempre-. ¡Tan vulgar!
¡Con ese bastón tan desagradable, levantando faldas y todo
tipo de cosas, y con esos andares tan desagradables!
Su padre se echó a reír, como siempre, y Rufus pensó que
aquello se había convertido en una broma vacía, pero, como
siempre, la risa le alegró; sentía que reír le unía a su
padre.
Rodeados de una claridad nacarada, fueron andando al centro,
hasta el Majestic, y, a la luz de la pantalla, encontraron
sus asientos en medio de un estimulante olor a tabaco rancio,
a sudor maloliente, a perfume y a calzoncillos sucios mientras
el piano tocaba una música rápida y los caballos al galope
levantaban una grandiosa bandera de polvo…
Lean
este otro, pág. 95:
Cada
vez que sentía las miradas de todos especialmente fijas
en él, se acercaba a su madre de nuevo, y la abrazaba, y
estrechaba su cabeza contra su pecho, y trataba de decirle
cosas que le hicieran llorar, y cada vez que lo hacía, la
voz de su madre sonaba un poco más lejana, y su rostro parecía
un poco más viejo y más ajado, y él era cada vez más consciente
de las miradas fijas en él y de los pensamientos que había
tras esas miradas, y cada vez se apartaba de su madre como
si sólo pudiera soportar dejar de consolarla un momento
porque había cosas más importantes a las que debía atender,
asuntos de vida o muerte de los que únicamente podía ocuparse
él, el hijo, el hombre de la familia, ahora que su padre
yacía allí tan cerca de la muerte. Pero no había otra cosa
que hacer más que esperar al médico…
Agee
es uno de los autores que quiero como padre.
Julien
Gracq. A lo largo del camino.
Acantilado. 18 €
El
pasado 22 de diciembre moría, a los 97 años, en su casa de Angers,
Julian Gracq. Se ha escrito estos días -lo ha hecho José María
Lassalle en ABCD- que su muerte nos priva "de uno de los intelectuales
de referencia que aún daban lustre a la cultura europea". También
se ha señalado que murió como vivió, "alejado de todos y especialmente
del bullicio del mundillo literario parisino" (El Periódico
de Barcelona). Rechazó el Goncourt en 1951, y rechazó una invitación
del presidente Mitterrand que recibía en el Elíseo a la Reina
de Inglaterra, rechazos que le granjearon fama de "salvaje".
Sin embargo, una nota de agencia, recoge el testimonio de una
vecina, una tal Françoise de 78 años, que le describe así: "era
de una modestia y de una cortesía de otro siglo". Vivía, desde
hacía décadas, recluido en Angers, la antigua capital de Anjou,
ciudad clasificada como patrimonio de la UNESCO, situada sobre
la rivera del Maine, cruce de caminos entre París y su Bretaña
natal.
A Gracq me lo descubrió, como a otros autores esenciales, José
María Guelbenzu, en una reseña memorable con motivo de la aparición
en castellano, en 1988, de 'El mar de las Sirtes' (Galaxia
Gutenbwerg / Círculo de lectores), la reseña se titulaba 'Una
Obra Maestra de Julien Gracq', Guelbenzu la describía: "una
obra única y un texto de belleza incomparable. Es maestra porque
contiene una enseñanza que se manifiesta en términos estrictamente
literarios; es única porque es por igual singular y original
entre sus contemporáneos; es incomparable porque no necesita
comparación para distinguirse. En esta época, en que se contrapone
la novela "que cuenta historias" a las que "se ensimisma con
el estilo", la lectura de la obra de Gracq es una lección magistral
de cómo la anécdota se embelesa con el lenguaje. En ella se
cuenta el traslado de un joven aristócrata desde la capital
de un país sumido en el sopor de la decadencia a un lugar fronterizo
-tierra bárbara, hostil y semidesértica- en el que dormita una
guerra con un país vecino que viene de tres siglos atrás. El
lugar es desolado y lejano, y para el joven Aldo -inteligente,
sensible, receptivo, pero también indolente- se convierte, primero,
en un espacio de percepción de una realidad que esconde algo
misterioso tras su aparente inanidad". Es una de las novelas
que no debería faltar en sus librerías. Leemos en sus primeras
páginas:
Tiene
un gran encanto el dejar una ciudad que nos es familiar
muy de mañana y sin saber que destino llevamos. Nada se
movía aún en las calles soñolientas de Orsenna; por encima
de los muros ciegos se abrían con mayor amplitud los grandes
abanicos de las palmas; sonaba la hora en la catedral despertando
una vibración sorda y atenta en las viejas fachadas. Corríamos
a lo largo de calles conocidas y ajenas ya por todo cuanto
su dirección parecía elegir con tanta firmeza para mí en
una lejanía aún indefinida. No me pesaba aquella despedida:
no paraba de saborear el aire ácido y el placer con ojos
despiertos, lejanos ya en medio de oda aquella somnolencia
confusa; salíamos a la hora reglamentaria. Desfilaron sin
atractivo los huertos de los suburbios; un aire glacial
se estancaba sobre los campos húmedos; me acurruqué al fondo
del coche y empecé a examinar con curiosidad el contenido
de una voluminosa cartera de piel que había recogido el
día antes en la Cancillería al ir a prestar juramento. Tenía
entre mis manos una prueba concreta de mi nueva importancia;
era muy joven aún para no experimentar un gozo casi infantil
al sopesarla…
Nos
vamos a fijar en este modo tan íntimo de describir el paisaje,
y en el viajero, en otra de sus novelas, igualmente recomendable,
'El castillo de Argol' (Siruela), novela gótica, que arranca
así:
Aunque
la campiña estuviese odavía caliente por todo el sol de
la tarde, Albert tomó la larga ruta que llevaba a Argol.
Se resguardó a la sombra ya crecida de los majuelos y se
puso en camino.
Quería concederse una hora todavía para saborear la angustia
del azar. Un mes antes había comprado la casa solariega
de Argol, sus bosques, sus campos y sus dependencias…
En
su contraportada leemos: "El castillo se alzaba en la extremidad
de un espolón rocoso. Espesas masas de helechos de la altura
de un hombre bordeaban el sendero. Cuando el joven Albert,
último vástago de una familia noble y rica, rebasó la puerta,
ya el destino había dispuesto el juego perverso que culminaría
en un triángulo sobrecogedor. Pronto, un mensaje le anuncia
la llegada de su amigo Herminien, ángel negro y fraterno,
y de Heide, mujer de belleza radiante, a la vez infernal y
divina."
Nos encontramos una situación semejante, el viaje de un protagonista
a un destino incierto, en otra de sus novelas traducidas al
castellano, 'Los ojos del bosque' (Mondadori / DeBolsillo),
en cuyo prólogo, Enrique Vila-Matas confiesa: "La verdad es
que no ceso de recibir lecciones de entereza literaria a cada
momento (…) Gracq es interminable. Cuanto más me adentro en
su hierática obra de prosa señorial y brillante pensamiento
medieval, más fascinado y sorprendido me encuentro por el
mundo de este clásico en vida". Una novela que comienza:
Una
vez que su tren hubo atravesado los suburbios y humaredas
de Charleville, al alférez Grange le parecvió que la fealdad
del mundo se disipaba: advirtió que ya no tenía ni una sola
casa a la vista. El tren, que seguía el lento curso del
río, se internaba primero por entre mediocres contrafuertes
de lomas cubiertas de helechos y aulagas. Después, a cada
curva del río, el valle se iba abriendo camino mientras
el ruido del tren repercutía en el seno de la soledad contra
los acantilados y un viento crudo, cortante ya en el atardecer
otoñal, le refrescaba el rostro al asomar la cabeza por
la puerta del vagón…
Es
Vila-Matas quien nos ha traído a la cabecera de su artículo
en babelia, la última publicación en castellano de Julien
Gracq, 'A lo largo del camino', libro misceláneo que
el propio Gracq nos presenta: "El camino al que se refieren
las notas que forman este libro es por supuesto el que atraviesa
y enlaza los paisajes de la tierra. Es también, algunas veces,
el del sueño, y a menudo el de la memoria, la mía y también
la memoria colectiva, a veces la más lejana: la historia,
y por eso es también el de la lectura y el del arte".
Aun que en realidad la reseña de Vila-Matas es un bello y
lúcido canto de admiración a 'El mar de las Sirtes',
léanla aquí,
no se la pierdan, entre otras cosas dice: "Le creíamos anticuado
y es el más moderno de todos, es el porvenir. (…) Cuanto más
descubrimos lo muy contemporánea que es El mar de las Sirtes,
más comenzamos a explicarnos las reacciones de estupor o de
altivo menosprecio que pudieron provocar sus 'bacterias literarias'
entre los supuestos genios que triunfaban por aquellos días
de 1951 -eran los tiempos modernos de Sartre y compañía- en
que apareció el 'anticuado' libro de Gracq y fue premiado
con un Goncourt que el escritor rechazó".
Les copio unos fragmentos de 'A lo largo del camino':
Una
atracción sin violencia, pero difícil de resistir, me lleva
año tras año, más y más, hacia las altas superficies desnudas
-basálticas o calcáreas- del centro y del sur del Macizo:
el Aubrac, el Cézallier, las mesetas y los Causses. Todo
lo que de integralmente exótico subsiste en el paisaje francés
me parece siempre que se acantona allí: es como un trozo
de continente pelado y bruscamente emergido que formara
una superficie por encima de los sempiternos campos boscosos
que constituyen la banalidad de nuestro terruño.
El exotismo, que ha desaparecido tanto de la literatura
como de la realidad del turismo con la expansión ecuménica
de la civilización occidental, el advenimiento universal
de los bloques de viviendas protegidas, el transistor y
la botella de Coca-Cola, continúa llevando para los aficionados
contumaces una vida larvaria en los recodos y retiros de
cada civilización, igual que en la época de las expansiones
glaciares quedó enterrada in situ la vida residual de las
cavernas…
Algo que lamento es no haber cultivado nunca la memoria
del sueño, que ciertamente se ejercita, y que permite anotar
algunas de las peripecias de los sueños, que, como se sabe,
se evaporan al primer rayo de sol, y participan al menos
del carácter de don absoluto del maná por ser tan poco aptos
para su conservación…
Comiencen
por cualquiera de las tres novelas antes citadas, este libro
de paisajes y reflexiones sólo se lo recomiendo a los espíritus
ya curtidos en Gracq, aquellos que ya se han diluido en su
palabra.
Antonio
Moresco. La cebolla. Melusina.
10 €
Confieso
que no conocía a Antonio Moresco (Mantua, 1947), un escritor
de culto en Italia, que antes de dedicarse a la literatura militó
en las filas de la extrema izquierda y participó activamente
en la vida política de los años setenta. Pero esta perturbadora
novela me ha conquistado, hay en ella mucho más de lo que leemos
apresuradamente, la prisa por saber, la conducción rápida de
sus frases que obliga a pasar por alto detalles si bien quedan
en la retina, una novela que tras acabarla deja un poso que
se metamorfosea en el pensamiento.
La cebolla comienza:
"Llegamos temprano a esta gran ciudad cuyo nombre no diré
mezclados con grupos de trabajadores que jugaban a las cartas
y bostezaban. El tren ya había empezado a aminorar la marcha
y antes de entrar en la estación se había inclinado un poco.
Se deslizaba despacio por los grandes puentes de mármol, se
insinuaba en los resquicios inesperados de las calles, a escasos
metros de las ventanas más altas de las casas, y se podían cruzar
miradas con quienes andaban en pijama detrás de los cristales.
Se había inclinado aún más al trazar una curva de las vías y
parecía que en cualquier momento iba a vencerse.
Me apeé con cuidado, sujetándome al tirador de la puerta, porque
los peldaños presentaban un ángulo innatural, y al pisar en
el andén experimenté por un instante una leve sensación de vértigo.
Me volví hacia ella para ayudarla a bajar".
Ese fijarse en el ángulo de los peldaños, los peldaños de los
vagones de tren que efectivamente siempre nos parecen innaturales,
imposibles para posar en ellos un pie, y ese vértigo leve que
le acomete al llegar a la ciudad, ya deberían hacernos intuir
un delirante desarrollo. Les recomiendo continuar la lectura
de este primer capítulo antes de correr a la librería a adquirirla
o encargarla, léanlo aquí
¿A qué se refiere la cebolla del título? En un primer momento
Moresco nos da la siguiente indicación:
Seguí
mirando a mi alrededor. Aquella habitación debía de haber
sido una gran cocina, estaba convencido, porque un fragmento
de calcomanía, lijada pero no completamente borrada, aún
podía verse en uno de los azulejops detrás de la cama, de
mi lado. Se distinguía una cebolla casi entera, la cual
debió haber formado parte en tiempos de un grupo heterogéneo
de hortalizas porque se reconocían un poco más abajo un
fragmento morado de berenjena y un manojo vede de perejil.
Y ciertos trazos minúsculos, visibles también en otros azulejos,
indicaban que el grupo debía repetirse con regularidad según
un sencillo esquema simétrico, un azulejo sí y tres no.
Todo llo me persuadía cada vez más de que la casera había
dividido en dos un piso de un par de habitaciones para poder
alquilarlas por separado…
Una
habitación dividida en dos, una pareja silenciosa, el narrador,
un hombre obsesionado con el sexo, dominador, que vuelve a
una ciudad de la que tuvo que huir, lo sabemos por los datos
que se van esparciendo por las páginas; la mujer, obsesionada
con pesarse en una báscula de baño, sumisa, finalmente pasiva;
y unas tortugas que se mueren. Al otro lado del tabique, otra
pareja, a la que el protagonista denomina Tato y Tata, una
pareja que habla y habla.
-Seguro
que han alquilado la habitación de al lado -me dije-, o,
más bien, la otra mitad de esta habitación…
Sí, había dos personas al otro lado, estaban murmurando
algo tras el delgado tabique.
-Seguro que tienen la cabecera de la cama pegada a la nuestra.
Otras
parejas que vienen a ver el piso, siempre coincidiendo con
la hora de comer, la construcción en el inmueble de un ascensor,
ya utilizable hacia el final de la novela. En medio de un
ambiente muy familiar para nosotros los latinos:
Nos
despertó un estruendo de alfombras sacudidas que hacía temblar
todo el edificio. Ella miró el despertador asombrada: ya
eran las siete de la mañana. Nos demoramos bajo las sábanas
entre contorsiones. Afuera, el fragor de alfombras sacudidas
era cada vez más fuerte. Una radio propagaba las canciones
de la mañana desde la esquina opuesta del bloque, en el
patio la hormigonera había comenzado a dar vueltas, un recién
nacido lloraba en uno de los pisos de arriba y la persiana
de un pequeño taller de la planta baja subió con estrépito.
Seguimos abrazados un rato más.
-Tengo que levantarme -me dijo.
Pero un instante después, arrodillado detrás de sus nalgas,
la empujaba hacia arriba levemente con cada golpe… Procuraba
que no se golpease la cabeza con los azulejos y, al mismo
tiempo, intentaba encontrar un ritmo distinto de la sacudida
de alfombras del patio.
Mientras
poco a poco irá introduciendo al lector en una historia de
amor, sexo, soledad y delirio. Sexo, sexo y sexo, con la bombilla
como testigo:
…
el armazón de la cama golpeaba contra los azulejos.Sus pies
estaban en vilo en el aire y daban saltitos. Quizá se los
estuviera observando desde abajo, recortados contra la luz
de la bombilla que colgaba desnuda del techo. (Pag. 24)
… cuando vi que se desnudaba y se disponía a depositar las
gotas de sus nalgas en la cama inclinándose hacia delante,
tendí en silencio la mano y ofrecí la palma justo cuando
se sentaba. La levanté por la espalda. Desde el techo, la
bombilla podía contemplar sin trabas el interior de su cuerpo
por todos los orificios. (Pag. 35)
Sexo
en un parque, con una farola de neón como testigo. Sexo, con
la pareja que vive y habla al otro lado del tabique, como
testigos.
Jordi Gracia, en Babelia, describía así la trama: "pesadilla
erótica, neurótica y autodestructiva. La expectativa de una
huida de amantes felices deriva hacia una sádica relación
brutalizada por el narrador protagonista, violenta y enferma
en esa cabeza que cuenta mientras construye un aislamiento
protector del mundo (…): sus angustiosas sensaciones ante
todo y contra todo, la pareja que vive al lado, las tortugas
que compra y se le mueren, la visita a ese médico que debió
serlo alguna vez del muchacho que es hoy el desequilibrado
narrador, armado de silencio y violencia para proteger su
propio ruido mental. La cebolla se pudre como se le está pudriendo
el sexo y se le está pudriendo la misma cabeza, su ser mismo,
que aspirará a dejar plantado como una semilla de desesperación
en el cuerpo (que es ya sólo vegetal) de su amante sin nombre
y sin voz".
Pero el comentario que más me ha gustado es de Nuño
Vallés, en El Confidencial:
La
pareja se recluye en una diminuta habitación, un nicho cerrado
al mundo que tiempo atrás era mayor pero la propietaria
dividió para alquilar dos estudios en vez de un apartamento.
Con ello se subraya la fragmentación del inviduo contemporáneo,
al tiempo que se acrecienta la sensación de asfixia -con
constantes alusiones al hedor genital del espacio y las
dificultades para respirar del protagonista-. El hombre
irá escalando peldaños de excitación sobre una mujer que
se vuelve más y más pasiva conforme va perdiendo interés
en la relación sexual, aumentando la tensión entre ambos
hasta el clímax final en el que la cebolla cobra protagonismo.
Ésta, en tanto que símbolo de la fecundidad y de la vida,
convertirá las patologías mentales del hombre -paranoia
y satiriasis- en lo que Da Bon denomina "codicia fecundadora",
una huida hacia delante para un personaje cuyo destino es
claramente nefasto. El mundo en el que habita es apocalíptico,
plagado de enfemedad, dolor, obsesión; la amenaza es permanente,
la salida no es posible. Su ansia autodestructiva arrastra
a su pareja y tiene en el sexo turbio un escape que es,
al tiempo, una forma de diseminar su enfermedad, de contagiar
el presente de su propia desesperanza. Su "codicia fecundadora"
será la prolongación del castigo para ambos: "mientras tanto,
en su interior, brotando de su minúsculo corazón ácido,
la cebolla comenzaba ya a formarse, le rebanaba el útero
con sus membranas carnosas, suculentas".
De
Moresco, la editorial Melusina también ha publicado 'El volcán'
(2006)
Ángel
González. 101 + 19 = 120 poemas.
Visor. 8 €.
Como
todos saben, el poeta Ángel González falleció la semana pasada,
a la edad de 82 años, y sin ninguna duda el diario El País ha
sido quien mejor le ha despedido, con una serie de semblanzas
y testimonios de amigos a los que pueden aceder aquí
En la Agenda recomendamos la antología que lanzó Visor en el
2000, aunque igualmente podíamos haber recomendado la antología
'Poemas' de Cátedra (8 €).
En el prólogo a '101 + 19 = 120 poemas', el poeta Luis
García Montero señala a Ángel González como uno de los poetas
más representativos del grupo literario del 50, pues en sus
poemas "pueden encontrarse las carácter´ñisticas más destacadas
generalmente por la crítico: verso de experiencia, vocabulario
riguroso encuadrado en un tono de conversación, interés moral
en el personaje protagonista de los poemas y toma de conciencia
estética de una geografía urbana, sin duda el telón de fondo
imprescindible para las situaciones y los sentimientos elaborados
en los poemas. Así se perfila una atmósfera común, de preocupaciones
compartidas, que sirve de alimento y soporte para las diversas
tareas propias, para el desarrollo peculiarizado de cada uno
de los poetas en sus personales operaciones de escritura". Y
continúa García Montero: "El lector de Ángel González penetra
al abrir sus libros en un mundo coherente, singularizado, en
el que se respira una luz, una manera de observar las cosas,
vivirlas y contarlas. Varios elementos reincidentes aseguran
el diseño acoplado de este territorio personal (…): el protagonismo
de un personaje moral cómplice y tierno, la libertad imaginativa,
el ueos multiforme de la ironía, la preocupación por la entidad
y las situaciones históricas de la posía y un sedimento de paciente
vitalismo que, por debajo de la desolación, acaba valorando
el tiempo y la literatura en su curso más positivo". A continuación,
García Montero pasa a explicar la función de cada una de estas
características, un texto que pueden seguir en la antología
de Visor, con poemas seleccionados por el propio Ángel González,
y que pueden leer completo aquí
'Impresión de Ángel González':
CUMPLEAÑOS
Yo lo noto: cómo me voy volviendo menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire cotidiano, burdo jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños Yo comprendo: he vivido un año más,
y eso es muy duro. ¡Mover el corazón todos los días casi
cien veces por minuto! Para vivir un año es necesario morirse
muchas veces mucho
OTRO TIEMPO VENDRÁ...
Otro tiempo vendrá distinto a éste. Y alguien dirá: "Hablaste
mal. Debiste haber contado otras historias: violines estirándose
indolentes en una noche densa de perfumes, bellas palabras
calificativas para expresar amor ilimitado, amor al fin
sobre las cosas todas." Pero hoy, cuando es la luz del alba
como la espuma sucia de un día anticipadamente inútil, estoy
aquí, insomne, fatigado, velando mis armas derrotadas, y
canto todo lo que perdí: por lo que muero.
MIENTRAS TÚ EXISTAS
Mientras tú existas, mientras mi mirada te busque más allá
de las colinas, mientras nada me llene el corazón, si no
es tu imagen, y haya una remota posibilidad de que estés
viva en algún sitio, iluminada por una luz cualquiera...
Mientras yo presienta que eres y te llamas así, con ese
nombre tuyo tan pequeño, seguiré como ahora, amada mía,
transido de distancia, bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
|
|
| |
EL
CULTURAL (EL MUNDO)
|
| |
Simone
de Beauvoir. El segundo sexo.
Cátedra. 30, 90 €
Lourdes Ventura nos recuerda en El Cultural que el 9 de enero
Simone de Beauvoir hubiera cumplido cien años, y señala su
obra El segundo sexo como la "reflexión que modificó el rumbo
de los debates de emancipación de las mujeres, al extremo
de que los estudios de género contemporáneos, y gran parte
de la base teórica del feminismo, no serían lo mismo sin esta
obra".
"He vacilado largamente -escribe Simone en la introducción-
antes de escribir un libro sobre la mujer. El tema es irritante,
sobre todo para las mujeres, y no es novedoso".
Este libro, nos dice Lourdes Ventura, "constata que los hombres
no se cuestionan a sí mismos, mientras que la confusión ha
planeado históricamente sobre la naturaleza femenina; por
tanto, la pensadora inicia su trabajo por una pregunta esencial:
"¿Qué es una mujer?". Beauvoir propone una revisión de los
hitos que marcan la enajenación de las mujeres desde la noche
de los tiempos, para abrirse a otra cuestión fundamental:
"¿Cómo puede cumplirse un ser humano en la condición femenina?""
Señala Lourdes Ventura que aunque la voluntad de igualdad
"se había traducido en el derecho al voto de las mujeres,
aprobado en la primavera de 1944 por el gobierno provisional
de la República Francesa", en realidad, "cuando aparece El
segundo sexo, la situación general de las mujeres en toda
Europa seguía siendo de dependencia y sumisión. El impacto
persuasivo de este enunciado de la obra: "la mujer no nace;
se hace", convertido en referencia insoslayable en el desarrollo
del feminismo del siglo XX". Pueden leer su artículo pinchando
aquí
Como dice la filósofa española María Teresa López Pardina,
esta obra "constituye el estudio más completo de cuantos se
han escrito sobre la condición de la mujer".
Nos ofrece además El Cultural el testimonio de cinco escritoras
españolas acerca de la influencia que en sus vidas ha tenido
esta obra, se trata de Nuria Amat, Lola Beccaria, Elia Barceló,
Luisa Castro y Julia Navarro, unos testimonios que pueden
leer aquí
Yo voy a ofrecerles otros diferentes, que igualmente tratan
de la influencia de 'El segundo sexo' en sus vidas: el de
Margo
Glanz y el de Elena
Poniatowska. En ambas orbita el lema de la Bouvior:
"La mujer no nace, se hace".
Pero no todo fueron buenas palabras cuando se publicó. En
su libro de memorias, 'La fuerza de las cosas' (Edhasa),
Simone cuenta algunas d4e las reacciones que suscitó la publicación:
"Julien Gracq en un artículo me felicita por mi coraje… ¿Valiente?
" " "Va a perder muchos amigos" "". Si los pierdo, pensé,
no son amigos míos. De todos modos yo había escrito este libro
tal como quería escribirlo, pero ni por un instante me había
aflorado el heroísmo. Los hombres que me rodeaban: Sartre,
Bost, Merleau-Ponty, Leiris, Giacometti y los del equipo de
Temps modernes, también en ese punto eran verdaderos demócratas…"
Y más adelante: "Firmados o anónimos, recibí epigramas, cartas,
sátiras, amonestaciones, exhortaciones que me dirigían, por
ejemplo "miembros muy activos del primer sexo". Insatisfecha,
frígida, priápica, ninfómana, lesbiana, cien veces abortada,
fui todo, hasta madre clandestina. Me ofrecían curarme la
frigidez, saciar mis apetitos de gula, me prometían revelaciones
en términos groseros, pero en nombre de la verdad y la belleza,
del bien, de la santidad y hasta de la poesía indignamente
devastadas por mi… También Mauriac escribió a uno de los colaboradores
de Temps modernes: "He aprendido todo sobre la vagina de vuestra
patrona…"".
De Camus recibió unas críticas bastante reveladoras de la
personalidad del autor de 'El extranjero' (Alianza):
"Camus me acusó con algunas frases tristes, de haber ridiculizado
al macho francés… En otra ocasión nos había confesado alegremente
que no toleraba la idea de ser medido, juzgado por una mujer:
ella era el objeto, él la conciencia y la mirada: se reía,
pero es cierto que no admitía la reciprocidad. Concluyó con
un súbito acaloramiento: "Hay un argumento que deberías haber
destacado: el hombre sufre por no encontrar en la mujer una
verdadera compañía: él aspira a la igualdad…"".
Roma lo puso en el Index, la lista de libros prohibidos.
|
AA
|
|