AGENDA DE LIBROS- 23 de enero de 2008
 
  CULTURAS (LA VANGUARDIA)


Muda soledad

Viaje al interior de una mente enferma

ROBERT SALADRIGAS

De repente te llega a las manos un libro de apariencia modesta, ojeas el título, El blues de Tristán,que nada tiene que ver con el de la edición original, Le cabaret des oiseaux,más poético, identificas al autor, un tal André Bucher, nacido en Alsacia, Francia, en 1946, un nombre que ni siquiera te suena, abres por curiosidad el volumen y lees la primera frase: "Yo nací en 1982: me llamo Tristán y soy el solete solito de esta historia; un niño perdido, detenido". Y la segunda: "Pronto cumpliré los diecinueve y seré adulto, o al menos eso dicen". A partir de esa lacónica autopresentación uno ya no consigue - literalmente- esquivar la lectura; tiene la sospecha de que se le propone la historia poco convencional de un personaje de la estirpe - tal vez- de Benjy Compson, el inolvidable muchacho deficiente mental cuya voz escuchamos en el arranque de El ruido y la furia de Faulkner, narrada con el lenguaje singular y difícil, muy difícil de traducir, con que Tristán expresa su monocromática visión del mundo.

La intuición no se equivoca. Lo que exactamente ofrece El blues de Tristán es la autobiografía dramática del chico que en una granja aislada de los Alpes de la Provenza es testigo a los seis años del brutal asesinato de su madre por dos presidiarios fugados. La brutalidad de la escena afecta el desarrollo de su mente que se comunica mejor con los pájaros y los árboles que con los humanos. Los hechos son recordados por Tristán ya con diecinueve años desde la prisión, donde cumple condena por haber matado a los agresores de la segunda esposa de su padre de la que está enamorado, una joven rusa que fue obligada a prostituirse por su tío, logró al fin escapar a Francia y rehacer su vida hasta ser localizada por el pariente que pretende llevársela por la fuerza. Entre ambos episodios de violencia extrema Tristán, aovillado en su claustro de inocente mental, evoluciona con paso tardo hacia la vida adulta. Descubre sin entender - son cosas que no consigue explicarle el doctor Jourdain, el "médico de la cabeza" designado por el tribunal que instruyó el asesinato de su madre- el valor y la miseria de las relaciones humanas, la fe en un personaje entrañable como el viejo y sabio pastor Germain, la complicidad sexual con la maestra, el afán de proteger a su compañera Sandrine, el sentimiento amoroso que despierta en él Maryse, la joven madrastra que en realidad se llama Marta, que lo hayan condenado por defenderla de sus raptores o que en definitiva, cuando finalmente los portalones de la cárcel se cierran tras él, se le obligue entonces a afrontar la realidad más cruda, aquella ante la cual, como a veces sucede, "las palabras no bastan" y el silencio estruendoso del mundo absurdo de fuera de la cárcel cae a plomo sobre la rotunda y muda soledad del inocente magullado.

El libro concluye pero el lector tiene el convencimiento - real- de que la historia no acaba. Por las arterias de la sobrecogedora fábula - no se deben desdeñar sus claves metafóricas- fluye una corriente no tanto panteísta (la inocencia de la naturaleza en contraposición a lo dañino proveniente del mundo urbano) como ácrata, se diría que instigada por un hondo fatalismo y una ira casi salvaje apenas contenida. Bucher vive en una granja en Montfroc (Provenza), a más de mil metros de altitud, dedicado al cultivo ecológico y comprometido con los intereses de los campesinos. Antes, según datos biográficos, en la más pura tradición beatnik - observen su imagen- viajó sin rumbo y fue camionero, leñador, estibador, pastor... Cabe suponer, pues, que Bucher haya convertido su vida en su mejor obra. Y Tristán sea su espíritu gemelo.