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Muda soledad
Viaje al interior de una mente enferma
ROBERT SALADRIGAS
De repente te llega a las manos un libro de apariencia modesta,
ojeas el título, El blues de Tristán,que nada tiene que ver
con el de la edición original, Le cabaret des oiseaux,más
poético, identificas al autor, un tal André Bucher, nacido
en Alsacia, Francia, en 1946, un nombre que ni siquiera te
suena, abres por curiosidad el volumen y lees la primera frase:
"Yo nací en 1982: me llamo Tristán y soy el solete solito
de esta historia; un niño perdido, detenido". Y la segunda:
"Pronto cumpliré los diecinueve y seré adulto, o al menos
eso dicen". A partir de esa lacónica autopresentación uno
ya no consigue - literalmente- esquivar la lectura; tiene
la sospecha de que se le propone la historia poco convencional
de un personaje de la estirpe - tal vez- de Benjy Compson,
el inolvidable muchacho deficiente mental cuya voz escuchamos
en el arranque de El ruido y la furia de Faulkner, narrada
con el lenguaje singular y difícil, muy difícil de traducir,
con que Tristán expresa su monocromática visión del mundo.
La intuición no se equivoca. Lo que exactamente ofrece El
blues de Tristán es la autobiografía dramática del chico que
en una granja aislada de los Alpes de la Provenza es testigo
a los seis años del brutal asesinato de su madre por dos presidiarios
fugados. La brutalidad de la escena afecta el desarrollo de
su mente que se comunica mejor con los pájaros y los árboles
que con los humanos. Los hechos son recordados por Tristán
ya con diecinueve años desde la prisión, donde cumple condena
por haber matado a los agresores de la segunda esposa de su
padre de la que está enamorado, una joven rusa que fue obligada
a prostituirse por su tío, logró al fin escapar a Francia
y rehacer su vida hasta ser localizada por el pariente que
pretende llevársela por la fuerza. Entre ambos episodios de
violencia extrema Tristán, aovillado en su claustro de inocente
mental, evoluciona con paso tardo hacia la vida adulta. Descubre
sin entender - son cosas que no consigue explicarle el doctor
Jourdain, el "médico de la cabeza" designado por el tribunal
que instruyó el asesinato de su madre- el valor y la miseria
de las relaciones humanas, la fe en un personaje entrañable
como el viejo y sabio pastor Germain, la complicidad sexual
con la maestra, el afán de proteger a su compañera Sandrine,
el sentimiento amoroso que despierta en él Maryse, la joven
madrastra que en realidad se llama Marta, que lo hayan condenado
por defenderla de sus raptores o que en definitiva, cuando
finalmente los portalones de la cárcel se cierran tras él,
se le obligue entonces a afrontar la realidad más cruda, aquella
ante la cual, como a veces sucede, "las palabras no bastan"
y el silencio estruendoso del mundo absurdo de fuera de la
cárcel cae a plomo sobre la rotunda y muda soledad del inocente
magullado.
El libro concluye pero el lector tiene el convencimiento -
real- de que la historia no acaba. Por las arterias de la
sobrecogedora fábula - no se deben desdeñar sus claves metafóricas-
fluye una corriente no tanto panteísta (la inocencia de la
naturaleza en contraposición a lo dañino proveniente del mundo
urbano) como ácrata, se diría que instigada por un hondo fatalismo
y una ira casi salvaje apenas contenida. Bucher vive en una
granja en Montfroc (Provenza), a más de mil metros de altitud,
dedicado al cultivo ecológico y comprometido con los intereses
de los campesinos. Antes, según datos biográficos, en la más
pura tradición beatnik - observen su imagen- viajó sin rumbo
y fue camionero, leñador, estibador, pastor... Cabe suponer,
pues, que Bucher haya convertido su vida en su mejor obra.
Y Tristán sea su espíritu gemelo.
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