|
El precio de la soledad
Fernando Ónega
Lo más impopular es defender a un gobierno cuando crece el
paro
Este país ha dado un vuelco. Se acaba de producir un hecho
nuevo: la soledad política cambia de bando, abandona la bancada
del PP, se sienta en los escaños socialistas y deja al Gobierno
más débil y desamparado. A los dos meses de la investidura,
la mayoría de Zapatero se ha vuelto más precaria. Entretenido
e inquietante.
Es entretenido observar las causas. El renovado Partido Popular
de Rajoy ya no produce tanto rechazo, y ni los más rojos del
Congreso y el Senado tienen escrúpulos para votar con él.
Los nacionalismos que perdieron el 9 de marzo esperan la ocasión
de oro para distanciarse del PSOE, convencidos de que su alianza
es la culpable de su fracaso. CiU tiene muy claro su precio,
y sabe que puede cobrar mejor cuanto más contra las cuerdas
esté el Gobierno central. El PNV no está para hacer arrumacos,
en plena confrontación por el referéndum de Ibarretxe. Esquerra
tiene ganas de revancha y quiere castigar al PSOE "por haber
jugado con todos", en expresión de Joan Puigcercós. Y, envolviéndolo
todo, lo elemental: ¿quién es el guapo que, por tener un gesto
con Zapatero, se niega a exigirle explicaciones sobre la crisis?
Sobre esas bases se asienta la nueva realidad política. Es
difícil estructurar una oposición plural en torno a un PP
que todavía tiene mucho que demostrar. Es imposible por ahora
que la llamada "izquierda real", los nacionalismos y la derecha
estatal coincidan en los mismos objetivos de asedio al Gobierno.
Pero, de momento, han enseñado los dientes y le han dicho
a Zapatero que no vale esa teoría fantástica de negociar y
pactar con todos, según oportunidades y conveniencias. Esos
"todos" acaban de demostrar que consiguen aliarse en determinadas
circunstancias y hacer una legislatura ingobernable. ¿Se imagina
alguien que la soledad socialista del martes se traslada a
los presupuestos del Estado? Pues ha empezado a ser una amenaza
real.
De ahí que sea tan inquietante en el corto plazo saber qué
ocurrirá en la sesión parlamentaria del próximo miércoles.
Supongan ustedes que los partidos que forzaron a comparecer
al presidente coinciden también en acusarle de no saber afrontar
la crisis. Supongan que todos hacen una crítica parecida sobre
la inoperancia oficial o la insuficiencia de las medidas.
Supongan que el pleno se convierte en una censura encubierta
a la gestión de Zapatero. ¿Cómo nos quedaremos después? Gobernados
por un equipo que los demás consideran incompetente, y con
unas medidas calificadas como "una broma" por Rajoy. Eso sí
que será un golpe a la confianza social.
Lo malo es que eso puede suceder, porque lo más impopular
es defender a cualquier gobierno cuando crece el paro o se
estanca la inversión. Para Zapatero, ganar ese día ya no es
una necesidad de partido. Es una necesidad del país, que requiere
tener alguien en quien confiar. O un gobierno con algún crédito,
o el vacío. Ese es el auténtico precio de su soledad.
|