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¿Quién es aquí independiente?
Nuño Rodrigo
Una de las cuestiones que puso en negro sobre blanco las vergüenzas
del mundo financiero después de la crisis de 2000 fue la falta
de independencia, tanto en el análisis de valores por parte
de los departamentos de las entidades de inversión como por
parte de los auditores que debían verificar las cuentas. La
banca se beneficiaba del negocio generado por las entidades
que analizaba, y las auditoras prestaban servicios de consultoría.
Ambos estaban incentivados a llevarse bien con las empresas.
Ahora ha sucedido algo similar con las agencias de calificación
financiera, vapuleadas después de la crisis crediticia por
su incapacidad para predecir los riesgos asociados a determinadas
emisiones de deuda titulizada sobre hipotecas de baja calidad.
Unas emisiones que, en muchas ocasiones, gozaban de la máxima
calificación crediticia. El estallido de la crisis ha revelado
los cuantiosos ingresos que este tipo de emisiones suponían
para las firmas de calificación, un incentivo quizá no tanto
como para falsear sus análisis, pero sí para forzar, presuntamente,
los modelos de predicción de riesgos a fin de que las emisiones
cumpliesen los criterios para tener alta calificación.
Nadie parece librarse de esta falta de independencia. La capacidad
del mundo financiero para generar burbujas y la facilidad
que tienen éstas para generar dinero a su alrededor hace prácticamente
imposible que una parte vinculada al sistema no se beneficie
de forma directa o indirecta. Y donde hay beneficio hay un
potencial conflicto de intereses.
El único elemento que teóricamente se puede mantener al margen
de los intereses que mueve la ruleta bursátil es el poder
de los reguladores o supervisores. Y eso ya es suponer mucho.
Quizá demasiado. Con el añadido de que la inexistencia de
fronteras abre la puerta a que las operaciones que se mueven
en la frontera de lo permitido puedan migrar a jurisdicciones
poco o nada supervisadas.
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