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PARCHES Y REFORMAS
Alfredo Pastor - Profesor de Economía del IESE
Al iniciarse la nueva legislatura, unos y otros A van tomando
posiciones frente a la situación actual de nuestra economía.
Por desgracia, los términos en que parece estar planteándose
la discusión no son de buen augurio: en esencia, el Gobierno
propone una serie de medidas a su alcance; la oposición las
descalifica tachándolas de parches, y lamenta que no se acometan
de una vez las profundas reformas que nuestra economía precisa
para salir de la crisis. Como, a este paso, unos y otros estarán
echándose pronto los trastos a la cabeza, vale la pena poner
un poco de orden en esta confusión.
MEDIDAS COMPLEMENTARIAS
Parches y reformas no son incompatibles. Al contrario: se
necesitan mutuamente. El Gobierno acierta al indicar que el
problema inmediato, el que puede llevar a un gran aumento
del paro, es un problema de demanda: el consumidor está asustado,
el empresario se muestra prudente, la banca se tienta la ropa,
y las exportaciones no nos van a sacar del hoyo. El resultado
es que el gasto se retrae, el género se queda en las estanterías.
El Gobierno trata de suplir esa caída de la demanda privada
rebajando impuestos y manteniendo la inversión en obra pública.
¿Un parche? ¡Pues claro! El gasto privado constituye las tres
cuartas partes del total, y el Gobierno no debe pretender
suplirlo. Sólo puede sostenerlo por poco tiempo; que es, como
sabe todo automovilista, la función de un parche.
Los partidarios de reformas más profundas tienen razón al
afirmar que, más allá del futuro inmediato, las barreras a
nuestro crecimiento están del otro lado: si nuestras exportaciones
son más vulnerables que las alemanas al tipo de cambio del
euro; si percibimos a China más como una amenaza que como
una oportunidad; si nuestros salarios no pasan del 80% de
los de nuestros vecinos; si no logramos mantener nuestra inflación
por debajo de nuestros socios europeos, no es porque no gastemos
bastante, sino porque no sabemos diseñar y fabricar máquinas
o coches como los alemanes; porque no sabemos distribuir productos
como franceses e italianos; porque nuestro mejor capital humano
está trabajando para otros; porque en algunos oasis de nuestra
economía -como el inmobiliario durante una década-o falta
competencia, o sobra incompetencia. En resumen: por cosas
que tienen que ver con la cantidad y calidad de nuestros recursos,
que es lo que llamamos la oferta.
BANQUEROS Y MINISTROS
Cualquier situación real tiene debilidades por ambos lados,
oferta y demanda, y el arte de la política económica está
precisamente en saber distinguir cuáles son los decisivos
en cada caso; porque no hay nada peor que querer curar una
dolencia de demanda con medidas de oferta, y al revés. Por
ejemplo: es cierto que una reducción de los costes de despido,
al crear un mercado laboral más flexible (aunque posiblemente
más injusto) puede hacer que una economía sea más eficiente,
llevar a una mejor utilización de los recursos y hacerla más
resistente a los cambios de la coyuntura; pero el efecto inmediato
puede muy bien ser una aumento del paro, una caída del consumo
y un menor crecimiento. Por otra parte, un mayor gasto público
sólo puede servir para suavizar un bache; la experiencia de
los años setenta nos enseñó que confiar en él para seguir
creciendo sólo conduce a una mayor inflación.
Así las cosas, se comprende que los banqueros centrales tiendan
a proponer medidas de oferta, mientras que los ministros de
Hacienda, más pendientes de los votos, se inclinen por la
demanda. Pero hay que admitir que se necesitan unos a otros:
el pinchazo sólo pueden arreglarlo en el taller; pero para
llegar al taller puede hacer falta el parche.
¿POR QUÉ EL CONSENSO?
Admitamos, pues, que los parches son necesarios, pero que
no todos sirven en nuestro caso; la oposición tiene un margen
legítimo de actuación ayudando a distinguir unos de otros,
por razones de eficacia y no de ideología: no está claro,
por ejemplo, hasta dónde conviene ayudar al promotor suavizando
las condiciones de financiación de la vivienda (y evitando
que bajen los precios), o al que está pagando la suya (trasladando
las pérdidas al banco), o al constructor, con grandes programas
de viviendas de protección oficial (cuando hay cientos de
miles de viviendas por vender). Las medidas propuestas hasta
ahora no parecen muy originales, y no es nada seguro que sean
las más adecuadas.
Y admitamos que lo importante, mientras salvamos el bache,
son las reformas. En este punto, la oposición no debería perder
un minuto en discutir la legitimidad política del actual Gobierno;
pero ha de recordarle que, en materia de reformas, la anterior
legislatura no ha dejado legado alguno. Resulta pueril pensar
que hubiéramos evitado la crisis de haber hecho, como se dice,
los deberes; pero lo cierto es que esos deberes están por
hacer, excepción hecha del superávit presupuestario; y hay
que esperar que el electorado sea menos indulgente con tanta
negligencia al término de la presente legislatura.
Un cierto consenso, y mucha buena educación, hacen falta,
porque la crisis será tanto menos grave cuanto más sólida
sea la confianza del ciudadano en las instituciones y en quienes
las ocupan. Pronunciamientos optimistas por parte del Gobierno
son recibidos con escepticismo; malos augurios por parte de
la oposición asustan e irritan al ciudadano corriente. Este
intuye que, en materia económica, Gobierno y oposición tienen
mucho que aportar, cada cual desde su punto de vista; y no
les agradecerá que sigan malgastando el tiempo en peloteras
estériles.
Doctor en Economía por el MIT y licenciado en Economía por
la UB. Fue secretario de Estado de Economía con Pedro Solbes
como ministro de Economía, en uno de los gobiernos de Felipe
González
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