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Qaeda, pretexto en Yemen La exageración de la amenaza terrorista
da pie a violaciones de derechos humanos y libertades
FRANK MERMIER
En enero de 2010, un año después de la creación de Al Qaeda en la Península
Arábiga, el presidente de la República de Yemen, el mariscal Alí Abdalá Saleh,
anunció que proponía negociar con la organización a condición de que ésta abandonara
las armas. El régimen de Saná se enfrenta en la actualidad a un empeoramiento
de las tensiones tanto en las regiones del Norte como en las provincias meridionales
que constituían hasta 1990 la antigua República Democrática y Popular de Yemen
con Aden como capital, más conocida como Yemen del Sur. Las tensiones
en el norte y el sur son los grandes factores de desestabilizació Estos
conflictos amenazan mucho más al régimen que la presencia de Al Qaeda en el país
árabe. La organización terrorista aparece cada vez más como un pretexto utilizado
por las autoridades para acallar a todas las fuerzas de oposición (aunque sean
legales), restringir el espacio democrático y sofocar la libertad de prensa.
Rebelión zaidí Desde 2004, el sangriento conflicto con la
rebelión zaidí (el zaidismo es una rama del Islam chií) que llevan a cabo los
partidarios de Abd Al Malek Al Huthi ha causado la muerte a miles de personas
y el desplazamiento forzoso de al menos 100.000 habitantes en el norte de Yemen.
En septiembre de 2009, el conflicto superó las fronteras y alcanzó a la vecina
Arabia Saudí, que intervino militarmente después de acusar a Irán de respaldar
a los rebeldes. Durante estos años, el presidente Saleh no ha cesado de reiterar
que esta guerra acabará pronto con los rebeldes zaidíes, mientras éstos siguen
atacando la ciudad de Saada, feudo del zaidismo, donde está enterrado el fundador
del Imanato zaidí, sistema político religioso que rigió Yemen de 898 a 1962.
Los
rebeldes de Al Huthi y los separatistas del sur tienen poco en común, excepto
su oposición al régimen de Saleh, en el poder desde la unificación del país en
1990, aunque ya era presidente de Yemen del Norte desde 1978. Los primeros acusan
a Saleh de pactar con Estados Unidos e Israel y atacan incluso a los últimos judíos
de Yemen. Los segundos, suníes, reclaman el fin del Acuerdo de Unidad, proclamado
el 22 de mayo de 1990, y un nuevo Yemen del Sur, subrayando el carácter pacífico
de su movimiento. Algunos de ellos proponen resucitar la antigua Arabia
del Sur, como recuerdo de la Federación bajo mandato británico que se convirtió
en República Democrática y Popular de Yemen tras la independencia en 1967, y marcar
de esta manera la ruptura total con la actual entidad estatal yemení. Estas dos
oposiciones tan diferentes pueden, sin embargo, apoyarse: el líder del sur en
el exilio, Alí Salem Al Bid, ya expresó su respaldo a los rebeldes zaidíes, mientras
éstos liberaron a militares originarios del sur del país. Marginación
de los sureños Desde la guerra de 1994 y la derrota de los separatistas,
aislados en Aden, la dominación del régimen de Saleh en las provincias del Sur
se tradujo en el nombramiento de una mayoría de altos cargos de la Administración
local y de los servicios de seguridad originarios del Norte, así como en la expoliación
de terrenos públicos distribuidos a los aliados del régimen. Las manifestaciones
en las provincias meridionales del país están tomando un aspecto de nacionalista
sureño cada vez más fuerte. Cuando el ex presidente de Yemen del Sur, Alí Salem
Al Bid, rompió su silencio en mayo de 2008 mientras dejaba Omán para instalarse
en Europa, al tiempo que denunciaba el Acuerdo de Unidad que él mismo firmó en
1990, fotografías de su rostro y la bandera sureña se enarbolaron en las cada
vez más numerosas manifestaciones organizadas en el Sur. El cierre del
periódico Al Ayyam y la detención en enero de su director, Hicham Bachrahil, han
provocado fuertes protestas: un ejemplo más de una política represiva contra toda
la prensa de oposición que ha tenido como consecuencia la prohibición de varios
diarios y el encarcel4rrtgamiento de numerosos periodistas. El año 2009
ha concluido con el cierre temporal de las embajadas de EEUU, Reino Unido y Francia
y con la detención de un aspirante a terrorista suicida nigeriano en el vuelo
Ámsterdam-Detroit, cuyas conexiones con Yemen ya han sido probadas. El año también
terminó con un nuevo acuerdo de cooperación antiterrorista entre EEUU y Yemen,
mientras se celebró el pasado 27 de enero en Londres una conferencia internacional
sobre Yemen y la lucha contra el terrorismo. Varios ataques aéreos acabaron con
la vida de supuestos militantes de Al Qaeda en diciembre de 2009, pero uno de
ellos también causó la muerte de civiles en la región de Abyan, en el Sur, provocando
la ira de los habitantes. Gracias al respaldo de la comunidad internacional,
el presidente Saleh ya no duda en demonizar y en criminalizar a todos los movimientos
de oposición, tanto del norte como del sur, denunciando sus supuestas relaciones
con Al Qaeda. Saleh contribuye así a desestabilizar su país y su régimen
al manipular y exagerar una amenaza que, a su vez, lleva a los países occidentales
a hacer la vista gorda a las violaciones de la libertades democráticas y de los
derechos humanos en Yemen. Se puede decir que el régimen de Saleh se normaliza
al unirse a la media de los Estados árabes en materia de poder autoritario, de
restricción de la vida política, olvidándose de esta manera de los avances democráticos
de una unidad que el presidente Saleh pretende representar.
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