| TRIBUNA
/ ESPAÑA, EN CRISIS La política contra el individuo
El autor reflexiona sobre el proceso de desafección de los ciudadanos
de nuestro país hacia la clase política. Cree que el aura del presidente Zapatero
se desvanece porque ya ha hecho todo aquello para lo que se le eligió
JAVIER
REDONDO RODELAS EL LIBERALISMO tiene muchas ventajas sobre otros ismos.
Entre ellas, hay dos que merecen ser destacadas por un doble motivo: una de las
ventajas nos permite entender su primacía y su esencia, la otra nos ayuda a centrar
nuestro argumento y aclarar alguna confusión. La primera ventaja es que
el liberalismo no es fundamentalista, de modo que no sólo admite la discrepancia
sino que es capaz de integrar lo escasamente aprovechable de otras doctrinas sin
abjurar de sus principios motrices: la defensa de la libertad individual, la limitación
del poder y la igualdad ante la ley. No en vano, cuando el socialismo
se liberó de las cadenas del marxismo y los partidos socialistas se tornaron en
socialdemócratas, los regímenes liberales añadieron a su receta el más sabroso
ingrediente del socialismo democrático (que comparte con la democracia cristiana):
la justicia social. Por eso el liberalismo sobrevive y prevalece: porque no es
excluyente ni intransigente, porque no convierte sus postulados en dogmas de fe
y, sobre todo, porque admite la discusión sobre los argumentos y no ad hominem
-como hacía el comunismo- o sobre categorías prefabricadas -como hacen el socialismo
o el nacionalismo-. La segunda razón de la supremacía liberal es que
el liberalismo desconfía de la política y, sobre todo, de la clase política. Es
decir, que pese a lo que tradicionalmente se nos ha hecho creer, confía en el
individuo y en su capacidad para transformar la sociedad, confía en el potencial
de lo que se llama la sociedad civil y el asociacionismo y también confía mucho
más en los ciudadanos que en la ciudadanía, lo cual quiere decir que entiende
que la sociedad es una suma de individuos autónomos y diferentes con intereses
comunes y sectorializados que no conforman un monolito, que la sociedad es heterogénea
y no una unidad compacta. Desconfiar de la política implica, además, desconfiar
de la ideología, la propaganda, los eslóganes, la doctrina y la movilización de
masas. Igualmente, desconfiar de la clase política significa preferir
los mecanismos de control que establecen los individuos sobre el poder del Estado
a los controles del Estado sobre los individuos: el liberal no quiere ni comités
(ni audiovisuales, ni de depuración, ni de Salud Pública, ni de evaluación del
pasado), ni burocracia ni exceso de celo o paternalismo. Desconfiar de
la clase política supone asimismo renegar del establecimiento de canteras que
nutren permanentemente a la política de esclavos del aparato del partido, alienados,
aislados de la sociedad y que repiten consignas fabricadas en serie. El liberal
aplaude con entusiasmo las iniciativas que incorporan a lo mejor de la sociedad
a la vida pública. Por eso el PP cometió un gran error al retirar de la campaña
de 2008 a Manuel Pizarro sólo porque el tsunami de la política con minúsculas
(la refriega electoral) se lo llevó por delante. Por eso lo comete ahora cuando
no le otorga un papel de relevancia. En suma, para el liberal, el individuo
es mucho más importante que el político. El liberal sostiene que el político tiene
unas funciones muy concretas; que ha de resolver problemas, no crearlos; que ha
de gestionar los recursos públicos, no utilizarlos; que ha de conocer la sociedad
para la que trabaja, no sustituir divinidades; que ha de actuar sobre lo cotidiano,
no delimitar lo trascendente; que el político debe comprender que está de paso
pero las instituciones democráticas permanecen, y por ello hay que protegerlas
con el mimo de lo que tiene que durar. Y para que perduren no han de tener mácula,
no ha de albergarse duda sobre su transparencia, utilidad y eficacia. Hasta
aquí la teoría. Descendamos ahora a lo concreto. La crisis económica nos ha puesto
a todos en nuestro sitio y ha supuesto una bofetada de realismo que obliga a reorientar
el sentido de la política. Durante la campaña de 2004 (el 6 de marzo), el diario
El País publicó un editorial que nos sirve de referencia para evaluar cuánto y
en qué dirección ha cambiado políticamente España en apenas seis años. Lo tituló
Las pequeñas cosas y en su primer párrafo se felicitaba de que por fin se hablaba
en campaña de los temas "que forman parte de la vida cotidiana de los ciudadanos,
de sus alegrías y sus penas". Continuaba diciendo que lo que importa a los electores
son "las medidas para mejorar la calidad de vida de las personas, aquellas que
les permitan construir un proyecto autónomo y les den más posibilidades de bienestar".
Y por fin, antes de pasar a evaluar -sin mencionarlos pero con arrobas de intención
y, por consiguiente, errando el tiro aun acertando el diagnóstico- los programas
de los dos primeros partidos, concluía: "La mejora de la vida cotidiana se sustenta
sobre dos ejes: las posibilidades materiales de satisfacer las necesidades corrientes
y las contingencias inesperadas, y las de ejercer los derechos individuales sin
cortapisas". He aquí, al cabo de todo este tiempo, el quid de la cuestión.
Pues bien, pasada una legislatura y media, da la sensación de que Zapatero
ya ha hecho todo aquello para lo que fue elegido -y algunas otras cosas que no
se le encomendaron- y que sus palabras no tienen -o han perdido- propiedades taumatúrgicas.
Aunque sólo sea porque como argumentó el sociólogo Robert Michels a principios
del siglo pasado refiriéndose al liderazgo, el progreso que personifican los líderes
es unilateral. "La dirección de su superioridad es inseparable de la regresión
de su inferioridad". Lo que traducido al román paladino quiere decir
que los proyectos se agotan, y que las fortalezas de un político representan el
lado simétrico de sus debilidades. Que el aura de un político crece por el mismo
lugar por el que luego se despeña. Que el buenismo gozó de buena salud, tuvo su
público y, por supuesto, que no es algo malo en sí mismo, pero el pensamiento
de Alicia se torna en un serio problema cuando no sólo colorea la realidad sino
que la niega. Total, que una legislatura y media más tarde hemos tomado
conciencia de que durante algunos años la política no ha estado al servicio del
individuo sino que se ha lanzado contra él, hasta que se ha tambaleado su bienestar.
Se han creado debates estériles, se han atascado algunas instituciones y la política
ha sido un constante surtidor de ideología en lugar de un instrumento conseguidor
de acuerdos. La ideologización provoca estancamiento porque impide la discusión
abierta y plural. La ideología, en el sentido de falsa conciencia de la realidad,
polariza, separa y segmenta a la sociedad en compartimentos estancos. La ideología
nubla el entendimiento, es hermética, adoctrina y, por tanto, anula la individualidad.
Ahora nos vamos dando cuenta de que la política ha ido por un lado, retroalimentándose
a sí misma y dejando a la intemperie a los ciudadanos, y la sociedad ha ido por
otro sin que se encontraran soluciones a sus problemas del día a día. Vemos cómo
han estallado las pompas de jabón con las que se construyó un discurso envuelto
en palabras hermosas con efecto disuasivo. HOY, ACASO cegado por la ideología,
el Gobierno no ve que la mayor libertad de la que puede gozar un individuo es
la de poder elegir trabajo. El trabajo proporciona autonomía, independencia y
libertad porque permite a los ciudadanos construir su propio porvenir y proyectar
sus ilusiones sin hacerlas depender del Estado y de la voluntad de los políticos.
De modo que las coberturas sociales al desempleo no son soluciones al problema
del paro sino que constituyen la obligación moral de una clase política incapaz
de proporcionarle futuro a casi un cuarto de su población. Por cierto, decir que
han aumentado las cantidades destinadas a subsidios no sólo es hacer de la necesidad
virtud sino que es un argumento falaz si a la vez disminuye la cantidad neta que
recibe cada uno de los que han de acogerse a las ayudas. En resumidas
cuentas, un sondeo publicado por EL MUNDO refleja que el 52% de los encuestados
creen que la respuesta a la crisis ha sido mala o muy mala; el 28,9 de los votantes
socialistas dicen que la Ley de Economía Sostenible no servirá para mejorar la
situación; y el 63,5% de los votantes socialistas y el 62,8% de los de IU opinan
que los sindicatos no defienden a los parados. En definitiva, seis años después,
la política luminotécnica, propia de sociedades felizmente instaladas en el postmaterialismo,
se ha agotado. Así que una legislatura y media más tarde el Partido Popular
tiene una responsabilidad semejante a la que tuvo en 1996. Entonces no le temblaron
las canillas. Recién comenzado 2010, las encuestas dicen que el PP podría volver
al Gobierno, eso sí, teniendo en cuenta aquello que sabiamente comentó alguien
que conoce bien al PSOE por dentro: "Si mañana hubiera elecciones, nosotros ya
llevaríamos seis meses en campaña", de modo que la ventaja popular no sólo es
relativa sino virtual. Pero para que el PP vuelva al poder le hacen falta fundamentalmente
tres cosas: ideas, convicción y determinación. Alguien debería tomar nota de que
el futuro empieza hoy. Porque da la sensación de que el PP no está del todo, aunque
se le espera, no tanto con entusiasmo como por necesidad. Javier Redondo
Rodelas es profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III. "La
ideología, en el sentido de falsa conciencia de la realidad, provoca estancamiento"
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