AGENDA DE PRENSA - 7 de mayo de 2008
 
  LA VANGUARDIA


PARCHES Y REFORMAS

Alfredo Pastor - Profesor de Economía del IESE

Al iniciarse la nueva legislatura, unos y otros A van tomando posiciones frente a la situación actual de nuestra economía. Por desgracia, los términos en que parece estar planteándose la discusión no son de buen augurio: en esencia, el Gobierno propone una serie de medidas a su alcance; la oposición las descalifica tachándolas de parches, y lamenta que no se acometan de una vez las profundas reformas que nuestra economía precisa para salir de la crisis. Como, a este paso, unos y otros estarán echándose pronto los trastos a la cabeza, vale la pena poner un poco de orden en esta confusión.

MEDIDAS COMPLEMENTARIAS

Parches y reformas no son incompatibles. Al contrario: se necesitan mutuamente. El Gobierno acierta al indicar que el problema inmediato, el que puede llevar a un gran aumento del paro, es un problema de demanda: el consumidor está asustado, el empresario se muestra prudente, la banca se tienta la ropa, y las exportaciones no nos van a sacar del hoyo. El resultado es que el gasto se retrae, el género se queda en las estanterías. El Gobierno trata de suplir esa caída de la demanda privada rebajando impuestos y manteniendo la inversión en obra pública. ¿Un parche? ¡Pues claro! El gasto privado constituye las tres cuartas partes del total, y el Gobierno no debe pretender suplirlo. Sólo puede sostenerlo por poco tiempo; que es, como sabe todo automovilista, la función de un parche.

Los partidarios de reformas más profundas tienen razón al afirmar que, más allá del futuro inmediato, las barreras a nuestro crecimiento están del otro lado: si nuestras exportaciones son más vulnerables que las alemanas al tipo de cambio del euro; si percibimos a China más como una amenaza que como una oportunidad; si nuestros salarios no pasan del 80% de los de nuestros vecinos; si no logramos mantener nuestra inflación por debajo de nuestros socios europeos, no es porque no gastemos bastante, sino porque no sabemos diseñar y fabricar máquinas o coches como los alemanes; porque no sabemos distribuir productos como franceses e italianos; porque nuestro mejor capital humano está trabajando para otros; porque en algunos oasis de nuestra economía -como el inmobiliario durante una década-o falta competencia, o sobra incompetencia. En resumen: por cosas que tienen que ver con la cantidad y calidad de nuestros recursos, que es lo que llamamos la oferta.

BANQUEROS Y MINISTROS

Cualquier situación real tiene debilidades por ambos lados, oferta y demanda, y el arte de la política económica está precisamente en saber distinguir cuáles son los decisivos en cada caso; porque no hay nada peor que querer curar una dolencia de demanda con medidas de oferta, y al revés. Por ejemplo: es cierto que una reducción de los costes de despido, al crear un mercado laboral más flexible (aunque posiblemente más injusto) puede hacer que una economía sea más eficiente, llevar a una mejor utilización de los recursos y hacerla más resistente a los cambios de la coyuntura; pero el efecto inmediato puede muy bien ser una aumento del paro, una caída del consumo y un menor crecimiento. Por otra parte, un mayor gasto público sólo puede servir para suavizar un bache; la experiencia de los años setenta nos enseñó que confiar en él para seguir creciendo sólo conduce a una mayor inflación.

Así las cosas, se comprende que los banqueros centrales tiendan a proponer medidas de oferta, mientras que los ministros de Hacienda, más pendientes de los votos, se inclinen por la demanda. Pero hay que admitir que se necesitan unos a otros: el pinchazo sólo pueden arreglarlo en el taller; pero para llegar al taller puede hacer falta el parche.

¿POR QUÉ EL CONSENSO?

Admitamos, pues, que los parches son necesarios, pero que no todos sirven en nuestro caso; la oposición tiene un margen legítimo de actuación ayudando a distinguir unos de otros, por razones de eficacia y no de ideología: no está claro, por ejemplo, hasta dónde conviene ayudar al promotor suavizando las condiciones de financiación de la vivienda (y evitando que bajen los precios), o al que está pagando la suya (trasladando las pérdidas al banco), o al constructor, con grandes programas de viviendas de protección oficial (cuando hay cientos de miles de viviendas por vender). Las medidas propuestas hasta ahora no parecen muy originales, y no es nada seguro que sean las más adecuadas.

Y admitamos que lo importante, mientras salvamos el bache, son las reformas. En este punto, la oposición no debería perder un minuto en discutir la legitimidad política del actual Gobierno; pero ha de recordarle que, en materia de reformas, la anterior legislatura no ha dejado legado alguno. Resulta pueril pensar que hubiéramos evitado la crisis de haber hecho, como se dice, los deberes; pero lo cierto es que esos deberes están por hacer, excepción hecha del superávit presupuestario; y hay que esperar que el electorado sea menos indulgente con tanta negligencia al término de la presente legislatura.

Un cierto consenso, y mucha buena educación, hacen falta, porque la crisis será tanto menos grave cuanto más sólida sea la confianza del ciudadano en las instituciones y en quienes las ocupan. Pronunciamientos optimistas por parte del Gobierno son recibidos con escepticismo; malos augurios por parte de la oposición asustan e irritan al ciudadano corriente. Este intuye que, en materia económica, Gobierno y oposición tienen mucho que aportar, cada cual desde su punto de vista; y no les agradecerá que sigan malgastando el tiempo en peloteras estériles.


Doctor en Economía por el MIT y licenciado en Economía por la UB. Fue secretario de Estado de Economía con Pedro Solbes como ministro de Economía, en uno de los gobiernos de Felipe González