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¿Qué reformas? ¿En qué orden?
Juan Urrutia
Una vez aclaradas las sombras que sobre el análisis económico
de la realidad proyectan siempre unas elecciones y después
de que el nuevo gobierno haya anunciado un paquete heterogéneo
de medidas económicas y haya revisado a la baja las proyecciones
económicas de crecimiento y paro, se diría que ya no hay más
remedio que estudiar las políticas y/o reformas que parezcan
adecuadas para lidiar con la deteriorada situación económica.
Y así lo entienden incluso aquellos que hasta hace muy poco
tiempo se preguntaban por qué habría que actuar desde el poder
político en lugar de dejar que el mercado hiciera su labor
profiláctica.
No se puede esperar que salgamos de esta situación sin una
reconsideración seria de la Banca Central y de la regulación
financiera. De hecho será muy interesante ver cómo los más
acalorados defensores de la no- intervención insistirán en
la reforma de esa regulación para que se refuerce su inflexibilidad
en contra de la prédica a favor de la ausencia de intervenciones.
Y lo gracioso es justamente que esta vez hubieran tenido razón
pues no habría estado mal dejar que los bancos "culpables"
hubieran pagado los platos rotos o que los bancos se organizaran
entre ellos sin recurrir al Banco Central que acaba constituyendo
una coartada para las tropelías de aquéllos de forma injusta
para los bancos que han actuado con inteligencia sin dejarse
llevar por la avaricia o la poco crítica apreciación de las
posibilidades de la innovación.
Pero la discusión ya está en otro lugar. Lo que ya preocupa
en serio a los economistas reputados es la repercusión de
la crisis financiera en la economía real. A pesar de pequeñas
diferencias de diagnóstico nadie pone en duda de que se trata
de una crisis de demanda agregada, pero que también tiene
elementos de oferta, algunos genuinos, como la falta de productividad
de algunas economías, y otros derivados, como el incremento
del precio del petróleo y el enorme incremento del precio
de algunas materias primas y especialmente de los alimentos.
Por lo tanto nos encontramos con que, desde el punto de vista
de una economía como la nuestra, hemos de preocuparnos por
las políticas que afecten a la demanda agregada, ya sean monetarias
o fiscales, y por las reformas que puedan influir en la productividad.
Política monetaria
Como decía hace pocas fechas en estas mismas páginas Pedro
Schwartz ("Mantener el tipo", sábado 19 del mes pasado) no
deberíamos contar con la política monetaria. En efecto, bajar
tipos por parte del BCE no parecería conveniente cuando los
tipos reales son casi negativos, cuando el impacto de esa
bajada no va a incrementar la actividad crediticia que está
parada por falta de confianza de unos bancos en los otros
y cuando se observa un incremento simultáneo de la inflación
y del desempleo.
Queda la política fiscal de la que ya se ha empezado a hacer
uso mediante rebajas fiscales que deberían incrementar la
renta disponible y sostener la demanda agregada y parece hora
de considerar las posibilidades tradicionales de cebar la
bomba con gastos públicos bien elegidos, es decir que, como
los gastos en I+D, incrementen la productividad del trabajo.
Como estas políticas ya están en el campo de juego del nuevo
gobierno y de la opinión pública, quizá merezca la pena pensar
en serio en la manera de llevar a cabo reformas pendientes
como la del mercado de trabajo y la del mercado de bienes,
ambas medidas de oferta, de forma que, dicho en terminología
medianamente técnica, les permitiría impactar en la tasa natural
de desempleo o, lo que es lo mismo, en el empleo y la renta
sostenibles. Miremos pues a esos dos mercados.
Se ha discutido mucho en el pasado reciente sobre el mercado
de trabajo que, como se sabe, admite variadas formas de ser
caracterizado condicionando así el análisis y las recomendaciones.
Una manera no muy utilizada de examinarlo es bajo la óptica
de la búsqueda de empleo como una actividad que puede llevarse
a cabo con mayor o menor intensidad y durante más o menos
tiempo.
Me parece un análisis adecuado en la España de la inmigración.
La tasa natural de desempleo a largo depende, bajo esta perspectiva,
tanto del subsidio de desempleo como de la tasa de descuento
temporal y ésta puede estar afectada o incluso ser equivalente,
en principio y para los trabajadores autóctonos, al tipo de
interés a largo plazo.
Pensemos primero en el subsidio de desempleo de una manera
no muy covencional. Imaginemos a un trabajador al principio
de su vida laboral sabiendo que ésta, en los próximos cuarenta
años, va a consistir en un continuo pasar del empleo al desempleo
y vuelta al empleo.
En esta situación podemos pensar que la aceptación de una
vacante no es sino el ticket de entrada al club de los desempleados.
Cuanto menor sea el subsidio, y contrariamente a la sabiduría
convencional, menos incentivos tendrá el trabajador a pagar
el ticket de entrada a ese club. Es decir, menos dispuesto
estará a aceptar el empleo que se le ofrece. Un menor seguro
de desempleo aumenta la tasa natural de desempleo.
Pensemos a continuación en el descuento temporal. Cuanto mayor
sea la tasa de descuento temporal menos nos interesa el futuro
y más, relativamente hablando, el presente con lo que la intensidad
de búsqueda de empleo será mayor. Como a largo plazo deberíamos
asociar la tasa de descuento temporal con el tipo de interés
a largo, cuanto menor sea éste menor sería la tasa de descuento
y la intensidad de la búsqueda de empleo con lo que mayor
sería la tasa natural de desempleo.
En consecuencia y por lo que respecta al mercado de trabajo
es posible que el empleo no se vea favorecido a fin de cuentas
por una bajada de los tipos o por una disminución del subsidio
de desempleo. Aumentemos éste y no insistamos en disminuciones
de los tipos. Pero vayamos ahora con el mercado de bienes.
Aquí habría que distinguir entre unos y otros mercados pues
no es lo mismo la energía, digamos, que la distribución, pero
como últimamente, y debido al aumento de los precios de algunos
alimentos, se habla mucho de ésta quizá me sea permitido concentrarme
en ella. Aquí la idea de los que pretenden su reforma es liberalizarla
a fin de reducir los precios y aumentar el empleo al evitar
las trabas que casi todas las autonomías establecen para la
libre apertura de centros comerciales o para la libertad de
horarios.
Se arguye generalmente que este aumento en la competencia
disminuiría los precios y aumentaría los salarios reales por
lo que no se entiende la oposición de los sindicatos que,
por otro lado, no presentan gran oposición a modificaciones
en el mercado de trabajo tendentes, directa o inderectamente,
a la disminución del subsidio de desempleo tal como si hubieran
leído las consideraciones anteriores.
Paradoja
La explicación de esa especie de paradoja pudiera ser el siguiente
razonamiento típico de lo que ha dado en llamarse economía
política, un planteamiento que Mª Paz Espinosa y yo mismo
ya utilizamos en estas páginas ("La economía política de la
liberalización"). Conversaciones posteriores nunca publicadas
me llevan por los siguientes derroteros.
En una economía en la que la regulación laboral avanza más
o menos rápidamente hacia la liberalización dependiendo del
poder relativo que de los grupos de trabajadores, llevar a
cabo una desregulación de los mercados de productos hace disminuir
las rentas totales a apropiar, de manera que los sindicatos
encuentran menos incentivos para la lucha, los trabajadores
menos incentivos para sindicarse y, al disminuir la oposición
a la liberalización del mercado de trabajo, ésta ocurre a
mayor velocidad.
Esta secuencia de acontecimientos se puede resumir en la idea
de que la liberalización de los mercados de productos conduce
de manera natural a medidas del mismo sentido en el mercado
de trabajo. Sería pues por este motivo que los sindicatos
se oponen a medidas que aparentemente deberían apoyar puesto
que provocan disminuciones de precios de las que se benefician
como consumidores.
Sea o no ésta una explicación correcta de una aparente paradoja,
lo interesante es que la necesidad de reformas que el realismo
impone y que van más allá de las políticas macroeconómicas,
no debe cegarnos al problema de su eficacia que no siempre
es obvia y debe obligarnos a preguntarnos por el orden de
la secuencia de reformas que sea más útil para la factibilidad
del conjunto.
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