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TRIBUNA: MARÍA PAZOS MORÁN
La autonomía de las mujeres como desafío
La caída de la tasa de fecundidad en el mundo
occidental amenaza con ser uno de los grandes problemas del
futuro. La inversión pública para salir de la crisis abre
una oportunidad para cuidar la educación infantil
MARÍA PAZOS MORÁN
A
pesar de los desoladores datos y previsiones sobre la recesión,
las medidas tomadas hasta ahora han sido, además de inquietantemente
parcas, carentes de un sistemático análisis coste-beneficio.
Por un lado se habla de la gran oportunidad que esta crisis
proporciona para solucionar los problemas estructurales que
aquejan a nuestra economía, y por otro se aprueban partidas
de gasto para obras públicas sin ni siquiera establecer prioridades
o condiciones; como si no diera tiempo a pensar en las dos
cosas a la vez. Para constatarlo, basta consultar el Decreto
sobre el Fondo Estatal de Inversión Local y la lista de proyectos
aprobados.
Sin embargo, admitida la urgencia, nada impide dedicar el
gasto a inversiones social y económicamente rentables. De
hecho, se tarda más en imaginar nuevos proyectos que en recordar,
sin ir más lejos, que la universalización de la educación
infantil desde los 0 años era una promesa electoral para la
presente legislatura. Tampoco estaría mal recordar que lo
que se ha desarrollado de la Ley de Dependencia ha sido, sobre
todo, la ayuda económica por "cuidados en el entorno familiar"
(calificada de "excepcional" en la propia Ley), hasta el punto
de que los medios de comunicación frecuentemente identifican
la aplicación de la ley con el número de estas prestaciones
concedidas.
En un país como España, que arrastra un déficit social histórico,
¿no sería oportuno un plan de servicios públicos para atender
a estas necesidades ya que se buscan, y sin duda se buscarán,
destinos para tantas partidas de gasto? A juzgar por las encuestas,
la ciudadanía así lo demanda. Además, sería de justicia aliviar
a las mujeres que se están sacrificando para suplir la citada
falta de servicios. Entonces, ¿por qué no se hace? El descuido
podría estar relacionado con ciertos prejuicios obsoletos:
más servicios públicos, se piensa, exigirían gasto para su
funcionamiento (no como "arreglar el cementerio", por tomar
un ejemplo real), y además liberarían a muchas mujeres que
se lanzarían a competir con los "cabeza de familia" por el
empleo. Pero esas ideas ya no tienen sentido: según la EPA
del IV trimestre de 2008, el 43% de las "personas de referencia
en el hogar" en paro son mujeres. En todo caso, la cifra de
los 827.200 hogares con todos sus miembros desempleados nos
recuerda, además de dramáticos casos de mujeres solas con
cargas familiares, que el modelo de familia "sustentador masculino/esposa
dependiente" es una perfecta trampa de pobreza.
Los servicios públicos de educación infantil son una apuesta
altamente rentable. En primer lugar, no solamente generan
empleo durante la construcción de las infraestructuras sino
posteriormente. Además, la inversión se amortiza sobradamente
con el aumento de impuestos y cotizaciones sociales resultante
del mayor empleo femenino. Asimismo, ayudan a eliminar las
ineficiencias que actualmente provoca en el mercado de trabajo
el hecho de que las mujeres tengan la etiqueta de "menos disponible".
Por último, contribuyen a disminuir la división del trabajo,
que tiene menos sentido económico que nunca en el contexto
actual de aumento en la esperanza de vida, disminución del
tamaño familiar, pérdida de centralidad de la familia como
unidad de producción y alta formación de las mujeres.
Pero más graves aún que el despilfarro del capital humano
actual son los problemas demográficos, es decir, los relacionados
con la generación y formación del capital humano futuro. El
nivel de las tasas de fecundidad y la pobreza infantil son
asuntos íntimamente relacionados, y para ambos es imprescindible
que las mujeres puedan compatibilizar un empleo de calidad
con el número de hijos deseados (que, según las encuestas,
viene a ser una media de 2, 1, justamente el nivel de reemplazo
poblacional).
España tiene unas tasas de fecundidad tan bajas que, de continuar
con esta tendencia, a final de siglo la población española
podría llegar a caer hasta aproximadamente 10 millones de
personas. Para 2060, la población mayor de 65 años constituiría
ya un 32,3% (frente al 16,6% en 2008); la mayor de 80 años
un 14,5% (4,6% en 2008). Y todas estas estimaciones son anteriores
a la actual crisis económica. Ahora, ¿qué mujer, autóctona
o inmigrante, va a decidir tener hijos con la que está cayendo?
La demografía y el medio ambiente son los dos grandes retos
para un desarrollo económico y social sostenible; pero aunque
el medio ambiente está ya (tibiamente) presente en las consideraciones
sobre la crisis, la demografía parece seguir siendo tabú.
Por distintas razones, todos los sectores meten la cabeza
debajo del ala. Unos confían en que el descenso de las tasas
de fecundidad se detendrá si se dificulta el acceso de las
mujeres al empleo, a los anticonceptivos y al aborto. Pero
las mujeres con un mínimo nivel de información se las arreglan
(a veces a costa de poner en riesgo su propia vida) para no
tener más hijos de los que desean y esperan poder mantener.
Otros creen que la preocupación por la demografía es un asunto
de xenofobia, ignorando que el problema es global.
En Europa, a pesar de que la inmigración aún compensa en parte
la falta de nacimientos, Alemania y algunos países del Este
ya están perdiendo población desde hace años; y se estima
que hacia 2035 la población europea total comenzará a descender.
El crecimiento poblacional se está ralentizando también en
la mayor parte de los países de Asia y América en los que
las tasas de fecundidad son aún elevadas. Mientras, continúa
la explosión demográfica en el África Subsahariana y en Oriente
Próximo, precisamente en las zonas más pobres y donde las
mujeres están más esclavizadas. La explicación es sencilla:
las tasas de fecundidad empiezan a descender en todos los
países en cuanto las mujeres tienen acceso a la educación
y al empleo. Esto es bueno cuando las tasas de fecundidad
son demasiado altas, no solamente por la superpoblación sino
precisamente por la pobreza infantil. Pero el descenso no
se frena si las mujeres no encuentran las condiciones adecuadas
para ser madres sin renunciar a su profesión. Así es como
la falta de autonomía de las mujeres se sitúa en el centro
del problema demográfico.
El derecho universal a la educación infantil de calidad, que
a precios de mercado resulta inasequible para la mayoría de
las familias, no solamente es imprescindible para recuperar
las tasas de fecundidad a un nivel aceptable sino también
para amortiguar sus oscilaciones con el ciclo económico que
tantos problemas de planificación originan. Francia es un
ejemplo con su tasa de fecundidad de 1,9 hijos/as por mujer
(en España tenemos 1,3), aunque no llegue al nivel adecuado.
Para mantener tasas de fecundidad altas y estables se necesitan
también otras medidas, principalmente dirigidas a actuar sobre
la gran reserva de capital cuidador masculino que hoy sigue
en gran medida desaprovechado; pero un sistema público de
educación infantil es una condición sine-qua-non. Por último,
y no menos importante, la educación infantil de calidad es
necesaria para garantizar el derecho a una formación en igualdad
y contribuye substancialmente a disminuir la pobreza infantil.
El sistema público de atención a la dependencia, junto con
la corresponsabilidad de los hombres en el cuidado, es también
un asunto de primer orden cuya dimensión se puede estimar
a partir de las previsiones demográficas, tanto en lo que
se refiere a la creciente necesidad de cuidados como a la
escasez de personas para cuidar, pero a la hora de la verdad
no entra en el lote de los asuntos "serios". A la falta de
costumbre de pensar en estos temas se añade, como en el caso
del medio ambiente, la inercia de moverse en el corto plazo.
Sin embargo, es urgente ponerse manos a la obra. Y ya que
desgraciadamente la crisis se perfila profunda y larga, bienvenida
sea la solución keynesiana que nos proporciona recursos y
nos da la oportunidad de poner condiciones a su utilización.
Sabemos que las medidas tomadas hasta ahora no serán las últimas,
así que ¿no deberíamos estar hace tiempo debatiendo cuáles
son esas inversiones que deben mejorar la productividad y
posibilitar un desarrollo sostenible? ¿Qué mejor ocasión para
un verdadero New Deal inclusivo, feminista, ecológico y demográficamente
viable?
María Pazos Morán es investigadora del Instituto de Estudios
Fiscales. Su último libro publicado es Economía e Igualdad
de Género: Retos de la Hacienda Pública en el Siglo XXI.
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