AGENDA DE PRENSA - 8 de febrero de 2010
 
  LA VANGUARDIA


¡RESPIRE HONDO!

Alfredo Pastor

Desde hace unas semanas arrecian los comentarios desfavorables sobre nuestras perspectivas económicas, y la reacción de nuestro Gobierno no puede ser más desafortunada; ha pasado por tres fases, cada una peor que la anterior.

En Davos, nuestro presidente recibió una llamada de atención sobre el estado de las cuentas públicas; los mercados empezaron a subir la prima de riesgo de nuestros activos. Por primera vez, estas advertencias parecieron hacer mella: la respuesta fue el plan de reducción del gasto. El plan tenía un nulo alcance real, ya que, primero, el aumento del déficit se debe sobre todo al componente cíclico y que el margen para la reducción efectiva del gasto por parte de la Administración central - ¡a ver quién toca el de las autonómicas y locales!-es mínimo. Era, sin embargo, un gesto necesario, para dar idea que el gobierno empezaba a tomarse las cosas en serio. El resultado está a la vista: un recorte en la inversión - que dará el golpe de gracia a buena parte del sector de la construcción, que vive de las adjudicaciones públicas-y poco más. Lo de siempre.

El segundo episodio tiene como protagonista el régimen de pensiones. A diferencia de lo que ocurre con el gasto público, ahí sí hay posibilidades de enderezar las cuentas públicas de manera duradera. Es más: ya era hora que alguien se atreviera a poner el cascabel al gato. Porque hace casi veinte años que se sabe que el actual régimen de pensiones tiene un desequilibrio creciente, que ligeros recortes hubieran bastado para corregir si se hubieran hecho a tiempo. Los efectos de cada una de las medidas propuestas entonces ya son conocidos y han sido cuantificados: sólo la timidez de nuestros políticos ha sido capaz de mantener el asunto bajo silencio durante todos estos años (vale la pena recordar que, en la preparación del pacto de Toledo, el Ministerio de Trabajo negó al de Economía datos solicitados de la forma más oficial: por ello el pacto no fue más que un pacto de silencio).

No importa: más vale tarde que nunca, podía uno pensar cuando el gobierno anunció dos medidas que son entre las más inocuas - y también de las menos eficaces: el retraso de la edad de jubilación y el cambio del cómputo de la base para la pensión. Lo que resulta literalmente increíble es que ambas medidas sean retiradas, so pretexto que hay que estudiarlas y discutirlas, bajo la presión de unos sindicatos que las conocen de sobra y que saben que son necesarias. Estas medidas, que van más allá de la cosmética, hubieran contribuido a dar la impresión que nos tomamos las cosas en serio: que es justamente lo que en estos momentos hace falta.

Llegamos al tercer episodio: las medidas de reforma laboral. El gobierno ha contribuido a que los dos primeros años de legislatura hayan transcurrido en pura pérdida; y ha falseado frente al público los términos de la negociación, tratando de asustarnos con el espectro de unos empresarios manchesterianos, como si un gobierno conservador agitara ante el público el fantasma de unos sindicatos trotskistas. Claro que la reforma laboral presenta dificultades, porque, como todo cambio, habrá quien gane y quien pierda con ella. Pero no es posible que los gobiernos extranjeros, la Comisión Europea, la prensa de todos los colores, los profesionales…, que todos estén equivocados cuando creen que algo debe cambiar en nuestro mercado de trabajo. Presentarse como el defensor del débil ya no impresiona a nadie: esa falsa compasión, como recordaba un titular de The Economist,acaba siendo una auténtica crueldad.

Si hacemos balance, es imposible no concluir que nuestro presidente ha conseguido, en estas últimas semanas, consumir el ya escaso capital de crédito del que nuestra política económica disfrutaba entre nuestros socios, hasta el punto que hoy es preferible declinar cualquier manifestación en los medios de comunicación, por no añadir leña al fuego; yha fracasado, una vez más, en la única tarea en la que es indispensable: infundir confianza a nuestros conciudadanos. Tanta incompetencia agrava nuestra situación, ya delicada: nuestras Bolsas lo notan, lo notará la financiación del Estado; y el conjunto parece el principio de una deriva que no puede llevarnos a buen puerto.

Pero quizá no esté todo perdido; quizá haya aún tiempo de hacer pie. En la Administración española hay gente experimentada y competente que puede ayudar a enderezar las cosas; a formular una política económica modesta, pero inteligible y coherente; a ganar la simpatía de nuestros socios, y hasta a enseñar a nuestros gobernantes a comportarse como es debido fuera de nuestras fronteras. Por eso me atrevería a dar un consejo a nuestro presidente: antes de dejarse arrastrar por el torbellino, siéntese, respire hondo y, aunque sólo sea por esta vez, escuche.

Profesor ordinario del Iese. Cátedra Iese-Banc Sabadell