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Copas para después del trabajo
Afloran nuevos espacios dedicados al ocio tras
la jornada laboral
PATRICIA GOSÁLVEZ - Madrid
Corbata aflojada, tacones discretamente arrinconados bajo
la mesa. Es jueves por la tarde, ese purgatorio obligado entre
lo laborable y el bendito fin de semana. En una esquina del
sótano de Isolee, una pareja de oficinistas comparte un benjamín
de Moët & Chandon.
Saquen el diccionario, esto es el afterwork en el Bubble Lounge.
Es decir, el momento para tomar algo después del trabajo en
una sala dentro de un establecimiento adecuada para tal uso
y patrocinada por una marca, en esta caso una bebida con burbujas
(de ahí bubble). Gracias a Dios, el encargado del Isolee,
Rodrigo Menéndez, pone un poco de cordura: "En el fondo es
el mismo concepto de siempre, pero en más fino; en vez de
tomar una caña con bravas, se toma champán con foie".
La nueva etiqueta ("inventada por algún departamento de marketing",
según Menéndez) llega de Londres y Nueva York y cada vez es
usada por más locales para atraer clientela y atención mediática.
Las premisas son: música suave, cócteles o espumosos, canapés
gratis, decoración urbana y un público más o menos ejecutivo.
La discreción también importa: "Vemos muchos ligoteos de oficina
y alguna conspiración contra el jefe", dice Menéndez.
En Madrid el concepto triunfa los jueves (en el extranjero
también es los martes) y va por zonas. Abundan locales en
la Castellana (como el BlueBar y el Realcafé Bernabéu, ambos
en Concha Espina) y en el barrio de Salamanca (como el Lagoa,
en Serrano, o Cuatrobajocero, en Alcalá).
El barrio marca el currículo de los clientes. Por ejemplo,
en el Isolee, en la calle Infantas, "hay mucho oficinista
y funcionario de las instituciones cercanas, como el Ministerio
de Cultura, el ICEX, el Instituto Cervantes...", según el
encargado. "Vamos, que no es el público de Chueca".
"Ubicación, ubicación, ubicación", dijo el magnate hotelero
Conrad Hilton preguntado por la clave del negocio. No es de
extrañar entonces que el hotel Ritz albergue en su hall el
afterwork más sibarita de Madrid, patrocinado por Dom Perignon.
Sibarita significa, exquisito y caro, entre 40 y 80 euros
la copa de champán. Eso sí, acompañada con un par de tapas
deliciosas e hiperbólicas: vieira a la plancha con crema de
batata y su crujiente o Veluté de patata al tartufo con mi-cuit
de pato y piñones. Bajo la máxima "¡el champán es bueno hasta
para desayunar!", Giovanni de Virgilio explica que su clientela,
en una zona de consultorías, consta sobre todo de ejecutivos
que viene a seguir trabajando "para hacer negocios en un entorno
más agradable que el despacho". "Muchos tienen horario americano,
de nueve a cinco", dice. Para suavizar las tensiones laborales
cuentan incluso con un saxofonista que le dé "un aire más
festivo y juvenil que el piano" a la velada afterwork.
El afterwork en Madrid comenzó en locales como el Glass Bar
del hotel Urban y el Privee con veladas dirigidas a profesionales
que convocaban abogados o publicistas. Las marcas de bebidas
vieron el filón, y se apuntaron al patrocinio de estas tardes
fuera de la oficina en las que la conversación sigue siendo
el trabajo. De hecho, la publicación francófona Le Courrier
d'Espagne celebra cada tanto exclusivos afterworks (a los
que se accede con invitación) que promueven los negocios entre
sus asociados.
Al otro lado del espectro, los bares de toda la vida, como
el Iberia en la glorieta de San Bernardo, que lleva 70 años
sirviendo a los currantes. Ellos también se especializan,
su objetivo profesional: los taxistas. Autónomos en su mayoría,
sin horario americano, por lo que el flujo afterwork se extiende
a lo largo del día, "esto siempre está lleno", dice uno de
los camareros. "¿After qué?", pregunta otro y saca la libreta
para que se lo escriban. "Ya no saben que inventarse...".
La caña, con tapa, sale por 1,25 euros.
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