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AGENDA DE PRENSA
- 6 de octubre de 2008 |
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EL
MUNDO |
A FONDO
El dinero negro, al rescate de los bancos
CASIMIRO GARCIA-ABADILLO
"Inaction is not an option". La frase ("La inacción no es una
opción") fue pronunciada por el candidato republicano a la Presidencia
de Estados Unidos John McCain en un mitin pronunciado en Des
Moines (Iowa) el pasado 30 de septiembre. Dicen que el líder
del Partido Demócrata en el Senado, Harry Reid, echó mano de
ella el pasado miércoles para justificar su apoyo y el de su
grupo al paquete de rescate financiero apadrinado por Bush que,
por fin, obtuvo el visto bueno de los congresistas el viernes
3 de octubre.
En España, más de uno debería aplicarse el cuento. Algún destacado
miembro del Gobierno mira a su alrededor para ver si al pronunciarla
("ése debería ser el lema del presidente", afirman), alguien
se da por aludido.
Porque hay algo que está haciendo aún más daño al Ejecutivo
que la propia crisis económica: la imagen de que no se está
haciendo nada o casi nada para hacer frente a una situación
que ha llevado a España a batir su récord histórico de aumento
del número de parados en un año: 600.000 en los últimos 12 meses.
Ya se ha visto que la deducción de los 400 euros y otras medidas
adoptadas en la primavera no han servido para frenar el tsunami
que se nos ha venido encima.
Las medidas tienen que ser de calado e ir a la raíz del problema
para que tengan un efecto perceptible por los ciudadanos. En
estos momentos, el nudo gordiano de la crisis está en la falta
de liquidez del sistema financiero. Es decir, en que los bancos
no dan créditos a las empresas y familias que los necesitan,
aunque los demandantes tengan más que suficientes garantías
para devolverlos.
No es que los bancos no quieran prestar. Es que no pueden. Ahí
tenemos lo que está ocurriendo en las últimas semanas. Las entidades
han entrado en una guerra a muerte por el pasivo para aliviar
su falta de fondos. Unos regalan coches, otros dan intereses
por encima del 6% por abrir una cuenta a plazo fijo. En fin,
lo nunca visto.
Ahora les voy a contar una idea que se está manejando entre
algunos miembros del Gobierno y que está siendo torpedeada por
los partidarios de la inacción. Es decir, por los que con tal
de no equivocarse prefieren no hacer nada.
El asunto. En estos momentos hay en España en circulación 108
millones de billetes de 500 euros, según los últimos datos del
Banco de España. Es decir, nada menos que 54.207 millones de
euros. O sea, el 5,4% del PIB. España es el país del mundo con
mayor circulación de ese tipo de billetes, a los que popularmente
se les llama Bin Laden, porque se sabe que existen pero nadie
los ha visto. Poseemos el 26% de todos los billetes de 500 euros
que circulan por Europa.
Esa demanda de billetes grandes tiene una relación directa con
la cantidad de operaciones opacas que se han hecho en España
los últimos años. Muchas de esas compraventas con dinero negro
de por medio se han producido en el sector inmobiliario.
Pues bien, la idea consiste en ofrecer algún tipo de incentivo
fiscal para que esos 108 millones de billetes salgan de debajo
del ladrillo o de la caja fuerte y entren en cuentas bancarias.
Aunque sólo el 50% de los billetes recalaran en las sucursales
de los bancos, ese efecto acabaría con la penuria financiera,
ya que los depósitos aumentarían en 22.000 millones de euros.
La restricción crediticia se relajaría y las entidades volverían
a dar préstamos a las empresas y a las familias que los demandasen.
El sector inmobiliario se reanimaría y las pequeñas y medianas
empresas podrían volver a financiar su capital circulante o
incluso acometer alguna inversión ahora en suspenso.
La idea, que a Zapatero no le parece del todo mal, choca con
la oposición de la Secretaría de Estado de Hacienda (Ocaña)
y con la renuencia del Banco de España (Miguel Angel Fernández
Ordóñez).
Dicen en la inspección de Hacienda que garantizar a los poseedores
de esos billetes la vista gorda es hacer, en la práctica, una
amnistía fiscal. Y no les falta razón. Lo que ocurre es que,
a veces, lo práctico choca con lo correcto.
¿Qué hacer? ¿Sería acaso una medida antisocialista?
No es, por desgracia, la primera vez que el PSOE en el gobierno
recurre a amnistías fiscales.
Volvamos la vista a la anterior gran crisis, la de principios
de los 90. Entonces era ministro de Economía y Hacienda Carlos
Solchaga. En el segundo semestre de 1991 se dio la oportunidad
a los suscriptores de pagarés del Tesoro (opacos al Fisco) de
regularizar su situación. A los poseedores de dichos títulos
(que nacieron para financiar a bajo coste el déficit público
en la etapa de Miguel Boyer) se les dieron dos opciones: hacer
declaraciones complementarias sin sanción; o bien, canjearlos
por la llamada Deuda Pública Especial, que tenía muy baja rentabilidad.
Aquello tuvo un evidente coste fiscal y, sobre todo, de imagen,
pero sirvió para aflorar cientos de miles de millones de pesetas.
Ahora la situación sería menos gravosa para las arcas públicas,
dado que ya no se tiene que pagar el impuesto sobre el patrimonio.
El perdón fiscal a los poseedores de billetes de 500 euros que
no hubiesen declarado ese patrimonio tendría, además de facilitar
liquidez a los bancos, la ventaja de aflorar mucho dinero negro
que, al blanquearse, entraría en el circuito fiscal y, por tanto,
generaría en el futuro mayores ingresos para Hacienda.
Hay que utilizar la imaginación de la forma menos perjudicial
posible para el ciudadano. Todo menos recurrir a aquella ocurrencia,
también de Solchaga, de subir el impuesto sobre la renta con
carácter retroactivo (y es que el año 1992 dio para mucho).
Naturalmente, si el Gobierno decide finalmente poner en práctica
esa medida, debería hacerlo con el consenso del PP. Y, por tanto,
debería estar inscrita en un paquete más amplio en el que tendrían
que incorporarse otras medidas fiscales (reducción de impuestos
a las pymes), o de apoyo a la compra de viviendas (mayores desgravaciones
o alargamiento de las hipotecas) y de incentivos a la creación
de empleo.
Esta semana está prevista la reunión del vicepresidente Pedro
Solbes con el portavoz económico del PP, Cristóbal Montoro.
Posteriormente, se producirá el encuentro entre el presidente
y Mariano Rajoy.
Curiosamente, esas reuniones se producen en paralelo con la
discusión del Presupuesto para 2009 en el Congreso de los Diputados.
Tanto el Gobierno como el PP tienen dos opciones: acudir a esas
reuniones con la intención de llegar a acuerdos, o bien convertir
la economía en campo de batalla político.
Lo que ha ocurrido en EEUU es una muestra de que se puede llegar
a acuerdos, incluso a unas semanas de las elecciones, cuando
la situación lo requiere. Demócratas y republicanos, Obama y
McCain, han puesto los intereses de los norteamericanos por
encima de los intereses de sus partidos.
¿Es consciente Zapatero de que la situación requiere de un gran
consenso nacional? No es la hora de promesas imposibles de cumplir,
sino de pedir a los ciudadanos grandes sacrificios para los
próximos meses e incluso años. Ese esfuerzo sólo se puede hacer
con un gran respaldo político que solamente puede ofrecer ahora
el PP.
casimiro.g.abadillo@elmundo.es
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