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Derrochando en Nueva York
Francesc de Carreras
Según La Vanguardia de ayer, "el mismo día y a la misma hora
en la que se celebraba en Washington la investidura de Barack
Obama a la presidencia de Estados Unidos, el vicepresident
del Govern, Josep Lluís Carod-Rovira, dictó una conferencia
en la Universidad de Nueva York". A eso se le llama oportunidad:
de nuevo un incidente ridículo del Gobierno tripartito. La
noticia no da cuenta del número de asistentes a tan apasionante
conferencia.
El año tiene 365 días. El 20 de enero, según es tradición,
juran solemnemente el cargo todos los nuevos presidentes.
Además, este año, por razones obvias, era de prever que el
acto tendría una especial resonancia. Pues bien, este fue
precisamente el día escogido por Carod para pronunciar su
conferencia. Al día siguiente, ayer, se inauguró la nueva
delegación del Govern de la Generalitat, más conocida por
embajada de Catalunya, según la jerga habitual. Dejando al
margen la oportunidad del día elegido - en definitiva, una
anécdota más-,la ocasión puede servir para reflexionar un
poco sobre la eficacia, el coste y la rentabilidad de estas
delegaciones.
Es indudable que la Generalitat, como los gobiernos de las
demás comunidades autónomas, tiene competencias que alcanzan
más allá de nuestras fronteras. Es el caso de las competencias
relacionadas con la ayuda a las empresas industriales, comerciales
o turísticas. Es natural que en estas materias - quizás también
en alguna otra, como cultura-la Generalitat promueva alguna
oficina en el exterior que pueda ayudar al desarrollo económico
y social de nuestra comunidad autónoma. Se dice que agencias
de la Generalitat como el Cidem y el Copca, con representación
en el exterior, han dado muestras de eficacia.
Ahora bien, a estas delegaciones, especializadas en competencias
concretas, el Govern Montilla ha añadido un tipo de delegación
distinto, con un carácter político, difícilmente justificable,
tanto porque la Generalitat carece de competencias en la materia,
como porque constituyen un gasto público inútil. Este es el
caso de la nueva delegación de Nueva York, antes lo han sido
las delegaciones de París, Berlín o Londres, y próximamente
se anuncian las de México y Buenos Aires, todas ellas dependientes
del Departament de la Vicepresidència. Las relaciones internacionales
son una competencia exclusiva del Estado - como es habitual
en todos los estados federales-y no se sabe muy bien cuáles
pueden ser las tareas que desempeñen estas oficinas exteriores,
a pesar de que oficialmente se les asigne una larga lista
de funciones, tan extensa como inconcreta.
No obstante, algunos síntomas empiezan a indicar que estas
delegaciones están pensadas en clave política, para ejercer
unas relaciones internacionales en que la Generalitat no es
competente, más que para ejercer las funciones que le son
propias. Un primer síntoma fue la penosa reacción de Carod
en el asunto The Economist,diciendo que con una delegación
propia, eso - el ejercicio del derecho a la información-no
hubiera ocurrido. Un segundo síntoma es la personalidad de
los delegados: el hermano de Carod-Rovira en París; el delegado
en Londres estuvo trabajando en el partido independentista
escocés y es el autor de una tesis doctoral sobre la materia;
el de Nueva York, Andrew Davis, ha sido hasta hace muy poco
un becario de la Generalitat para estudiar el nacionalismo
en Escocia y Catalunya. En definitiva, se trata de personajes
atípicos en una Administración, con un perfil más cercano
al intelectual político que a un funcionario.
El síntoma definitivo ha sido la conferencia de Carod en Nueva
York, más propia de un megalómano que de un gobernante serio.
Tras decir que Catalunya ha sido "la puerta de entrada casi
exclusiva de la modernidad científica, cultural, política
y socioeconómica a la península Ibérica, en la que también
están España y Portugal", idealizó al Principado catalán medieval
diciendo que "tuvo su Parlamento mucho antes que Inglaterra
y fue uno de los primeros pueblos en someter el poder absoluto
de los monarcas a las reglas de las constituciones (...) e
inventó también el embrión de las modernas embajadas con su
Consolat de Mar, una mezcla de embajada y delegación comercial
que extendió por todo el Mediterráneo". ¡En qué estaría pensando!
Y concluyó: "El pueblo de Catalunya quiere que su gobierno
tenga política internacional y que aborde con criterio propio
los grandes debates del mundo del siglo XXI". Estupefacto,
diría yo, está la mayoría del pueblo de Catalunya ante tamañas
sandeces que, a pesar de ser ya habituales, no dejan de avergonzarnos.
Vamos a ver. Una comunidad autónoma es - como cualquier otro
poder público-una organización sufragada con impuestos de
los ciudadanos para conseguir unos fines establecidos en las
leyes. El gobierno de una comunidad no puede desviarse de
estos fines, no puede utilizar su cargo para proyectar su
ideología. El señor Carod quiere que Catalunya sea un Estado
independiente y está en su derecho de pensarlo y decirlo.
Pero como gobernante no puede utilizar los recursos públicos
para actuar como si Catalunya, una comunidad autónoma, fuera
ya un Estado.
Esta nostalgia de un Estado propio es lo que determina estas
injustificables políticas, aún menos legítimas cuando, en
tiempos de crisis, se pide una mejora de la financiación.
En tiempos de crisis, la financiación se mejora ahorrando
en lo superfluo y, en todo caso, se empeora derrochando.
F. DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la
UAB
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