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LA VENTANA INDISCRETA
Vender la vajilla para pagar la deuda
Manel Pérez
Hasta hace muy poco las consecuencias más dramáticas en España
de la crisis financiera internacional se habían producido
en las empresas inmobiliarias y constructoras, sobre todo
por su elevada deuda bancaria, pese a que los afectados han
preferido acusar a la banca de cambiar de posición antes de
reconocer que la causa reside principalmente en una más que
alegre gestión de los compromisos financieros.
Esto ya es conocido. Los primeros embates de la crisis financiera
han obligado a la gran banca española a dirigir con precisión
y un cierto rictus de dolor un complejo proceso que, para
emplear los eufemísticos términos del sector, podemos calificar
de reestructuración y renegociación de la deuda de los grandes
conglomerados españoles del tocho. Los nombres están en la
mente de todos, por lo que no hace falta volver a repetirlos.
Todos sabemos que se trata de una convención entre caballeros
dictada por el interés de evitar males mayores y que implica
que mejor para todos una deuda aplazada que una impagada.
Lo que ya es más nuevo es que esas dificultades de pago afecten
a otros sectores. Y esto es lo que ha comenzado a pasar en
las últimas semanas. Como ha dicho el presidente del Banco
Popular, Ángel Ron, una combinación de avaricia y dinero fácil
desató en los últimos años un frenesí de la deuda al que se
han apuntado empresas de los más diversos sectores. Y a medida
que las condiciones financieras se endurecen, es decir sube
el coste de la deuda, y la economía real sufre las consecuencias
del menor crecimiento, con las consiguientes caídas de la
demanda, cada vez son más las empresas que se enfrentan a
la cruda realidad de que sus planes de negocio no se cumplen
y se desvanecen sus programas de repago de las cuantiosas
deudas asumidas. La orgía de la deuda de estos últimos años
no ha sido sólo patrimonio de los compradores de pisos con
hipotecas o de glotones nuevos ricos del ladrillo.
En el festín han participado casi todos. Excepción son los
que encaran la actual coyuntura sin niveles exagerados de
deuda. Muchos van a tener que vender la vajilla de la abuela
y las joyas de la familia para sobrevivir.
Las consecuencias de encontrarse en esa desagradable tesitura
son bien obvias. La banca acreedora, que tan bien se adapta
a los cambios de coyuntura, es la primera en detectar los
problemas de sus deudores y exige planes realistas para asegurarse
la devolución de la deuda. Mientras esperamos a que alguien
invente alguna alternativa mágica, no existe otra opción que
vender activos para cumplir los compromisos. El problema es
que, siempre pasa lo mismo, ahora es el peor momento para
vender, el mercado apuesta a la baja, y los precios de los
activos descienden en consecuencia.
Además, la lista de vendedores crece cada día y cada vez tienen
más prisa.
En resumen, quien esté atrapado en este círculo deberá vender
muchos más activos de lo que en principio tenía previsto para
saldar la misma cantidad de deuda. La consecuencia es que
muchos de los grandes grupos españoles pueden acabar reducidos
a un tamaño de broma, en comparación con lo que han llegado
a ser, al final del proceso.
Este efecto dominó, que en parte es un reflejo del que está
viviendo el conjunto de la economía, primero en el inmobiliario
y la construcción, después en la demanda de créditos y siguiendo
por el consumo, comienza a alcanzar al corazón de la actividad.
Es por eso que muchos se plantean si Pedro Solbes tiene en
la cabeza esta dinámica cuando reitera su idea de que España
vive un rápido ajuste inmobiliario y nada más. Es cierto que
hasta ahora las malas noticias empresariales se han circunscrito
a ese sector. Pero no debería descartarse que a partir de
ahora empiecen a estar protagonizadas por grandes conglomerados
en otras áreas.
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