| 'Desapalancamiento'
DANIEL MANZANO Y DANIEL SUAREZ
El nivel de endeudamiento
de una economía y de cada uno de sus sectores (familias, empresas no financieras,
entidades financieras y sector público), además de ser ilustrativo de su perfil
de riesgo y de su grado de desarrollo económico y financiero, es muy determinante,
entre otras cosas, de su capacidad de recuperación tras situaciones recesivas
producidas por shocks de una u otra naturaleza. Aún puede serlo más en casos como
la crisis actual, en la que se han alcanzado cotas de endeudamiento históricas
en buena parte de los países desarrollados, de manera muy acelerada y durante
un periodo relativamente largo de bonanza económica.
Un reciente e interesante
estudio de McKinsey Global Institute revisa no sólo las características del proceso
de apalancamiento generalizado de los últimos años (aumento del ratio de deuda
sobre PIB como indicador al uso), sino también la naturaleza, intensidad e implicaciones
que ha revestido el obligado proceso posterior de desapalancamiento que tuvo lugar
en crisis anteriores. Era fácil anticipar que, entre los países de cierta entidad,
España es el que claramente ha liderado el veloz crecimiento de su deuda, impulsado
por la demanda de financiación de empresas y familias; todo ello al compás de
una extraordinaria y sostenida expansión económica de más de una década que ha
pivotado sobre el sector constructor e inmobiliario. Pero también en otros países
europeos, como en el propio Reino Unido, el apalancamiento de empresas y familias
ha crecido extraordinariamente. No así la deuda del sector público, que, sin embargo,
se ha disparado posteriormente como respuesta de política económica a la brusca
contracción de la actividad experimentada por las economías desarrolladas.
Los procesos de desapalancamiento posteriores al estallido de una burbuja
crediticia están asociados en la experiencia histórica a periodos bien de austeridad,
de incumplimientos y quiebras masivas, de alta inflación o de sucesos extraordinarios
que impulsan el crecimiento económico de forma inesperada. Cualquiera de estas
cuatro alternativas facilita el ajuste; en definitiva, que el crecimiento del
crédito cabalgue por debajo del crecimiento del PIB nominal durante algunos años.
La primera de ellas, apretarse el cinturón, parece la apuesta razonable
frente a la segunda y la tercera, mientras que la cuarta está en manos de los
hados. No es menos cierto, sin embargo, que la historia muestra también, en contraposición,
el peligro de retirar antes de tiempo el soporte que el gasto público proporciona
para engrasar la reactivación económica; al fin y al cabo, la mejor forma de reducir
los altos niveles de apalancamiento alcanzados y devolver condiciones de equilibrio
más sostenible a la economía. En situaciones tan extremas como las actuales,
la alquimia de respuestas de política económica, tanto en tiempos como en cantidades,
no es fácil de determinar. Del grado de acierto va a depender en buena medida
el bienestar de los ciudadanos durante los próximos años. Parece lógico que, dado
el carácter global del proceso y su dureza, que se traducirá en unos años de reducido
crecimiento, convenga una cierta concertación internacional, pero más aún una
concertación nacional, sobre todo en países que, como el nuestro, habrán de hacer
un mayor esfuerzo relativo. Daniel Manzano y Daniel Suárez son profesores
de la Escuela de Finanzas Aplicadas (Afi).
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