| ¡RESPIRE
HONDO! Alfredo Pastor
Desde hace unas semanas arrecian
los comentarios desfavorables sobre nuestras perspectivas económicas, y la reacción
de nuestro Gobierno no puede ser más desafortunada; ha pasado por tres fases,
cada una peor que la anterior. En Davos, nuestro presidente recibió una
llamada de atención sobre el estado de las cuentas públicas; los mercados empezaron
a subir la prima de riesgo de nuestros activos. Por primera vez, estas advertencias
parecieron hacer mella: la respuesta fue el plan de reducción del gasto. El plan
tenía un nulo alcance real, ya que, primero, el aumento del déficit se debe sobre
todo al componente cíclico y que el margen para la reducción efectiva del gasto
por parte de la Administración central - ¡a ver quién toca el de las autonómicas
y locales!-es mínimo. Era, sin embargo, un gesto necesario, para dar idea que
el gobierno empezaba a tomarse las cosas en serio. El resultado está a la vista:
un recorte en la inversión - que dará el golpe de gracia a buena parte del sector
de la construcción, que vive de las adjudicaciones públicas-y poco más. Lo de
siempre. El segundo episodio tiene como protagonista el régimen de pensiones.
A diferencia de lo que ocurre con el gasto público, ahí sí hay posibilidades de
enderezar las cuentas públicas de manera duradera. Es más: ya era hora que alguien
se atreviera a poner el cascabel al gato. Porque hace casi veinte años que se
sabe que el actual régimen de pensiones tiene un desequilibrio creciente, que
ligeros recortes hubieran bastado para corregir si se hubieran hecho a tiempo.
Los efectos de cada una de las medidas propuestas entonces ya son conocidos y
han sido cuantificados: sólo la timidez de nuestros políticos ha sido capaz de
mantener el asunto bajo silencio durante todos estos años (vale la pena recordar
que, en la preparación del pacto de Toledo, el Ministerio de Trabajo negó al de
Economía datos solicitados de la forma más oficial: por ello el pacto no fue más
que un pacto de silencio). No importa: más vale tarde que nunca, podía
uno pensar cuando el gobierno anunció dos medidas que son entre las más inocuas
- y también de las menos eficaces: el retraso de la edad de jubilación y el cambio
del cómputo de la base para la pensión. Lo que resulta literalmente increíble
es que ambas medidas sean retiradas, so pretexto que hay que estudiarlas y discutirlas,
bajo la presión de unos sindicatos que las conocen de sobra y que saben que son
necesarias. Estas medidas, que van más allá de la cosmética, hubieran contribuido
a dar la impresión que nos tomamos las cosas en serio: que es justamente lo que
en estos momentos hace falta. Llegamos al tercer episodio: las medidas
de reforma laboral. El gobierno ha contribuido a que los dos primeros años de
legislatura hayan transcurrido en pura pérdida; y ha falseado frente al público
los términos de la negociación, tratando de asustarnos con el espectro de unos
empresarios manchesterianos, como si un gobierno conservador agitara ante el público
el fantasma de unos sindicatos trotskistas. Claro que la reforma laboral presenta
dificultades, porque, como todo cambio, habrá quien gane y quien pierda con ella.
Pero no es posible que los gobiernos extranjeros, la Comisión Europea, la prensa
de todos los colores, los profesionales…, que todos estén equivocados cuando creen
que algo debe cambiar en nuestro mercado de trabajo. Presentarse como el defensor
del débil ya no impresiona a nadie: esa falsa compasión, como recordaba un titular
de The Economist,acaba siendo una auténtica crueldad. Si hacemos balance,
es imposible no concluir que nuestro presidente ha conseguido, en estas últimas
semanas, consumir el ya escaso capital de crédito del que nuestra política económica
disfrutaba entre nuestros socios, hasta el punto que hoy es preferible declinar
cualquier manifestación en los medios de comunicación, por no añadir leña al fuego;
yha fracasado, una vez más, en la única tarea en la que es indispensable: infundir
confianza a nuestros conciudadanos. Tanta incompetencia agrava nuestra situación,
ya delicada: nuestras Bolsas lo notan, lo notará la financiación del Estado; y
el conjunto parece el principio de una deriva que no puede llevarnos a buen puerto.
Pero quizá no esté todo perdido; quizá haya aún tiempo de hacer pie.
En la Administración española hay gente experimentada y competente que puede ayudar
a enderezar las cosas; a formular una política económica modesta, pero inteligible
y coherente; a ganar la simpatía de nuestros socios, y hasta a enseñar a nuestros
gobernantes a comportarse como es debido fuera de nuestras fronteras. Por eso
me atrevería a dar un consejo a nuestro presidente: antes de dejarse arrastrar
por el torbellino, siéntese, respire hondo y, aunque sólo sea por esta vez, escuche.
Profesor ordinario del Iese. Cátedra Iese-Banc Sabadell
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