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Contra la tentación de las ayudas públicas
El vicepresidente Solbes, en su primera intervención en el
Congreso tras las elecciones, ha manifestado su rechazo a
salvar al sector constructor/inmobiliario con ayudas públicas.
Considera que el sector debe purgar los excesos de los últimos
años para que la construcción residencial pueda volver a crecer
con normalidad.
Esta acertada reflexión de Solbes debería servir para cortar
de raíz la espiral que han logrado generar constructores y
promotores para que sea el Estado quien les saque ahora las
castañas del fuego.
Al socaire de la crisis, se ha alentando un inaceptable intervencionismo
destinado a alterar los mecanismos de ajuste del mercado,
sin considerar que los principales perjudicados en última
instancia son siempre los propios contribuyentes por la ineficiente
asignación de los recursos públicos.
Por ello, el Gobierno tampoco debería caer en la tentación
ni de utilizar el ICO, ni de aceptar fórmulas tan poco ortodoxas
como que los más de 50.000 millones del Fondo de Reserva de
las pensiones se inviertan en títulos, bonos o cédulas hipotecarias
de las entidades financieras españolas para resolver sus problemas
liquidez.
Significaría tanto como que el Estado asumiera un riesgo que
en estos momentos rehuye el mercado, con el agravante de que
se trata de unos recursos de los ciudadanos destinados a garantizar
la estabilidad de las pensiones, "y no para resolver los problemas
de liquidez del sistema financiero ni para otras cosas", como
bien recordó ayer el secretario de Estado de la Seguridad
Social, Octavio Granado.
Las entidades españolas probablemente aspiren a iniciativas
similares a la decidida por el Banco de Inglaterra, que permitirá
a los bancos canjear temporalmente hipotecas, que en algunos
casos son préstamos arriesgados, por bonos del tesoro, una
inversión más segura, por un volumen de 62.500 millones de
euros.
Ni la banca española padece los problemas de sus competidores
internacionales -fundamentalmente por su solvencia y acertada
gestión de los riesgos, todo hay que decirlo-, ni el Gobierno
español debe contagiarse de las contraproducentes medidas
para la credibilidad del libre mercado que han venido tomando
las autoridades financieras ante la crisis, como el rescate
de Northern Rock en Reino Unido o Bearn Sterns en EEUU.
En estos casos, afortunadamente excepcionales, los gobiernos
han asumido unas funciones de control y saneamiento de bancos
privados que ni la sociedad ni los principios básicos de una
economía de mercado les demandan. Una tendencia muy preocupante
que no hay que contribuir a alimentar.
Es cierto que las entidades españolas, la mayoría de ellas
sin merecerlo, están sufriendo el cierre del grifo de liquidez
en los mercados internacionales. Pero ése es un problema que
no debe solucionarse con un proteccionismo casero, pues a
la opinión pública le costaría entender un tratamiento asimétrico
a los beneficios y a las pérdidas -ya sea del sector constructor,
financiero o cualquier otro- esto es, que si el negocio va
bien el beneficio es de la empresa, pero si las cosas se tuercen
se hace al contribuyente partícipe de las pérdidas.
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